[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano
#74
El sendero era ancho, y permitía un tránsito cómodo y, hasta cierto punto, despreocupado, pero no para Stroud. Sus ojos grises mantenían fija su mira sobre cuantos elementos afloraban a su alrededor, en su tránsito por el camino que había escogido, danzando de un lugar a otro bajo los cabellos rubios del Marine, ya casi secos pero aún apelmazados y despeinados tras el trastabillado viaje por la Knock Up Stream, al igual que el resto de su uniforme. Los sonidos de la exótica fauna del lugar no se asemejaban a ningún otro que hubiese conocido, a excepción, tal vez, de Little Garden. Como había sospechado, absolutamente nada de toda la abundante vegetación era comestible, y algunas de las setas y los hongos que surgían por los bordes más sombreados del camino eran, en efecto, letalmente tóxicos. Constantemente miraba hacia detrás, de refilón, asegurándose de que la formación continuase por el sendero de forma ininterrumpida, para inmediatamente volver a su frente e intentar atisbar los giros del camino. El sentido de permanente alarma que lo caracterizaba lo mantenía atento a cuanto pudiese ocurrir, incluso en un lugar como aquel, y parecía sobreponerse, incluso, a la extraordinaria perspectiva de estar en la misma cima del mundo, más allá de las nubes, cientos de metros por encima de los mares que tanto tiempo llevaba navegando. El Marine siempre había sido de naturaleza vigilante, prevenida, y, mientras que podía resultar sencillo obnubilarse ante la idea de la legendaria tierra de Skypiea —si es que aquello era, en efecto, la célebre isla a la que los había convocado Zarutsuki a su antojo— y maravillarse ante un lugar tan escasamente conocido, en el joven Marine prevalecía, aun no por mucho, el instinto de no dejar ningún recoveco sin vigilar, ninguna amenaza reptar sobre ellos sin que él lo anticipase. Y, en parte, tal vez aquella fría serenidad fuese una forma de ocultar que, en algún rincón de su ser, aún no había descartado haber perdido la cabeza por completo.


Instantes atrás, varios de los demás Marines que habían arribado a aquella misteriosa playa y su mar de mullidas nubes, con la densidad suficiente como para sostener los navíos que los habían transportado hasta allí, se habían presentado entre sí, presentando distintos grados de formalidad —como habían hecho los miembros de su propia división—, no todos ellos del gusto de Stroud. La extraña humana-mink ni siquiera se había dignado a presentarse formalmente. El inconfundible Saint Vangelis Enji, sobre cuyas hazañas ya había tenido la oportunidad de leer en algún periódico pasado, se presentó con menos rigor del que hubiese esperado. "En el periódico parecía más serio," había pensado para sí, intentando ocultar su perplejidad, mientras le había tendido la mano con educación y observado lo excepcionalmente poco ortodoxo e indecoroso de su —no— vestimenta, si bien se abstuvo de efectuar comentario alguno. En su lugar, se cuadró con particular formalidad ante él, lo cual consideraba absolutamente fundamental. Otro, enorme y que debía de tratarse de una suerte de Gyojin, se había presentado como Comandante Cangrejo Tortuga Juan Sebastián (lo cual había provocado la rígida subida de una de las cejas de Stroud, así como una excepcional sonrisa esbozada en el rostro del joven comandante, que no había tenido del todo claro dónde terminaba su título y dónde empezaba su nombre en aquel trabalenguas) y le había tendido inicialmente una pinza, pareciendo haberlo reconocido de algún periódico, algo que lo pilló más bien desprevenido. Era la primera vez, que recordase, que tal cosa había ocurrido, si bien también era cierto que únicamente había empezado a salir en las páginas del World Economy News Paper muy recientemente, y le había causado cierto rubor. El comandante Hasegawa Shin, como se había presentado, había actuado con relativa formalidad, si bien de forma algo patosa, tal y como había presentado al resto de sus hombres. Stroud esperaba un protocolo más adecuado del líder de una división. Su exaltación de sí mismo como futuro mejor Marine de la historia había provocado un segundo y más pronunciado alzamiento de ceja del joven Nanashi, aunque, en toda honestidad, le sonaba haber leído algo sobre él en los mismos periódicos, por lo que el peliblanco podía resultar más prometedor de lo que sus modales daban a entender, aunque tenía mucho que aprender. El muchacho rubio aparentemente a las órdenes de Enji ni siquiera se dignó a presentarse al principio, algo que Stroud atribuyó a la edad —irónicamente—, hasta que se reveló como Akira Raito, además de definirse como soldadito marinero que conoció a una sirena, para incredulidad del joven. Abundaban la juerga, las risas desenfadadas, el buen humor y las bromas fuera de lugar: todo lo que estaba mal en el mundo. Así imaginaba Stroud que debía de ser una reunión de Revolucionarios. Empezaba a preguntarse si aquellos tipos eran realmente Marines y no estaba frente a algún tipo de estafa. El que se presentó como Kael Omuyaga, y que daba la impresión de ser, tal vez, el único taciturno y con cierto sentido de la etiqueta de aquel grupúsculo, avaló las cualidades del comandante Hasegawa, algo que apaciguó las inquietudes de Stroud frente a aquel panorama.

[Imagen: RdmmMXC.png]
El shock ha sido lo suficientemente potente como para ameritar la primera, y probablemente única, imagen de reacción de Stroud.

El camino fue largo, y dio tiempo suficiente de charlar y de, más aún, escuchar cómo charlaban los demás. Sin disimulo alguno, mientras los demás charlaban, y apresurándose para no retrasar al grupo, llegado cierto punto se agachó junto a una de las setas más tóxicas —en caso de ingestión— que pudo identificar, empleando una hoja a modo de guante para arrancarla con sumo cuidado, envolverla y guardarla en una pequeña bolsita, entre sus pertenencias. Mientras proseguían la caminata, y sin cesar del todo su constante vigilancia, se decidió a hablar un poco, rompiendo su habitual silencio. "Nosotros... ya nos hemos presentado. Bertram, Moja, Kibai y yo mismo, Stroud," dijo, señalando con el dedo pulgar hacia cada uno de ellos a medida que mencionaba sus nombres, para finalizar señalándose a sí mismo. Consideraba que era adecuado recordar los nombres, en tal marabunta de uniformados. A medida que todos caminaban, fue sacando de su bolsillo pequeñas tarjetas de presentación, entregándolas a cada uno de los Marines de aquella comitiva, como un acto meramente profesional. Eran similares a las que, en su día, él mismo había intentado manufacturar y había entregado a los agentes del Gobierno Mundial que había conocido en Samba a modo de presentación, algo más de dos años atrás. Resultaba extraño, pero sentía que había pasado una eternidad desde aquellos acontecimientos, antes siquiera de haber comenzado a navegar las aguas del Grand Line. Esta vez, las tarjetas eran ligeramente distintas, pero las mismas en esencia, mas respondían a una necesidad más urgente: la de entrelazar una pequeña red de contactos estratégicos entre todos sus colegas uniformados. Cada uno de los Marines de aquel sendero recibió una de ellas durante su avance, pudiendo percibir lo trabajado de su textura y lo elaborado de sus colores. Cada tarjeta mostraba el estilizado nombre —con su apellido correctamente actualizado, eso sí—, su cargo y, en la parte trasera, su número de Den Den Mushi. Cualquiera que aceptase aquella tarjeta tendría la posibilidad de hablar con el comandante para lo que dispusiese (algo de lo que, estaba seguro, no se arrepentiría).

Parte frontal de la tarjeta


Durante la caminata, Juan Sebastián mencionó Kyodaina, un lugar que a Stroud prácticamente no le sonaba de nada. Akira también, claro, y les preguntó de dónde venían. Las sospechas de Stroud se cumplieron cuando el joven Raito mencionó la corriente Akai. "Somos la 60, llevamos ya...," detuvo su habla por un instante, haciendo algunas cuentas para sí, "un par de años en el Grand Line, tal vez algo más," estimó, rascándose ligeramente la sien. Hablaba en aquel tono de voz inquebrantable, de mármol, que lo caracterizaba, en que ninguna palabra parecía desentonar con ninguna otra. "Venimos desde Arabasta, en la corriente Rakusei, aunque creo que ninguno de vosotros ha estado por allí, ¿me equivoco?," inquirió, girándose a observar las reacciones de los demás mientras continuaba su caminata. "Es un placer coincidir con todos vosotros aquí," indicó finalmente. No era poca cosa que Stroud dijese aquello. Y era cierto: había cierto alivio en comprobar que no estaban solos en aquel mar de nubes, y que tampoco lo habían estado allí abajo, en el Mar Azul. El joven era consciente de la enorme cantidad de efectivos de que disponía la Marina, pero, durante sus años de viaje, apenas habían tenido oportunidad de encontrarse con otras divisiones, más allá de los fortuitos hallazgos en los cuarteles y en las zonas más fortificadas de las islas que habían visitado. En un lugar como aquel, que más bien parecía otro planeta, alejado del mundo, en la cima de los mismos cielos, era reconfortante ver más de aquellos uniformes y aquellas insignias, por pintorescos que pudieran llegar a ser sus portadores.


Sin embargo, sus pensamientos se detuvieron en seco en el momento en que pudo vislumbrar el final del camino. Comenzaron a oírse comentarios, pero Stroud no los escuchó. Todo lo demás, incluidos el cansancio tras la caminata, sus compañeros de la Marina y la propia jungla, se desvaneció por un momento, y quedó frente a frente con lo que aguardaba. Frente a ellos, aquella densa masa boscosa tocaba a su fin, y, separada de ellos por un pequeño río, se extendía una civilización que refulgía bajo el sol con el color del oro. Por primera vez en su vida, Stroud, simplemente, no creyó lo que veía. Se frotó los ojos —con la mano que no había empleado para arrancar la seta, pese a sus precauciones, solo por si acaso—, convencido de que, en efecto, había perdido la cabeza. Ni siquiera fue consciente de cómo continuó caminando y, dando un salto veloz con una naturalidad inexplicable, saltó aquel río, cuyo ancho no debía de abarcar más de diez metros entre una orilla y otra. Tampoco prestó atención a los otros grupos que, simultáneamente, emergían desde otros lugares, llegando al mismo lugar que ellos, aun separados por cierta distancia entre sí. Sus ojos grises fueron de tejado en tejado, observando las magníficas construcciones de oro que abundaban frente a sí, para luego viajar hasta aquella suerte de estadio que parecía ocupar el centro de todo y, más allá, hacia su derecha, aquella gran pirámida dorada que lo coronaba todo, y que se alzaba como la cima de la cima del cielo. Todos los habitantes de aquella isla eran seres alados de una u otra condición, y, en cierto modo, era como estar rodeado de ángeles. Como por instinto, sin siquiera pensar qué hacía, continuó caminando, aproximándose hacia los bordes de la gran planicie ovalada de tierra. Ni siquiera pronunció palabra, y permaneció allí, embelesado, contemplando el lugar al que Zarutsuki los había convocado. Su cordura debía de haberse quedado allí abajo, junto al mismo lugar en que había emergido la Knock Up Stream.




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