13-07-2026, 02:41 PM
El hombre sentado de espaldas a la ventana, de amplio bigote y largas patillas, sonríe mientras provoca a su compañero de la izquierda. Este acaba de sacar una pequeña bolsa de tabaco y parece mucho más concentrado en preparar su próximo cigarro que en la propia partida.
—¿Otra vez con eso, Aaron? —se burla el del bigote entre carcajadas—. Al final vas a acabar fumándote hasta la suerte.
El hombre sentado a la izquierda del bigotudo, con la puerta a su espalda, se echa a reír sin contenerse y decide añadir su propia puya: —Si es que no lo ha hecho ya, ¿eh, Andrei? Porque hasta ahora no te he visto ganar ni una.
Aaron no responde con palabras. Se limita a fruncir el ceño con una molestia notablemente fingida mientras extrae una pipa, la carga con calma y la enciende como si no tuviera ninguna prisa por continuar la discusión.
Las risas de Andrei y su compañero llenan la mesa mientras el humo empieza a elevarse lentamente, arremolinándose alrededor del rostro de Aaron y ocultando parcialmente sus facciones. Entre la nube gris y el bullicio de la taberna, resulta difícil que repare en alguien acercándose.
Por eso, cuando llegas hasta la mesa, ninguno de los tres parece haberte advertido. Mucho menos esperaban encontrarse con una presencia tan bella como la tuya.
—Buenas tardes, señorita —saluda Aaron, sujetando la pipa entre los dientes mientras aparta el humo con la mano izquierda—. ¿Qué la trae por aquí?
—Kia, kia, kia... ¿Información? —se ríe el desconocido interviniendo—. ¿Y qué le hace pensar que nosotros tenemos información?
—Ay, Gino, no empieces —le advierte Andrei, mirándolo de reojo antes de volver la vista hacia ti—. Este hombre siempre tiene que hacerse el interesante cuando ve a una muchachita guapa.
—¿Yo? ¿Interesante? —responde el viejo antes de volver a reir—. Solo estoy diciendo la verdad.
Andrei niega con la cabeza.
—No le haga mucho caso, señorita. Este viejo lleva más tiempo bebiendo que jugando.
—¡Oye! Respeta al que ha ganado varias partidas —protesta Gino.
—Porque haces trampas —responde Aaron con calma, dando otra calada a la pipa.
—Kia, kia, kia. Eso es una acusación muy grave, muchacho.
La discusión continúa durante unos segundos entre risas hasta que Andrei golpea suavemente la mesa con los nudillos y señala una de las sillas libres.
—Ándale, señorita. Siéntese y juegue con nosotros. Total, parece que ya ha venido hasta aquí buscando respuestas, ¿no?
Aaron inclina ligeramente la cabeza, observándote por encima del humo.
—Claro que sabemos cosas. Otra cosa es que una partida perdida nos haga tener la lengua más suelta.
Antes de que puedas responder, Gino interviene mientras recoge los dados.
—Serán diez berries si quiere entrar. Y no vaya a acabar como Aaron, ¿eh? Que el muchacho tuvo que apostar hasta sus propias flechas porque ya no le quedaba ni una moneda.
—No empieces con eso, Gino... —murmura Aaron.
—Kia, kia, kia, kia.
De repente, los tres jugadores levantan sus barriletes casi al mismo tiempo.
Durante unos instantes, la mesa queda en silencio mientras cada uno observa el resultado de los demás. Luego llegan las primeras risas, algún que otro bufido de resignación y, finalmente, la aceptación de la derrota.
La suerte ha decidido ponerse de tu lado.
Has ganado.
Gino suelta una carcajada mientras niega con la cabeza, claramente divertido por el resultado.
—Kia, kia, kia... mira nada más. La señorita acaba de llegar y ya nos está dejando sin nada.
Andrei observa los dados con una sonrisa, apoyándose en el respaldo de su asiento.
—Pues sí, parece que hoy alguien vino con más suerte que nosotros, ¿eh?
Aaron, en cambio, no parece tan sorprendido. Con la pipa todavía entre los dientes, dirige una mirada al pequeño montón de berries que ahora te pertenece. Durante unos segundos guarda silencio, como si estuviera valorando algo, hasta que una sonrisa ligeramente astuta aparece en su rostro.
Con un pequeño gesto de cabeza señala las ganancias.
—Las flechas puedes quedártelas —dice con tranquilidad—. Pero si me das lo que acabas de ganar, te cuento lo que quieras saber.
Da una calada a la pipa y deja escapar el humo lentamente.
—Después de todo, una buena historia siempre tiene un precio. Pero antes... —con un silbido estruendoso, Aaron llama al tabernero —Tengo la garganta seca, ¿no quieres algo de beber?
Mientras esperan a que llegue el hombre que está limpiando la barra, Aaron apoya los antebrazos sobre la madera, se acomoda en su asiento y desplaza la pipa hacia el extremo derecho de su boca para poder hablar con mayor comodidad.
—Aquí en Baterilla la vida es bastante tranquila —comienza Aaron, dando una calada a la pipa—. No suelen ocurrir grandes acontecimientos ni desgracias.
—Eso si no contamos lo de los tipos del volcán —interviene Andrei, apoyándose en la mesa.
—O lo de las doncellas desaparecidas —añade Gino antes de reir —Kia, kia, kia, kia... — mientras vuelve a hacer un gesto al tabernero, que sigue ocupado tras la barra sin acercarse todavía.
Aaron niega con una pequeña sonrisa y retoma la historia.
—Como iba diciendo, aquí en Baterilla la vida suele ser tranquila. De hecho, el tablón de anuncios de la plaza normalmente estaba vacío o lleno de tonterías como: "¿Buscas pareja?", "¿Cansado de trabajar todo el día?"... Ya sabes, esas frases que parecen escritas por algún vendedor ambulante intentando convencerte de comprar alguna basura.
Hace una pausa para dar otra calada.
—Adán y su esposa Alicia incluso pensaron en retirarlo. Decían que solo ocupaba espacio. Sin embargo, hace unos años, antes de que el viejo muriera, uno de esos carteles terminó salvándole la vida al pobre Delapore.
Al escuchar aquello, los tres hombres niegan con la cabeza casi al mismo tiempo, como si recordaran perfectamente aquel día.
—Apareció una mañana con los ojos inyectados en sangre, fuera de sí, gritando: "¡Alguien me ha robado el tótem!". Y no fue hasta que lograron tranquilizarlo cuando explicó lo que ocurría. Según él, aquel tótem tenía un valor incalculable y pagaría cualquier precio por recuperarlo.
Sonríe ligeramente.
—Claro que todos queríamos ese dinero. El problema era que sabíamos que el viejo era más pobre que una rata...
—Kia, kia, kia —rió Ginos —Vaya comparativa...
Andrei le lanza una mirada que consigue que el anciano vuelva a guardar silencio.
—Como iba diciendo... Sabíamos que no tenía demasiado dinero. Además, estaba cuidando de un niño que no era suyo y todavía cargaba con el duelo por la muerte de su hermano. Así que decidimos echarle una mano.
Aaron mueve la pipa entre los labios prologando el silencio antes de continuar.
—Colocamos carteles por varios lugares de la isla. Y, curiosamente, el de esta misma taberna fue el que dio resultado. Un tipo de otra isla llegó hasta aquí. Era bueno en lo suyo, eso hay que reconocerlo.
Hace una pausa soltando algo de humo.
—Tardó varios días, pero consiguió recuperar el tótem. Al parecer, estaba escondido en las cloacas.
Su mirada se pierde un instante en algún punto de la mesa.
—Nunca quiso decir qué tuvo que hacer para recuperarlo. Solo apareció con la pieza y se la entregó al viejo. Después desapareció sin reclamar la recompensa.
—Y no me extraña —interviene Andrei, bajando el tono—. Gino y yo estábamos ahí cuando se lo devolvió.
—Esa cosa... era horrible — sentencia Gino para volver a mirar hacia el tabernero Adán.
En ese momento, el tabernero, ocupado recogiendo las jarras vacías de la mesa C, alza la mirada hacia ellos y, durante un instante, mantiene la vista sobre el grupo hasta que finalmente suspira y hace un pequeño gesto con la cabeza. No hace falta escucharlo para saber qué significa: os he oído perfectamente, pesados. Ahora voy.
En ese momento, Aaron sonríe al darse cuenta, se pasa la lengua por los labios agrietados y vuelve a acomodarse en su asiento, mientras Gino deja escapar una risita por lo bajo.
—Ya era hora —murmura el viejo.
—Sin embargo, señorita, seguro que se preguntará por qué era tan importante para el viejo aquella figura —interviene Andrei—. Y la verdad es que solo ese de ahí lo sabe —añade, señalando con la cabeza al anciano enfermizo que se tambalea en dirección al baño—. El viejo y él eran inseparables.
—O al menos eso parecía —añade Aaron, dejando escapar las palabras entre una densa bocanada de humo que se pierde lentamente bajo la tenue luz del local.
—¡Hombre, Adán! —exclama Ginos al ver al tabernero acercarse—. Esta señorita pregunta por los Delapore.
—Gino... —suspira Andrei—. En realidad, preguntaba si había algo interesante en el pueblo como para ganarse unas monedas.
—¡Pues eso mismo! ¡Sobre los Delapore!
Adán deja escapar un pesado suspiro.
—No se lo recomiendo —interviene de pronto el hombre corpulento de brazos musculosos, cuya presencia parece llenar el espacio a su alrededor—. Parece que es algo grande, casi tanto como la recompensa...
—Oye, ¿nos vas a tomar nota o no? —pregunta Ginos.
El tabernero hace rodar los ojos antes de asentir resignado. Cada uno de los tres hombres pide su consumición. Después, te dirige la mirada, esperando que le indiques qué quieres, y finalmente se marcha.
Cinco minutos más tarde regresa con las jarras y un cartel entre las manos.
—Están teniendo un problema de plagas.
Las indicaciones del tabernero son sencillas. Basta con seguir el empedrado que serpentea junto a la costa hasta alcanzar el extremo del pueblo. Allí, donde el rumor del mar se mezcla con el golpear constante de los martillos sobre la madera, encontrarás el pequeño astillero. El hijo mayor de la familia trabaja en él reparando las modestas embarcaciones de los pescadores hasta la puesta de sol.
Antes de que te marches, el tabernero desclava el cartel del tablón y te lo entrega con un gesto despreocupado.
—Llévatelo. Así sabrá de qué le hablas.
Según cuenta, el anuncio lleva semanas colgado sin que nadie haya mostrado el menor interés. El papel, ya descolorido y cubierto por una fina capa de polvo, parece haberse convertido en un elemento más de la pared.
Con las indicaciones claras y el cartel en tus manos, ya no queda mucho más que decir. Salvo que tengas alguna otra pregunta, el camino hacia el astillero te espera.
Una vez llegas al astillero, no te resulta difícil encontrar al hombre que buscas. Es de baja estatura y constitución escuálida, tan pálido que su piel roza la mortecina. Bajo los ojos arrastra unas profundas ojeras violáceas que delatan noches enteras sin apenas descanso, mientras el cabello, empapado en sudor, permanece pegado al cráneo.
A pesar del frío que trae la brisa marina, trabaja sin chaqueta, concentrado en reparar el casco de una pequeña embarcación.
A simple vista cualquiera diría que es un hombre frágil, de esos que podrían quebrarse con una mala caída. Sin embargo, basta observarlo unos instantes para comprender que las apariencias engañan. Bajo aquella piel tirante y aquel cuerpo enjuto se adivinan unos músculos curtidos por años de trabajo, capaces de levantar pesados tablones y herramientas con una facilidad impropia de alguien con semejante aspecto.
Está tan absorto en su labor que ni siquiera advierte tu presencia. Es uno de sus compañeros quien repara en ti y, tras limpiarse las manos sobre el delantal, se acerca para preguntarte qué necesitas.
En cuanto le muestras el cartel, el hombre asiente en silencio y te conduce hasta él.
Lejos de mostrarse receloso, el hijo de la familia acepta hablar contigo sin demasiados rodeos. Responde a tus preguntas con sinceridad, como quien lleva demasiado tiempo esperando que alguien decida escuchar su historia.
Cuando la conversación llega a su fin, te pide un poco de paciencia. Solo le queda colocar unos últimos paneles de madera antes de dar por terminada la jornada. Después, deja las herramientas donde corresponden, se limpia las manos y te invita a acompañarlo hasta la casa que tantos rumores ha despertado en Baterilla.
—¿Otra vez con eso, Aaron? —se burla el del bigote entre carcajadas—. Al final vas a acabar fumándote hasta la suerte.
El hombre sentado a la izquierda del bigotudo, con la puerta a su espalda, se echa a reír sin contenerse y decide añadir su propia puya: —Si es que no lo ha hecho ya, ¿eh, Andrei? Porque hasta ahora no te he visto ganar ni una.
Aaron no responde con palabras. Se limita a fruncir el ceño con una molestia notablemente fingida mientras extrae una pipa, la carga con calma y la enciende como si no tuviera ninguna prisa por continuar la discusión.
Las risas de Andrei y su compañero llenan la mesa mientras el humo empieza a elevarse lentamente, arremolinándose alrededor del rostro de Aaron y ocultando parcialmente sus facciones. Entre la nube gris y el bullicio de la taberna, resulta difícil que repare en alguien acercándose.
Por eso, cuando llegas hasta la mesa, ninguno de los tres parece haberte advertido. Mucho menos esperaban encontrarse con una presencia tan bella como la tuya.
—Buenas tardes, señorita —saluda Aaron, sujetando la pipa entre los dientes mientras aparta el humo con la mano izquierda—. ¿Qué la trae por aquí?
—Kia, kia, kia... ¿Información? —se ríe el desconocido interviniendo—. ¿Y qué le hace pensar que nosotros tenemos información?
—Ay, Gino, no empieces —le advierte Andrei, mirándolo de reojo antes de volver la vista hacia ti—. Este hombre siempre tiene que hacerse el interesante cuando ve a una muchachita guapa.
—¿Yo? ¿Interesante? —responde el viejo antes de volver a reir—. Solo estoy diciendo la verdad.
Andrei niega con la cabeza.
—No le haga mucho caso, señorita. Este viejo lleva más tiempo bebiendo que jugando.
—¡Oye! Respeta al que ha ganado varias partidas —protesta Gino.
—Porque haces trampas —responde Aaron con calma, dando otra calada a la pipa.
—Kia, kia, kia. Eso es una acusación muy grave, muchacho.
La discusión continúa durante unos segundos entre risas hasta que Andrei golpea suavemente la mesa con los nudillos y señala una de las sillas libres.
—Ándale, señorita. Siéntese y juegue con nosotros. Total, parece que ya ha venido hasta aquí buscando respuestas, ¿no?
Aaron inclina ligeramente la cabeza, observándote por encima del humo.
—Claro que sabemos cosas. Otra cosa es que una partida perdida nos haga tener la lengua más suelta.
Antes de que puedas responder, Gino interviene mientras recoge los dados.
—Serán diez berries si quiere entrar. Y no vaya a acabar como Aaron, ¿eh? Que el muchacho tuvo que apostar hasta sus propias flechas porque ya no le quedaba ni una moneda.
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—No empieces con eso, Gino... —murmura Aaron.
—Kia, kia, kia, kia.
De repente, los tres jugadores levantan sus barriletes casi al mismo tiempo.
Durante unos instantes, la mesa queda en silencio mientras cada uno observa el resultado de los demás. Luego llegan las primeras risas, algún que otro bufido de resignación y, finalmente, la aceptación de la derrota.
La suerte ha decidido ponerse de tu lado.
Has ganado.
Gino suelta una carcajada mientras niega con la cabeza, claramente divertido por el resultado.
—Kia, kia, kia... mira nada más. La señorita acaba de llegar y ya nos está dejando sin nada.
Andrei observa los dados con una sonrisa, apoyándose en el respaldo de su asiento.
—Pues sí, parece que hoy alguien vino con más suerte que nosotros, ¿eh?
Aaron, en cambio, no parece tan sorprendido. Con la pipa todavía entre los dientes, dirige una mirada al pequeño montón de berries que ahora te pertenece. Durante unos segundos guarda silencio, como si estuviera valorando algo, hasta que una sonrisa ligeramente astuta aparece en su rostro.
Con un pequeño gesto de cabeza señala las ganancias.
—Las flechas puedes quedártelas —dice con tranquilidad—. Pero si me das lo que acabas de ganar, te cuento lo que quieras saber.
Da una calada a la pipa y deja escapar el humo lentamente.
—Después de todo, una buena historia siempre tiene un precio. Pero antes... —con un silbido estruendoso, Aaron llama al tabernero —Tengo la garganta seca, ¿no quieres algo de beber?
Mientras esperan a que llegue el hombre que está limpiando la barra, Aaron apoya los antebrazos sobre la madera, se acomoda en su asiento y desplaza la pipa hacia el extremo derecho de su boca para poder hablar con mayor comodidad.
—Aquí en Baterilla la vida es bastante tranquila —comienza Aaron, dando una calada a la pipa—. No suelen ocurrir grandes acontecimientos ni desgracias.
—Eso si no contamos lo de los tipos del volcán —interviene Andrei, apoyándose en la mesa.
—O lo de las doncellas desaparecidas —añade Gino antes de reir —Kia, kia, kia, kia... — mientras vuelve a hacer un gesto al tabernero, que sigue ocupado tras la barra sin acercarse todavía.
Aaron niega con una pequeña sonrisa y retoma la historia.
—Como iba diciendo, aquí en Baterilla la vida suele ser tranquila. De hecho, el tablón de anuncios de la plaza normalmente estaba vacío o lleno de tonterías como: "¿Buscas pareja?", "¿Cansado de trabajar todo el día?"... Ya sabes, esas frases que parecen escritas por algún vendedor ambulante intentando convencerte de comprar alguna basura.
Hace una pausa para dar otra calada.
—Adán y su esposa Alicia incluso pensaron en retirarlo. Decían que solo ocupaba espacio. Sin embargo, hace unos años, antes de que el viejo muriera, uno de esos carteles terminó salvándole la vida al pobre Delapore.
Al escuchar aquello, los tres hombres niegan con la cabeza casi al mismo tiempo, como si recordaran perfectamente aquel día.
—Apareció una mañana con los ojos inyectados en sangre, fuera de sí, gritando: "¡Alguien me ha robado el tótem!". Y no fue hasta que lograron tranquilizarlo cuando explicó lo que ocurría. Según él, aquel tótem tenía un valor incalculable y pagaría cualquier precio por recuperarlo.
Sonríe ligeramente.
—Claro que todos queríamos ese dinero. El problema era que sabíamos que el viejo era más pobre que una rata...
—Kia, kia, kia —rió Ginos —Vaya comparativa...
Andrei le lanza una mirada que consigue que el anciano vuelva a guardar silencio.
—Como iba diciendo... Sabíamos que no tenía demasiado dinero. Además, estaba cuidando de un niño que no era suyo y todavía cargaba con el duelo por la muerte de su hermano. Así que decidimos echarle una mano.
Aaron mueve la pipa entre los labios prologando el silencio antes de continuar.
—Colocamos carteles por varios lugares de la isla. Y, curiosamente, el de esta misma taberna fue el que dio resultado. Un tipo de otra isla llegó hasta aquí. Era bueno en lo suyo, eso hay que reconocerlo.
Hace una pausa soltando algo de humo.
—Tardó varios días, pero consiguió recuperar el tótem. Al parecer, estaba escondido en las cloacas.
Su mirada se pierde un instante en algún punto de la mesa.
—Nunca quiso decir qué tuvo que hacer para recuperarlo. Solo apareció con la pieza y se la entregó al viejo. Después desapareció sin reclamar la recompensa.
—Y no me extraña —interviene Andrei, bajando el tono—. Gino y yo estábamos ahí cuando se lo devolvió.
—Esa cosa... era horrible — sentencia Gino para volver a mirar hacia el tabernero Adán.
En ese momento, el tabernero, ocupado recogiendo las jarras vacías de la mesa C, alza la mirada hacia ellos y, durante un instante, mantiene la vista sobre el grupo hasta que finalmente suspira y hace un pequeño gesto con la cabeza. No hace falta escucharlo para saber qué significa: os he oído perfectamente, pesados. Ahora voy.
En ese momento, Aaron sonríe al darse cuenta, se pasa la lengua por los labios agrietados y vuelve a acomodarse en su asiento, mientras Gino deja escapar una risita por lo bajo.
—Ya era hora —murmura el viejo.
—Sin embargo, señorita, seguro que se preguntará por qué era tan importante para el viejo aquella figura —interviene Andrei—. Y la verdad es que solo ese de ahí lo sabe —añade, señalando con la cabeza al anciano enfermizo que se tambalea en dirección al baño—. El viejo y él eran inseparables.
—O al menos eso parecía —añade Aaron, dejando escapar las palabras entre una densa bocanada de humo que se pierde lentamente bajo la tenue luz del local.
—¡Hombre, Adán! —exclama Ginos al ver al tabernero acercarse—. Esta señorita pregunta por los Delapore.
—Gino... —suspira Andrei—. En realidad, preguntaba si había algo interesante en el pueblo como para ganarse unas monedas.
—¡Pues eso mismo! ¡Sobre los Delapore!
Adán deja escapar un pesado suspiro.
—No se lo recomiendo —interviene de pronto el hombre corpulento de brazos musculosos, cuya presencia parece llenar el espacio a su alrededor—. Parece que es algo grande, casi tanto como la recompensa...
—Oye, ¿nos vas a tomar nota o no? —pregunta Ginos.
El tabernero hace rodar los ojos antes de asentir resignado. Cada uno de los tres hombres pide su consumición. Después, te dirige la mirada, esperando que le indiques qué quieres, y finalmente se marcha.
Cinco minutos más tarde regresa con las jarras y un cartel entre las manos.
—Están teniendo un problema de plagas.
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Las indicaciones del tabernero son sencillas. Basta con seguir el empedrado que serpentea junto a la costa hasta alcanzar el extremo del pueblo. Allí, donde el rumor del mar se mezcla con el golpear constante de los martillos sobre la madera, encontrarás el pequeño astillero. El hijo mayor de la familia trabaja en él reparando las modestas embarcaciones de los pescadores hasta la puesta de sol.
Antes de que te marches, el tabernero desclava el cartel del tablón y te lo entrega con un gesto despreocupado.
—Llévatelo. Así sabrá de qué le hablas.
Según cuenta, el anuncio lleva semanas colgado sin que nadie haya mostrado el menor interés. El papel, ya descolorido y cubierto por una fina capa de polvo, parece haberse convertido en un elemento más de la pared.
Con las indicaciones claras y el cartel en tus manos, ya no queda mucho más que decir. Salvo que tengas alguna otra pregunta, el camino hacia el astillero te espera.
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Una vez llegas al astillero, no te resulta difícil encontrar al hombre que buscas. Es de baja estatura y constitución escuálida, tan pálido que su piel roza la mortecina. Bajo los ojos arrastra unas profundas ojeras violáceas que delatan noches enteras sin apenas descanso, mientras el cabello, empapado en sudor, permanece pegado al cráneo.
A pesar del frío que trae la brisa marina, trabaja sin chaqueta, concentrado en reparar el casco de una pequeña embarcación.
A simple vista cualquiera diría que es un hombre frágil, de esos que podrían quebrarse con una mala caída. Sin embargo, basta observarlo unos instantes para comprender que las apariencias engañan. Bajo aquella piel tirante y aquel cuerpo enjuto se adivinan unos músculos curtidos por años de trabajo, capaces de levantar pesados tablones y herramientas con una facilidad impropia de alguien con semejante aspecto.
Está tan absorto en su labor que ni siquiera advierte tu presencia. Es uno de sus compañeros quien repara en ti y, tras limpiarse las manos sobre el delantal, se acerca para preguntarte qué necesitas.
En cuanto le muestras el cartel, el hombre asiente en silencio y te conduce hasta él.
Lejos de mostrarse receloso, el hijo de la familia acepta hablar contigo sin demasiados rodeos. Responde a tus preguntas con sinceridad, como quien lleva demasiado tiempo esperando que alguien decida escuchar su historia.
Cuando la conversación llega a su fin, te pide un poco de paciencia. Solo le queda colocar unos últimos paneles de madera antes de dar por terminada la jornada. Después, deja las herramientas donde corresponden, se limpia las manos y te invita a acompañarlo hasta la casa que tantos rumores ha despertado en Baterilla.
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Bai Mudan
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⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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