12-07-2026, 09:33 PM
Cuando el ángel, Navur, según se presentó, le soltó aquel viaje con el bastón al Capitán Enji en mitad de la jeta, Moja ni pestañeó, pero por dentro sintió un alivio tremendo. Ya era hora de que alguien le bajara los humos a ese exhibicionista. El sonido del impacto resonó seco, un plack que a Moja le supo a gloria bendita. El mink pantera se quedó inmóvil, observando de reojo cómo Enji se quejaba y terminaba sentándose de mala gana sobre el caparazón de Juan Sebastián, mientras le tapaba la boca al gyojin para que no soltara más barbaridades. Al menos el golpe sirvió para que se callaran un rato.
Navur se giró entonces hacia Stroud, ignorando por completo el desastre de las otras divisiones, y le habló con un respeto que Moja consideró de lo más justo. El Comandante Stroud era el único que mantenía la compostura de un verdadero oficial allí. Moja escuchó con atención las palabras del custodio. Eso de que "la seguridad de este reino es nuestro trabajo" no era una cortesía; era una línea roja pintada en el suelo. Nos estaban diciendo, con muy buenas palabras, que en Skypiea los galones del mar azul no valían una mierda y que mejor no metiéramos las narices donde no nos llamaban.
Stroud respondió con su rigidez habitual, aclarando que Enji seguía siendo el de mayor rango, por desgracia, y luego le dio un guantazo en la mano a Akira para que espabilara y dejara de hacer el vago. Moja asintió para sus adentros, se acomodó la correa de los odres vacíos que aún llevaba cruzados y siguió los pasos de Stroud hacia el graderío, cruzando por fin la frontera de Shandora.
El camino hacia las gradas fue un dolor de cabeza. Aquello era un hervidero de gente con alas. Lunarians estirados cubiertos de oro y telas finas, skypieanos con ropas hechas de retales y birkanianos mezclados por todas partes. Moja caminaba con la vista fija en la nuca de Stroud, intentando ignorar el olor a comida especidada que subía de los puestos callejeros y que a Kibai pareció volverle loco, porque el muy condenado se desvió a comprar unos dátiles con pimienta o vete a saber qué invento celestial.
Llegaron a una zona de las gradas de madera que estaba bastante despejada, cerca de por donde habían entrado. Stroud se sentó con esa pose suya de estatua y sacó la pipa Saltfin para empezar a prensar el tabaco. Moja se sentó a su lado, a una distancia prudencial, dejando las cajas de provisiones entre sus piernas. Sus grandes botas militares de la Marina se hundieron un poco en la madera vieja del asiento, que crujió levemente bajo su peso robusto.
Kibai llegó al rato dando un brinco y ofreciéndole los dátiles a Stroud mientras soltaba que el tabaco le iba a matar. Moja miró el cuenco de comida con desconfianza, soltó un bufido por la nariz y desvió la mirada hacia abajo, hacia la pista de tierra batida. El contramaestre Moja no tenía ganas de charlas ni de dátiles. Sus ojos amarillos empezaron a escanear a la multitud que llenaba el estadio. Kibai tenía razón en algo: aquello estaba plagado de caras sospechosas, tipos con pintas de piratas y criminales que en el mar azul ya estarían entre rejas en Impel Down.
Moja apretó los puños sobre sus rodillas, sintiendo el tacto áspero de su propio pelaje. La impotencia de estar allí sentado, rodeado de escoria y sin poder actuar bajo la ley de la Marina, le revolvía las tripas. Pero la disciplina que se había forjado a fuego en la academia del East Blue era lo que lo mantenía clavado al asiento. Miró de reojo a Stroud, que ya soltaba las primeras volutas de humo gris, y luego volvió a fijar la vista al frente, con las orejas tiesas y atento a cualquier vibración extraña. Los juegos estaban a punto de empezar, y él no pensaba perder el detalle de lo que ese maldito Zarutsuki tenía preparado para ellos.
Navur se giró entonces hacia Stroud, ignorando por completo el desastre de las otras divisiones, y le habló con un respeto que Moja consideró de lo más justo. El Comandante Stroud era el único que mantenía la compostura de un verdadero oficial allí. Moja escuchó con atención las palabras del custodio. Eso de que "la seguridad de este reino es nuestro trabajo" no era una cortesía; era una línea roja pintada en el suelo. Nos estaban diciendo, con muy buenas palabras, que en Skypiea los galones del mar azul no valían una mierda y que mejor no metiéramos las narices donde no nos llamaban.
Stroud respondió con su rigidez habitual, aclarando que Enji seguía siendo el de mayor rango, por desgracia, y luego le dio un guantazo en la mano a Akira para que espabilara y dejara de hacer el vago. Moja asintió para sus adentros, se acomodó la correa de los odres vacíos que aún llevaba cruzados y siguió los pasos de Stroud hacia el graderío, cruzando por fin la frontera de Shandora.
El camino hacia las gradas fue un dolor de cabeza. Aquello era un hervidero de gente con alas. Lunarians estirados cubiertos de oro y telas finas, skypieanos con ropas hechas de retales y birkanianos mezclados por todas partes. Moja caminaba con la vista fija en la nuca de Stroud, intentando ignorar el olor a comida especidada que subía de los puestos callejeros y que a Kibai pareció volverle loco, porque el muy condenado se desvió a comprar unos dátiles con pimienta o vete a saber qué invento celestial.
Llegaron a una zona de las gradas de madera que estaba bastante despejada, cerca de por donde habían entrado. Stroud se sentó con esa pose suya de estatua y sacó la pipa Saltfin para empezar a prensar el tabaco. Moja se sentó a su lado, a una distancia prudencial, dejando las cajas de provisiones entre sus piernas. Sus grandes botas militares de la Marina se hundieron un poco en la madera vieja del asiento, que crujió levemente bajo su peso robusto.
Kibai llegó al rato dando un brinco y ofreciéndole los dátiles a Stroud mientras soltaba que el tabaco le iba a matar. Moja miró el cuenco de comida con desconfianza, soltó un bufido por la nariz y desvió la mirada hacia abajo, hacia la pista de tierra batida. El contramaestre Moja no tenía ganas de charlas ni de dátiles. Sus ojos amarillos empezaron a escanear a la multitud que llenaba el estadio. Kibai tenía razón en algo: aquello estaba plagado de caras sospechosas, tipos con pintas de piratas y criminales que en el mar azul ya estarían entre rejas en Impel Down.
Moja apretó los puños sobre sus rodillas, sintiendo el tacto áspero de su propio pelaje. La impotencia de estar allí sentado, rodeado de escoria y sin poder actuar bajo la ley de la Marina, le revolvía las tripas. Pero la disciplina que se había forjado a fuego en la academia del East Blue era lo que lo mantenía clavado al asiento. Miró de reojo a Stroud, que ya soltaba las primeras volutas de humo gris, y luego volvió a fijar la vista al frente, con las orejas tiesas y atento a cualquier vibración extraña. Los juegos estaban a punto de empezar, y él no pensaba perder el detalle de lo que ese maldito Zarutsuki tenía preparado para ellos.
Información
*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)
