12-07-2026, 08:21 PM
El trallazo del báculo dorado hacia el rostro del comandante Enji no se hizo esperar tras la sarta de improperios que el peliblanco había dirigido hacia el ángel. A pesar de que Kibai percibió perfectamente como el brazo de aquel ser se tensaba listo para golpear, decidió no desenvainar a Raimei para interceptar el golpe. Estaba claro que en aquella situación, aunque aparentemente los marines superaban ampliamente en número a su posible rival, no dejaban de estar en un terreno totalmente desconocido y bajo el poder de un ente muy superior, dada la forma en la que el ángel había hablado de su Soberano.
Por suerte, el capitán marine optó por no continuar las hostilidades y recibir con cierta deportividad el toque de atención, antes de proseguir su camino montado en el lomo del comandante Juan Sebastián, al cual tuvo que tapar la boca para impedirle que soltase una ristra de lo que seguro eran palabras bastante poco agradables hacia el Custodio Navur. Acto seguido, y tras despachar con bastantes buenas maneras los futiles intentos de Masami de ganarse su interés, el ser se dirigió hacia Stroud, y las cosas que dijo le resultaron al mink de lo más interesantes.
Al parecer Zarutsuki habia hecho mucho más que ser simplemente un miembro del Ouka Sichibukai, sino que se las hbaía arreglado para gobernar por completo aquella isla del cielo, por lo menos. Además, aunque Kibai desconocía totalmente los entresijos de la tripulación, de acuerdo a las palabras del ángel, había otros con el mismo rango que él, los Custodios. También era curioso el hecho de que no estuviesen esperando a nadie de la Marina.
— Cuando anunciaron los juegos en el periódico, se escribía que el anuncio iba directamente dirigido a la Marina, y sin embargo no nos esperaban? — pensó para si el mink mientras caminaba hacia la zona de los puestos antes de subir a las gradas de madera.
El Custodio Navur también había dejado caer otra sutil, aunque clara advertencia: la seguridad de aquella isla, la ciudad y sus habitantes era cosa de ellos. Eso, a poco que se leyese entre líneas, dejaba caer un mensaje muy claro: nadie de la Marina debía siquiera ocurrírsele empezar a tirar de galones en aquellos juegos, o las consecuencias serían graves. Al mink no le había hecho ninguna gracia la mención que había hecho el Custodio acerca de ese lugar conocido como Los Lamentos y sin lugar a dudas no tenía absolutamente ninguna prisa por conocer en qué consistía ese castigo.
A medida que se acercaba a la zona de los puestos, Kibai comprobó que, a pesar de las diferencias obvias, algo parecía ser común a todos los habitantes de la isla. Todos, hombres, mujeres y niños lucían alas a sus espaldas, blancas en el caso de los Birkanianos y Skypieans, y negras para los Lunarian. Asimismo, estos últimos parecían conducirse por alguna razón de manera más altanera, y sus ropajes parecían de mejores calidades, aunque Kibai no supo discernir la razón de ello.
Sin embargo, el momento en el que se detuvo frente a un puesto de comida que ofrecía unas cuencos de dátiles rellenos de frutos secos y cubiertos con algo que olía curiosamente a una mezcla a la vez dulce y picante de miel y pimienta, el mink tragó saliva. A su izquierda, alzándose hasta alcanzar tranquilamente los cuatro metros y medio, una Lunarian estaba inclinada sobre el mostrador. El corazón de Kibai dio un pequeño vuelco, con algunos recuerdos volando raudos hacia el East Blue. Sacudiendo la cabeza, el mink cerró la pequeña rendija que su memoria había abierto, antes de interesarse de nuevo por los alimentos que veía delante de si.
— Quisiera llevarme dos cuencos de estos, por favor. — solicitó educadamente el mink antes de echar mano de su cartera, aguardando que los berries del mar azul sierviesen como pago en aquella tierra que tenía edificios construidos con lo que parecía oro.
Tras su breve parada, Kibai accedió por fin al recinto, quedando asombrado ante la enorme cantidad de gente que las gradas parecían poder albergar. A buen seguro el Soberano Zarutsuki no se pensaba cortar en cuanto a la pompa y boato de sus juegos, ni tampoco en cuanto al número de asistentes a los mismos. Lo único que seguía preocupando al mink eran las palabras del Custodio hacia Stroud.
Pegando una fuerte inspiración de aire, no tardó en detectar el revelador olfato del tabaco de pipa de Stroud, así que siguiendo su olfato no tardó en localizar al marine en un sector de las gradas bastante desocupado por el momento. Resistiendo la tentación de saltar hacia allí, Kibai se encaminó a pie, echando un ojo hacia las gradas a medida que avanzaba hacia la posición del comandante. De un pequeño salto, superó la última línea de gradas para dejarse caer al lado de Stroud, alargándole uno de los cuencos de dátiles.
— El tabaco le matará, señor. Por cierto, lo poco que he logrado ver de esto, parece que lo escrito en el periódico parecía más una advertencia para nosotros más que una invitación. Visto lo visto, esos Custodios no se tomarán demasiado bien el hecho que decidamos intervenir.
El mink observó a su alrededor. Muchos rostros le resultaban familiares, incluso algunos eran piratas con recompensas bastante notorias.
— Los invitados a los juegos parecen ser criminales en su mayoría. Me encantaría detenerlos a todos, pero aquí estamos en franca inferioridad, y no me gustaría que el Soberano de esta ciudad decidiese que le estamos tratando de arruinar los juegos. No obstante, recomendaría mantener los ojos y oídos bien abiertos.
Cuencos de comida
La Caja de Pandora
