04-07-2026, 03:56 PM
(Última modificación: 04-07-2026, 03:58 PM por Stroud Nanashi.)
Stroud mantuvo firme su agarre sobre el timón, ante el ímpetu del feroz viento y la incesante lluvia, que había dejado de ser una simple cortina vertical para pasar a ser una especie de diluvio que los azuzaba a él y al mismo barco desde todas las direcciones, todo el tiempo, a medida que el Royal Quiver se sumergía en aquel mar de nubes de tormenta. Por mucho esfuerzo que hiciese en mantener sus ojos fijos en el rumbo de la pobre goleta, le resultó imposible ver nada; como si aquello no fuese suficiente, aquel sonido infernal —que él atribuía a su pérdida súbita y definitiva de la cordura— que procedía de lo alto de las nubes, si es que aquello tenía algún sentido, lo saturaba absolutamente todo, incluso el rugir de la propia columna de agua por la que ascendían. Solo a través de las vibraciones de la madera del timón pudo percibir el alto precio que el Royal Quiver estaba pagando por aquella travesía, alcanzando casi la certeza de que aquel navío se partiría en dos antes de alcanzar la cima. El barco de la división quedó sumergido en el mar de nubes, en una negrura casi total, pero continuaban ascendiendo. La extraña melodía atronaba a mayor volumen cuanto más subían, y Stroud pensó que su cabeza iba a explotar. "Solo un poco más," pensó para sí, asiéndose a los rayos del timón. Por primera vez en su vida, el férreo comandante había estado a punto de desistir de su cometido. Tal vez aquello fuese todo una ilusión, y tal vez se desvanecería si soltaba el timón. Como aquella bizarra melodía, tal vez estuviese todo en su cabeza. Cerró los ojos, consciente de que de nada servían de igual manera en aquella situación. Sin embargo, no dejó ir, y se mantuvo aferrado a su puesto, clavado sobre la madera, respirando hondo, mientras el agua de la lluvia, o de las propias nubes —poco importaba la diferencia a aquella altura—, lo calaba por completo, en un maremoto de sensaciones.
Calma.
Poco a poco, notó cómo a través de sus párpados se filtraba una luz crecientemente más y más clara. Los abrió con cuidado, agitando ligeramente la cabeza de un lado a otro para despojarse del agua que se había acumulado sobre la misma, aún con Saltfin firmemente sujeta entre sus dientes. La brasa en el extremo de la pipa no había aguantado más, y aquella minúscula luciérnaga llameante en el interior de la pequeña orca de madera había terminado por ceder ante el viento y la humedad, apagándose definitivamente en algún punto del trayecto. Sus hombres parecían estar apañándose correctamente, y el barco aún no se había caído a pedazos. Era un buen comienzo. A su alrededor, las nubes habían empezado a adquirir tonos más claros progresivamente durante el ascenso, a medida que los cumulonimbros, negros como la tinta, habían sido sustituidos por nubes grisáceas, y estas, a su vez, estaban siendo sustituidas por nubes de un blanco cegador. Stroud entrecerró los ojos que acababa de abrir, cegado por el súbito cambio de luz, a medida que la Knock Up Stream continuaba lanzándolos cielo arriba, y sus pupilas se contraían a marchas forzadas, intentando adaptarse. Refrenó el impulso de taparse de la luz que irradiaba aquel océano de nubes con la mano, sin soltar el timón, de la misma forma que había refrenado el de taparse los oídos ante aquella música ensordecedora, que no hacía sino volverse más y más audible a medida que subían.
Repentinamente, y sin previo aviso, la corriente terminó, antes siquiera de que Stroud pudiese tomar medidas al respecto. Por unos instantes, el Royal Quiver permaneció suspendido por los aires, aún aupado por el impulso de la Knock Up Stream, antes de precipitarse hacia un destino incierto: las nubes. Los ojos del comandante se abrieron como platos, consciente de que aquel era el fin: atravesarían las nubes y se precipitarían hacia el mismo mar del que habían venido, quién sabe a cuánta distancia. Llegaba el final. Tragando saliva, y sin prestar atención a la radiante luz del sol que había pasado a cubrirlo todo, miró a su alrededor, buscando una forma de salvar el navío. No sirvió de nada, claro. El barco cayó con pesadez, y Stroud pudo sentir cada quejido del pobre casco en el mismo timón que sujetaba. Sin embargo, el barco quedó detenido sobre las propias nubes, como si estas lo sujetasen, como si actuasen como un mar de por sí. Todo el velaje se sacudió al chocar contra la blanda superficie de nubes, y el casco dio bandazos a un lado y a otro, pugnando por estabilizarse, pero no cedió. Stroud pudo percibir cómo los barriles rodaban por el cargo del barco una vez más ante el choque, pero no le dio importancia. Miró hacia atrás, viendo cómo la corriente que los había llevado hasta allí escupía centenares de pedazos de tablón astillados, barriles, trozos de velas rasgadas, cabos y quién sabe qué más, que llovieron sobre aquel mar de nubes, y sobre la propia cubierta del Royal Quiver, impactando contra sus mástiles y barandas como pequeños disparos. También multitud de barcos parecían estar cayendo simultáneamente, o, al menos, aquellos que habían sobrevivido al fatal trayecto. El navío se encontraba ahora sobre el mar de nubes, llevado únicamente por el viento. Por primera vez, soltó su mano derecha del timón, empleándola como visera para observar a su alrededor y tapándose de la cegadora luz del sol.
A su alrededor, bajo el cielo azul y el resplandeciente sol, se extendía un mar de nubes hasta donde alcanzaba la vista. Más allá, no muy lejos de donde habían dado a parar, comenzaba una idílica costa de playas de arena blanca, y, más allá, lo que parecía ser alguna clase de jungla. Un sinnúmero de grandes ¿caracolas? se hallaban repartidas por todo el lugar, y la música, que parecía provenir de ellas, cesó, mientras el Royal Quiver continuaba su trayecto por las nubes, empujado por el suave viento. Stroud se frotó los ojos, no sin antes vacilar a la hora de soltar definitivamente el timón, incrédulo ante la visión que se abría ante sí. Si, como sospechaba, había perdido la cabeza, la experiencia era mucho más agradable de lo que hubiese podido llegar a imaginar. Tardó unos instantes en recuperar el habla. "¿Estáis todos bien? ¿Alguno necesita atención médica?," inquirió, resultándole extraño el poder oír por fin su propia voz, echando un vistazo a Moja, Kibai y Bertram, y cerciorándose de que todos hubieran logrado llegar más o menos enteros, al igual que el mismo barco en que viajaban. En aquellos instantes, sin embargo, antes de que pudiese continuar o decir nada más, una voz emergió de las mismas caracolas que apenas habían pasado unos momentos silentes, dándoles la bienvenida de parte del Emperador Zarutsuki, guía del cielo y señor de las nubes. Aquello se llevaba la palma en la Gran Gala de Títulos Pretenciosos. El Royal Quiver crujía con pesadez, como si aún no se hubiera recuperado del súbito bandazo que había supuesto aterrizar sobre el mar de nubes ni, por supuesto, de toda la travesía previa, pero, pese a ello, avanzaba lentamente hacia la playa, como hacían otros tantos barcos en la lejanía. "Replegad velas, y... ¿echad el ancla?," ordenó, alzando una ceja, con una indecisión poco propia de él, a medida que se aproximaban a la costa, aún sin creerse del todo el lugar en que se encontraban. "Vamos a desembarcar."
Las botas de Stroud, aún empapadas, pero secándose a una velocidad sorprendente bajo el calor refulgente del sol, golpearon la arena con pesadez, provocando que la misma se levantase en una pequeña nube. Respiró hondo, ciñéndose su gorra adecuadamente y ajustándose las solapas de su chaqueta, mientras sus ojos grises examinaban la playa en la que habían comenzado a desembarcar y las antorchas que alguien había dispuesto a lo largo de varios intervalos. Junto a sí, amontonados sobre la arena, reposaban un pequeño baúl con sus efectos personales y un par de barriles de provisiones que él mismo había lanzado sobre la baranda de estribor, dejando que cayesen antes de abandonar la nave él mismo. Se dio cuenta de que aún llevaba su pipa entre los dientes, apagada desde hacía un buen rato, y la tomó con su mano derecha, analizándola y asegurándose de que permaneciese intacta. Torciendo el gesto, la volcó y dio algunos golpecitos sobre la cazoleta, permitiendo que el tabaco requemado y empapado se desprendiese y cayese sobre la arena, antes de guardarla en el bolsillo de su pantalón. Cerca de ellos habían comenzado a desembarcar otros Marines. Stroud se cuadró, efectuando un saludo militar ante los mismos, especialmente a quienes ostentaban las insignias de rangos más altos. Después de tanto tiempo, resultaba sorprendente encontrarse con tantos Marines allí, en aquel lugar. "Stroud R... Nanashi, Comandante, División 60," se presentó con formalidad, contemplando al resto de uniformados que llegaban a la playa y cuadrándose ante ellos, alzando su mentón y adquiriendo la pose típicamente formal de la que solía hacer gala. "No esperaba encontrar a tantos compañeros aquí. ¿Habéis llegado bien? ¿Alguno necesita atención médica?," preguntó, repitiendo lo que había dicho a su propia división, examinando fugazmente a los Marines. Los recién llegados eran más variopintos de lo que hubiese esperado en primer lugar, pero no había razón para desconfiar. Entre ellos parecía contarse, incluso, una... ¿medio mink? Devolvió su mirada a los caminos que se adentraban en la jungla, e hizo un ademán a sus hombres, echándose a los hombros sus propias provisiones, en dirección a uno de ellos, adentrándose en el mismo, mientras sus ojos grises hacían lo posible por discernir las plantas que lo rodeaban.
Calma.
Poco a poco, notó cómo a través de sus párpados se filtraba una luz crecientemente más y más clara. Los abrió con cuidado, agitando ligeramente la cabeza de un lado a otro para despojarse del agua que se había acumulado sobre la misma, aún con Saltfin firmemente sujeta entre sus dientes. La brasa en el extremo de la pipa no había aguantado más, y aquella minúscula luciérnaga llameante en el interior de la pequeña orca de madera había terminado por ceder ante el viento y la humedad, apagándose definitivamente en algún punto del trayecto. Sus hombres parecían estar apañándose correctamente, y el barco aún no se había caído a pedazos. Era un buen comienzo. A su alrededor, las nubes habían empezado a adquirir tonos más claros progresivamente durante el ascenso, a medida que los cumulonimbros, negros como la tinta, habían sido sustituidos por nubes grisáceas, y estas, a su vez, estaban siendo sustituidas por nubes de un blanco cegador. Stroud entrecerró los ojos que acababa de abrir, cegado por el súbito cambio de luz, a medida que la Knock Up Stream continuaba lanzándolos cielo arriba, y sus pupilas se contraían a marchas forzadas, intentando adaptarse. Refrenó el impulso de taparse de la luz que irradiaba aquel océano de nubes con la mano, sin soltar el timón, de la misma forma que había refrenado el de taparse los oídos ante aquella música ensordecedora, que no hacía sino volverse más y más audible a medida que subían.
Repentinamente, y sin previo aviso, la corriente terminó, antes siquiera de que Stroud pudiese tomar medidas al respecto. Por unos instantes, el Royal Quiver permaneció suspendido por los aires, aún aupado por el impulso de la Knock Up Stream, antes de precipitarse hacia un destino incierto: las nubes. Los ojos del comandante se abrieron como platos, consciente de que aquel era el fin: atravesarían las nubes y se precipitarían hacia el mismo mar del que habían venido, quién sabe a cuánta distancia. Llegaba el final. Tragando saliva, y sin prestar atención a la radiante luz del sol que había pasado a cubrirlo todo, miró a su alrededor, buscando una forma de salvar el navío. No sirvió de nada, claro. El barco cayó con pesadez, y Stroud pudo sentir cada quejido del pobre casco en el mismo timón que sujetaba. Sin embargo, el barco quedó detenido sobre las propias nubes, como si estas lo sujetasen, como si actuasen como un mar de por sí. Todo el velaje se sacudió al chocar contra la blanda superficie de nubes, y el casco dio bandazos a un lado y a otro, pugnando por estabilizarse, pero no cedió. Stroud pudo percibir cómo los barriles rodaban por el cargo del barco una vez más ante el choque, pero no le dio importancia. Miró hacia atrás, viendo cómo la corriente que los había llevado hasta allí escupía centenares de pedazos de tablón astillados, barriles, trozos de velas rasgadas, cabos y quién sabe qué más, que llovieron sobre aquel mar de nubes, y sobre la propia cubierta del Royal Quiver, impactando contra sus mástiles y barandas como pequeños disparos. También multitud de barcos parecían estar cayendo simultáneamente, o, al menos, aquellos que habían sobrevivido al fatal trayecto. El navío se encontraba ahora sobre el mar de nubes, llevado únicamente por el viento. Por primera vez, soltó su mano derecha del timón, empleándola como visera para observar a su alrededor y tapándose de la cegadora luz del sol.
A su alrededor, bajo el cielo azul y el resplandeciente sol, se extendía un mar de nubes hasta donde alcanzaba la vista. Más allá, no muy lejos de donde habían dado a parar, comenzaba una idílica costa de playas de arena blanca, y, más allá, lo que parecía ser alguna clase de jungla. Un sinnúmero de grandes ¿caracolas? se hallaban repartidas por todo el lugar, y la música, que parecía provenir de ellas, cesó, mientras el Royal Quiver continuaba su trayecto por las nubes, empujado por el suave viento. Stroud se frotó los ojos, no sin antes vacilar a la hora de soltar definitivamente el timón, incrédulo ante la visión que se abría ante sí. Si, como sospechaba, había perdido la cabeza, la experiencia era mucho más agradable de lo que hubiese podido llegar a imaginar. Tardó unos instantes en recuperar el habla. "¿Estáis todos bien? ¿Alguno necesita atención médica?," inquirió, resultándole extraño el poder oír por fin su propia voz, echando un vistazo a Moja, Kibai y Bertram, y cerciorándose de que todos hubieran logrado llegar más o menos enteros, al igual que el mismo barco en que viajaban. En aquellos instantes, sin embargo, antes de que pudiese continuar o decir nada más, una voz emergió de las mismas caracolas que apenas habían pasado unos momentos silentes, dándoles la bienvenida de parte del Emperador Zarutsuki, guía del cielo y señor de las nubes. Aquello se llevaba la palma en la Gran Gala de Títulos Pretenciosos. El Royal Quiver crujía con pesadez, como si aún no se hubiera recuperado del súbito bandazo que había supuesto aterrizar sobre el mar de nubes ni, por supuesto, de toda la travesía previa, pero, pese a ello, avanzaba lentamente hacia la playa, como hacían otros tantos barcos en la lejanía. "Replegad velas, y... ¿echad el ancla?," ordenó, alzando una ceja, con una indecisión poco propia de él, a medida que se aproximaban a la costa, aún sin creerse del todo el lugar en que se encontraban. "Vamos a desembarcar."
Las botas de Stroud, aún empapadas, pero secándose a una velocidad sorprendente bajo el calor refulgente del sol, golpearon la arena con pesadez, provocando que la misma se levantase en una pequeña nube. Respiró hondo, ciñéndose su gorra adecuadamente y ajustándose las solapas de su chaqueta, mientras sus ojos grises examinaban la playa en la que habían comenzado a desembarcar y las antorchas que alguien había dispuesto a lo largo de varios intervalos. Junto a sí, amontonados sobre la arena, reposaban un pequeño baúl con sus efectos personales y un par de barriles de provisiones que él mismo había lanzado sobre la baranda de estribor, dejando que cayesen antes de abandonar la nave él mismo. Se dio cuenta de que aún llevaba su pipa entre los dientes, apagada desde hacía un buen rato, y la tomó con su mano derecha, analizándola y asegurándose de que permaneciese intacta. Torciendo el gesto, la volcó y dio algunos golpecitos sobre la cazoleta, permitiendo que el tabaco requemado y empapado se desprendiese y cayese sobre la arena, antes de guardarla en el bolsillo de su pantalón. Cerca de ellos habían comenzado a desembarcar otros Marines. Stroud se cuadró, efectuando un saludo militar ante los mismos, especialmente a quienes ostentaban las insignias de rangos más altos. Después de tanto tiempo, resultaba sorprendente encontrarse con tantos Marines allí, en aquel lugar. "Stroud R... Nanashi, Comandante, División 60," se presentó con formalidad, contemplando al resto de uniformados que llegaban a la playa y cuadrándose ante ellos, alzando su mentón y adquiriendo la pose típicamente formal de la que solía hacer gala. "No esperaba encontrar a tantos compañeros aquí. ¿Habéis llegado bien? ¿Alguno necesita atención médica?," preguntó, repitiendo lo que había dicho a su propia división, examinando fugazmente a los Marines. Los recién llegados eran más variopintos de lo que hubiese esperado en primer lugar, pero no había razón para desconfiar. Entre ellos parecía contarse, incluso, una... ¿medio mink? Devolvió su mirada a los caminos que se adentraban en la jungla, e hizo un ademán a sus hombres, echándose a los hombros sus propias provisiones, en dirección a uno de ellos, adentrándose en el mismo, mientras sus ojos grises hacían lo posible por discernir las plantas que lo rodeaban.
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