03-07-2026, 08:19 PM
La oscuridad que cubría los cielos del Grand Line cuando Kibai y el resto de su División se habían levantado ya anunciaba que aquel no iba a ser un día precisamente soleado. Y lo cierto era que, apenas una hora después de que todos se hubiesen puesto a sus tareas habituales a bordo, las funestas nubes de color gris plomizo habían ido tomando un tono cada vez más lúgubre, y el olor a ozono en el aire que el olfato del mink podía captar sin dificultad había pronosticado la tormenta que coMenzó a descargarse sin piedad contra el casco del Royal Quiver.
Kibai se encontraba de pie, con las garras traseras bien afianzadas sobre la botavara de la vela mayor, observando el horizonte con los brazos cruzados. El agua, que hacía un buen rato que había empapado completamente su capa y el resto de su uniforme, resbalaba por su rostro, tenso en un rictus de concentración. Desde que la Divisón había leído el último periódico en el cual se anunciaba el acontecimiento organizado por el Sichibukai Zarutsuki: una nueva edición de los juegos de Skypiea.
A ninguno de los miembros de la División 60 le había hecho falta leer mucho más. Funcionando como la máquina perfectamente engrasada que eran, el grupo de marines había zarpado inmediatamente de la isla de Arabasta, a la que recientemente habían arribado, para dirigirse sin demora a las coordenadas indicadas por el soberado del reino en los cielos.
Un nuevo vaivén del Royal obligó a Kibai a rectificar su postura, flexionando sus rodillas momentáneamente para ajustar su peso y su centro de gravedad ante una súbita bajada en picado de la nave producto de una ola especialmente alta. Por suerte, la corriente en ese momento era más que suficiente para impulsarlos, pues el fuerte viento producto de la tormenta en la que la nave había entrado sería un desafío más que notorio para las viejas y cascadas gavias del Royal Quiver, el cual a pesar de los buenos cuidados y constantes reparaciones y carenados a los que era sometido gracias a las hábiles manos de Moja, comenzaba a acusar seriamente los viajes a los que había tenido que hacer frente desde que partieran del reino de Roshwan en el East Blue, hacía lo que ya parecía una eternidad.
Por el rabillo del ojo, el mink fue consciente de que no estaban solos: los perfiles de varios barcos se podían adivinar en la distancia, aunque la gruesa cortina de lluvia y la distancia hacían que, a pesar de visión adaptada a las situaciones de poca o nula luminosidad de Kibai, no pudiese discernir mucho más que su mera posición.
— Parece que no somos los únicos invitados a la fiesta, señor! — rugió el mink hacia el castillo de popa, dónde Stroud se afanaba con el timón, pipa en mano, aunque su potente tono a buen seguro habría sido escuchado tanto por el comandante como por sus dos compañeros Bertram y Moja, que ya se comenzaban a mover por la cubierta, varios metros por debajo de sus pies.
Sin embargo, casi como respuesta al propio grito de Kibai, una fuerte vibración sacudió cada hueso de su cuerpo. Una sonora melodía pareció surgir del mismísimo cielo, una sinfonía de tonos graves, superpuesta con una sorpredente armonía por un coro de voces agudas ahogó todo el resto de sonidos, dejando el mundo en un casi irreal estado en el que las olas se movían en silencio y las gotas de agua salpicaban sin emitir un solo ruido. Aquello era como estar dentro de un gigantesco diapasón, y el Royal Quiver parecía responder a aquella tonada, pues cada cabo, trozo de loneta o astilla de madera pareció tensarse hasta el límete de lo posible sin quebrarse a pedazos.
Al mismo tiempo, las aguas alrededor de la nave, ya considerablemente agitadas debido a la fuerte tormenta a través de la cual estaban navegando, comenzaron a embravecerse cada vez más, mientras la zona alrededor del casco se llenaba de burbujas, dando al mar un curioso aspecto de un cazo lleno de agua a punto de romper a hervir. Y desde el punto de vista de un chef como Kibai, aquello solo podía significar que algo muy grande se avecinaba.
Girando la cabeza hacia la popa del barco, cruzando su mirada con la de Stroud. El comandante, pipa en mano, movió sus labios indicándole una orden, pero su voz fue totalmente opacada por la fuerte melodía que aún seguía atronando los oídos de Kibai y haciendo vibrar cada hueso de su cuerpo como si fuese la cuerda de uno de los arcos de Bertram tras un disparo de flecha. Por suerte, las palabras del marine rubio fueron acompañados de un gesto con la mano que sostenía su pipa, señalando las velas. Sonriendo de oreja a oreja, Kibai no necesitó más. Habían pasado el suficiente tiempo juntos a bordo de aquel barco para que cada uno de los integrantes de la División fuese capaz de realizar su parte del papel a la perfección.
A sabiendas de que estaban navegando en una tormenta, Kibai hubiese optado por lo más seguro en un caso así: largar las velas siempre de proa a popa, y de abajo a arriba, algo fundamental para asegurar que el barco no zozobrase y la acelaración fuese suave y sin trabas, como mil veces les había aleccionado Stroud en todas las jornadas que habían pasado sobre la nave. Pero aquel día no era un día para maniobras corrientes, de modo que Kibai decidió mandar al diablo todo lo que habían aprendido y, una vez más, optó por confiar en su instinto.
Desenfundado a Raimei, Kibai seccionó de un tajo los rollos de cuerda que protegían la vela mayor, observando con alegría como Bertram y Moja ya corrían por las tablas de cubierta, prestos a atrapar los cabos que cimbreaban al viento como serpientes furiosas y comenzaban a asegurarlos en sus secciones correspondientes. El barco dio un súbito aceleron, olbigando a Kibai a agacharse para anclar sus garras delanteras en la madera de la botavara.
— Vale, ahora viene lo divertido... — pensó el mink en un arranque de valentía que no sabía si obedecía a su propia falta d etemor o al estado de frenesí en el cual aquella constante melodía ensordecedora parecía sumirlo.
De un fuerte salto, el mink abandonó su puesto sobre el palo mayor, pasando como una centella blanca y dorada por encima de la cabeza de Stroud, que se mantenía firme sujetando el timón con ambas manos en el castillo de popa.
— Atento comandante, esto va a inclinarse! — le gritó con todas sus fuerzas a la vez que señalaba con su dedo al palo de mesana.
Con la rapidez y precisión que le habían otorgado decenas, sino cientos de repeticiones de los mismos movimientos, las garras de Kibai se engancharon en la botavara del palo de mesana, utilizándolo de apoyo para realizar un giro completo y afianzar sus pies sobre la madera. Rápidamente, soltó los cabos que mantenían la lona apresada, usándolos para descender él mismo y atarlo en las cornamusas de popa con cuatro vueltas en forma de ocho.
Como una respuesta casi inmediata al izado de las velas de mesana antes que el desplegado del foque, la proa del Royal Quiver se elevó repentinamente, encabritándose como un caballo antes de iniciar su galope. Kibai se agarró al cabo de mesana con una amplia sonrisa en el rostro, antes de emplear una de las jarcias para balancearse hasta aterrizar sobre la barandilla del castillo de popa junto a la posición de Stroud que seguía firmemente anclado al timón. El mink no intentó siquiera hablar por encima de la ensordecedora melodía, sino que simplemente sonrió hacia el comandante, señalando con el dedo hacia el cielo, antes de pegar un nuevo salto hacia delante, cruzando por encima de la cubierta hasta su lugar favorto del Royal Quiver, y su cama extraoficial, el bauprés.
En aquel momento, el palo estaba inclinado casi en un ángulo de cuarenta y cinco grados, asemejándose a la lanza de un caballero a la carga. El mink, con los pies bien plantados y las garras clavadas en la madera de la base del bauprés, tomó en sus manos el cabo que izaba el foque y, con los músculos de sus brazos hinchándose por el esfuerzo aseguró la última vela del Royal. Sin embargo, apenas había acabado de preparar el nudo cuando el mar estalló bajo él.
Desde el mar burbujeante que los rodeaba, una gigantesca columna de agua surgió de las profundidades del fondo marino. El casco del Royal Quiver gimió como una bestia herida mientras su proa, convenientemente alzada para facilitar su entrada en aquella maravilla de la Naturaleza, penetraba en la corriente ascendente. Los ojos de Kibai se abrieron como platos a medida que la gravedad comenzaba a hacer su efecto y notaba como trataba de arrojarlo hacia atrás, lo cual era un billete de lotería hacia su muerte garantizada si no conseguía agarrarse y se precipitaba al mar.
Con los brazos tan tensos que el empapado uniforme parecía que se iba a desgarrar, Kibai se sujetó al propio cabo del foque, empleando su cuerpo como palanca para que la tensión del viento huracanado no hiciese peligrar el nudo que no había acabado de completar a tiempo antes de que la Knock Up Stream los atrapase.
Apretando los dientes, al mink le invadió de repente una descarga de adrenalina tan salvaje que pensó que el Electro se le había activado de manera espontánea. La emoción lo embargó al punto de que no pudo evitar soltar un sonoro rugido, aunque a buen seguro solamente él fue consciente de ello.
¡¡¡SKYPIEA!!! ¡¡¡ALLÁ VAMOOOOOOOOOS!!!
La Caja de Pandora
