[T8, P.A.] Una tormenta sobre Hachinosu
#19
Resultaba difícil saber qué esperaba exactamente aquella masa de hombres que se había lanzado, aun tras vacilar, al ataque contra las dos insignias de una de las tripulaciones más infames de todo el mundo. Desde luego, lo que encontraron no pareció ser lo que habrían esperado. El gentil y enmascarado Quetzalli, que tan a menudo había proyectado una imagen de, si no afabilidad, sí cierta cercanía para con los problemas de sus súbditos, no había dudado en entregar algo más de dos centenares de almas, como él mismo había pontificado, a la Santa Muerte. La misma Santa Muerte que, de existir, también alojaría aquel día las almas de los que habían muerto en la explosión (o, mejor dicho, sucesión de explosiones) causada por la Catástrofe, a quien los piratas, para su propia sorpresa, ni siquiera habían sido capaces de herir, atravesándolo con sus ataques como si fuese puro humo. Ni siquiera el jefe de mesas, don Athir, que estaba más que acostumbrado a lidiar con los clientes más problemáticos del Galleon's Grotto, se vio venir un acontecimiento como aquel. Después de que Tenoch emergiese del lugar junto con el anciano borracho a cuestas, la explosión de humo arrasó con todo, y el tiempo pareció suspenderse por un único instante antes de que la totalidad del interior del local estallase con aquel ceniciento humo que abrasaba todo a su paso, sin que nadie tuviese tiempo de preguntarse siquiera qué estaba ocurriendo.

La barra, compuesta en su totalidad de madera y algunos refuerzos de hierro, saltó por los aires, astillándose en el proceso y reventando por completo, incrustándose y llevándose consigo a los camareros que se habían ocultado tras la misma. Los hombres que se habían lanzado al ataque, pero también las mesas, las sillas, los percheros, los taburetes, las botellas, los vasos, las jarras, los candelabros, las velas, los propios adoquines del suelo, los quinqués, las decoraciones de madera y piedra que permanecían después de quién sabía cuántos años en el ángulo entre las paredes y el techo abovedado... Todo sucumbió en una gran explosión que hizo temblar los propios cimientos del viejo templo, e incluso abajo, en las criptas, retumbaron las paredes y los techos, desprendiéndose parcialmente en cascotes y polvaredas que caían sobre quienes aún continuaban allí. Aquella devastación, o deflagración había sido suficiente como para poner en riesgo la precaria estructura que aún sostenía aquel lugar, e incluso los grandes sillares de piedra que componían sus paredes, sus arcos y sus techos abovedados parecieron tambalearse y descolocarse, seguramente por primera vez en su historia. La piedra amarillenta dejó escapar polvo y mortero con el retumbar de la explosión, y en toda la estructura pudo sentirse una conmoción posterior a la propia explosión, como si se avecinase un terremoto. Este llegó, finalmente, cuando Ashura golpeó una de las puertas del local, sobre la cual reposaba una dovela central, es decir, la clave que mantenía en sintonía toda aquella construcción. Con aquel último toque, la integridad estructural del edificio quedó reducida a nada, como el mismo edificio. Como si aquella hubiera sido la gota que había colmado el vaso de su vetusta resistencia, los sillares comenzaron a desprenderse simultáneamente, terminando de quedar desencajados de su lugar, en un efecto dominó que comenzaba por el mismo arco en que se situaban los quicios de la puerta principal. El lugar, aún humeante, no debió esperar demasiado para ceder por completo, y, en cuestión de unos segundos, los propios campanarios que coronaban la magnífica construcción se vinieron abajo, deshaciéndose en el proceso como grandes castillos de naipes y haciendo sonar sus grandes campanas de bronce al caer, a medida que la onda expansiva podía sentirse por las cercanías, y todo alrededor se llenaba de una densísima polvareda amarillenta. El temblor que se produjo hizo que todos los locales se alarmasen, saliendo a sus ventanas a ver qué ocurría, emergiendo de callejones y tenderetes y temiendo por sus vidas. En cuestión de un instante, y por deseo de Ashura, el viejo Galleon's Grotto había quedado reducido a un amasijo de escombros amarillentos y polvo, cuya nube aún tardaría en desvanecerse.

[Imagen: gfdmeRH.jpeg]

Sin embargo, la visión más aterradora de todas solo quedaba reservada a los Mushoku: a través de sus Hakis de observación, pudieron contemplar cómo tanto con el ataque efectuado por Tenoch como con la explosión y el consiguiente derrumbe habían hecho que decenas, cientos de almas en el interior del local se apagasen repentinamente, como si alguien hubiera soplado sobre la llama de una vela. Así, como con un chasquido de dedos, la Santa Muerte, con los Mushoku como sus heraldos, segaba más de medio centenar de almas. Almas que, seguramente, nadie echaría realmente en falta, puesto que aquel era el verdadero precio de la vida de la piratería más salvaje: la posibilidad de obtenerlo todo y la certeza de que no quedase nada. Pocas eran las excepciones. Pocos eran los casos de piratas cuyo legado continuaba vivo más allá de la muerte, y ninguno de todos los que allí habían muerto resultaría ser la excepción. Su legado había acabado allí mismo, en la tierra gobernada por quienes habían extinguido todas aquellas auras. Incluso las criptas bajo el local se habían derrumbado, y los muertos de las tumbas, los que habían llegado primero, habían acogido con los brazos abiertos a los parroquianos que se les unían para el resto de la historia. En la primera planta, sin embargo, aún era posible para ellos contemplar un par de auras, debilitadas e inmóviles, que debían de haber quedado atrapadas entre los peñascos, las vigas y los cascotes, que, en su vulnerabilidad, ardían con el vano instinto de supervivencia de salir de allí. Desde las alturas, la Calavera Haibu observaba todo con su pasmo habitual.

En el suelo, el viejo borracho contemplaba, con ojos como platos, todo lo que había sucedido en cuestión de un instante, y fue como si la borrachera se le hubiese pasado de golpe, eclipsada por la adrenalina y el puro sentimiento de horror que se marcaba entre sus arrugas. Se arrastró por el suelo, volviendo a encaramarse a una de las piernas de Tenoch, mientras sus ojos se anegaban de lágrimas de terror y tartamudeaba, intentando encontrar las palabras. "D-don Q-Quetzalli, y-yo no sabía nada de es-esto... ¡nada!," declamó, ya sin que siquiera el hipo lo acompañase, temiendo por su vida, "¡yo no tenía n-ni idea! ¡Ha-había escuchado cosas, sabe! ¡So-solo eso!," continuó, rogando compasión con sus ojos llorosos. "¡L-les he dicho lo que sabía, n-no tenía ni idea de quién era toda esa gente! ¡Se lo g-garantizo! ¡Se lo juro a u-usted y al señor Astura!," prometió, sus dedos firme y miserablemente agarrados al talón del enmascarado. Su ansiedad pareció incrementar cuando miró a su alrededor, buscando su fiel botella de licor, y no la encontró. "¡No s-sabía nada! ¡Los ll-llevaré con Grin si quieren!"

Por todas partes había comenzado a acumularse gente, curiosos locales y también cotillas que habían venido corriendo hasta el lugar para comprobar qué había provocado aquel estruendo. Un estrépito como aquel no era algo para nada habitual en Hachinosu, donde, por mucho que pudieran abundar la juerga, el despilfarro y los gritos entre borrachos, rara vez ocurría algo de tal magnitud. A esto se debían de haber sumado los rumores sobre el acto de presencia de Tenoch y Ashura, cuya aparición pública era de por sí suficiente como para atraer a los más entrometidos, serviles y ambiciosos de la isla. En cuestión de meros instantes, todas las calles, callejones, terrazas y azoteas circundantes, y especialmente aquellas cercanas a donde estaba —o, mejor dicho, solía estar— el Galleon's Grotto se habían comenzado a llenar de una gran muchedumbre, en la que la cantidad y variedad de auras observables era tal que parecían volverse indistinguibles unas de otras, como una gran masa. Abundaban los rumores, los cuchicheos y las voces bajas, y era evidente que ya debían de estar circulando no menos de cincuenta historias diferentes sobre lo que acababa de ocurrir allí, mientras la gran polvareda aún se desperezaba y se resistía a desvanecerse.

"¿Quién me busca?," dijo entonces una voz de entre la multitud que parecía aún intentar abrirse sitio entre la misma, con un aura que resultaría familiar para Tenoch, alzándose entre el resto al oír el nombre que mencionaba el viejo, aún agarrado al enmascarado.



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RE: [T8, P.A.] Una tormenta sobre Hachinosu - por Stroud Nanashi - 08-07-2026, 06:18 PM

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