10-07-2026, 10:23 AM
Una vez que Bertram terminó de cruzar, usando el puente de flechas vectoriales que había creado y agradeciéndole el favor, Moja esperó unos instantes por si quedaba algún rezagado de las otras divisiones. Pero visto el percal, y con el capitán Enji ya volando sobre el agua como un poseso, nadie más iba a usarlo. El mink hizo un leve movimiento con los dedos y las ocho bandas de la fruta Aro Aro se desentrelazaron en el aire, encogiéndose rítmicamente hasta desaparecer de vuelta en sus muñecas. Se acomodó la gorra con un tic rápido de la cabeza; mantener las flechas activadas mucho tiempo le terminaba dando un dolor de sienes de lo más molesto.
Cruzar el río fue la parte fácil. Lo que vino después... eso sí que no venía en los manuales de la academia.
Primero fue el horror en el risco de la ruta vecina. Un grito de guerra lejano, un montón de piratas saltando al vacío y luego el sonido. Ese crujido húmedo, espantoso, de huesos machacándose contra el suelo de oro que llegó nítido a las orejas felinas de Moja. Medio centenar de vidas extinguidas en tres segundos por pura estupidez. El mink ni pestañeó, pero las pupilas se le contrajeron hasta casi cerrarse por completo. Sabía perfectamente lo que era ver morir a la gente por culpa de las malas decisiones de otros.
Luego, el estruendo del cuerno y ese maldito destello blanco que lo obligó a taparse los ojos con el antebrazo izquierdo, soltando un bufido molesto. Al bajar el brazo, allí estaba el tipo de tres metros. Un ángel con alas blancas, casco negro y cinco esferas metálicas incrustadas en el esternón, justo a la altura de la boca del estómago. El sujeto empezó a hablar con una voz ceremonial que atronaba el ambiente, pidiendo identificaciones para los dichosos juegos de Zarutsuki.
Y ahí empezó la verdadera tortura para Moja: la vergüenza ajena.
Juan Sebastián, el gyojin, se transformó en una tortuga y empezó a hablar de que le gustaba la lechuga. Luego el comandante Shin se puso a brillar como una bombilla de feria con su fruta de luz, soltando un discurso sobre ser el mejor marine de la historia que a Moja le pareció de un egocentrismo indescriptible. Pero el culmen de la desgracia fue Enji. El capitán de la 80 se subió encima del caparazón de la tortuga, se presentó como "héroe", hizo una pose ridícula dándole la espalda al ángel y, con el ímpetu, se le cayó la chaqueta de capitán al suelo, quedándose allí en calzoncillos enseñándole las nalgas a un enviado divino.
Moja sentía que el pelaje negro de la cara se le encendía de pura rabia y bochorno. Aquellos tipos llevaban el mismo uniforme que la Marina que a él lo había rescatado de las cadenas. ¿Esa era la imagen de la justicia que daban? ¿Un exhibicionista, una bombilla y una tortuga comedora de verduras?
Dando un paso lateral para alejarse ostensiblemente de aquel grupo de desequilibrados, Moja se colocó a un lado, buscando un mínimo de cordura militar. Se cuadró, pegando los brazos a los costados de su robusto cuerpo de pantera, y levantó la barbilla hacia el ángel de tres metros. Sabía que tenía que identificarse por orden superior, y él no iba a ser el que rompiera las reglas.
-Contramaestre Alejandro Montoya Jara. División Sesenta de la Marina- dijo. Su voz sonó directa, seca, cortante como una bayoneta, rompiendo su habitual silencio solo porque la situación lo requería.
No añadió nada más. No habló de sus gustos culinarios, no brilló, ni se quedó en paños menores. Volvió a la posición de firmes, con los ojos amarillos clavados en el casco del ángel, esperando que el protocolo continuara antes de que a alguno de los otros marines le diera por hacer otra estupidez.
Cruzar el río fue la parte fácil. Lo que vino después... eso sí que no venía en los manuales de la academia.
Primero fue el horror en el risco de la ruta vecina. Un grito de guerra lejano, un montón de piratas saltando al vacío y luego el sonido. Ese crujido húmedo, espantoso, de huesos machacándose contra el suelo de oro que llegó nítido a las orejas felinas de Moja. Medio centenar de vidas extinguidas en tres segundos por pura estupidez. El mink ni pestañeó, pero las pupilas se le contrajeron hasta casi cerrarse por completo. Sabía perfectamente lo que era ver morir a la gente por culpa de las malas decisiones de otros.
Luego, el estruendo del cuerno y ese maldito destello blanco que lo obligó a taparse los ojos con el antebrazo izquierdo, soltando un bufido molesto. Al bajar el brazo, allí estaba el tipo de tres metros. Un ángel con alas blancas, casco negro y cinco esferas metálicas incrustadas en el esternón, justo a la altura de la boca del estómago. El sujeto empezó a hablar con una voz ceremonial que atronaba el ambiente, pidiendo identificaciones para los dichosos juegos de Zarutsuki.
Y ahí empezó la verdadera tortura para Moja: la vergüenza ajena.
Juan Sebastián, el gyojin, se transformó en una tortuga y empezó a hablar de que le gustaba la lechuga. Luego el comandante Shin se puso a brillar como una bombilla de feria con su fruta de luz, soltando un discurso sobre ser el mejor marine de la historia que a Moja le pareció de un egocentrismo indescriptible. Pero el culmen de la desgracia fue Enji. El capitán de la 80 se subió encima del caparazón de la tortuga, se presentó como "héroe", hizo una pose ridícula dándole la espalda al ángel y, con el ímpetu, se le cayó la chaqueta de capitán al suelo, quedándose allí en calzoncillos enseñándole las nalgas a un enviado divino.
Moja sentía que el pelaje negro de la cara se le encendía de pura rabia y bochorno. Aquellos tipos llevaban el mismo uniforme que la Marina que a él lo había rescatado de las cadenas. ¿Esa era la imagen de la justicia que daban? ¿Un exhibicionista, una bombilla y una tortuga comedora de verduras?
Dando un paso lateral para alejarse ostensiblemente de aquel grupo de desequilibrados, Moja se colocó a un lado, buscando un mínimo de cordura militar. Se cuadró, pegando los brazos a los costados de su robusto cuerpo de pantera, y levantó la barbilla hacia el ángel de tres metros. Sabía que tenía que identificarse por orden superior, y él no iba a ser el que rompiera las reglas.
-Contramaestre Alejandro Montoya Jara. División Sesenta de la Marina- dijo. Su voz sonó directa, seca, cortante como una bayoneta, rompiendo su habitual silencio solo porque la situación lo requería.
No añadió nada más. No habló de sus gustos culinarios, no brilló, ni se quedó en paños menores. Volvió a la posición de firmes, con los ojos amarillos clavados en el casco del ángel, esperando que el protocolo continuara antes de que a alguno de los otros marines le diera por hacer otra estupidez.
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*Pienso* -Hablo- Narro
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