07-07-2026, 09:03 PM
(Última modificación: 07-07-2026, 09:24 PM por Kibai.
Razón: Correcciones ortográficas menores
)
El camino que habían elegido recorrer los tres grupos de marines, por fortuna, resultó ser lo suficentemente ancho como para poder transitarlo sin problemas. Kibai, siguiendo el paso de Stroud con un caminar ligero y cómodo, se acomodó mejor el morral con sus provisiones a su espalda y las dos vainas de Arashi y Raimei. Aunque mantenía un sentido de alerta constante como siempre que se encontraba en un lugar nuevo, lo cierto era que volver a encontrarse en un lugar tan rebosante de vida salvaje le hacía sentirse cómodo de nuevo.
Cuando el soldado de pelo azabache se le acercó, presentándose como Kael Omuyaga se le acercó para inercambiar los números de Den Den Mushi y así mantener la comunicación mientras estuviesen en la isla, el mink sonrió y le estrechó vigorosamente la mano.
— Es un placer compañero. Coincido totalmente, no sé exactamente como de grande es este lugar, pero sin duda es un amuy buena idea que todos podamos localizarnos en caso de que haya algún tipo de problema, o que simplemente nos necesitemos para algo.
Tras decirle la combinación que permitía establecer comunicación con su propio caracol transistor, Kibai le dio una calurosa palmada en la espalda a Kael, mientras continuaban andando.
— Bueno, cuéntame de vosotros. Lo poco que he leído de vuestra División es que vuestro líder fue ascendido tras un incidente en los Cabos Gemelos. Desde luego, ese lugar siempre por un motivo u otro resulta ser peliagudo de cruzar. Nosotros casi perdemos el barco en un choque múltiple, pero es una larga historia que prefiero contar alrededor de un hoguera. Estoy seguro que vosotros también tendréis vuestra ración.
Mientras la jungla los envolvía y la blancura del mar de nubes iba quedando atrás, Kibai retomó su hábito de filtrar los aromas del aire para tratar de discernir si algo podía estar acechándolos, aunque muy desesperado o hambriento tenía que estar cualquier animal para atreverse a atacar una comitiva tan numerosa.
— Eso, o ser un bicho muy grande...— pensó para si el mink, recordando que en algunas islas, especialmente las más aisladas, no era muy difícil encontrarse con especies enormes que habían persistido en ellas durante un número inconmensurable de años.
Poco a poco, la jungla fue haciéndose cada vez más tupida, al punto de cubrir incluso sus cabezas, sumiendo el camino y a los marines en un agradable penumbra al bloquear la luz del sol. O al menos, así era para el mink, y de seguro para su compañero Moja, ya que ambos veían perfectamente en la oscuridad.
Adelantándose brevemente hasta alcanzar el paso de Stroud, el mink observó a su alrededor, captando pequeños destellos de ojos que lso observaban desde los laterales del sendero.
— Comandante, si la jungla se va haciendo aún más tupida, y dado la gran cantidad de cosas que al parecer están muy atentos a nuestro paso, sugiero que al menos Moja y yo nos pongamos al principio y al final, así podremos controlar los alrededores sin problema. Y al menos la humink también es posible que pueda echarnos una mano, si ha sacado la parte buena de nosotros.
Acto seguido, el mink retrasó sus pasos hasta colcarse al lado de la joven humink, haciendo un gesto informal de saludo con la mano.
— Buenas! Disculpa, como estás? Mi nombre es Kibai, es un placer.
Estudiando sus rasgos con atención, el mink supuso que uno de sus padres habría sido algún tipo de mink zorro o alguna especie similar. Aquello era una pista bastante prometedora. Bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro, Kibai apartó la vista de los alrededores para fijarlo en el frente.
— Qué tal se te da manejarte en situaciones de poca visibilidad? Tenemos un montón de observadores a ambos lados, y no me gustaría que algún bicho con ganas de llenar el buche le apeteciese intentar asaltar el buffet libre. Mi compañero Moja y yo podemos distribuirnos para cubrir la mayoría del área, pero nos vendría muy bien tu ayuda.
Antes de poder añadir algo más, Kibai alzó las orejas cuando el gyojin cangrejo y el humano rubio (Comandante Toruga Juan Sebastián y Akira habían dicho?) les preguntó de qué correinte e isla venían.
— Arabasta, corriente Rakusei, aunque no hemos estado allí demasiado tiempo, y antes en Drum, un páramo helado del que no guardo especial cariño, la verdad. — contestó con una pequeña risa. — Bichos grandes y bosques eh? No notaréis mucho el cambio, a buen seguro...
Mientras contiuaban avanzando y la espesura de la jungla no parecía disminuir, Kibai fue consciente de que aquel entorno también podía contribuir a la desorientación de uno, siempre y cuando no tuviesen otros medios a su alcance para distiguir en qué dirección se estaban moviendo. Por suerte, el camino parecía lo suficentemente practicable como para recorrerlo sin problemas, aunque se le asemejaba más bien un sendero forestal que una vía de tránsito propiamente dicha.
No obstante, sus pensamientos en aquel sentido se vieron interrumpidos cuando las fosas nasales del mink, que trataban de separar continuamente todos los olores entremezclados que llegaban a su percepción, comenzaron a distinguir de entre todo aquel miasma algunos aromas demasiado intensos, lo cual inmediatamente encendió sus alertas. Con mucha frecuencia, las plantas con aromas muy fuertes de manera natural eran venenosas, y tras un examen rápido de su entorno, y localizar varios hongos de colores brillantes y flores demasiado coloridas, el mink comprobó que su olfato, una vez más, no le había engañado.
— Mucho ojo! — dijo alzando la voz para que los miembros de las tres divisiones le oyeran. — No toquéis nada de lo que está creciendo en los bordes del camino. Por lo que puedo oler, hay una gran cantidad de especies venenosas creciendo en esta zona. Si en algún momento el camino se estrecha, tened cuidado de que nada os roce la piel desnuda u os manche la ropa.
Kibai sabía que en general con aquel aviso debería bastar, pero aún así, seguramente influenciado por su propia mala experiencia en Little Garden, procuró echar la vista atrás de vez en cuando para asegurarse de que todo el mundo era consciente de su aviso.
Varias horas más tarde, los ojos de Kibai se abrieron como platos cuando el camino desembocó en la vereda de un río, de al menos unos diez metros de ancho que fluía con una corriente blanca constante y, curiosamente para tratarse de nubes, caudalosa. Sin embargo, lo que de verdad impresionó al mink era lo que había al otro lado del río.
Una enorme pirámide dorada se alzaba a su derecha, una construcción pantagruélica que se alzaba como un gigantesco monumento hacia el despejado cielo. Aquel mamotreto era de planta rectangular, construido en forma de zigurat, cuya cima se alzaba cientos de metros sobre sus cabezas. Cada trozo de la pirámide refulgía brillantemente a la luz del sol, lanzando destellos que le hacían parecer una estrella en medio de la jungla. Colocando una mano sobre los ojos para atenuar el resplandor, el mink se percató de que aquellos brillos eran producto de los vidrios de múltiples ventanales que horadaban la fachada como si fuesen las celdas de una colmena.
Frente a la pirámide, se podían ver una gran cantidad de edificaciones, que con tan solo una planta de alto, eran totalmente empequeñecidas por la pirámide, la cual, tras una breve comparación, Kibai pudo calcular que tranquilamente era cien veces más alta que los edificios que se acumulaban a sus pies como piedrecillas ante una montaña. Al igual que esta, el resto de edificios parecían hechos de oro y su arquitectura era idéntica en su mayoría, salvo algunas contadas excepciones dónde el tamaño variaba ligeramente, pero nunca de alguna manera que osase siquiera compararse al primer piso de la pirámide.
Justo enfrente de sus ojos, una estructura de madera, más alta que las casas circundantes, se alzaba en un segmento curvado. Dado lo poco que podían ver desde su posición, Kibai supuso que eran algún tipo de gradas, dado que mostraban un escalonado inverso en su construcción, algo desgastada y con pequeñas grietas aquí y allá, aunque nada que aparentemente comprometiese la estructura. Más a su izquierda, varias plataformas de arena
Agachándose apoyando una rodilla en tierra cerca del río, el mink examinó la superficie del río, sin poder calcular exactamente la profundidad en un inicio. Simplemente para asegurarse, Kibai extendió ambas manos, generando un enjambre de cincuenta avispas desde ambas palmas, las cuales se desplegaron en cinco grupos de diez, que recorrieron el caudal de la corriente a lo largo de los diez metros de anchura del río y en un abanico de veinte metros a su alrededor. Los insectos zumbaron ligeramente mientras volaban por encima de las nubes, examinando la superficie en el caso de que hubiese algo al acecho, antes de regresar a comunicarle los resultados de sus pesquisas a su dueño.
Echando la vista atrás y a ambos lados para intercambiar miradas con el resto de marines, calculó que él podría saltar sin problema aquella superficie, aunque puede que algunos de sus compañeros no. Mirando hacia Moja, Kibai se levantó y se acercó hacia el mink pantera.
— Que opinas, si alguno no es capaz de saltar, podrías echarle una mano con tu fruta?
Habiendo visto las capacidades de la Akuma no Mi de su compañero en primera persona varias veces (y también las había sentido en su carne) de modo que en el caso de que alguno de los marines no fuese capaz de sortear aquel obstáculo natural, los poderes de Moja eran una buena opción.
—¡Tadaaaaa!—
Kibai se giró hacia el otro lado de la orilla, a dónde Juan Sebastián y Akira habían saltado, el primero con bastante menos gracias que el segundo, balanceando los brazos para estabillizar el aterrizaje. Notando como las garras delanteras le surgían de golpe, el mink dirigió una fugaz mirada hacia Stroud.
— Aunque, pensándolo bien, no hay razones para no llegar al lugar con un poco de estilo, no? — añadió esbozando una sonrisa. No era por fardar, pero ya que estaban tres divisiones de la Marina, que menos que llegar con un mínimo de empaque.
Tras aquellas palabras, el mink flexionó levemente las piernas, agitando de lado a lado la cola para equilibrarse, antes de dar un fuerte salto, arqueando su cuerpo en un grácil mortal inverso a la vez que realizaba una torsión en le punto más alto de la parábola, aterrizando de manera perfectamente calculada enfrente del gyojin cangrejo.
Soltando una sonora carcajada, el mink esperó a que el resto de sus compañeros cruzasen el río antes de dirigirse hacia la entrada de la ciudad.
Cuando el soldado de pelo azabache se le acercó, presentándose como Kael Omuyaga se le acercó para inercambiar los números de Den Den Mushi y así mantener la comunicación mientras estuviesen en la isla, el mink sonrió y le estrechó vigorosamente la mano.
— Es un placer compañero. Coincido totalmente, no sé exactamente como de grande es este lugar, pero sin duda es un amuy buena idea que todos podamos localizarnos en caso de que haya algún tipo de problema, o que simplemente nos necesitemos para algo.
Tras decirle la combinación que permitía establecer comunicación con su propio caracol transistor, Kibai le dio una calurosa palmada en la espalda a Kael, mientras continuaban andando.
— Bueno, cuéntame de vosotros. Lo poco que he leído de vuestra División es que vuestro líder fue ascendido tras un incidente en los Cabos Gemelos. Desde luego, ese lugar siempre por un motivo u otro resulta ser peliagudo de cruzar. Nosotros casi perdemos el barco en un choque múltiple, pero es una larga historia que prefiero contar alrededor de un hoguera. Estoy seguro que vosotros también tendréis vuestra ración.
Mientras la jungla los envolvía y la blancura del mar de nubes iba quedando atrás, Kibai retomó su hábito de filtrar los aromas del aire para tratar de discernir si algo podía estar acechándolos, aunque muy desesperado o hambriento tenía que estar cualquier animal para atreverse a atacar una comitiva tan numerosa.
— Eso, o ser un bicho muy grande...— pensó para si el mink, recordando que en algunas islas, especialmente las más aisladas, no era muy difícil encontrarse con especies enormes que habían persistido en ellas durante un número inconmensurable de años.
Poco a poco, la jungla fue haciéndose cada vez más tupida, al punto de cubrir incluso sus cabezas, sumiendo el camino y a los marines en un agradable penumbra al bloquear la luz del sol. O al menos, así era para el mink, y de seguro para su compañero Moja, ya que ambos veían perfectamente en la oscuridad.
Adelantándose brevemente hasta alcanzar el paso de Stroud, el mink observó a su alrededor, captando pequeños destellos de ojos que lso observaban desde los laterales del sendero.
— Comandante, si la jungla se va haciendo aún más tupida, y dado la gran cantidad de cosas que al parecer están muy atentos a nuestro paso, sugiero que al menos Moja y yo nos pongamos al principio y al final, así podremos controlar los alrededores sin problema. Y al menos la humink también es posible que pueda echarnos una mano, si ha sacado la parte buena de nosotros.
Acto seguido, el mink retrasó sus pasos hasta colcarse al lado de la joven humink, haciendo un gesto informal de saludo con la mano.
— Buenas! Disculpa, como estás? Mi nombre es Kibai, es un placer.
Estudiando sus rasgos con atención, el mink supuso que uno de sus padres habría sido algún tipo de mink zorro o alguna especie similar. Aquello era una pista bastante prometedora. Bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro, Kibai apartó la vista de los alrededores para fijarlo en el frente.
— Qué tal se te da manejarte en situaciones de poca visibilidad? Tenemos un montón de observadores a ambos lados, y no me gustaría que algún bicho con ganas de llenar el buche le apeteciese intentar asaltar el buffet libre. Mi compañero Moja y yo podemos distribuirnos para cubrir la mayoría del área, pero nos vendría muy bien tu ayuda.
Antes de poder añadir algo más, Kibai alzó las orejas cuando el gyojin cangrejo y el humano rubio (Comandante Toruga Juan Sebastián y Akira habían dicho?) les preguntó de qué correinte e isla venían.
— Arabasta, corriente Rakusei, aunque no hemos estado allí demasiado tiempo, y antes en Drum, un páramo helado del que no guardo especial cariño, la verdad. — contestó con una pequeña risa. — Bichos grandes y bosques eh? No notaréis mucho el cambio, a buen seguro...
Mientras contiuaban avanzando y la espesura de la jungla no parecía disminuir, Kibai fue consciente de que aquel entorno también podía contribuir a la desorientación de uno, siempre y cuando no tuviesen otros medios a su alcance para distiguir en qué dirección se estaban moviendo. Por suerte, el camino parecía lo suficentemente practicable como para recorrerlo sin problemas, aunque se le asemejaba más bien un sendero forestal que una vía de tránsito propiamente dicha.
No obstante, sus pensamientos en aquel sentido se vieron interrumpidos cuando las fosas nasales del mink, que trataban de separar continuamente todos los olores entremezclados que llegaban a su percepción, comenzaron a distinguir de entre todo aquel miasma algunos aromas demasiado intensos, lo cual inmediatamente encendió sus alertas. Con mucha frecuencia, las plantas con aromas muy fuertes de manera natural eran venenosas, y tras un examen rápido de su entorno, y localizar varios hongos de colores brillantes y flores demasiado coloridas, el mink comprobó que su olfato, una vez más, no le había engañado.
— Mucho ojo! — dijo alzando la voz para que los miembros de las tres divisiones le oyeran. — No toquéis nada de lo que está creciendo en los bordes del camino. Por lo que puedo oler, hay una gran cantidad de especies venenosas creciendo en esta zona. Si en algún momento el camino se estrecha, tened cuidado de que nada os roce la piel desnuda u os manche la ropa.
Kibai sabía que en general con aquel aviso debería bastar, pero aún así, seguramente influenciado por su propia mala experiencia en Little Garden, procuró echar la vista atrás de vez en cuando para asegurarse de que todo el mundo era consciente de su aviso.
Varias horas más tarde, los ojos de Kibai se abrieron como platos cuando el camino desembocó en la vereda de un río, de al menos unos diez metros de ancho que fluía con una corriente blanca constante y, curiosamente para tratarse de nubes, caudalosa. Sin embargo, lo que de verdad impresionó al mink era lo que había al otro lado del río.
Una enorme pirámide dorada se alzaba a su derecha, una construcción pantagruélica que se alzaba como un gigantesco monumento hacia el despejado cielo. Aquel mamotreto era de planta rectangular, construido en forma de zigurat, cuya cima se alzaba cientos de metros sobre sus cabezas. Cada trozo de la pirámide refulgía brillantemente a la luz del sol, lanzando destellos que le hacían parecer una estrella en medio de la jungla. Colocando una mano sobre los ojos para atenuar el resplandor, el mink se percató de que aquellos brillos eran producto de los vidrios de múltiples ventanales que horadaban la fachada como si fuesen las celdas de una colmena.
Frente a la pirámide, se podían ver una gran cantidad de edificaciones, que con tan solo una planta de alto, eran totalmente empequeñecidas por la pirámide, la cual, tras una breve comparación, Kibai pudo calcular que tranquilamente era cien veces más alta que los edificios que se acumulaban a sus pies como piedrecillas ante una montaña. Al igual que esta, el resto de edificios parecían hechos de oro y su arquitectura era idéntica en su mayoría, salvo algunas contadas excepciones dónde el tamaño variaba ligeramente, pero nunca de alguna manera que osase siquiera compararse al primer piso de la pirámide.
Justo enfrente de sus ojos, una estructura de madera, más alta que las casas circundantes, se alzaba en un segmento curvado. Dado lo poco que podían ver desde su posición, Kibai supuso que eran algún tipo de gradas, dado que mostraban un escalonado inverso en su construcción, algo desgastada y con pequeñas grietas aquí y allá, aunque nada que aparentemente comprometiese la estructura. Más a su izquierda, varias plataformas de arena
Agachándose apoyando una rodilla en tierra cerca del río, el mink examinó la superficie del río, sin poder calcular exactamente la profundidad en un inicio. Simplemente para asegurarse, Kibai extendió ambas manos, generando un enjambre de cincuenta avispas desde ambas palmas, las cuales se desplegaron en cinco grupos de diez, que recorrieron el caudal de la corriente a lo largo de los diez metros de anchura del río y en un abanico de veinte metros a su alrededor. Los insectos zumbaron ligeramente mientras volaban por encima de las nubes, examinando la superficie en el caso de que hubiese algo al acecho, antes de regresar a comunicarle los resultados de sus pesquisas a su dueño.
Echando la vista atrás y a ambos lados para intercambiar miradas con el resto de marines, calculó que él podría saltar sin problema aquella superficie, aunque puede que algunos de sus compañeros no. Mirando hacia Moja, Kibai se levantó y se acercó hacia el mink pantera.
— Que opinas, si alguno no es capaz de saltar, podrías echarle una mano con tu fruta?
Habiendo visto las capacidades de la Akuma no Mi de su compañero en primera persona varias veces (y también las había sentido en su carne) de modo que en el caso de que alguno de los marines no fuese capaz de sortear aquel obstáculo natural, los poderes de Moja eran una buena opción.
—¡Tadaaaaa!—
Kibai se giró hacia el otro lado de la orilla, a dónde Juan Sebastián y Akira habían saltado, el primero con bastante menos gracias que el segundo, balanceando los brazos para estabillizar el aterrizaje. Notando como las garras delanteras le surgían de golpe, el mink dirigió una fugaz mirada hacia Stroud.
— Aunque, pensándolo bien, no hay razones para no llegar al lugar con un poco de estilo, no? — añadió esbozando una sonrisa. No era por fardar, pero ya que estaban tres divisiones de la Marina, que menos que llegar con un mínimo de empaque.
Tras aquellas palabras, el mink flexionó levemente las piernas, agitando de lado a lado la cola para equilibrarse, antes de dar un fuerte salto, arqueando su cuerpo en un grácil mortal inverso a la vez que realizaba una torsión en le punto más alto de la parábola, aterrizando de manera perfectamente calculada enfrente del gyojin cangrejo.
—¡Tadaaaaa!—
Soltando una sonora carcajada, el mink esperó a que el resto de sus compañeros cruzasen el río antes de dirigirse hacia la entrada de la ciudad.
La Caja de Pandora
