10-07-2026, 08:06 PM
(Última modificación: 10-07-2026, 08:12 PM por Strahd Nanashi.
Razón: energia y espiritu
)
El grupo siguió subiendo y yo me quedé atrás porque había algo en el nivel dos que no podía dejar pasar, algo que llevaba veinte años esperando resolver y que no iba a resolverse solo con salir de aquí, y cuando lo vi al fondo de la pasarela entre las jaulas y las bestias y el olor a carne y a pelaje húmedo que llenaba el infierno de las bestias salvajes de un hedor que hacía que el nivel cuatro pareciera un jardín, lo reconocí inmediatamente aunque le hubieran caído los años encima igual que a mí, la misma mandíbula, el mismo porte, el mismo cabrón de siempre caminando hacia mí calentando el hombro y el brazo izquierdo con la alabarda a la espalda como si tuviera todo el tiempo del mundo, y yo estiré los brazos hacia delante con los dedos entremezclados entre sí calentando antebrazos y tríceps sin detener el paso, sintiendo el calor húmedo del nivel pegándose a la piel y el sonido sordo de las bestias moviéndose inquietas a ambos lados de la pasarela, hasta quedar los dos a 10 metros exactos el uno del otro con las jaulas a ambos flancos y las bestias empujando contra los barrotes ante nuestra presencia.
“Has envejecido mucho, hermano mayor.” – dije con la sorna de alguien que ha tenido veinte años para preparar esa frase, y el eco del nivel se la devolvió a los dos por igual. Las bestias callaron un segundo como si entendieran que lo que estaba pasando aquí no era asunto suyo, y en ese silencio breve y raro el olor a pelaje y a sangre vieja de las jaulas se hizo más presente que nunca, y Ryu respondió con la misma calma de siempre, la misma que siempre me sacó de quicio, hablando de responsabilidades y de sobrinas y de nietos como si llevara la contabilidad de mi vida mejor que yo mismo, y cuando mencionó a Stroud como suyo algo se tensó en el pecho con una presión asfixiante, y lo miré fijamente a los ojos a esos 10 metros de distancia con las palmas sudando del calor del nivel y los nudillos secos de veinte años de espera – “¿Estás hablando de MI nieto Stroud?” – pregunté haciendo especial énfasis en la propiedad moral del susodicho, y la palabra MI resonó entre las jaulas más fuerte de lo que pretendía, o exactamente tan fuerte como pretendía, que eso ya no lo sabía ni yo – “¡JO! Veo que no has superado el querer hacer tuyos mis méritos y fortunas, hermano mayor...” – respondí ante su juicio de que Stroud era ahora su nieto, y sentí el sabor amargo de esa frase porque llevaba razón en lo que decía y eso lo hacía peor, y Ryu alzó los brazos en diagonal al cielo ladeando el tren inferior preparándose, y entonces dijo lo de Margarita y algo se rompió en algún sitio dentro de mí que llevaba veinte años aguantando sin romperse, y dejé que se rompiera porque ya era hora.
“Así que salvaste a Margarita...” – repliqué, y con esas palabras todavía en el aire dejé que mi akuma no mi hiciera el trabajo que llevaba veinte años sin hacer, el pelaje denso brotando por todo el cuerpo de golpe mientras los huesos crujían reordenándose y la masa se multiplicaba, los 80 kilos convirtiéndose en 500 en cuestión de segundos mientras la altura se estiraba hasta los 3 metros y la caja torácica se expandía hasta los 2 metros de ancho ocupando casi todo el ancho de la pasarela, los arcos supraorbitales marcándose sobre los ojos ámbar que seguían siendo los mismos mirando a Ryu desde arriba, y las bestias del nivel enloqueciendo a ambos lados de la pasarela ante el olor del gigantopithecus llenando el espacio de un rugido colectivo que retumbó de pared a pared y sacudió las jaulas de los presos – “Es decir que cuando me encargue de ti, la deuda estará saldada, se cerrara el círculo.” – razoné de forma vil y mezquina, un razonamiento que llevaba décadas en conserva y que no había hecho mas que solidificarse en mi pensamiento, así como la pintura se vuelve una con la pared conforme pasa el tiempo.
Las tablas de la pasarela crujieron bajo los 500 kilos cuando bajé las manos al suelo y recorrí los primeros 5 metros en línea recta a cuatro patas con una velocidad fugaz en un movimiento feroz, y en el quinto metro levanté las manos de la pasarela y me lancé en un salto paralelo al suelo con ambas piernas estiradas hacia adelante, las palmas de los pies juntas formando una punta, el haki de armamento tiñendo ambas extremidades de negro desde el talón hasta los dedos, cortando el aire horizontal de esa pasarela a 10 centímetros de las tablas en línea recta hacia el torso de Ryu con los 5 metros restantes por delante — “¡FANTASTIC!” — rugí, y el eco del nivel dos se lo llevó entre los barrotes de las jaulas.
“Has envejecido mucho, hermano mayor.” – dije con la sorna de alguien que ha tenido veinte años para preparar esa frase, y el eco del nivel se la devolvió a los dos por igual. Las bestias callaron un segundo como si entendieran que lo que estaba pasando aquí no era asunto suyo, y en ese silencio breve y raro el olor a pelaje y a sangre vieja de las jaulas se hizo más presente que nunca, y Ryu respondió con la misma calma de siempre, la misma que siempre me sacó de quicio, hablando de responsabilidades y de sobrinas y de nietos como si llevara la contabilidad de mi vida mejor que yo mismo, y cuando mencionó a Stroud como suyo algo se tensó en el pecho con una presión asfixiante, y lo miré fijamente a los ojos a esos 10 metros de distancia con las palmas sudando del calor del nivel y los nudillos secos de veinte años de espera – “¿Estás hablando de MI nieto Stroud?” – pregunté haciendo especial énfasis en la propiedad moral del susodicho, y la palabra MI resonó entre las jaulas más fuerte de lo que pretendía, o exactamente tan fuerte como pretendía, que eso ya no lo sabía ni yo – “¡JO! Veo que no has superado el querer hacer tuyos mis méritos y fortunas, hermano mayor...” – respondí ante su juicio de que Stroud era ahora su nieto, y sentí el sabor amargo de esa frase porque llevaba razón en lo que decía y eso lo hacía peor, y Ryu alzó los brazos en diagonal al cielo ladeando el tren inferior preparándose, y entonces dijo lo de Margarita y algo se rompió en algún sitio dentro de mí que llevaba veinte años aguantando sin romperse, y dejé que se rompiera porque ya era hora.
“Así que salvaste a Margarita...” – repliqué, y con esas palabras todavía en el aire dejé que mi akuma no mi hiciera el trabajo que llevaba veinte años sin hacer, el pelaje denso brotando por todo el cuerpo de golpe mientras los huesos crujían reordenándose y la masa se multiplicaba, los 80 kilos convirtiéndose en 500 en cuestión de segundos mientras la altura se estiraba hasta los 3 metros y la caja torácica se expandía hasta los 2 metros de ancho ocupando casi todo el ancho de la pasarela, los arcos supraorbitales marcándose sobre los ojos ámbar que seguían siendo los mismos mirando a Ryu desde arriba, y las bestias del nivel enloqueciendo a ambos lados de la pasarela ante el olor del gigantopithecus llenando el espacio de un rugido colectivo que retumbó de pared a pared y sacudió las jaulas de los presos – “Es decir que cuando me encargue de ti, la deuda estará saldada, se cerrara el círculo.” – razoné de forma vil y mezquina, un razonamiento que llevaba décadas en conserva y que no había hecho mas que solidificarse en mi pensamiento, así como la pintura se vuelve una con la pared conforme pasa el tiempo.
Las tablas de la pasarela crujieron bajo los 500 kilos cuando bajé las manos al suelo y recorrí los primeros 5 metros en línea recta a cuatro patas con una velocidad fugaz en un movimiento feroz, y en el quinto metro levanté las manos de la pasarela y me lancé en un salto paralelo al suelo con ambas piernas estiradas hacia adelante, las palmas de los pies juntas formando una punta, el haki de armamento tiñendo ambas extremidades de negro desde el talón hasta los dedos, cortando el aire horizontal de esa pasarela a 10 centímetros de las tablas en línea recta hacia el torso de Ryu con los 5 metros restantes por delante — “¡FANTASTIC!” — rugí, y el eco del nivel dos se lo llevó entre los barrotes de las jaulas.
Resumen
Belico
