04-07-2026, 09:11 PM
(Última modificación: 04-07-2026, 09:15 PM por Yojimbo Segundo.)
Aquella sangre hirviendo no era nada en comparación con el fuego de la juventud que ardía en mi interior y que llevaba mi corazón a parecerse más al núcleo de un volcán que a cualquier otra cosa. La dureza de mi piel podía soportar perfectamente estas temperaturas y las que este infierno estuviera dispuesto a tirarme a la cara, pues no había mayor fortaleza que la determinación de un hombre, y la mía era la más grande de todas, la de después de treinta años poder volver a ver a mi hijo, y devolverle la libertad a sus alas marchitas por estos muros — Cuanto más tiempo estemos aquí, más basura se amontonará entorno a la salida y nos será más difícil escapar... debo acabar con esto rápido — pensaba mientras, gracias al impulso previo, avanzaba descendiendo por la olla de sangre empujando conmigo al rival que tenía agarrado y casi abrazado estampándolo contra el final de esta y atravesándola, pasando a impactar el suelo y a impactar este también pasando al gélido nivel cinco de Impel Down y comenzando una caída en picado hacia el suelo de este.
Agarré el rostro de aquel monstruo con la mano y estiré el brazo mientras desplegaba mis alas para ganar mas velocidad en el descenso, haciendo que toda la sangre que manchaba mi cuerpo fruto del baño en la olla hirviendo de unos segundos antes saltase salpicando en todas direcciones en blanco paisaje. Quimesaso trató de patalear un poco sin éxito, gracias a la distancia de mi enorme brazo, y lanzó un picotazo con su cabello-cola de escorpión, que intercepté con la otra mano — ¡Vuelo como una mariposa y picas como una avispa! — dije sonriendo dando un aleteo más para acelerar más hacia el impacto del suelo — ¡¡Pero tu aguijón no es lo suficientemente grande!! — bramé, justo antes del impacto. El golpe resonó en todo el nivel y agitó la nieve que reposaba sobre las celdas próximas, levantando una nube de polvo de nieve entorno al choque que, junto con las salpicaduras del líquido de la olla hirviendo alteró la calma del infierno helado.
Yo me incorporé de aquel cráter observando frente a mi, inconsciente y con la cabeza abierta sangrando a aquel guardia infernal, Quimesaso. Entonces arrugué los labios y mi expresión se tornó triste mientras lo observaba, enjugándome unas tímidas lágrimas que salían de mi pañuelo — Eso dijo ella — susurré, recordando aquel triste momento, y pasé a agitar la cabeza con resignación y adaptar mi gesto nuevamente. No era tiempo de lamentos, era la hora de la libertad.
Alcé mi pie hasta mi cintura y di un fuerte pisotón donde sentía que estaba la cabeza de aquel derrotado enemigo, abriendo su cráneo y esparciendo sus sesos por el hielo, dando fin a su miserable vida como rata de laboratorio y esclavo del Gobierno Mundial. Era triste pensar que el lavado de cerebro que se les hacía a algunos de ellos llevaba hasta ofrecerse como alambiques de experimentación y ver modificado tu cuerpo y tu conciencia a tal grado... llegar hasta este punto... acabar de esta manera. Ese no era el camino de la liberación.
El que si parecía el camino de la liberación era el que aquel gigante enorme que sentía como una megalítica masa de energía pura, estaba haciendo tratando de salir por el hueco que se había generado por la expansión de la destrucción que habíamos generado traspasando de un nivel a otro, y eso podía jugar a nuestro favor de una forma espectacular, así que sonreí ampliamente apoyando mis puños en mis caderas y orientando el rostro en dirección hacia donde sentía aquella aura — Es tan grande que ha reventado el agujero — dije y me encogí un poco riendo por lo bajo — Qi qi qi qi qi... — y ahí alcé las manos a ambos lados y hacia el cielo, gritando a pleno pulmón
Y ahi, cuando la nieve y el polvo helado a nuestro alrededor se dispersó, fue cuando sentí el aura que arrebató mi atención e hizo que pasase a una actitud mucho más defensiva y preparada para el combate, colocando los brazos en guardia y girando sobre mi mismo ciento ochenta grados, antes de saltar hacia atrás varias decenas de metros con un solo impulso, derrapando en la nieve al aterrizar y plegando las alas a mi espalda para prepararme para el combate. Frente a mi, en un nivel como este en el que todo el mundo está en las últimas, esa presencia fresca, cómoda y fuerte, no podía ser de otra persona que de un Guardia Infernal. Según mis reportes, si esto era el nivel cinco, el más fuerte de todos ellos... Quimepengin.
— ¡Vaya aura! — dije elogiándole sin poder verle físicamente dada mi ceguera — Aun así me parece que deberías tratar de cuidar de tu compañero... creo... — un espasmo sacudió el cuerpo sin vida con la cabeza abierta de Quimesaso. Sonreí de forma burlona — ...creo que le duele la cabeza un poco — sorbí por la nariz girando un poco el rostro, preparándome para la pelea.
Quimepengin era una quimera bizarra y peligrosa. Un hombre que buscaba la potencia de un elefante, la belleza de una mariposa, y la termo adaptación de un pingüino y que no se leyó las instrucciones de las S.E.E.D.S - pues no otorgan cualidades, si no rasgos físicos - y acabó con un cuerpo de pingüino, patas de elefante, y alas de mariposa, conservando su cabeza humana. Era un hombre, si se permite la imparcial opinión de este narrador para nada sesgado, tremendamente atractivo y apuesto. Calvo, con una bonita barba bien recortada y unos rasgos rudos y aguerridos. Fumaba un gran puro y tenía una enorme cicatriz surcándole el rostro y el cráneo. Vestía un collar con el símbolo de los Guardias Infernales, y tenía tatuadas en el pecho tres sílabas: PA - DAS - TER. Significase lo que significase aquello.
Ese hombre antaño, era uno de los mejores efectivos del Cipher Pol, y era reconocido dentro de las tropas como un maravilloso espadachín del estilo nitoryu, y ahora era una bestia sin razonamiento y con ansia de destrucción, atrapado en un cuerpo sátiro.
Quimepengin se inclinó levemente y se lanzó a por mi corriendo con sus pequeñas y gorditas patitas de elefante, haciendo monísimos sonidos con cada paso y extendiendo los brazos a ambos lados de su cuerpo completamente poniendo las dos espadas apuntando hacia su izquierda y hacia su derecha, comenzando a agitar sus alas de mariposa y a soltar un leve rastro de purpurina, y aunque pudiera parecer amenazante, iba increíblemente despacio. Tanto así que sentí que la preparación y la epicidad del momento se estaba perdiendo por completo — ¡Vamos hombre! — dije con desánimo — Me da tiempo a escapar tres veces ¡espabila! — grité abandonando mi guardia y señalando con mi mano hacia el cielo, hacia el agujero por el que desaparecía el gigante, y entonces Quimepengin aprovechó mi bajada de guardia en su beneficio.
Dando un minúsculo saltito con sus ridículas patas, se sentó sobre su cola de pingüino y comenzó a girar sobre si mismo, ganando al instante una velocidad atronadora y convirtiéndose en un tornado de cortes que se acercaba a por mi como una peonza cargada de cuchillas — ¡¡Su put — el impacto de sus hojas apenas me permitió bajar las manos para anteponer mis antebrazos a su arremetida giratoria, sufriendo infinidad de cortes y parando parcialmente su avance.
Este iba a ser un combate más complicado que el anterior.
Agarré el rostro de aquel monstruo con la mano y estiré el brazo mientras desplegaba mis alas para ganar mas velocidad en el descenso, haciendo que toda la sangre que manchaba mi cuerpo fruto del baño en la olla hirviendo de unos segundos antes saltase salpicando en todas direcciones en blanco paisaje. Quimesaso trató de patalear un poco sin éxito, gracias a la distancia de mi enorme brazo, y lanzó un picotazo con su cabello-cola de escorpión, que intercepté con la otra mano — ¡Vuelo como una mariposa y picas como una avispa! — dije sonriendo dando un aleteo más para acelerar más hacia el impacto del suelo — ¡¡Pero tu aguijón no es lo suficientemente grande!! — bramé, justo antes del impacto. El golpe resonó en todo el nivel y agitó la nieve que reposaba sobre las celdas próximas, levantando una nube de polvo de nieve entorno al choque que, junto con las salpicaduras del líquido de la olla hirviendo alteró la calma del infierno helado.
Yo me incorporé de aquel cráter observando frente a mi, inconsciente y con la cabeza abierta sangrando a aquel guardia infernal, Quimesaso. Entonces arrugué los labios y mi expresión se tornó triste mientras lo observaba, enjugándome unas tímidas lágrimas que salían de mi pañuelo — Eso dijo ella — susurré, recordando aquel triste momento, y pasé a agitar la cabeza con resignación y adaptar mi gesto nuevamente. No era tiempo de lamentos, era la hora de la libertad.
Alcé mi pie hasta mi cintura y di un fuerte pisotón donde sentía que estaba la cabeza de aquel derrotado enemigo, abriendo su cráneo y esparciendo sus sesos por el hielo, dando fin a su miserable vida como rata de laboratorio y esclavo del Gobierno Mundial. Era triste pensar que el lavado de cerebro que se les hacía a algunos de ellos llevaba hasta ofrecerse como alambiques de experimentación y ver modificado tu cuerpo y tu conciencia a tal grado... llegar hasta este punto... acabar de esta manera. Ese no era el camino de la liberación.
El que si parecía el camino de la liberación era el que aquel gigante enorme que sentía como una megalítica masa de energía pura, estaba haciendo tratando de salir por el hueco que se había generado por la expansión de la destrucción que habíamos generado traspasando de un nivel a otro, y eso podía jugar a nuestro favor de una forma espectacular, así que sonreí ampliamente apoyando mis puños en mis caderas y orientando el rostro en dirección hacia donde sentía aquella aura — Es tan grande que ha reventado el agujero — dije y me encogí un poco riendo por lo bajo — Qi qi qi qi qi... — y ahí alcé las manos a ambos lados y hacia el cielo, gritando a pleno pulmón
— ¡Eso dijo ella! —
Y ahi, cuando la nieve y el polvo helado a nuestro alrededor se dispersó, fue cuando sentí el aura que arrebató mi atención e hizo que pasase a una actitud mucho más defensiva y preparada para el combate, colocando los brazos en guardia y girando sobre mi mismo ciento ochenta grados, antes de saltar hacia atrás varias decenas de metros con un solo impulso, derrapando en la nieve al aterrizar y plegando las alas a mi espalda para prepararme para el combate. Frente a mi, en un nivel como este en el que todo el mundo está en las últimas, esa presencia fresca, cómoda y fuerte, no podía ser de otra persona que de un Guardia Infernal. Según mis reportes, si esto era el nivel cinco, el más fuerte de todos ellos... Quimepengin.
![[Imagen: etQemOr.png]](https://imgur.com/etQemOr.png)
— ¡Vaya aura! — dije elogiándole sin poder verle físicamente dada mi ceguera — Aun así me parece que deberías tratar de cuidar de tu compañero... creo... — un espasmo sacudió el cuerpo sin vida con la cabeza abierta de Quimesaso. Sonreí de forma burlona — ...creo que le duele la cabeza un poco — sorbí por la nariz girando un poco el rostro, preparándome para la pelea.
Quimepengin era una quimera bizarra y peligrosa. Un hombre que buscaba la potencia de un elefante, la belleza de una mariposa, y la termo adaptación de un pingüino y que no se leyó las instrucciones de las S.E.E.D.S - pues no otorgan cualidades, si no rasgos físicos - y acabó con un cuerpo de pingüino, patas de elefante, y alas de mariposa, conservando su cabeza humana. Era un hombre, si se permite la imparcial opinión de este narrador para nada sesgado, tremendamente atractivo y apuesto. Calvo, con una bonita barba bien recortada y unos rasgos rudos y aguerridos. Fumaba un gran puro y tenía una enorme cicatriz surcándole el rostro y el cráneo. Vestía un collar con el símbolo de los Guardias Infernales, y tenía tatuadas en el pecho tres sílabas: PA - DAS - TER. Significase lo que significase aquello.
Ese hombre antaño, era uno de los mejores efectivos del Cipher Pol, y era reconocido dentro de las tropas como un maravilloso espadachín del estilo nitoryu, y ahora era una bestia sin razonamiento y con ansia de destrucción, atrapado en un cuerpo sátiro.
Quimepengin se inclinó levemente y se lanzó a por mi corriendo con sus pequeñas y gorditas patitas de elefante, haciendo monísimos sonidos con cada paso y extendiendo los brazos a ambos lados de su cuerpo completamente poniendo las dos espadas apuntando hacia su izquierda y hacia su derecha, comenzando a agitar sus alas de mariposa y a soltar un leve rastro de purpurina, y aunque pudiera parecer amenazante, iba increíblemente despacio. Tanto así que sentí que la preparación y la epicidad del momento se estaba perdiendo por completo — ¡Vamos hombre! — dije con desánimo — Me da tiempo a escapar tres veces ¡espabila! — grité abandonando mi guardia y señalando con mi mano hacia el cielo, hacia el agujero por el que desaparecía el gigante, y entonces Quimepengin aprovechó mi bajada de guardia en su beneficio.
Dando un minúsculo saltito con sus ridículas patas, se sentó sobre su cola de pingüino y comenzó a girar sobre si mismo, ganando al instante una velocidad atronadora y convirtiéndose en un tornado de cortes que se acercaba a por mi como una peonza cargada de cuchillas — ¡¡Su put — el impacto de sus hojas apenas me permitió bajar las manos para anteponer mis antebrazos a su arremetida giratoria, sufriendo infinidad de cortes y parando parcialmente su avance.
Este iba a ser un combate más complicado que el anterior.
Info
