[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano
Tras finalizar su aterrizaje, Kibai pudo comprobar con cierta satisfacción interna que su salto había impreisonado al comandante Juan Sebastián, el cual tras exclamar de alegría le pregúntó inmediatamente qué tipo de alimentación seguía. Lo cierto era que el comportamiento de las otras dos divisiones de la Marina, si bien resultaba ciertamente histriónico a comparación de la férrea disciplina que regía todos los actos de la División 60, tenía un toque refrescante que era muy de agradecer. Permitiendo que una ligera sonrisa se dibujase en su rostro como única señal externa de su orgullo, el mink reflexionó acerca de las actitudes que estaba viendo tanto del comandante como del capitán Enji.

— Tengo que recordar tomar nota de esto. — pensó para si. Si bien aquel modo de proceder podía ser menos discreto o acarrear problemas a nivel interno (ya que no seguían para nada los protocolos estándar) o bien incurrir en situaciones complicadas, también sin duda les hacía integrarse en las poblaciones de las islas con mucha más facilidad y sería más sencillo ganarse el cariño y la confianza de los ciudadanos.

Antes de que pudiese responder a su interlocutor, este se percató de que su superior se alejaba de ellos y, sin pararse a esperar ni un instante salió en pos de su compañero, tomado la decisión (que Kibai consideró amablemente calificar simplemente como de "poco acertada") de hacer honor a su sobrenombre y transformarse en una tortuga, terrestre a juzgar por el abultado caparazón sin forma de laúd y las patas ligeramente más largas, antes de gritarle a su capitán que le esperase.

Negando con la cabeza e incapaz de ocultar ya la sonrisa de oreja a oreja que le adornaba el rostro, Kibai se dispuso a aguardar a todos sus compañeros cuando algo captó su atención: en el risco de aproximadamante medio centenar de metros de altura que se alzaba a su izquierda, justo enfrente de la entrada al óvalo formado por las gradas de madera, una gran algarabia parecía estar empezando a formarse. Dos enormes figuras estaban de pie al borde del precipicio, con una pequeña multitud congregada frente a ellos. Aunque la distancia le impedía distinguir con claridad los rostros o símbolos que pudieses portar, su vista captó el fugaz y revelador destello de una hoja de acero brillando por el sol, antes de que las dos figuras más grandes soltasen un potente grito y se lanzasen al vacío, siendo seguidos de manera casi inmediata por todos los otros individuos congredados allí arriba.

Y fue entonces cuando todas las sonrisas murieron.

Uno tras otro, todas las figuras más pequeñas que habían saltado al vacío se precipitaron inexorablemente hacia su cierto final, estrellándose contra el suelo a los pies del risco entre gritos y crujidos viscosos que delataban el desembramiento por choque y la rotura de huesos. Apenas un par de segundos después, la brisa trajo hasta las agudas fosas nasales del mink el revelador olor de la sangre humana. Al otro lado, parecía que a los habitantes de aquella ciudad dorada les era indiferente todo lo que estaba aconteciendo, pues continuaban tranquilamente con los quehaceres propios de los preparativos de un gran acontecimiento o celebración, acarreando provisiones y mercancías de aquí para allá y ultimando el montaje de los puestos de venta.

— Minks inferiores tenían que ser. — pensó para si mientras la última docena de hombres y mujeres encontraba su muerte tras realizar aquel salto suicida. Las reacciones a aquella extrañísima y grotesca estampa no tardaron en hacerse notar, con el capitán Enji realizando algunas sorprendentes burlas al respecto y alertando a Juan de la posibilidad de que hubiesen consumido algún tipo de planta venenosa, así como Akira y el propio comandante gyojin tambien resultaron grandemente impresionados. Sin embargo, lo que realmente hizo sonar todas las alamras internas de Kibai fue Stroud.

El joven rubio se había quedado mirando el espectáculo del salto al vacío en masa con una expresión facial complicada de descifrar, antes de hacerles la seña acostumbrada para indicarles al mink y al resto de su división que estuviesen en alerta. Pero la señal era lo de menos. No por primera vez desde que abandonasen Arabasta para dirigirse a las coordenadas dónde embarcarse en la Knock Up Stream, el comadantante parecía... nervioso? Si es que tal cosa era posible. Arrugando el entrecejo, Kibai eligió no airear sus opiniones al respecto de lo que acababa de ver, al menos por el momento, ya que varios de los presentes parecían bastante afectados por lo ocurrido.

Casi sin darles tiempo a reponerse, un fuerte sonido de un cuerno asaltó sus sentidos, no al nivel de la total sobrecarga sensorial que había sido la melodía emitida por las caracolas gigantes, pero si lo suficiente como para ensordecer cualquier conversación que pudiese haber empezado a surgir entre los miembros del grupo. Aquel resonar, profundo y vibrante, parecía provenir de la enorme pirámide dorada que se alzaba a su derecha, aunque Kibai no supo discernir si era producto de otra caracola gigante, de si alguien estaba de verdad soplando un cuerno en alguno de los escalones de la construcción. Durante un lapso de tiempo que le pareció sorprendentemente largo al mink, pero que cuando por fin cesó resultó haber durado mucho menos, a juzgar por la nula variación solar y que el olor a sangre fresca seguía llegándole en oleadas con cada soplo de viento, el cuerno siguió sonando, solo para ser sustituido por un brillante y cegador destello que obligó al mink a levantar un brazo para tapar su visión, mientras sus pupilas verticales se convertían en meras rendijas para dejar fuera la mayor cantidad de luz solar posible.

— Definitivamente, este es un mundo completamente distinto al que tenemos bajo nuestros pies. — pensó el mink mientras sus ojos se iban acostumbrando a la luz y se atrevía a mirar por encima de su antebrazo. Ante los miembros de las tres divisiones se había materializado un ser que, de acuerdo a los mitos y leyendas que el mink había podido ver en las islas por las que hbaía pasado, solo podía ser descrito como un ángel. Se trataba de un hombre, bastante alto, casi el doble de alto que el propio Kibai, con el rostro semicubierto por un casco de color negro que le tapaba hasta justo encima de la boca, vestido con ropas de un color blanco tan puro como las nieves recién caídas de Drum, combinadas con unas telas de color rojo que se enrollaban en torno a su figura. En su torso, cinco esperas de color gris plateado parecían estar incrustadas en su carne, con cuatro de ellas formando una especia de cuadrado entre sus pectorales izquierdo y dercho y ambos lados de su abdomen, con un quinto punto justo bajo su esternón, en una forma que recordó cómicamente a Kibai a la cara de cinco puntos de un dado de marfil como le que habían usado en una ocasión para apostarse unos cuantos berries entre los miembros de la División.

A pesar de que portaba un enorme báculo en una de las manos, el mink no precibió en el recién llegado ningún tipo de amenaza, más bien todo lo contrario. Aquel ser parecía emanar una cierta sensación de paz y tranquilidad que relajó el pulso acelerado de Kibai tras la visión de lo ocurrido en el risco y el sonido del cuerno. El ángel no se presentó como tal, pero dio la bienvenida a los marines, identificando aquel lugar que se encontraba a sus espaldas como Shandora, y pasando a pedir a todos los presentes que se identificasen uno por uno.

El primero en hacerlo fue el gyojin cangrejo, aún transformado en su forma de tortuga, lo cual no dejaba de ser una visión casi irreal, de ver un animalito que no levantaba ni medio metro del suelo presentándose formalmente ante aquel ser de apariencia divina, provamando su cargo como comandante de la marina y aludiendo a sus preferencias de dieta.

El líder de la División 75 fue el siguiente, haciendo un respetuoso saludo antes de alzar los brazos, activando lo que pare´cia ser algún tipo de Akuma no Mi relacionado con la luz, pues todo su cuerpo comenzó a brillar a la vez que se anunciaba como el futuro marine más fuerte de todos. Arrugando la nariz por el exceso de perfume que aquel tipo se había puesto, Kibai vio como por el rabillo del ojo otro miembro de la División 80 que no había percibido con anterioridad trataba de apartar al comandante en medio de su presentación, sin ser capaz de tocarle seguramente debido a que los poderes de Shin provenían de una logia, antes de presentarse el mismo y, por alguna razón, tirarle los trastos a aquel ser.

Sin embargo, aquello no había terminado, pues tanto el capitán Enji, el cual debió de considerar muy necesario el insultar al ángle llamándolo Cabeza de Lata y quedándose totalmente en ropa interior, como Akira, el cual había sacado de algún lugar unas gafas de sol y se había embadurnado la cara de protección solar antes de dirigir sus propios piropos hacia aquel ser, hicieron gala de una absoluta y total deformación de la realidad.

Mirando de reojo hacia su propio comandante, Kibai contuvo una sonrisa al ver la expresión del pobre Stroud. Para el marine rubio, tan amante del protocolo, la disciplina y el correcto desempeño de un marine en todas las facetas de su vida, aquel espectáculo debía estar siendo lo equivalente a que alguien usase la bandera del Royal Quiver para limpiarse el trasero en una noche de disentería. Stroud cruzó su mirada con el mink, haciendole de nuevo un gesto que indicaba que necesitaba hablar con él, antes de dirigirse al ángel para presentarse a su vez. Respondiendo al mismo moviendo el círculos el dedo índice para  señalar que lo harían después, Kibai vio como, por suerte, tanto la humink Nyra como Moja y Bertram hicieron presentaciones bastante acordes al protocolo, dejando solo restantes al humano que se había presentado como Kael como al propio Kibai.

Este le preguntó al mink si le importaba que fuese él primero, a lo que Kibai accedió con un ademán de la mano en dirección al ángel.

— Por favor, los humanos primero. — le dijo con un brillo divertido en los ojos. A pesar de la cruenta situación que se había producido en el risco, todo aquello tenía un tinte de irrealidad que despertaba en el mink una sensación de ibertad muy exraña, similar a cuando uno se percata de que está soñando, pero no es arrancado del sueño.

Tras la presentación de Kael, también muy acorde al protocolo estándar de la marina, solo restaba Kibai. Caminado a largas zancadas haciendo revolotear el abrigo con los kanji  de Justicia a su espalda, el mink se detuvo frente al ángel. Kibai hinchó el pecho, apoyando la mano derecha en el pomo de Raimei mientras que mantenía la izquierda firma junto a costado, antes de hacer un breve gesto de inclinación con la cabeza y calvar sus ojos esperalda en el lugar que imaginaba el ángel tendría, o debería tener los ojos.

— Mi nombre es Kibai, proveniente del lejano reino de Zou, El Relámpago Dorado de la División 60!

Dando por terminada su presentación, el mink se agachó un momento al ver que al comandante Juan se le había caído su gorra al suelo al presentarse. Recogiendo la prenda, se levantó de nuevo, quitándole un poco el polvo que había tomado del suelo. Acercándose a la pequeña tortuga, Kibai hincó una rodilla en tierra, no pudiendo evitar hacer un pequeño "pat pat" en la cabeza del animalito antes de colocarle cuidadosamente de nuevo la gorra sobre su cabeza.

— Se le había caído esto, señor.

Pocas veces la palabra señor había salido de entre los colmillos de Kibai con más respeto que aquella. SIn duda no era para menso, acaba de ver como una tortuga le superaba en rango de una manera avasallante. Definitivamente, tendría que empezar a ponerse las pilas.

La Caja de Pandora
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Cambios en estadísticas
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