10-07-2026, 01:54 PM
Outfit ---- Sigurd de los Juegos
Libertad absoluta. No esa mierda que te vende el Ejército Revolucionario o el Gobierno Mundial, que no deja de ser una normativa opresora bajo los ideales que le interesan a unos o a otros. Libertad real, sin miedo a las consecuencias. Eso es lo que vivimos en el Ragnarok. Ese es el privilegio de formar parte de la raza más fuerte del mundo. Haz lo que quieras cuando quieras, porque no importas más que tú y nadie puede pararte los pies. Por eso nuestros hombres nos siguen hasta los confines del cielo, porque anhelan una micra de esa sensación. De poder romper cualquier cadena y obtener aquello que deseas por el camino de la verdad, el camino de la violencia. Pero para lograrlo, para ser libre, uno ha de ser el más fuerte y enfrentar al mundo sin miedo. Y aquellos que tan solo fingen ser fuertes y realmente no lo son, sufren las consecuencias de su debilidad.
Cargamos imbuidos en valor hacia el abismo, sin una pizca de temor alguno en el cuerpo. Las palabras de Ubbe nos cubren como una armadura de voluntad inquebrantable y mi hacha gigante Yggdrasil marca el paso, como un estandarte al que seguir hasta el fin de los tiempos. No miramos atrás, pues estamos a un paso de alcanzar la ciudad dorada, nuestro gran destino. A un paso... Hacia el abismo.
Caigo a plomo, con la velocidad de una bala de cañón recién disparada. Durante el descenso, desafío al vacío con una sonrisa siniestra, dibujada en el rostro, imposible de disimular. El vacío devuelve la mirada, retándome. Oigo como Ubbe hace retumbar el suelo al aterrizar antes que ninguno, cayendo como un meteorito, como una puñetera bestia salvaje. Yo voy detrás, plantando los pies por delante y provocando un estruendo similar. Al final, unas decenas de metros para dos titanes que miden más de siete, se convierten más en un obstáculo divertido antes que en un peligro real. Por desgracia para el resto, no cumplen ni con nuestro tamaño ni con nuestra resistencia.
Uno por uno, se van desplomando los Hijos del Ragnarok, lanzándose por el precipicio, siguiendo a sus capitanes y a su corazón pirata. Uno por uno, se van estampando todos, estallando contra el suelo al impactar de forma fatal. En un instante, empiezan a llover hombres y mujeres sin miedo que, al mínimo contacto con el suelo, revientan en pedazos, levantando una nube densa de sangre y órganos que se mezclan con la polvareda que levantan. Un espectáculo grotesco y visceral que no parece tener fin.
Miro al cielo tras las primeras dos decenas de hombres, incrédulo, viendo como a pesar de la muerte que les espera al final del camino, ninguno decide recular. Todos y cada uno fantasean con la idea de superar la prueba. Valientes pero insensatos, incapaces de soportar la caída. Indignos Hijos del Ragnarok.
Yo me limito a mirarles caer completamente serio con los ojos bien abiertos, sin atreverme a pestañear por faltar al respeto a su valor. Aún así, siento repugnancia por lo frágiles que son. Me es imposible no reflejar dicha sensación con una mueca desagradable.
Cuando la cortina de polvo se marcha, bajo nuestros pies solo hay un vergel de cadáveres y miembros amontonados. No doy crédito a lo que acaba de suceder. Miro a un lado. Lentamente me doy la vuelta y miro a otro. Nada, no parece haber ningún superviviente. Suspiro con el ceño fruncido, completamente decepcionado. Con desdén y desgana, remuevo una pila de cuerpos con los filos de Yggdrasil, como quien pasa una escoba. Cuando la levanto, aburrido, veo uno de sus filos goteando sangre. Le paso un lengüetazo al acero oxidado. -¡¡Uhm!!- sabe dulce. Con un gesto rápido de muñeca separo de un hachazo la pierna de alguien de su torso. Dejo descansar el arma en el suelo y me hago con el pedazo de carne. Aunque antes de hincarle el diente, veo a Ubbe abatido. Me toca actuar como un capitán, como su hermano mayor.
Se le nota más afectado de lo que debería, cabizbajo. Me acerco a él. Cada pisada quiebra huesos y chapotea entre vísceras, salpicando sangre. Me es indiferente. Cuando lo alcanzo, le abordo por el costado y le pongo la mano sobre el hombro. -Eran débiles, hermano. No merece la pena perder un segundo de tiempo pensando en ellos.- le digo con una frialdad digna de un guerrero del mar. Con la honestidad que requiere el momento. -Recuerda, solo los más fuertes prevalecen en este mundo. Y nosotros estamos destinados a destruirlo.- no hay empatía en mis palabras. Solo un recordatorio, casi como una orden grabada a fuego en lo más profundo de nuestro ser.
El momento se interrumpe por leve quejido de fondo. En mitad de la masacre, emerge una mano, nacida de la muerte. Un hombre. Un superviviente. Mis ojos se abren como platos. ¿Ha sido suerte o pura fuerza de voluntad? ¿Es posible que, de entre todos el montón, hubiera un guerrero verdaderamente digno? Me acerco raudo, genuinamente sorprendido. Sin vacilar, le tiendo una mano amiga y de un tirón, lo elevo sobre la montaña de cadáveres. En la cara de aquel hombre se difumina el terror y la incomprensión. Es consciente de lo que ha decidido hacer pero no imaginaba la magnitud de las consecuencias. Lo miro orgulloso desde lo alto, como si mirara a un recién nacido. Antes de que pueda articular palabra o su mente se quiebre por completo, me adelanto. -Vaya vaya, parece que has vuelto a nacer, ¿Eh, chaval?- le doy un toque seco en la espalda. -¡¡Jarul Jul Jul...!!- este cae de nuevo de rodillas, apoyándose con las manos de nuevo sobre el amasijo de lo que antes eran sus compañeros. Está cubierto de sangre. -¿Cuál es tu nombre, hijo?- le pregunto directamente, con tono jovial. El joven, aún de rodillas, mira las palmas de las manos. Tarda unos segundos en responder. -Odiseo... Señor ..- Su voz tiembla con cada consonante que sale de su boca. -¡Cojonudo!- le agarro ligeramente de cuello de la misma por detrás, con la yema de los dedos y una sacudida lo pongo firme. -Pues oficialmente eres un miembro de la tripulación. ¡¡Felicidades!!- lo felicito con genuina felicidad. Pocas veces se encuentra uno con gente tan capacitada. -¡¡Se acabaron las chiquilladas, equipo!!- le doy un mordisco al muslo, que no he tenido oportunidad de probarlo todavía. La sangre me gotea por el mentón y mancha mi barba. Sabe a carne seca en mal estado. -¡¡Volvemos a ponernos en marcha, holgazanes!!- recupero a Yggdrasil.
Vivid con honor y morid con gloria, Primeros Hijos del Ragnarok...
Odiseo, Primer Hijo del Ragnarok
Avanzo con paso firme, orgulloso de mi propia grandeza, ignorante de los sentimientos de los demás, pues ¿qué más pueden sentir que no sea valor por haber sobrevivido a algo que el resto no? No es momento de llorar y tampoco se lo permito a ninguno de mis hombres... A los dos que me quedan. -¡Vamos! La victoria nos espera.- Sin mirar atrás, lidero la marcha hacia la ciudad de oro, con Yggdrasil recostada sobre mi hombro derecho, goteando sangre que no ha derramado. No de forma implícita. Le doy otro bocado al muslo. Sabe a rayos.
Somos abordados entonces por un estruendo que reconozco bien. Un cuerno de guerra, que retumba con fuerza desde el interior de la ciudad. Capaz y nos han reconocido como una amenaza después de lo que ha sucedido. Me pongo rápido en alerta, dejando caer la pierna del pirata y deslizo el mango del hacha hasta colocarla frente a mi, a la altura del pecho. La sostengo con ambas manos, la izquierda tan cerca de las hojas como puedo y la derecha en el pomo, preparado para cualquier ataque. Miro a un lado y a otro nervioso, con el rostro serio, esperando la llegada del enemigo. Pero cuando el cuerno deja de soñar, no aparece el enemigo, sino un destello luminoso que nos abraza por completo. Me quedo completamente ciego por unos segundos, a pesar de cubrirme con los filos de Yggdrasil la cara. -¡¡Cuidado chicos!!- me limito a gritar, advirtiendo a Ubbe, Odiseo y Kiba. No puedo permitirme el lujo de perder a más hombres hoy.
Cuando el fogonazo desaparece y vuelvo a recuperar la visión, tengo cara a cara a una criatura que nunca en mis viajes había visto jamás. Es una especie de ángel en miniatura, más grande que un humano vulgar, pero más pequeño que el arma que cargo. Aun así, sus alas son grandes en comparación con las del resto de seres alados y caucásicos con los que me he cruzado. Viste un traje blanco marfil, ceñido al cuerpo, y un casco de latón que le debe de impedir ver con facilidad. Pero por encima de todas esas cosas, destacan tres pelotas de metal incrustadas en su torso como tres balazos. Parecen bastante incómodas. Pese a todo, emana un aura relajante, libre de toda amenaza.
Se dirige a nosotros con solemnidad, dándonos la bienvenida a lo que es la ciudad de Shandora. Por fin tenemos un nombre para este lugar, la capital del Shichibukai Zaratsuki. Nos pide amablemente que nos presentemos, aunque sus palabras técnicas y su repetición casi mecánica me ponen nervioso. Más que una persona viva parece una máquina. O peor, un burócrata. A pesar de ello, le doy la información que me pide con honor y altanería. -Mi nombre es Sigurd, Sigurd Haakon, orgulloso Bucanero. Y soy el capitán de los Piratas Ragnarok.- escupo plagado de orgullo y honradez, con el pecho inflado. Volteo hacia mis compañeros, que me siguen los pasos y los señalo con el hacha. -Y ellos son...- me detengo un segundo. Vuelvo a mirar al ángel. -Bueno, que se presenten ellos mismos, ¿no? ¡¡Jarul Jul Jul Jul...!!-
Después de todo, me siento animado. Los juegos deben de estar por comenzar y pienso ganarlos aunque me cueste sangre, sudor y lágrimas. Además, vamos a entrar en la ciudad más hermosa que he visto nunca. Plagada de oro y resplandor. Detrás del ángel se ve como la gente comienza a prepararse para el evento, con gente rondando de aquí para allá y montando sus puestos y comercios. Con suerte me haré con alguna artesanía o baratija única. No todos los días tienes a mano este tipo de artefactos.
En efecto, cajita feliz

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