07-07-2026, 09:50 PM
La misteriosa voz continuó dispersándose por el aire mientras la birkiniana avanzaba por la cubierta en dirección a los camarotes. No obstante, y pese a haber captado en medio del soliloquio el nombre del emperador, su prioridad no era otra que el despojarse de aquella ropa y vestir algo más acorde a lo que merecía aquel idílico páramo.
—Lo dejo en vuestras manos —indicó, deteniéndose un instante en el umbral antes de desaparecer en la penumbra del mamparo—. No tardo.
Y así fue, pues apenas necesitó diez minutos para engalanarse con los últimos vestigios de su civilización.
De esta forma, cuando reapareció, vestía una capa roja honoraria con intrincados bordados dorados, sujeta al hombro izquierdo por una fíbula de bronce redonda que hasta entonces no había tenido opción a usar. También portaba su pechera habitual, pulida hasta el destello durante la travesía, que resguardaba su torso y poco o nada dejaba a la imaginación. Esta misma, a su vez, iba combinada con una toga ligera y brumosa que se ceñía a su cintura mediante un cinturón de cuero con una dorada hebilla en medio.
En sus pies, cuyo tono era ligeramente menos bronceado que el de sus piernas y torso, calzaba unas krepis bien ajustadas.
—¿Me he perdido algo? —preguntó saliendo de entre las sombras mientras se aseguraba el zurrón —. ¿Necesitais ayuda? —añadió acomodando el guantelete.
La arena bañaba sus pies al tiempo que ella, apostada al final del puente de desembarco, observaba el resto de los navíos que habían ido a desembarcar en aquella costa. Mientras tanto, en sus manos portaba una caja de gran envergadura; un bulto que, pese a su aspecto gigantesco, resultaba más que pesado un gran estorbo debido a su volumen.
¡Plaf!
Una suave ráfaga de granos de arena salió disparada en todas direcciones cuando la estructura de madera impactó contra el suelo.
—Una menos... —murmuró la birkiniana para sí misma, disponiéndose a regresar a la cubierta para continuar con la faena hasta terminar.
Minutos después, Bai se encontraba apoyada contra uno de los cajones, sacudiéndose la fina arenilla que se le había filtrado en las krepis y que ahora, inevitablemente, hacía que aquella costa lejos quedara de parecerle idílica.
—¡Chort! – Bai golpeó el talón contra la caja intentando que salieran los últimos granos —Vamos, maldita... —añadió. Y, mientras repetía el gesto, levantó la mirada para escudriñar mejor a los alrededores.
Finalmente, tras lograr sacudirse la arena que se le clavaba en el talón, tomó la espada que había dejado descansando a su lado, la aseguró firmemente al cinturón e hizo una seña con la cabeza a sus compañeros para que iniciaran la marcha por el sendero. Desde luego, habría podido acercarse al resto de tripulaciones para ofrecerles una mano, pero ¿por qué? Si aquella gente había logrado el Knock Up por sus propios medios, bien podían continuar valiéndose por sí mismos sin necesidad de que ella les ayudara.
Sin embargo, tras pasar por delante de los Valar, por un breve instante, Bai creyó reconocer a uno de sus integrantes; sus dedos se fueron hasta su propio rostro, justo al lado contrario de donde recordaba haber visto el fuego deborando la piel de sus compañeros de juventud. Esa sensación ya la había tenido antes.
—¿Maki? — su mano soltó su propia carne para elevarse en forma de un tímido saludo.
Y aunque no quiso quedarse a saludar —más que nada porque sabía de buena mano que la otra no le entendería–, se giró un momento para informar a sus compañeros de que conocía a aquella mujer y que tenía una gran curiosidad por saber qué hacía allí.
Tras esa breve pausa, Bai siguió su camino hasta dar con el río de agua cristalina. ¿Y qué mejor forma que seguir el cauce de un río para llegar a la civilización? Era un concepto básico de la supervivencia, de modo que, sin vacilar, se dispuso a seguirlo.
Y así fue durante las siguientes tres horas en las que, sin cruzar demasiadas palabras, caminó embelesada por el paraje natural. Sin embargo, al salir de la frondosidad del bosque, la mandíbula de Bai pareció caer y desencajarse. Y es que, frente a sus ojos, se alzaba colosal e imponente un majestuoso palacio tallado en oro puro.
—No puede ser... —murmuró, llevándose la diestra al rostro para frotarse los ojos, incrédula ante la magnitud de lo que contemplaba—. No puede ser... Zhang, ¿estás viendo exactamente lo mismo que yo?
Entonces, de pronto, rompiendo con su característica solemnidad y rectitud, una risa desquiciada y febril brotó de su garganta.
—No me lo puedo creer... ¡Es Shandora, Mahou! ¡Es Shandora! ¡Los libros tenian razón, existe, sobrevivieron!
Por un instante, Bai sintió cómo un escalofrío erizaba el vello de su cuerpo tan fuerte y veloz como una descarga eléctrica. Queria echar a correr. Estaba febril, casi poseída por un fervor que pronto sus alas tradujeron en un gesto de agitación violenta. No solo era prisa; era el deseo ardiente de fundirse con el misterio que tan celosamente se habían guardado de aquel lugar, de cruzar al otro lado sin demora para poseer y desenterrar la verdadera historia de aquel páramo legendario.
De repente, su fíbula de bronce y la toga ligera se agitaron contra su piel dorada. ¿Acaso estaba temblando? Claro que sí, era la tensión qie sentía ante la majestuosidad de la ciudad.
—¡Jalla, Jalla! Apuraos.
—Lo dejo en vuestras manos —indicó, deteniéndose un instante en el umbral antes de desaparecer en la penumbra del mamparo—. No tardo.
Y así fue, pues apenas necesitó diez minutos para engalanarse con los últimos vestigios de su civilización.
De esta forma, cuando reapareció, vestía una capa roja honoraria con intrincados bordados dorados, sujeta al hombro izquierdo por una fíbula de bronce redonda que hasta entonces no había tenido opción a usar. También portaba su pechera habitual, pulida hasta el destello durante la travesía, que resguardaba su torso y poco o nada dejaba a la imaginación. Esta misma, a su vez, iba combinada con una toga ligera y brumosa que se ceñía a su cintura mediante un cinturón de cuero con una dorada hebilla en medio.
En sus pies, cuyo tono era ligeramente menos bronceado que el de sus piernas y torso, calzaba unas krepis bien ajustadas.
—¿Me he perdido algo? —preguntó saliendo de entre las sombras mientras se aseguraba el zurrón —. ¿Necesitais ayuda? —añadió acomodando el guantelete.
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La arena bañaba sus pies al tiempo que ella, apostada al final del puente de desembarco, observaba el resto de los navíos que habían ido a desembarcar en aquella costa. Mientras tanto, en sus manos portaba una caja de gran envergadura; un bulto que, pese a su aspecto gigantesco, resultaba más que pesado un gran estorbo debido a su volumen.
¡Plaf!
Una suave ráfaga de granos de arena salió disparada en todas direcciones cuando la estructura de madera impactó contra el suelo.
—Una menos... —murmuró la birkiniana para sí misma, disponiéndose a regresar a la cubierta para continuar con la faena hasta terminar.
Minutos después, Bai se encontraba apoyada contra uno de los cajones, sacudiéndose la fina arenilla que se le había filtrado en las krepis y que ahora, inevitablemente, hacía que aquella costa lejos quedara de parecerle idílica.
—¡Chort! – Bai golpeó el talón contra la caja intentando que salieran los últimos granos —Vamos, maldita... —añadió. Y, mientras repetía el gesto, levantó la mirada para escudriñar mejor a los alrededores.
Finalmente, tras lograr sacudirse la arena que se le clavaba en el talón, tomó la espada que había dejado descansando a su lado, la aseguró firmemente al cinturón e hizo una seña con la cabeza a sus compañeros para que iniciaran la marcha por el sendero. Desde luego, habría podido acercarse al resto de tripulaciones para ofrecerles una mano, pero ¿por qué? Si aquella gente había logrado el Knock Up por sus propios medios, bien podían continuar valiéndose por sí mismos sin necesidad de que ella les ayudara.
Sin embargo, tras pasar por delante de los Valar, por un breve instante, Bai creyó reconocer a uno de sus integrantes; sus dedos se fueron hasta su propio rostro, justo al lado contrario de donde recordaba haber visto el fuego deborando la piel de sus compañeros de juventud. Esa sensación ya la había tenido antes.
—¿Maki? — su mano soltó su propia carne para elevarse en forma de un tímido saludo.
Y aunque no quiso quedarse a saludar —más que nada porque sabía de buena mano que la otra no le entendería–, se giró un momento para informar a sus compañeros de que conocía a aquella mujer y que tenía una gran curiosidad por saber qué hacía allí.
Tras esa breve pausa, Bai siguió su camino hasta dar con el río de agua cristalina. ¿Y qué mejor forma que seguir el cauce de un río para llegar a la civilización? Era un concepto básico de la supervivencia, de modo que, sin vacilar, se dispuso a seguirlo.
Y así fue durante las siguientes tres horas en las que, sin cruzar demasiadas palabras, caminó embelesada por el paraje natural. Sin embargo, al salir de la frondosidad del bosque, la mandíbula de Bai pareció caer y desencajarse. Y es que, frente a sus ojos, se alzaba colosal e imponente un majestuoso palacio tallado en oro puro.
—No puede ser... —murmuró, llevándose la diestra al rostro para frotarse los ojos, incrédula ante la magnitud de lo que contemplaba—. No puede ser... Zhang, ¿estás viendo exactamente lo mismo que yo?
Entonces, de pronto, rompiendo con su característica solemnidad y rectitud, una risa desquiciada y febril brotó de su garganta.
—No me lo puedo creer... ¡Es Shandora, Mahou! ¡Es Shandora! ¡Los libros tenian razón, existe, sobrevivieron!
Por un instante, Bai sintió cómo un escalofrío erizaba el vello de su cuerpo tan fuerte y veloz como una descarga eléctrica. Queria echar a correr. Estaba febril, casi poseída por un fervor que pronto sus alas tradujeron en un gesto de agitación violenta. No solo era prisa; era el deseo ardiente de fundirse con el misterio que tan celosamente se habían guardado de aquel lugar, de cruzar al otro lado sin demora para poseer y desenterrar la verdadera historia de aquel páramo legendario.
De repente, su fíbula de bronce y la toga ligera se agitaron contra su piel dorada. ¿Acaso estaba temblando? Claro que sí, era la tensión qie sentía ante la majestuosidad de la ciudad.
—¡Jalla, Jalla! Apuraos.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
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