16-07-2026, 01:02 AM
[personajeinvalido=3941]
Pipa humeante en boca, y aún cruzado de brazos, Stroud contempló cómo El Dirigente continuaba ascendiendo en su nube, alzándose sobre todos los demás en el estadio. Había algo tras aquella inquietante máscara que, además de ser enormemente sospechoso, le resultaba desconcertante. Tal vez fuese el poder de su oratoria, la facilidad con la que parecía encandilar a las masas, jugando con sus apetencias a placer, haciéndolas chillar y enloquecer con simples movimientos o unas pocas palabras. Él mismo había sido víctima de sus encantos, que habían inhibido, incluso, sus naturales instintos de desconfianza, que deberían haber saltado como resortes ante alguien de aquel suspicaz porte; en su lugar, no había dudado en acudir presto al lugar que él había indicado, cumpliendo órdenes como si de un superior se tratase. No era solo su oratoria; El Dirigente parecía ser muy consciente de la situación en que se encontraban los recién llegados: era fácil cumplir órdenes de alguien que emanase autoridad de aquella manera, especialmente, cuando uno se encuentra en un entorno desconocido, y quién sabe si hostil. Pocas veces antes había visto Stroud semejante dominio de la comunicación pública e, incluso, de la manipulación de la que hacía gala aquel personaje a quien todos parecían adorar. Incluso a él le resultaba algo difícil sucumbir ante el entusiasmo que suscitaba, ante la forma en que él ordenaba y dirigía la gran orquesta que era aquel estadio.
La multitud clamaba ante las preguntas del enmascarado, y él parecía encantado. El joven Marine sacó su pipa de su boca, pasando a sujetarla con la mano izquierda y vaciándola sobre el suelo, permitiendo que las brasas se extinguiesen, mientras El Dirigente daba por iniciados los Juegos y el estadio se venía abajo en júbilo y ovaciones. Guardó la pipa de nuevo en el bolsillo de su pantalón. Un tipo menudo, a quien pudo reconocer de los carteles y los periódicos, fue el primero, transformándose primero en lo que parecía ser un pequeño topo. Arqueó una ceja.
La prueba del coloso... Observó a sus compañeros de equipo, sin musitar palabra, y asintió con la cabeza, arremangándose los puños de su camisa y dejando sus antebrazos al descubierto, dejando claro que él se ocuparía de aquella primera prueba. No estaba seguro de poder optar a un buen lugar, y sabía que siempre había lugar para sorpresas. Mientras doblaba sus mangas con cuidado, miró a su alrededor, contemplando cómo la multitud bullía de emoción, haciendo retumbar el mismo suelo. Insospechadamente, el sobrio y joven Marine había encontrado cierta inspiración en lo siniestro de El Dirigente, que, evidentemente, si de algo sabía, era de arengar a toda aquella multitud; por una vez, podía dejarse llevar por aquella corriente de emoción, anticipación y celebración, entrar en comunión con aquel juego que parecía proponerles El Dirigente. Había entendido que ganarse al público era tan importante como participar correctamente. Esbozó una discreta sonrisa bajo sus fríos ojos grises. Si el enmascarado quería jugar, Stroud jugaría a su juego, sin trampa ni cartón.
Se situó en el centro del cubículo, antes de echar a caminar hacia el centro de la arena, hacia el lugar desde el que habían emergido los extraños maniquíes que El Dirigente había erigido para la ocasión. Caminó con lentitud, asegurándose de no transmitir prisa ni nerviosismo. Un paso, y después otro, y después otro. Serio, que no inexpresivo, alzó su vista hacia el público, y, en un ademán, abrió ambos brazos en horizontal, con sus manos abiertas y las palmas de las mismas dirigidas hacia el cielo, bajo aquel sol abrasador. Demandaba la atención del público y de los demás participantes; saliese como saliese aquello, se aseguraría de que todos lo viesen, portando el estandarte de la Marina en su uniforme blanco, refulgiente con una luz casi cegadora. Continuó caminando con serenidad, sus ojos grises clavados en el muñeco situado más hacia la izquierda y más próximo a su cubículo. A medida que se aproximó, alzó su vista hasta el refulgente palacio que presidía Shandora, buscando aquel balcón sobre el que descansaba un trono, y sobre el cual descansaba ahora una silueta. Si el Emperador Zarutsuki estaba allí, no podía tratarse de nadie más. Clavó sus ojos en el trono, incluso sin poder distinguir la silueta con claridad, alzando su mentón, y llevó su mano derecha a su pecho, sobre su pectoral izquierdo, antes de efectuar una cortés reverencia. No tenía ni idea de dónde se había sacado aquel gesto, pero aquella era su forma de dedicar su actuación al anfitrión de aquellos Juegos.
Finalmente, se plantó delante de la figura, y bajó sus brazos, adoptando una posición firme, marcial, neutral. Cerró los ojos por un instante, frunciendo su ceño. "... And Justice For One," musitó, mientras apretaba sus puños con fuerza y dejaba que toda su musculatura entrase en tensión, conteniendo la respiración y apretando sus músculos abdominales, como si se preparase para recibir un impacto en el estómago. Dio un pisotón sobre la arena con su pierna izquierda, provocando una pequeña polvareda que emergió desde la misma, y el mochi comenzó a fluir desde sus tobillos hacia arriba, comenzando a acumularse en sus piernas y, de forma visible ahora que había arremangado su camisa, en sus brazos. Estos parecieron hincharse ligeramente, adquiriendo la textura de la sustancia y cubriéndose de un extraño patrón de espirales que se volvía especialmente perceptible en aquella luz abrasadora. Exhaló a través de su nariz, al mismo tiempo que llevaba su mano derecha a su cadera, mientras el puño empezaba a retraerse sobre sí mismo, pareciendo como comprimirse hacia dentro del mismo antebrazo. Sus ojos se abrieron, fijándose sobre la figura que reposaba frente a sí. "¡Strength... Beyond Strength!," exclamó, dejando que el aire saliese con fuerza de sus pulmones, al mismo tiempo que aquel puño, como un muelle, se descomprimía y propinaba un fuerte golpe ascendente sobre el objetivo.
Permaneció estático por unos instantes, midiendo internamente la intensidad del golpe que acababa de propinar, antes de regresar a su posición original, mientras el mochi sobre su piel y en su puño comenzaba a desvanecerse una vez más, con las espirales integrándose de nuevo sobre la piel y volviéndose imperceptibles en cuestión de unos segundos. Dejó escapar el aire a través de su boca, permitiendo que la tensión acumulada se fuese con él. Dio algunos pasos atrás, giró sobre sí mismo e hizo una sobria reverencia ante el público, antes de volver a caminar de vuelta hacia su cubículo.
Pipa humeante en boca, y aún cruzado de brazos, Stroud contempló cómo El Dirigente continuaba ascendiendo en su nube, alzándose sobre todos los demás en el estadio. Había algo tras aquella inquietante máscara que, además de ser enormemente sospechoso, le resultaba desconcertante. Tal vez fuese el poder de su oratoria, la facilidad con la que parecía encandilar a las masas, jugando con sus apetencias a placer, haciéndolas chillar y enloquecer con simples movimientos o unas pocas palabras. Él mismo había sido víctima de sus encantos, que habían inhibido, incluso, sus naturales instintos de desconfianza, que deberían haber saltado como resortes ante alguien de aquel suspicaz porte; en su lugar, no había dudado en acudir presto al lugar que él había indicado, cumpliendo órdenes como si de un superior se tratase. No era solo su oratoria; El Dirigente parecía ser muy consciente de la situación en que se encontraban los recién llegados: era fácil cumplir órdenes de alguien que emanase autoridad de aquella manera, especialmente, cuando uno se encuentra en un entorno desconocido, y quién sabe si hostil. Pocas veces antes había visto Stroud semejante dominio de la comunicación pública e, incluso, de la manipulación de la que hacía gala aquel personaje a quien todos parecían adorar. Incluso a él le resultaba algo difícil sucumbir ante el entusiasmo que suscitaba, ante la forma en que él ordenaba y dirigía la gran orquesta que era aquel estadio.
La multitud clamaba ante las preguntas del enmascarado, y él parecía encantado. El joven Marine sacó su pipa de su boca, pasando a sujetarla con la mano izquierda y vaciándola sobre el suelo, permitiendo que las brasas se extinguiesen, mientras El Dirigente daba por iniciados los Juegos y el estadio se venía abajo en júbilo y ovaciones. Guardó la pipa de nuevo en el bolsillo de su pantalón. Un tipo menudo, a quien pudo reconocer de los carteles y los periódicos, fue el primero, transformándose primero en lo que parecía ser un pequeño topo. Arqueó una ceja.
La prueba del coloso... Observó a sus compañeros de equipo, sin musitar palabra, y asintió con la cabeza, arremangándose los puños de su camisa y dejando sus antebrazos al descubierto, dejando claro que él se ocuparía de aquella primera prueba. No estaba seguro de poder optar a un buen lugar, y sabía que siempre había lugar para sorpresas. Mientras doblaba sus mangas con cuidado, miró a su alrededor, contemplando cómo la multitud bullía de emoción, haciendo retumbar el mismo suelo. Insospechadamente, el sobrio y joven Marine había encontrado cierta inspiración en lo siniestro de El Dirigente, que, evidentemente, si de algo sabía, era de arengar a toda aquella multitud; por una vez, podía dejarse llevar por aquella corriente de emoción, anticipación y celebración, entrar en comunión con aquel juego que parecía proponerles El Dirigente. Había entendido que ganarse al público era tan importante como participar correctamente. Esbozó una discreta sonrisa bajo sus fríos ojos grises. Si el enmascarado quería jugar, Stroud jugaría a su juego, sin trampa ni cartón.
Se situó en el centro del cubículo, antes de echar a caminar hacia el centro de la arena, hacia el lugar desde el que habían emergido los extraños maniquíes que El Dirigente había erigido para la ocasión. Caminó con lentitud, asegurándose de no transmitir prisa ni nerviosismo. Un paso, y después otro, y después otro. Serio, que no inexpresivo, alzó su vista hacia el público, y, en un ademán, abrió ambos brazos en horizontal, con sus manos abiertas y las palmas de las mismas dirigidas hacia el cielo, bajo aquel sol abrasador. Demandaba la atención del público y de los demás participantes; saliese como saliese aquello, se aseguraría de que todos lo viesen, portando el estandarte de la Marina en su uniforme blanco, refulgiente con una luz casi cegadora. Continuó caminando con serenidad, sus ojos grises clavados en el muñeco situado más hacia la izquierda y más próximo a su cubículo. A medida que se aproximó, alzó su vista hasta el refulgente palacio que presidía Shandora, buscando aquel balcón sobre el que descansaba un trono, y sobre el cual descansaba ahora una silueta. Si el Emperador Zarutsuki estaba allí, no podía tratarse de nadie más. Clavó sus ojos en el trono, incluso sin poder distinguir la silueta con claridad, alzando su mentón, y llevó su mano derecha a su pecho, sobre su pectoral izquierdo, antes de efectuar una cortés reverencia. No tenía ni idea de dónde se había sacado aquel gesto, pero aquella era su forma de dedicar su actuación al anfitrión de aquellos Juegos.
Finalmente, se plantó delante de la figura, y bajó sus brazos, adoptando una posición firme, marcial, neutral. Cerró los ojos por un instante, frunciendo su ceño. "... And Justice For One," musitó, mientras apretaba sus puños con fuerza y dejaba que toda su musculatura entrase en tensión, conteniendo la respiración y apretando sus músculos abdominales, como si se preparase para recibir un impacto en el estómago. Dio un pisotón sobre la arena con su pierna izquierda, provocando una pequeña polvareda que emergió desde la misma, y el mochi comenzó a fluir desde sus tobillos hacia arriba, comenzando a acumularse en sus piernas y, de forma visible ahora que había arremangado su camisa, en sus brazos. Estos parecieron hincharse ligeramente, adquiriendo la textura de la sustancia y cubriéndose de un extraño patrón de espirales que se volvía especialmente perceptible en aquella luz abrasadora. Exhaló a través de su nariz, al mismo tiempo que llevaba su mano derecha a su cadera, mientras el puño empezaba a retraerse sobre sí mismo, pareciendo como comprimirse hacia dentro del mismo antebrazo. Sus ojos se abrieron, fijándose sobre la figura que reposaba frente a sí. "¡Strength... Beyond Strength!," exclamó, dejando que el aire saliese con fuerza de sus pulmones, al mismo tiempo que aquel puño, como un muelle, se descomprimía y propinaba un fuerte golpe ascendente sobre el objetivo.
Permaneció estático por unos instantes, midiendo internamente la intensidad del golpe que acababa de propinar, antes de regresar a su posición original, mientras el mochi sobre su piel y en su puño comenzaba a desvanecerse una vez más, con las espirales integrándose de nuevo sobre la piel y volviéndose imperceptibles en cuestión de unos segundos. Dejó escapar el aire a través de su boca, permitiendo que la tensión acumulada se fuese con él. Dio algunos pasos atrás, giró sobre sí mismo e hizo una sobria reverencia ante el público, antes de volver a caminar de vuelta hacia su cubículo.
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