![[Imagen: iuvxkda.jpeg]](https://i.imgur.com/iuvxkda.jpeg)
Mi nombre es Odiseo.
Nunca pensé que caminaría por el cielo, de hecho hace apenas unas semanas seguía siendo uno más entre los hombres de Hitan. Éramos muchos, quizá demasiados, y él siempre sabía qué decir para mantenernos unidos; nos hablaba de riquezas, de gloria y de un futuro mejor para todos. Algunos le creían por admiración, otros por miedo. Yo... simplemente no conocía otra cosa.
Hasta el día que aparecieron ellos.
Recuerdo perfectamente el día en que todo cambió: el capitán Sigurd acabó con Hitan delante de todos nosotros sin titubear, como si para el, derribar a un hombre fuera tan natural como respirar. Nadie gritó, nadie dio una orden, solo quedó un silencio que nos obligó a tomar una decisión. Algunos soltaron las armas y se marcharon sin mirar atrás, otros juraron vengar a su antiguo capitán sin demasiadas esperanzas. Y luego estábamos nosotros: los que dimos un paso al frente. No porque supiéramos quién era aquel tipo gigante que había matado a nuestro líder, sino porque, por primera vez en mucho tiempo... vimos a alguien que no fingía ser fuerte: Simplemente lo era.
Los primeros días fueron curiosamente extraños. Ninguno de nosotros sabia muy bien qué esperar de aquella nueva vida; habíamos cambiado de capitán, de bandera y de destino en cuestión de minutos, pero nadie parecía arrepentido. El Veðrfölnir se convirtió en nuestro nuevo hogar antes incluso de zarpar y fue allí donde empecé a conocer de verdad a los demás.
Uno de mis compañeros, Marco era incapaz de permanecer callado más de un minuto, siempre encontraba alguna historia absurda que contar mientras limpiábamos cubierta o cargábamos barriles y, aunque la mitad eran mentira y lo sabíamos, acabábamos riéndonos igual. Lucas, en cambio, apenas hablaba; se limitaba a sonreír mientras afilaba su espada, como si con eso fuera suficiente para comunicarse, y luego estaba Nico, el más joven de nosotros. Preguntaba por absolutamente todo; quería saber cómo era el Grand Line, cuántas islas existían, si de verdad había monstruos capaces de tragarse un barco entero o si los gigantes eran tan enormes como decían los cuentos. Supongo que todos necesitábamos algo a lo que aferrarnos, y sin darnos cuenta, empezamos a aferrarnos unos a otros.
Las guardias nocturnas dejaron de hacerse largas cuando siempre habia alguien dispuesto a contar una historia. Las comidas dejaron de ser simples raciones alrededor de un barril. Incluso los entrenamientos terminaban convirtiéndose en competiciones para ver quién aguantaba más golpes o quién era capaz de levantar el barril más pesado.
Por primera vez desde que me hice a la mar... sentía que pertenecía a algún sitio.
No tardamos demasiado en descubrir que aquellos dos gigantes no eran como el resto de capitanes que había conocido. Sigurd era un líder indiscutible y cada palabra se convertía en una orden que nadie cuestionaba. Ubbe era justo lo contrario; también nos mandaba, claro, pero era algo más cercano con nosotros; además, hacía ruido suficiente por los dos, se reía por los dos y conseguía que hasta las tareas más pesadas parecieran una fiesta. Una mañana, mientras varios descargábamos provisiones en el puerto de Jaya, el capitán apareció con un periódico bajo el brazo. No pude escuchar toda la conversación, pero sí algunas palabras que todavía recuerdo: “Skypiea - Juegos - Zarutsuki”
Eso fue todo, y de alguna forma, todos entendimos que el siguiente destino del Veðrfölnir estaba por encima de las nubes. Nadie protestó, simplemente empezamos a prepararnos con ganas de ver dónde nos llevarían nuestros enormes líderes.
Durante los días siguientes, el puerto donde teniamos el barco se convirtió en un ir y venir constante de hombres cargando cajas, arreglando las velas y buscando cualquier información que pudiera acercarnos un poco más al cielo. Algunos conseguimos las telas y los estandartes de Nozama; otros negociaban mercancías que ni siquiera entendíamos para que nuestro barco pudiera hacerse pasar por uno de los convoyes autorizados. Yo fui uno de los que terminó recorriendo medio puerto con aquellos enormes fardos al hombro, esperando el reconocimiento del resto de la tripulación.
Nunca habia trabajado tanto, pero supongo que eso es lo que ocurre cuando dejas de sentir que estás sirviendo a un capitán... y empiezas a sentir que formas parte de una tripulación de verdad, o lo que era practicamente ya; una familia.
Cuando llegó el momento de zarpar, ninguno de nosotros parecía un pirata; las telas de Nozama ocultaban nuestras armas, nuestras ropas y hasta la bandera del Veðrfölnir. Si alguien nos hubiera visto desde otro barco, habría pensado que solo éramos un grupo más de mercaderes llevando provisiones hacia Skypiea.
La mentira duró exactamente hasta que empezó a hablar Ubbe.
Todavía recuerdo cómo se golpeó el pecho con aquel puño gigantesco; una vez, otra, y otra más.
¡ROW!
El sonido retumbó por toda la cubierta y al principio solo respondimos unos pocos.¡TRUMM!
Después se unieron otros.Las botas comenzaron a marcar el compás contra la madera, las espadas chocaban entre sí siguiendo el ritmo. Algunos golpeaban barriles, otros los mástiles, otros simplemente su propio pecho. Sin que nadie diera una orden, el Veðrfölnir entero empezó a latir al mismo compás, y claro, yo también.
Aquellos canticos no hablaban de victoria, de gloria, ni siquiera de guerra. Hablaban de nosotros, y, por primera vez desde que había subido a aquel barco, dejé de sentirme un hombre que seguía a dos monstruos.
Me sentí un Hijo del Ragnarök.
A partir de ahí todo ocurrió muy deprisa, las aguas empezaron a hervir bajo el casco del Veðrfölnir y el cielo se volvió todavía más oscuro. Incluso los más veteranos dejaron de sonreír. Recuerdo aferrar con fuerza una de las cuerdas del palo mayor mientras intentaba no perder de vista a los demás. Marco seguía riéndose. Lucas juraba que aquello era buena señal. Yo... yo solo tenía miedo, y entonces comenzó la música; no sabría describirla ni aunque volviera a escucharla mil veces, no era una canción, tampoco era un coro, era como si el propio cielo estuviera respirando sobre nuestras cabezas. Y, de pronto... el mundo desapareció bajo mis pies.
La columna de agua nos lanzó hacia arriba con una violencia increíble. El barco rugía, las maderas crujían y los hombres gritaban mientras el Veðrfölnir ascendía hacia las nubes. Algunos de los hombres se habían escondido ya en los camarotes, pero yo quería ver de primera mano lo que el cielo nos tenía preparado, y entonces sucedió: mis dedos resbalaron de la cuerda y sentí cómo mi cuerpo salía despedido hacía atrás.
Recuerdo el vacío, recuerdo el viento golpeándome la cara, recuerdo pensar que ni siquiera llegaría a ver Skypiea, y entonces...Una mano gigantesca se cerró alrededor de mi brazo. El tirón fue tan brutal que durante un instante pensé que me lo arrancaría de cuajo, pero un segundo después volvía a estar sobre la cubierta, jadeando, incapaz de entender qué acababa de ocurrir.
Alcé la vista y ahí estaba Ubbe.
Seguía allí de pie, inmóvil sobre la madera, golpeándose el pecho e intentando rugir más fuerte que aquella extraña melodía celestial, como si estuviera desafiando al mismísimo cielo. Me miró y me dijo: “¡FIGHT THE POWER BABY!” Fuera lo que fuese aquello, asentí. Me había salvado... y continuó cantando como si no hubiera hecho nada fuera de lo normal. Yo me limité a observarlo unos segundos, antes de meterme en los camarotes para estar protegido, y quel día comprendí que había hombres capaces de inspirarte con sus palabras, y luego estaban aquellos que lo hacían simplemente existiendo.
Cuando por fin atravesamos la última capa de nubes, el rugido del agua desapareció de golpe, y entonces salí a cubierta todavía con las piernas temblando y, durante unos segundos, olvidé incluso respirar. El cielo estaba por debajo de nosotros.
Un inmenso mar blanco se extendía hasta el horizonte, salpicado por islas de nubes y una playa imposible que parecía suspendida sobre el mundo. Detrás de ella, una selva gigantesca se perdía entre la bruma, como si escondiera secretos demasiado antiguos para los hombres del Mar Azul, entonces Marco fue el primero en romper el silencio.
-Os lo dije... no estábamos muertos - Lucas le dio un empujón entre risas. -Todavía no - le contestó.
No pude evitar reírme con ellos, quizá fuera la tensión, quizá el simple alivio de seguir vivo, o quizá porque, por un instante, todos volvimos a sentirnos como un grupo de amigos que acababa de llegar a un lugar nuevo, entonces sonó aquella voz procedente de las enormes caracolas, y Ubbe y Sigurd nos dieron las órdenes a seguir. Las cajas de Nozama fueron desapareciendo una tras otra de la bodega mientras recorríamos la pasarela entre risas y empujones. Marco aseguraba que alguna debía de contener oro. Lucas insistía en abrir una antes de marcharnos. Incluso alguno apostó una botella de ron a que acabaríamos metidos en problemas antes de terminar el día. Yo me limité a cargar otra caja sobre los hombros, de hecho lo único que me preocupaba entonces era que Marco dejara de escaquearse del trabajo.
Cuando terminamos, el capitán organizó a varios compañeros para quedarse custodiando el Veðrfölnir. El resto emprendimos la marcha tras él y tras Ubbe, internándonos en el bosque de Skypiea con la misma curiosidad que unos niños descubriendo un mundo nuevo. Las horas pasaron mientras andamos por las rocas, haciendo bromas, y algún que otro resoplido de cansancio, hasta que el camino terminó de forma abrupta.
Un risco de treinta metros de caída, y frente a nosotros, el paraíso…Shandora.
Nadie dijo nada, ninguno de nosotros se atrevía a romper la atmosfera, solo contemplábamos aquella ciudad dorada incapaces de comprender cómo algo así podía existir. Ninguno de nosotros vió una forma de bajar de allí, quizá tocaría volver para elegir otra de las rutas, pero entonces vi a Ubbe avanzar hasta el borde, y tras observar unos segundos la larga caída, se arrancó las ropas de Nozama de un tirón. Nadie dijo una palabra, nadie apartó la vista, y entonces nuestro general empezó a hablar.
Sinceramente... no recuerdo cada una de las palabras que pronunció aquel día, recuerdo que señaló el cielo, recuerdo que nos señaló a nosotros, de hecho su dedo me apuntó directamente a mi por un instante, igual que a varios de mis compañeros.
Recuerdo que dijo que no éramos hombres corrientes, y recuerdo, sobre todo, la forma en que nos miraba, ya que no hablaba como un capitán dando órdenes, hablaba como alguien absolutamente convencido de que ninguno de nosotros iba a fallar aquella prueba.
Por un instante juraría que sus ojos se cruzaron con los míos, que aquel discurso era para mí, para Marco, para Lucas, para Nico. Para todos los que, semanas atrás, no éramos más que unos desconocidos siguiendo a un cobarde por las calles de Jaya.
Y entonces comprendí algo, que no importaba si al otro lado del precipicio había treinta metros... o trescientos, no importaba si aquello acababa con nuestras vidas.
Si Ubbe saltaba... nosotros también, y entonces se dejó caer de espaldas hacia el vacío.
Durante un segundo el mundo entero se quedó inmóvil. Ni el viento, ni los pájaros, ni siquiera nosotros parecíamos capaces de reaccionar ante lo que acabábamos de ver, fue el capitán quien rompió aquel instante eterno. Alzó Yggdrasil sobre su cabeza, arrancó los últimos jirones de la ropa de Nozama que todavía ocultaban los colores del Ragnarök y su voz retumbó por todo el risco con una fuerza que hizo vibrar hasta la piedra bajo nuestros pies.
-¡¡YA LE HABÉIS OÍDO, CARGAD, HIJOS DEL RAGNARÖK!!
No hubo más dudas, no hubo preguntas, no hubo un solo hombre que vacilara.
Marco echó a correr riéndose como un loco, Lucas salió disparado justo detrás de él levantando el puño hacia el cielo mientras rugía el nombre del Ragnarök con todas sus fuerzas, Nico en su plena energía juveníl estalló en deseos de describr aquel paraíso dorado, y yo sentí que mis piernas comenzaban a moverse antes incluso de que mi cabeza fuera capaz de ordenarles hacerlo. A nuestro alrededor, decenas de hombres y mujeres arrancaban las telas de Nozama de sus cuerpos para mostrar los colores negros, rojos y dorados que desde hacía apenas unos días ya sentíamos como nuestros. El rugido que habíamos entonado sobre la cubierta del Veðrfölnir volvió a nacer una última vez, mezclándose con las carcajadas, los gritos y el sonido de cincuenta pares de botas golpeando la roca mientras corríamos tras nuestros dos líderes.
Ninguno de nosotros estaba saltando porque nos lo hubieran ordenado, saltábamos porque queríamos seguirlos, porque ya no éramos los hombres de Hitan.
Éramos Hijos del Ragnarök.
Y, si ellos eran capaces de desafiar al cielo, nosotros también lo haríamos, este era nuestro salto de fé, nuestra prueba de fuego.
El vacío nos recibió con una violencia extrañamente hermosa y durante unos segundos solo existieron el viento golpeándome el rostro, el cosquilleo en el estómago y una sensación indescriptible de absoluta libertad mientras Shandora se hacía cada vez más grande bajo nuestros pies. Giré ligeramente la cabeza y vi a Marco con los brazos completamente abiertos, riéndose como si estuviera disfrutando del mejor momento de su vida. Más abajo distinguí a Lucas, todavía con el puño en alto, incapaz de dejar de gritar incluso mientras caía hacia una ciudad que apenas conocíamos. Nico tenía una expresión de ura felicidad mientras caíamos.
Pensé que todos estábamos sonriendo, pensé que aquello era lo que significaba estar vivo. Y entonces vi el suelo acercarse demasiado deprisa, no recuerdo el impacto, solo recuerdo el sonido: El crujido de los huesos, los gritos que sustituyeron a las risas, y después...
Nada.
No sé cuántos segundos permanecí inconsciente. Cuando volví a abrir los ojos, lo primero que vi fue el cielo; seguía siendo igual de azul, igual de inmenso, como si nada hubiera ocurrido, como si el mundo hubiera decidido seguir girando con total normalidad mientras el nuestro acababa de hacerse pedazos contra aquellas piedras. Durante unos largos segundos fui incapaz de recordar dónde estaba, o incluso quién era, solo sentía un dolor insoportable recorriéndome el cuerpo entero, un zumbido constante en los oídos y una extraña dificultad para respirar que me obligaba a tomar cada bocanada de aire como si fuera la última. Entonces intenté incorporarme apoyándome sobre una mano, pero esta resbaló inmediatamente, y al bajar la vista comprendí el motivo: Sangre. Había sangre por todas partes, sobre mis brazos, sobre mi ropa, sobre las piedras... y sobre los cuerpos que me rodeaban. Cuerpos inmóviles, retorcidos en posturas imposibles, cubiertos todavía por los colores negros, rojos y dorados del Ragnarök que apenas unos minutos antes habían ondeado con orgullo mientras seguíamos a nuestros comandantes hacia el vacío.
El capitán Sigurd me ayudó a incorporarme, mirándome orgulloso. Me hablaba, pero apenas podía escucharle; entonces, de un golpe amistoso, me hizo caer de rodillas mientras se enorgullecía de mi supervivencia y seguidamente me preguntó mi nombre, yo le respondí de forma automática; no fui capaz de pensar con claridad, de entender del todo lo que estaba pasando. Me volvió a alzar y me sacudió como si solo fuera un muñeco para él; también me felicitó, pero yo seguía sin escuchar prácticamente nada de lo que me decía. Le vi comer algo, aunque no entendí qué es lo que comería alguien en un momento como este, y entonces, como si nada, Sigurd emprendió la marcha para continuar con el camino. En ese momento me di la vuelta para ver con otra perspectiva lo que acababa de ocurrir.
Al principio me negué a creer lo que estaba viendo. Mi cabeza insistía en que solo estaban inconscientes, que en cualquier momento Marco soltaría una de sus bromas estúpidas, que Lucas volvería a desafinar cualquier canción para hacer reír al resto, que Nico estaría lleno de ilusión por ver una isla así, que todos terminaríamos levantándonos entre quejas por los golpes y seguiríamos caminando hacia Shandora como si aquello no hubiera sido más que otro desafío superado.
-...Nico...
Mi voz apenas consiguió escapar de mi garganta, y empecé a apartar cuerpos con las manos, ignorando el dolor que me atravesaba los hombros y los brazos cada vez que levantaba a uno de mis compañeros. Repetía su nombre una y otra vez mientras buscaba desesperadamente entre aquella montaña de carne, acero y telas desgarradas, convencido de que simplemente había quedado sepultado bajo los demás, convencido de que todavía estaba vivo y de que solo necesitaba ayuda para salir de allí.
Fue entonces cuando encontré su joven mano.
La reconocí antes incluso de verle el rostro. Apreté los dientes, tiré de él con todas las fuerzas que aún me quedaban y conseguí liberarlo poco a poco del peso de los demás cuerpos. Durante un instante seguí aferrado a la absurda esperanza de que fuera a abrir los ojos de un momento a otro, de que volviera a insultarme por haber tardado tanto en sacarlo de allí o de que, simplemente, se echara a reír como hacía siempre.
Pero no ocurrió, Nico seguía mirando al cielo, no respiraba, no sonreía, y no volvería a hacerlo nunca más.
Sentí cómo las fuerzas me abandonaban por completo y acabé arrodillándome a su lado, incapaz de apartar la mano de su hombro, como si aceptarlo significara traicionarlo. A nuestro alrededor solo quedaba silencio. Un silencio insoportable, roto únicamente por mi respiración entrecortada y por el sonido del viento recorriendo aquella montaña de hombres y mujeres que, apenas unos minutos antes, habían corrido riendo detrás de Ubbe convencidos de que podían conquistar el cielo.
Entonces levanté la vista. Esperé ver a alguien más incorporándose. Esperé escuchar una sola voz. Esperé cualquier cosa, pero no ocurrió, solo estaba yo… Mi nombre es Odiseo, solo soy un hombre.
Y soy el último Hijo del Ragnarök.
Ubbe.
El impacto contra el suelo hizo temblar la propia Shandora. La tierra se resquebrajó bajo el peso del gigantesco buccaneer, levantando una inmensa nube de polvo, piedras y fragmentos de roca que se extendió varios metros a la redonda. Durante apenas un instante, Ubbe permaneció agachado sobre una rodilla, con la pesada cola de anquilosaurio hundida en el terreno para absorber parte de la caída. Después soltó una carcajada grave mientras se incorporaba lentamente, sacudiéndose el polvo de los hombros como si acabara de bajar de un pequeño desnivel en lugar de precipitarse desde un risco de treinta metros.
-...GAHAHAHAHA.
Sigurd y Kiba cayeron después de Ubbe, pero no les prestó demasiada atención.
Le crujieron las vértebras al estirar el cuello y una sonrisa de pura satisfacción apareció bajo sus gafas de sol. Habían llegado, habían conquistado el cielo, frente a él se alzaba la ciudad dorada de Shandora con toda su magnificencia, brillando bajo el sol como si hubiera sido forjada para desafiar a cualquiera que pretendiera alcanzarla.
Entonces comenzaron a escucharse los impactos, uno, otro, y otro más.
Ubbe sonrió todavía más, durante unos segundos imaginó a los Hijos del Ragnarök aterrizando como podían, rodando por el suelo, levantándose entre insultos y carcajadas, exactamente igual que habría hecho cualquier grupo de salvajes al que acababan de lanzar desde un precipicio, pero las risas nunca llegaron.
El silencio empezó a hacerse demasiado largo y lo suplieron gritos de dolor y agonía de sus soldados muriendo, frunció ligeramente el ceño y giró despacio sobre sus pasos mientras la nube de polvo comenzaba a disiparse.
Lo primero que distinguió fue un brazo, después una pierna, después un casco, y, poco a poco, la realidad terminó de revelarse ante sus ojos.
No había hombres levantándose, tampoco había bromas, ni había discusiones sobre quién había aterrizado peor, solo una enorme montaña de cuerpos inmóviles vestidos con los colores negros, rojos y dorados del Ragnarök.
La sonrisa desapareció, y Ubbe permaneció completamente quieto durante varios segundos. Sus labios se entreabrieron ligeramente, incapaces de encontrar una palabra que encajara con lo que estaba viendo. Aquellos hombres habían corrido detrás de él sin hacer una sola pregunta. Habían saltado porque él había saltado. Habían confiado en él con una fe absoluta... y todos ellos acababan de dejar su vida sobre aquellas piedras.
Por primera vez en mucho tiempo, el gigantesco buccaneer bajó la mirada.
En cierta manera se sintió culpable, aunque ellos eran los que habían elegido seguirle, el sería siempre el responsable de sus muertes. Cada uno de aquellos cuerpos era un hombre o una mujer que, apenas unas horas antes, había cantado el ROW sobre la cubierta del Veðrfölnir, que había compartido una comida con ellos, que había reído durante la ascensión o había cargado cajas de Nozama soñando con ver la ciudad que ahora se extendía frente a sus ojos. Entonces el viento recorrió lentamente aquel improvisado cementerio. Su capitán parecía tener menos escrúpulos que él; incluso se sirvió un muslo de un soldado para probar bocado, Ubbe en ese momento no pudo sentir más que repulsión. Por mucho que fuera Sigurd, que fuera su hermano… Eran sus hombres, no eran un enemigo más…
Sigurd colocó su mano en el hombro de Ubbe, alegando que esos hombres habían sido débiles. Que no merecían más respeto que el que les había dado su propia muerte. El anquilosaurio no contestó, se limitó a asentir levemente con la cabeza y permaneció unos segundos en silencio, contemplando los cuerpos de los Hijos del Ragnarök. Su primer impulso fue negar aquellas palabras. Quería decir que no eran débiles, que todos y cada uno de ellos habían dado un paso al frente cuando él había saltado, que ninguno había buscado una excusa para quedarse atrás. Sin embargo, la realidad seguía allí, extendida sobre la piedra. Cincuenta cadáveres.
Bajó lentamente la cabeza y dejó escapar el aire por la nariz.
-...Supongo que tienes razón, baby, por algo eres el capitán…
Aquellas palabras no eran una rendición. Eran confianza. Si había alguien cuya forma de entender aquel mundo respetaba por encima de cualquier otra, era la de Sigurd. Había demostrado una y otra vez que su fuerza no nacía solo de sus músculos, sino de unas convicciones imposibles de romper. Aun así, la mirada de Ubbe volvió a perderse entre los rostros inmóviles de los hombres que habían decidido seguirle hasta el final.
-...But aun así saltaron.
Una pequeña sonrisa, triste y orgullosa al mismo tiempo, apareció bajo sus gafas de sol.
-Ese valor nadie se lo puede arrebatar…
Y en ese momento, entre aquella montaña de cadáveres, algo se movió; una mano ensangrentada apartó un cuerpo, después otra, y con la ayuda de Sigurd, una figura consiguió ponerse en pie tambaleándose, cubierta de sangre y polvo.
Ubbe levantó de nuevo la cabeza. Durante un instante, sus ojos permanecieron clavados en el único hombre que había conseguido levantarse tras la caída. Después, una pequeña sonrisa, mucho más discreta que cualquiera de las habituales, apareció en la comisura de sus labios. Chasqueó los dedos con suavidad.
-...Good job, baby, you're the one.
No había alegría en aquellas palabras.
Solo orgullo.
Sigurd avanzó el camino y el superviviente que se hacía llamar Odiseo empezó a rebuscar entre los cadaveres. Ubbe vio en esa misma escena su propio pasado, como entre cenizas y cuerpos quemados buscaba los restos de Kal, su antiguo amigo y mentor. No pudo hacer más que tragarse sus penas y girarse para acompañar a su capitán.
Ubbe se hizo una promesa silenciosa que jamás llegaría a pronunciar en voz alta.
Aquel hombre no volvería a caminar solo mientras él siguiera respirando.
El profundo sonido del cuerno terminó por romper el silencio que se había instalado sobre aquella improvisada tumba. Ubbe levantó lentamente la cabeza y dirigió la mirada hacia la ciudad dorada justo cuando un intenso destello apareció frente a ellos. Instintivamente entrecerró los ojos, alzando un brazo para protegerse del resplandor, intentando tapar el fogonazo, hasta que la figura que emergió de aquella luz terminó de revelarse por completo.
El gigantesco buccaneer permaneció inmóvil, observándolo de arriba abajo. Aquel hombre parecía salido de una leyenda; su cuerpo desprendía una presencia solemne difícil de describir, las enormes alas blancas, el larguísimo cetro dorado y las extrañas esferas incrustadas en su pecho hacían que, por un instante, incluso Ubbe olvidara todo lo que acababa de ocurrir unos metros a su espalda.
-...Holy shit...
Murmuró casi para sí, sin mirar a la cara aún al recién llegado.
Escuchó con atención la bienvenida y la petición de identificarse, permaneciendo en silencio mientras Sigurd daba un paso al frente y respondía con el orgullo que siempre lo había caracterizado. Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Ubbe al escuchar cómo su capitán proclamaba, por primera vez ante el mundo, el nombre de los Piratas Ragnarök.
Cuando Sigurd terminó de hablar, el buccaneer avanzó un par de pasos. Ya no caminaba con aquella energía casi infantil que lo acompañaba siempre; sus movimientos seguían siendo firmes, pero algo más pausados, como si el peso de las últimas decisiones aún continuara apoyado sobre sus hombros.
Se golpeó el pecho una única vez.
-Ubbe
Su voz sonó grave.
-General... de los Piratas Ragnarök. Vengo con él para las pruebas. - Señaló a Sigurd.
No añadió ninguna de sus bromas habituales. Ni un "baby". Ni un comentario fuera de lugar. Ubbe se puso un poco tenso al ver tan de cerca a aquel portento de ser que tenían delante, pero su mente no podía dejar de pensar en lo ocurrido anteriormente. Simplemente dio un paso hacia un lado, dejando ver al hombre que permanecía unos metros por detrás de ellos. Odiseo seguía cubierto de sangre seca, polvo y restos de la caída. Permanecía completamente callado, con la mirada perdida y el cuerpo rígido, como si una parte de él continuara sepultada bajo aquella montaña de cadáveres de la que acababa de salir. El traumado hombrecillo también se presentó.
- Odiseo... del Ragnarok
Ubbe lo observó de reojo durante apenas un instante.
Después volvió a dirigir la vista hacia el extraño ser alado.
Los juegos acababan de empezar.
Y, aunque el mundo todavía no lo supiera, los Piratas Ragnarök acababan de pagar un precio que ninguno de los demás participantes alcanzaba siquiera a imaginar.
HEY BABY & JUST A MAN
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