05-07-2026, 03:31 PM
El agua golpeaba mi cara. Mi cuerpo, aplastado contra el mástil del barco, se estremecía. No supe en qué momento había cerrado los ojos, ni cuando mi mandíbula se había convertido en una prensa. Apreté mis puños sobre la soga, temeroso de salir disparado por los aires, pero un temor aún mayor me hizo abrir los ojos. No sabía hacia qué nos dirijamos, ni tampoco qué le ocurría a mis compañeros. Separé los párpados poco a poco, formando una ranura que apenas me permitían ver las figuras ante mi bien definidas. Tomé aire y con ello un poco de valor. Abrí los ojos un poco más, mi rostro apretado en un gesto molesto. Un oscuro telón se cernía sobre nosotros. Daba igual donde mirase, solo había oscuridad. Acaso estaríamos ya camino del Hades? Busqué con la mirada a mis compañeros. Todos seguían ahí, en sus posiciones. Aferrándose al barco. Manteniendo la compostura. Rumbo hacia nuestro destino.
Un destello llamó mi atención. Fue algo potente, incontrolable. Algo que solo podía tener la forma de un dios; un relámpago. Me alegré al saber que no andábamos camino del inframundo, sino que estábamos atravesando la tormenta. Ese pensamiento hizo que mi boca se secase. Nadie podría superar algo así.
―Vamos a morir! No estoy preparado para el juicio de Osiris.
Mis quejas y súplicas se fueron aplacando a la par que lo hacía el negro de las nubes que nos rodeaban. Estábamos saliendo de la tormenta. Con vida. Sentí un peso diluirse dentro de mi interior. Tal vez fuera la tensión de mis músculos que se había aflojado, solo un poco. Quizá la ligera esperanza que comenzaba a forjarse en mi de poder sobrevivir a otra tormenta. Una más. Fue en ese momento cuando reparé en lo que sonaba a nuestro alrededor. Una melodía estruendosa, a un volumen que me hizo cuestionarme cómo no había sido capaz de oírla antes. No sé si fueron minutos o tal vez horas los que estuvimos surcando aquel espacio, aquel manto blanco interminable, pero finalmente, la Black Widow consiguió alzarse al otro lado. El sol volvía a calentar nuestra piel. Disfruté de cada rayo, y tuve que tapar el brillo que recaía sobre mis ojos con una de mis manos. Se notaba más intenso que nunca, tal vez debido a la cercanía. La proa del barco comenzó a bascular y a la par, el temor de mi mente viró hacia otro distinto. Las nubes se habían mostrado incorpóreas, intangibles a nuestro paso. Sin duda, ahora comenzaríamos nuestro descenso. El estómago me dio un vuelco. Cerré los ojos. No pretendía ver nuestro final, aún no. Apreté los dientes y me aferré a la soga más fuerte que nunca. Tomé unos instantes para suplicar por nosotros entre dientes. De repente, sentí como si el barco volviera a navegar de nuevo. El armazón parecía ser mecido por el oleaje. Me apresuré a desatar el nudo que me mantenía pegado al mástil. Corrí hacia la proa. Un esponjoso mar de nubes nos daba ahora sustento. Nunca había leído nada parecido en ninguno de mis libros. Navegar por las nubes... Eso sí que era una historia digna de contar.
Sin embargo, había muchos otros que no podrían contar su historia. Junto a nuestro barco, un sinfín de restos de algunos de los otros barcos que habían emprendido el mismo camino, eran el recuerdo de su desgracia. Más allá del mar blanco, nos esperaba una playa paradisíaca, extensa, que servía de barrera a la frondosa vegetación tras ella. Sobre ella, una ingente cantidad de caracolas. Su tamaño era mucho mayor a cualquiera de las que había visto con anterioridad. Miré a nuestro alrededor y vi que esas mismas caracolas se encontraban flotando en aquel peculiar mar. Estás eran sin duda, las culpables de aquella melodía apoteósica, que casi opacaba mis sentidos por completo.
El capitán anunció la llegada a la isla. Mis otros compañeros mostraron su asombro por haber llegado hasta Skypiea. Yo sin embargo, no podía para de mirar a un lado y otro, teniendo que el martes de nubes blancas se volviera en un mar de tormentas. Ese maldito fenómeno medioambiental no cesaba hasta cobrarse sus víctimas, y no estaba seguro de que se hubiese saciado con la cantidad de barcos que había hundido. Aún así, me doblé sobre la borda, justo sobre el mascarón de proa, para abrazar a mi modo a nuestro barco.
―Gracias, Black Widow. Eres el mejor barco. La mejor compañera. Pero avanza rápido hasta la tierra antes de que nos alcance esa dichosa tormenta.
No me despegué del barco hasta que hubimos alcanzado la costa. Sentirme unido a nuestro barco me hacía creer que estaba más seguro. Ya había demostrado que no sería tan fácil hundirla. Me incorporé e intenté contener la respiración, la cual seguía acelerada, como la de alguien que llevase corriendo horas. Rechacé de manera galante el ofrecimiento de Kiyoshi para ser tratado, pues no tenía heridas físicas y sus botiquines no podrían sanarme. Cogí una caja de provisiones, llené mi mochila con un par de piezas de fruta y alguna chacina, rellené una cantimplora grande y me dispuse a desembarcar.
―Ojalá se trate de ese tipo de juegos. Es más, me apuesto 1000 berries con cualquiera de vosotros a qué soy capaz de sacar mejores resultados que vosotros. No existe ningún juego que se me resista. Pero en tierra firme. No quiero que esa maldita tormenta vuelta y nos pille sobre este mar.
Descargué las provisiones que había cargado, me eché la mochila a la espalda y comencé a seguir a mi capitán, un par de metros detrás de Kiyoshi. Uker se me acercó para hablarme.
―Cualquiera que se aleje de una tormenta siempre se encuentra mejor, pero no estaré tranquilo hasta que nos hayamos adentrado. Qué crees que nos espere en esos juegos, Uker?
Entonces caminé para seguir la ruta escogida por Eros. Aquella marcada por una antorcha. Un camino entre el bosque de vegetación gigante. Avancé por fuera del sendero, desde la cobertura que me ofrecían los árboles, sin perder de vista a mis compañeros ni un solo segundo. Los juegos podrían haber comenzado ya.
Antología
