11-07-2026, 11:16 PM
Enji sostuvo su sonrisa, afilada y arrogante, frente al ángel guardián de la tierra de Shandora. Su actitud irreverente y despreocupada se demostró inmune al contexto en el que se encontraban, así como a las expectativas que su puesto dentro de la marina —o, peor, su apellido—, cimentase en la mente de los demás. En parte por ignorancia, en parte porque así era él y cinco años de despropósito no se saneaban con una medalla y una chaqueta. Su pecado, esta vez, radicaba en ser incapaz de ver a un sujeto con casco sin inventarse algún tipo de apodo peyorativo, una cosa bastante infantil pero que tenía muy arraigada. ¿El castigo de ese pecado? Un golpe de bastón, veloz y certero, en el centro de la cara.
No lo vio venir. Apenas fue capaz de percibir un movimiento, un borrón dorado que cortaba el aire; después, el dolor punzante en la frente, el puente de la nariz y la mejilla le informó de que, en efecto, había sido golpeado. Parpadeó, sorprendido y desorientado por un instante, mientras una marca roja aparecía en su cara. ¿Quién? ¿Cómo? Cuando lo dedujo, la mirada clavada en el bastón que sostenía Navur, se sintió raro. Una sensación extraña se le instaló en el pecho. Una especie de indignación mezclada con vergüenza, como si le acabara de regañar su propia madre. Y es que no conocía a otro ser que tuviera el mismo aura de paz y solemnidad, pero que también pudiera atizar tan duro con un palo.
Con su madre hubiera ganado la vergüenza, claro. Se hubiera disculpado y todo el problema quedaría zanjado allí. Ese sujeto, sin embargo, estaba muy lejos de ser su madre. La indignación creció dentro suyo, alimentada por algo distinto, algo intenso y visceral. Un ansia, un instinto que reconocía como ajeno y propio a la vez, bebió del tenue dolor, de la sorpresa y el orgullo herido para tratar de encender en él la llama del odio. En sus venas quería correr el veneno y llamar a la locura, al descontrol, a la masacre. El jugo de la fruta del diablo estaba hirviendo.
Enji se resistió.
Pese a la advertencia, que en otro caso pudiera ser la gota que derramó el vaso, acabó sonriendo de nuevo tras aplacar ese primer impulso.
—Buah, me libro de los cocazos de Sigrid para venir a llevarme otro aquí arriba. —Suspiró, se dejó caer y aterrizó sentado sobre el caparazón de su gran amigo y compañero, Juan Sebastian, que sin duda habría sido testigo de toda la secuencia. Antes de que pudiera irse de lengua, Enji le tapó la boca con la mano derecha desde detrás—. ¿A qué sí, Juancho? —Dio dos palmadas en su caparazón con la otra mano para animarlo—. Venga, vamos, que quiero ser el primero en esas gradas. —Su sonrisa creció más—. ¡Corre como el viento, tiro al Juancho! ¡Que ninguno se quede atrás!
Llamó al resto de sus compañeros, a Akira y Masami, haciéndoles una seña con la mano para que avanzaran. Conocía a Juan lo suficiente para saber que no se quedaría con la boca cerrada después de ver cómo lo habían atacado, así que callarlo e indicarle que siguieran adelante era su manera de hacerle saber que todo estaba bien. El golpe apenas le había dolido y tenían cosas más importantes para las que guardar energías, como posar, correr y ganar esos juegos con estilo. El estilo de la ochenta.
Subido en la espalda de la tortuga más carismática de la marina, Enji se colocó en pose india, cruzó los brazos y cerró los ojos, adoptando una expresión meditativa e iluminada. En ese momento era el Sabio de la Tortuga, un hombre ascendido y sumamente desnudo.
¿Desnudo?
—¡Ah!
Abrió los ojos de pronto, habiendo recordado algo fundamental. Se rascó el cuello y volteó a mirar hacia atrás.
—¡Eh, rubiales! ¡Recoge mi chaqueta!
Pues ya se encontraba de camino a las gradas a lomos de Juan Sebastian y de ese trono natural no se iba a bajar hasta llegar a su destino.
No lo vio venir. Apenas fue capaz de percibir un movimiento, un borrón dorado que cortaba el aire; después, el dolor punzante en la frente, el puente de la nariz y la mejilla le informó de que, en efecto, había sido golpeado. Parpadeó, sorprendido y desorientado por un instante, mientras una marca roja aparecía en su cara. ¿Quién? ¿Cómo? Cuando lo dedujo, la mirada clavada en el bastón que sostenía Navur, se sintió raro. Una sensación extraña se le instaló en el pecho. Una especie de indignación mezclada con vergüenza, como si le acabara de regañar su propia madre. Y es que no conocía a otro ser que tuviera el mismo aura de paz y solemnidad, pero que también pudiera atizar tan duro con un palo.
Con su madre hubiera ganado la vergüenza, claro. Se hubiera disculpado y todo el problema quedaría zanjado allí. Ese sujeto, sin embargo, estaba muy lejos de ser su madre. La indignación creció dentro suyo, alimentada por algo distinto, algo intenso y visceral. Un ansia, un instinto que reconocía como ajeno y propio a la vez, bebió del tenue dolor, de la sorpresa y el orgullo herido para tratar de encender en él la llama del odio. En sus venas quería correr el veneno y llamar a la locura, al descontrol, a la masacre. El jugo de la fruta del diablo estaba hirviendo.
Enji se resistió.
Pese a la advertencia, que en otro caso pudiera ser la gota que derramó el vaso, acabó sonriendo de nuevo tras aplacar ese primer impulso.
Contenido Oculto
—Buah, me libro de los cocazos de Sigrid para venir a llevarme otro aquí arriba. —Suspiró, se dejó caer y aterrizó sentado sobre el caparazón de su gran amigo y compañero, Juan Sebastian, que sin duda habría sido testigo de toda la secuencia. Antes de que pudiera irse de lengua, Enji le tapó la boca con la mano derecha desde detrás—. ¿A qué sí, Juancho? —Dio dos palmadas en su caparazón con la otra mano para animarlo—. Venga, vamos, que quiero ser el primero en esas gradas. —Su sonrisa creció más—. ¡Corre como el viento, tiro al Juancho! ¡Que ninguno se quede atrás!
Llamó al resto de sus compañeros, a Akira y Masami, haciéndoles una seña con la mano para que avanzaran. Conocía a Juan lo suficiente para saber que no se quedaría con la boca cerrada después de ver cómo lo habían atacado, así que callarlo e indicarle que siguieran adelante era su manera de hacerle saber que todo estaba bien. El golpe apenas le había dolido y tenían cosas más importantes para las que guardar energías, como posar, correr y ganar esos juegos con estilo. El estilo de la ochenta.
Subido en la espalda de la tortuga más carismática de la marina, Enji se colocó en pose india, cruzó los brazos y cerró los ojos, adoptando una expresión meditativa e iluminada. En ese momento era el Sabio de la Tortuga, un hombre ascendido y sumamente desnudo.
¿Desnudo?
—¡Ah!
Abrió los ojos de pronto, habiendo recordado algo fundamental. Se rascó el cuello y volteó a mirar hacia atrás.
—¡Eh, rubiales! ¡Recoge mi chaqueta!
Pues ya se encontraba de camino a las gradas a lomos de Juan Sebastian y de ese trono natural no se iba a bajar hasta llegar a su destino.
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