07-07-2026, 07:11 PM
75 de Primavera, Año 17 ❥ Faro de Baquella
If i'cant feel it in my chest...i'm in the wrong damn place
─ ♚ ─
Estaba en medio del campo de entrenamiento mientras el mar de sus ojos observaba ese poste, fijo, a unos metros de ella, como si fuera un enemigo. Ese pobre artefacto de madera, que había tenido la pésima suerte de ser elegido como su contrincante favorito, en su estructura revelaba las marcas de otros enfrentamientos, de las veces que ella se plantó frente a él con la intención de mejorar.
Su pecho amplio subía y bajaba, buscaba aire en medio de ese ritmo de respiración agitada que su cuerpo se negaba a concederle. El sudor descendía por su frente colándose bajo el cuello de ese uniforme de deporte que les entregaba la marina, adhiriendo un par de esas hebras azabache a sus mejillas. Cada musculo de su cuerpo le recordaba el agotamiento, sus brazos resentían el esfuerzo que acababa de hacer y sus muslos, temblorosos, amenazaban con ceder ante el siguiente desplazamiento pero sus manos sostenían firmes el mango de ambas katanas como si, al no hacerlo, ella misma estuviese admitiendo una debilidad que no tenía intenciones de consentir, ni a ella, ni a otros.
Más rápido. Tenía que lograr ir más rápido si quería esquivar los golpes que recibiera en un enfrentamiento real. Más rápido. Tenía que lograr ser más efectiva con el filo del acero si no quería estar en desventaja. Más rápido. Tenía que lograr acabar con sus enemigos con el menor daño posible si quería avanzar, pero, sobre todo, tenía que aprender a mitigar el daño en combate.
Porque aún tenía que encontrar a Aelira.
Cuando sus jadeos y su respiración entrecortada fue interrumpida por Ryu, el joven Marine, la Archeron ni siquiera se molestó en disimular el fastidio que se reflejaba en su rostro de líneas finas y pecas dispersas. Bastó con que girara por sobre el hombro para que Ryu, quien usualmente buscaba iniciar los encuentros, se cuestionase si interrumpirla había sido una buena decisión. Nyx percibió la duda en sus pasos, a mitad del campo de entrenamiento y, cuando finalmente decidió arriesgarse, notó como su mirada descendía hacia las espadas que ella tenía en sus manos – Es—es una carta oficial de la marina – se apresuró a explicar moviendo el sobre frente a él algo nervioso, como si aquel papel fuera un escudo contra esa mirada; Nyx aún no lograba definir si lo que estaba observando era el filo de sus espadas…o a ella.
No esperó que Ryu se fuese para abrir el documento, supuso que si enviaban a otro marine a entregar la información debía ser lo bastante urgente como para justificar la interrupción, y no se equivocó. Sus ojos pasaron rápidos por el contenido, finalmente su destino sería Baquella.
Aquello no le resultó extraño.
Hace una semana que los rumores se gestaban entre las barracas y los pasillos del cuartel, cobrando vida con cada una de las teorías de lo que estaba sucediendo y casi ninguna, sobrevivía a dos segundos de lógica. Los más tradicionalistas cotejaban grupos de piratas o bandidos que solo querían hacer el mal, como si las acciones se redujesen únicamente al blanco y el negro. Otros, teorizaban que un grupo de aldeanos estaban encubriendo el robo, o que el cuidador corrupto del faro al fin se daba a conocer. Incluso un par había insistido, con una convicción que podría poner en duda sus capacidades, que eran las sirenas o un gigante, que efectuaban el robo.
Exhalo lentamente, una sola vez, mientras guardaba el documento en el bolsillo de su pantalón. Los rumores tenían la capacidad de esparcirse como una enfermedad y dependiendo de quien les prestase oído, podrían traer problemas mas grandes. Por suerte, le habían pedido que investigara, no que creyera en ellos.
Baquella la recibió sin el ruido acostumbrado que daba vida al pueblo, con sus calles inusualmente vacías, las puertas parecían abrirse únicamente para dejar entrar a alguien a los hogares o los negocios, nadie buscaba salir hacia el frio inclemente de ese invierno. Ni siquiera los niños que acostumbraban a jugar en la plaza. No había rastro de esos comerciantes que gritaban a todo pulmón para ofrecer sus mercancías o los abuelos que rondaban arrastrando los pies en medio de sus conversaciones. El viento húmedo, que soplaba constante sin tregua desde la costa, se coló bajo el cuello de su uniforme y encontró también sus cabellos, esos azabaches escaparon de aquel recogido práctico para deslizarse sobre sus mejillas mientras otros se agitaban a su espalda, como si, ni siquiera el invierno, lograra mimetizarla con su paisaje gris.
Mientras avanzaba por ese lugar entre la bruma densa, acomodó la correa de su mochila de viaje sobre el hombro izquierdo, no necesitaba sacar el documento que llevaba para revisarlo. Memorizar cada detalle, no dejar un cabo suelto, era parte de su necesidad de no soltar el control. Esa costumbre vieja que la acompañaba hace años y que le demostraba, que depender de un papel en medio de una investigación era una distracción absolutamente innecesaria; sus ojos abandonaron a penas el camino para detenerse sobre esos mástiles a la lejanía, ya eran siete noches consecutivas en las que el faro se apagaba en los horarios que más podría necesitarse para otros barcos, nunca más de dos horas y siempre llevaba el mismo resultado del robo de un par de cajas o barriles de alguna embarcación.
Levanto con ligereza el mentón, ese gesto que denotaba su orgullosa calma ante su objetivo, ya que había sido, la situación del faro, lo primero que había llamado su atención en todo lo que contenía la carta oficial. Su lógica descartó la avería de algún mecanismo, la maquinaría podían fallar solo si sus piezas cedían ¿sería el caso? No lo creía. El escenario se repetía siempre en el mismo rango de horario, el apagón nocturno no era casualidad, era un patrón claro.
El detalle de la luz, quisieran o no, no convertía al encargado en culpable.
Calculo la altura de la torre a la distancia, intentar apagarlo y prenderlo todas las noches requería algo más que buena voluntad. Quizás, las luces que se apagaban y las sombras en el faro solo era una distracción para algo más grande. Si alguien era capaz de acercarse a los barcos cargados en plena noche ¿Por qué se llevaría únicamente dos a tres barriles, si podían vaciar la bodega? Robar algo, requería planificación independiente de la cantidad, y esa o esas personas, se estaban tomando demasiadas molestias por tres cajas por noche.
Tomó el desvió de camino, que creía, la llevaría a la torre y la visual de la estructura a cada paso le recordaba como abordaría la búsqueda de información: primero iría por el encargado, luego se acercaría a los comerciantes y el puerto para conocer los barcos, si las versiones no coincidían, alguien estaba mintiendo.
Y el plan hubiese sido perfecto, realmente perfecto, si no fuese por esa capacidad de la Archeron para encontrar caminos alternativos cuando solo se debía andar recto; cuando al fin el faro pareció erguirse por sobre todo lo demás, el sol intentaba colarse con fuerza entre las nubes grises del invierno y la imagen de esa estructura, solo le recordó, lo mucho que deseaba salir de Baterilla para no volver a atrás. Desde su posición, en medio de esa pendiente, entendió que solo había un acceso al faro y desde el punto que se encontraba parada, a medio camino del faro y la casa modesta del vigía, la pendiente le regalo una imagen del puerto a sus pies.
Era un lugar ideal para identificar los barcos y sus cargamentos.
Con ese movimiento inconsciente, acomodo las vainas de sus espadas a los costados de su cintura, una forma de asegurarse que sus pasos no fueran percibidos. Notó como la puerta del faro se abría a la distancia y un hombre mayor salía de su interior, Nyx no apresuró el paso solo redujo el ruido de sus botas sobre el suelo hasta volverlo casi imperceptible, esa habilidad que le habían permitido colarse en lugares que otros no podrían, le había demostrado tiempo atrás, que las personas tendían a hablar de más cuando se creen solas.
Su pecho amplio subía y bajaba, buscaba aire en medio de ese ritmo de respiración agitada que su cuerpo se negaba a concederle. El sudor descendía por su frente colándose bajo el cuello de ese uniforme de deporte que les entregaba la marina, adhiriendo un par de esas hebras azabache a sus mejillas. Cada musculo de su cuerpo le recordaba el agotamiento, sus brazos resentían el esfuerzo que acababa de hacer y sus muslos, temblorosos, amenazaban con ceder ante el siguiente desplazamiento pero sus manos sostenían firmes el mango de ambas katanas como si, al no hacerlo, ella misma estuviese admitiendo una debilidad que no tenía intenciones de consentir, ni a ella, ni a otros.
Más rápido. Tenía que lograr ir más rápido si quería esquivar los golpes que recibiera en un enfrentamiento real. Más rápido. Tenía que lograr ser más efectiva con el filo del acero si no quería estar en desventaja. Más rápido. Tenía que lograr acabar con sus enemigos con el menor daño posible si quería avanzar, pero, sobre todo, tenía que aprender a mitigar el daño en combate.
Porque aún tenía que encontrar a Aelira.
Cuando sus jadeos y su respiración entrecortada fue interrumpida por Ryu, el joven Marine, la Archeron ni siquiera se molestó en disimular el fastidio que se reflejaba en su rostro de líneas finas y pecas dispersas. Bastó con que girara por sobre el hombro para que Ryu, quien usualmente buscaba iniciar los encuentros, se cuestionase si interrumpirla había sido una buena decisión. Nyx percibió la duda en sus pasos, a mitad del campo de entrenamiento y, cuando finalmente decidió arriesgarse, notó como su mirada descendía hacia las espadas que ella tenía en sus manos – Es—es una carta oficial de la marina – se apresuró a explicar moviendo el sobre frente a él algo nervioso, como si aquel papel fuera un escudo contra esa mirada; Nyx aún no lograba definir si lo que estaba observando era el filo de sus espadas…o a ella.
No esperó que Ryu se fuese para abrir el documento, supuso que si enviaban a otro marine a entregar la información debía ser lo bastante urgente como para justificar la interrupción, y no se equivocó. Sus ojos pasaron rápidos por el contenido, finalmente su destino sería Baquella.
Aquello no le resultó extraño.
Hace una semana que los rumores se gestaban entre las barracas y los pasillos del cuartel, cobrando vida con cada una de las teorías de lo que estaba sucediendo y casi ninguna, sobrevivía a dos segundos de lógica. Los más tradicionalistas cotejaban grupos de piratas o bandidos que solo querían hacer el mal, como si las acciones se redujesen únicamente al blanco y el negro. Otros, teorizaban que un grupo de aldeanos estaban encubriendo el robo, o que el cuidador corrupto del faro al fin se daba a conocer. Incluso un par había insistido, con una convicción que podría poner en duda sus capacidades, que eran las sirenas o un gigante, que efectuaban el robo.
Exhalo lentamente, una sola vez, mientras guardaba el documento en el bolsillo de su pantalón. Los rumores tenían la capacidad de esparcirse como una enfermedad y dependiendo de quien les prestase oído, podrían traer problemas mas grandes. Por suerte, le habían pedido que investigara, no que creyera en ellos.
Baquella la recibió sin el ruido acostumbrado que daba vida al pueblo, con sus calles inusualmente vacías, las puertas parecían abrirse únicamente para dejar entrar a alguien a los hogares o los negocios, nadie buscaba salir hacia el frio inclemente de ese invierno. Ni siquiera los niños que acostumbraban a jugar en la plaza. No había rastro de esos comerciantes que gritaban a todo pulmón para ofrecer sus mercancías o los abuelos que rondaban arrastrando los pies en medio de sus conversaciones. El viento húmedo, que soplaba constante sin tregua desde la costa, se coló bajo el cuello de su uniforme y encontró también sus cabellos, esos azabaches escaparon de aquel recogido práctico para deslizarse sobre sus mejillas mientras otros se agitaban a su espalda, como si, ni siquiera el invierno, lograra mimetizarla con su paisaje gris.
Mientras avanzaba por ese lugar entre la bruma densa, acomodó la correa de su mochila de viaje sobre el hombro izquierdo, no necesitaba sacar el documento que llevaba para revisarlo. Memorizar cada detalle, no dejar un cabo suelto, era parte de su necesidad de no soltar el control. Esa costumbre vieja que la acompañaba hace años y que le demostraba, que depender de un papel en medio de una investigación era una distracción absolutamente innecesaria; sus ojos abandonaron a penas el camino para detenerse sobre esos mástiles a la lejanía, ya eran siete noches consecutivas en las que el faro se apagaba en los horarios que más podría necesitarse para otros barcos, nunca más de dos horas y siempre llevaba el mismo resultado del robo de un par de cajas o barriles de alguna embarcación.
Levanto con ligereza el mentón, ese gesto que denotaba su orgullosa calma ante su objetivo, ya que había sido, la situación del faro, lo primero que había llamado su atención en todo lo que contenía la carta oficial. Su lógica descartó la avería de algún mecanismo, la maquinaría podían fallar solo si sus piezas cedían ¿sería el caso? No lo creía. El escenario se repetía siempre en el mismo rango de horario, el apagón nocturno no era casualidad, era un patrón claro.
El detalle de la luz, quisieran o no, no convertía al encargado en culpable.
Calculo la altura de la torre a la distancia, intentar apagarlo y prenderlo todas las noches requería algo más que buena voluntad. Quizás, las luces que se apagaban y las sombras en el faro solo era una distracción para algo más grande. Si alguien era capaz de acercarse a los barcos cargados en plena noche ¿Por qué se llevaría únicamente dos a tres barriles, si podían vaciar la bodega? Robar algo, requería planificación independiente de la cantidad, y esa o esas personas, se estaban tomando demasiadas molestias por tres cajas por noche.
Tomó el desvió de camino, que creía, la llevaría a la torre y la visual de la estructura a cada paso le recordaba como abordaría la búsqueda de información: primero iría por el encargado, luego se acercaría a los comerciantes y el puerto para conocer los barcos, si las versiones no coincidían, alguien estaba mintiendo.
Y el plan hubiese sido perfecto, realmente perfecto, si no fuese por esa capacidad de la Archeron para encontrar caminos alternativos cuando solo se debía andar recto; cuando al fin el faro pareció erguirse por sobre todo lo demás, el sol intentaba colarse con fuerza entre las nubes grises del invierno y la imagen de esa estructura, solo le recordó, lo mucho que deseaba salir de Baterilla para no volver a atrás. Desde su posición, en medio de esa pendiente, entendió que solo había un acceso al faro y desde el punto que se encontraba parada, a medio camino del faro y la casa modesta del vigía, la pendiente le regalo una imagen del puerto a sus pies.
Era un lugar ideal para identificar los barcos y sus cargamentos.
Con ese movimiento inconsciente, acomodo las vainas de sus espadas a los costados de su cintura, una forma de asegurarse que sus pasos no fueran percibidos. Notó como la puerta del faro se abría a la distancia y un hombre mayor salía de su interior, Nyx no apresuró el paso solo redujo el ruido de sus botas sobre el suelo hasta volverlo casi imperceptible, esa habilidad que le habían permitido colarse en lugares que otros no podrían, le había demostrado tiempo atrás, que las personas tendían a hablar de más cuando se creen solas.
Léeme
