06-07-2026, 03:36 PM
(Última modificación: 06-07-2026, 03:37 PM por Candice Bonbon.)
Este momento tenía que llegar en un punto u otro. El momento en que me enfrentaría cara a cara con las fuerzas del Gobierno Mundial al que yo misma había servido, y sus perros de presa personales, aquella banda de imbéciles pretenciosos que se hacían llamar, en un oximorónico ejercicio de irónica hipérbole, Zoodiacool. Si algo ocurría, si alguien osaba desafiar a quienes encerraban allí a las fuerzas que desconocían y, por tanto, temían, ellos serían los primeros en hacer acto de presencia e intentar deshacer el entuerto en el que los inútiles de sus jefes se habían metido. Irónico: se enfrentarían a una de los Shichibukai a los que ellos mismos habían confiado la seguridad de los mares en el pasado.
Y, de la misma forma, yo había confiado mi seguridad al Caballero de Caramelo, la infame armadura que se había hecho eco en la historia de la piratería como uno de las fuerzas más enigmáticas y misteriosas. Y, de la misma manera que los Zoodiacool acudían en auxilio de sus amos, mi caballero de dulce armadura vendría a sacarme de aquel embrollo. El mundo habría se habría olvidado de mi reino, de mi linaje, de mi legítimo trono, pero nadie debía olvidarse de una de los Siete Señores de la Guerra. Mi Haki de Observación me permitía ver el ardiente aura de superioridad que llameaba en el interior de mi adversario. Apreté los dientes. Aquel muchacho había tan solo sido el primero de ellos en comerter el error de subestimarme, y sería también el primero en caer bajo el más dulce de los puños.
La armadura no tardó en, de alguna manera, tomar mi lugar en el combate, y sus puntiagudos guanteletes no tardaron en encontrarse con las pezuñas de Tenma. Al contacto físico, se volvió evidente que aquel Marine de pacotilla no tenía nada que hacer. — ¡A las niñas no se las pega, tonto-bobo estúpido! — grité desde el interior de mi armadura, que filtraba mi voz y la hacía sonar distorsionada y algo más grave de lo que realmente era, rebotando a través de su oquedad como una gran caja de resonancia que amplificaba cuanto yo decía, mientras forcejeaba con aquella enorme especie de minotauro. El Marine resistió mi empuje, incrustándose en el suelo y oponiendo toda la resistencia que su cuerpo daba de sí. Me resultó imposible contener mi risa ante lo débil y vano de su determinación. — ¡Car car car car car! ♫ ¡Conviértete en caramelooo! ♫ —
Desde las ranuras de caramelo, contemplé a mi oponente. Yo sabía que no tardaría en subyugarlo por completo en aquel forcejeo, pero la cuestión importante era ¿lo sabría él también? No podíamos dejar lugar a dudas. Mientras avanzaba en mi empuje, intentando apretando sus, en comparación, frágiles manos y aplastando sus dedos con los míos, volviendo su propio ímpetu contra él e impidiendo que pudiese escaparse de mí, los ojos de mi armadura quedaron fijos en los suyos. Y, si hubiera podido ver a través del denso caramelo, habría podido ver mi sonrisa mientras consolidaba mi absoluto dominio físico sobre su pobre ser. — ¡Sugary Sweet Slug! ¡Mejor, conviértete en una oruguita de caramelo, tontorrón! ¡Car car car! —
La boca de mi yelmo se abrió con un chirrido, siendo detenida por su propio mecanismo, y, tras un instante, como si de un grifo se tratase, de la misma comenzó a emerger un torrente de caramelo líquido que descendió hasta el suelo. El denso y azucarado líquido comenzó a mezclarse con la arena, reforzando su casi pétrea consistencia, a medida que comenzaba a enroscarse en las piernas del Zoodiacool y a subir por su cuerpo: primero, las rodillas, y luego la cintura, y luego el torso, y, finalmente, los brazos y la cabeza. El caramelo rápidamente cubrió la totalidad de su cuerpo, dejando pequeñas aperturas aquí y allá a causa de la irregularidad de su dulce superficie, a medida que comenzaba a endurecerse, formando una gran crisálida cristalina, rosácea y traslúcida a su alrededor, inmovilizándolo por completo pese a los esfuerzos de su enclenque musculatura. Despegué mis dedos de los suyos, y me dispuse a acabar con él. Aquella estatua de caramelo solo se rompería en mil pedazos en el preciso instante en que también lo hiciese la sensación de poder que ostentaba el Zoodiacool. Piratas más poderosos que él habían caído bajo aquellos mismos puños antes. Él no sería ninguna excepción. No lo sería, de la misma forma que no lo había sido nadie antes que él. Una buena norma no admite excepciones, y allí la norma tenía un nombre: Karamel Knight.
Y, de la misma forma, yo había confiado mi seguridad al Caballero de Caramelo, la infame armadura que se había hecho eco en la historia de la piratería como uno de las fuerzas más enigmáticas y misteriosas. Y, de la misma manera que los Zoodiacool acudían en auxilio de sus amos, mi caballero de dulce armadura vendría a sacarme de aquel embrollo. El mundo habría se habría olvidado de mi reino, de mi linaje, de mi legítimo trono, pero nadie debía olvidarse de una de los Siete Señores de la Guerra. Mi Haki de Observación me permitía ver el ardiente aura de superioridad que llameaba en el interior de mi adversario. Apreté los dientes. Aquel muchacho había tan solo sido el primero de ellos en comerter el error de subestimarme, y sería también el primero en caer bajo el más dulce de los puños.
— ¡KARAMEL KNIGHT! —
La armadura no tardó en, de alguna manera, tomar mi lugar en el combate, y sus puntiagudos guanteletes no tardaron en encontrarse con las pezuñas de Tenma. Al contacto físico, se volvió evidente que aquel Marine de pacotilla no tenía nada que hacer. — ¡A las niñas no se las pega, tonto-bobo estúpido! — grité desde el interior de mi armadura, que filtraba mi voz y la hacía sonar distorsionada y algo más grave de lo que realmente era, rebotando a través de su oquedad como una gran caja de resonancia que amplificaba cuanto yo decía, mientras forcejeaba con aquella enorme especie de minotauro. El Marine resistió mi empuje, incrustándose en el suelo y oponiendo toda la resistencia que su cuerpo daba de sí. Me resultó imposible contener mi risa ante lo débil y vano de su determinación. — ¡Car car car car car! ♫ ¡Conviértete en caramelooo! ♫ —
Desde las ranuras de caramelo, contemplé a mi oponente. Yo sabía que no tardaría en subyugarlo por completo en aquel forcejeo, pero la cuestión importante era ¿lo sabría él también? No podíamos dejar lugar a dudas. Mientras avanzaba en mi empuje, intentando apretando sus, en comparación, frágiles manos y aplastando sus dedos con los míos, volviendo su propio ímpetu contra él e impidiendo que pudiese escaparse de mí, los ojos de mi armadura quedaron fijos en los suyos. Y, si hubiera podido ver a través del denso caramelo, habría podido ver mi sonrisa mientras consolidaba mi absoluto dominio físico sobre su pobre ser. — ¡Sugary Sweet Slug! ¡Mejor, conviértete en una oruguita de caramelo, tontorrón! ¡Car car car! —
La boca de mi yelmo se abrió con un chirrido, siendo detenida por su propio mecanismo, y, tras un instante, como si de un grifo se tratase, de la misma comenzó a emerger un torrente de caramelo líquido que descendió hasta el suelo. El denso y azucarado líquido comenzó a mezclarse con la arena, reforzando su casi pétrea consistencia, a medida que comenzaba a enroscarse en las piernas del Zoodiacool y a subir por su cuerpo: primero, las rodillas, y luego la cintura, y luego el torso, y, finalmente, los brazos y la cabeza. El caramelo rápidamente cubrió la totalidad de su cuerpo, dejando pequeñas aperturas aquí y allá a causa de la irregularidad de su dulce superficie, a medida que comenzaba a endurecerse, formando una gran crisálida cristalina, rosácea y traslúcida a su alrededor, inmovilizándolo por completo pese a los esfuerzos de su enclenque musculatura. Despegué mis dedos de los suyos, y me dispuse a acabar con él. Aquella estatua de caramelo solo se rompería en mil pedazos en el preciso instante en que también lo hiciese la sensación de poder que ostentaba el Zoodiacool. Piratas más poderosos que él habían caído bajo aquellos mismos puños antes. Él no sería ninguna excepción. No lo sería, de la misma forma que no lo había sido nadie antes que él. Una buena norma no admite excepciones, y allí la norma tenía un nombre: Karamel Knight.
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