10-07-2026, 05:02 PM
Continué avanzando narrando las innumerables historias que se contaban acerca de aquel lugar, aunque sin la certeza de que nadie las escuchase, pues, pese a mí entusiasmo por el descubrimiento, mi tono de voz no se extendía mucho más lejos del cuello de mi camisa. Dejamos atrás la selva. Mis oídos se vieron atraídos por las palabras de mis compañeros y mis ojos lo hicieron por el brillo de cada edificio. Oro. Oro por todas partes.
—Hasta donde podríamos viajar sin preocuparnos si nos llevásemos algo simple, como el marco de una puerta o el alféizar de una ventana. Nuestros problemas de dinero se acabarían. Podríamos tener una vida de lujo, hospedarnos en los mejores palacios y gastando nuestro tiempo en los mejores casinos. Aunque si quiero poder apostar a lo grande, tal vez sería mejor llevarse algo más y. Una casa quizá, pensé. Comencé a idear la manera de poder cargar una o dos casas en la Black Widow. Pieza por pieza, desmontadas. Quizá podríamos fundirlo antes de partir para que fuese más fácil de transportar. Monedas, eso es. Debemos hacer monedas. O tal vez fuese mejor lingotes. Los banqueros siempre prefieren los lingotes....
Mis divagaciones se vieron cortadas de golpe por un rugido de hombres, como el bramido de los guerreros que marchan hacia la batalla. Giré mi mirada buscando su procedencia. La imagen era atroz. Una cascada de piernas y brazos, Unidos en primera estancia a sus cuerpos, no pudiendo asegurar esto último una vez que hubieron llegado al suelo. Sin duda, eran parte de la población promedio de Jaya. La masacre me hizo recordar la otra parte de las historias acerca de Shandora. Esa que contaba cómo los hombres perdían la cabeza. La codicia les cantaba sobre una vida mejor, llena de lujos y ellos eran capaces de cualquier cosa por conseguirlo. Incluso capaces de saltar desde lo alto de un risco. Un escalofrío recorrió mi cuerpo con tal intensidad que hube de sacudirme. Cerré los ojos. Los abrí de nuevo y sorprendí a una de mis manos apoyada en el tabique de una de las casas. La retiré tan rápido como pude, asustado. Froté la punta de mis dedos, como si en ella aún se hallase algún resquicio de esa vida que estaba fantaseando. Limpié la palma de mi mano contra mi cazadora y continué junto a mis compañeros, atendiendo a la reflexión de Kiyoshi
—Kiyoshi, lo dices como si fuera posible que hubiese algo que fuera causa y a la vez solución de todos nuestros problemas.
Di un par de pasos más, cuando un sonido ensordecedor retumbó por las calles de la ciudad. Su potencia era tal que solo pude apretar el gesto de mi cara. Sujeté el sombrero con una de mis manos, la que no sujetaba el hatillo que había improvisado, temeroso de que las ondas de sonido lo hiciesen salir volando. No sé si pasaron segundos y horas, pero cuando por fin se detuvo un destello nos cegó. Moví la mano del sombrero al frente de mi cara, extendida, buscando generar la mayor cantidad de sombra para mí rostro, protegiendo mis ojos de la quemazón que producía una luz tan intensa. Tras unos instantes, el destello se diluyó y fue entonces cuando pude verlo.
—Es un... Un.... Ángel?
Parecía que el mito finalmente era cierto. Ante nosotros se levantaba una enorme figura de unos tres metros, con músculos esculpidos y unas alas blancas a su espalda. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue la esfera metálica con detalles de plata sobre su pecho.. Sin duda su fisionomía se parecía a nuestra nueva acompañante, pero había diferencias sustanciales como para pensar que no se trataban de la misma raza. Aquello me intrigó. Pensé en la posibilidad de que hubiese algo más que humanos y minks en este mundo. En si debería dedicar algo de tiempo en investigar acerca de aquello. Mis pensamientos se vieron interrumpidos, una vez más, cuando el ángel comenzó a hablar.
—Zarutsuki... Así que esta es la tierra de un shichibukai.
La presencia del ángel era imponente. No solo porque me doblase en tamaño, sino también por el aún más enorme cetro que portaba y que seguramente podría ser utilizado como arma. Por otro lado, sus formas eran cuidadas, por lo que me decidí a presentarme. Aguardé a que lo hubieran hecho todos mis compañeros y algunos de los Hanu Mahana, pues me parecía descortés interrumpirles. En un primer momento, me habían parecido demasiado extravagantes, pero a ser verdad parecía que sabían guardar las formas en un momento como este.
—Yo soy Varo Ganchin, explorador de los piratas de la Sepultura. Un placer —acompañé mis palabras asintiendo con la cabeza y sujetando el ala de mi sombrero con la mano libre.
Los juegos del soberano aún no habían comenzado, pero ya podía sentir la tensión. Sin embargo, ansiaba saber más sobre todo aquello
—Hasta donde podríamos viajar sin preocuparnos si nos llevásemos algo simple, como el marco de una puerta o el alféizar de una ventana. Nuestros problemas de dinero se acabarían. Podríamos tener una vida de lujo, hospedarnos en los mejores palacios y gastando nuestro tiempo en los mejores casinos. Aunque si quiero poder apostar a lo grande, tal vez sería mejor llevarse algo más y. Una casa quizá, pensé. Comencé a idear la manera de poder cargar una o dos casas en la Black Widow. Pieza por pieza, desmontadas. Quizá podríamos fundirlo antes de partir para que fuese más fácil de transportar. Monedas, eso es. Debemos hacer monedas. O tal vez fuese mejor lingotes. Los banqueros siempre prefieren los lingotes....
Mis divagaciones se vieron cortadas de golpe por un rugido de hombres, como el bramido de los guerreros que marchan hacia la batalla. Giré mi mirada buscando su procedencia. La imagen era atroz. Una cascada de piernas y brazos, Unidos en primera estancia a sus cuerpos, no pudiendo asegurar esto último una vez que hubieron llegado al suelo. Sin duda, eran parte de la población promedio de Jaya. La masacre me hizo recordar la otra parte de las historias acerca de Shandora. Esa que contaba cómo los hombres perdían la cabeza. La codicia les cantaba sobre una vida mejor, llena de lujos y ellos eran capaces de cualquier cosa por conseguirlo. Incluso capaces de saltar desde lo alto de un risco. Un escalofrío recorrió mi cuerpo con tal intensidad que hube de sacudirme. Cerré los ojos. Los abrí de nuevo y sorprendí a una de mis manos apoyada en el tabique de una de las casas. La retiré tan rápido como pude, asustado. Froté la punta de mis dedos, como si en ella aún se hallase algún resquicio de esa vida que estaba fantaseando. Limpié la palma de mi mano contra mi cazadora y continué junto a mis compañeros, atendiendo a la reflexión de Kiyoshi
—Kiyoshi, lo dices como si fuera posible que hubiese algo que fuera causa y a la vez solución de todos nuestros problemas.
Di un par de pasos más, cuando un sonido ensordecedor retumbó por las calles de la ciudad. Su potencia era tal que solo pude apretar el gesto de mi cara. Sujeté el sombrero con una de mis manos, la que no sujetaba el hatillo que había improvisado, temeroso de que las ondas de sonido lo hiciesen salir volando. No sé si pasaron segundos y horas, pero cuando por fin se detuvo un destello nos cegó. Moví la mano del sombrero al frente de mi cara, extendida, buscando generar la mayor cantidad de sombra para mí rostro, protegiendo mis ojos de la quemazón que producía una luz tan intensa. Tras unos instantes, el destello se diluyó y fue entonces cuando pude verlo.
—Es un... Un.... Ángel?
Parecía que el mito finalmente era cierto. Ante nosotros se levantaba una enorme figura de unos tres metros, con músculos esculpidos y unas alas blancas a su espalda. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue la esfera metálica con detalles de plata sobre su pecho.. Sin duda su fisionomía se parecía a nuestra nueva acompañante, pero había diferencias sustanciales como para pensar que no se trataban de la misma raza. Aquello me intrigó. Pensé en la posibilidad de que hubiese algo más que humanos y minks en este mundo. En si debería dedicar algo de tiempo en investigar acerca de aquello. Mis pensamientos se vieron interrumpidos, una vez más, cuando el ángel comenzó a hablar.
—Zarutsuki... Así que esta es la tierra de un shichibukai.
La presencia del ángel era imponente. No solo porque me doblase en tamaño, sino también por el aún más enorme cetro que portaba y que seguramente podría ser utilizado como arma. Por otro lado, sus formas eran cuidadas, por lo que me decidí a presentarme. Aguardé a que lo hubieran hecho todos mis compañeros y algunos de los Hanu Mahana, pues me parecía descortés interrumpirles. En un primer momento, me habían parecido demasiado extravagantes, pero a ser verdad parecía que sabían guardar las formas en un momento como este.
—Yo soy Varo Ganchin, explorador de los piratas de la Sepultura. Un placer —acompañé mis palabras asintiendo con la cabeza y sujetando el ala de mi sombrero con la mano libre.
Los juegos del soberano aún no habían comenzado, pero ya podía sentir la tensión. Sin embargo, ansiaba saber más sobre todo aquello
Antología
