16-07-2026, 12:57 PM
[personajeinvalido=3941]
Bai se hallaba al borde de un abismo de estremecimiento, asfixiada por el zumbido incesante de las voces que amortiguaban, como una tormenta de ruido, el rítmico e indefenso latido de su corazón. Sin embargo, en su pétrea y estoica apariencia, era imposible atisbar el infierno de tensiones que devoraba su mente en aquel preciso instante hasta transformarla en un amasijo de nervios al que le costaba controlar. Quizás, de haber gozado de una clara comprensión de su entorno, no se habría sentido arrastrada por aquel torbellino de aislamiento y aturdimiento —una hostilidad que no experimentaba desde sus días en el Reino de Sorbet, ya casi sepultados en el olvido—; pero ahora, desterrada de la presencia protectora de Zhang y condenada a lidiar con aquellos dichosos juegos, no podía hacer nada más que enfrentarse a lo que sentía.
—Bai —volvió a decir la birkiniana, al tiempo que daba un paso al frente colocándole sendas manos sobre los hombros de Yuuki—. Yuuki —añadió intentándole demostrar que ahora reconocía su nombre y devolviéndole una sonrisa que se había congelado en una mueca desprovista de significado.
Y así se quedó por un momento, reflejando en su rostro una absoluta incomprensión de la situación, enmascarada únicamente por esa sonrisa vacía y mecánica que había aprendido a perfeccionar a lo largo de su accidentada travesía por el Grand Line para mimetizarse entre los extraños. O al menos así fue hasta que la oportuna intervención de Kibai rompió el silencio y dio paso a la explicación sobre la mudez selectiva de su compañera.
Escasos minutos después, la voz del dirigente volvió a tronar desde las alturas, obligándola a fijar una atención que intuía completamente estéril. Y es que, por más que forzara a su mente, esta era incapaz de descifrar el propósito real de aquella pantomima; y, a juzgar por la capacidad intelectual de sus compañeros, en ellos tampoco podía albergar gran esperanza.
—Tsk —chasqueó antes de devolver su atención al enmascarado.
Observó entonces, entre el clamor de las ovaciones, cómo el enmascarado arrojaba al centro de la arena cuatro esferas que, al impactar, liberaban una densa bruma de la que emergieron cuatro siluetas verticales. En ese momento, cuando aún no se había disipado el humo, interrogó a sus compañeros con un sutil arqueo de cejas, preguntándoles en silencio qué se suponía que debía ocurrir. Volvió a girarse y, al ver los troncos y los cables que conectaban a un Den Den Mushi, volvió a hacerles señas para preguntar si aquel artefacto no era más que un tosco muñeco de entrenamiento.
Y en ello estaba cuando, sin querer, se percató de que, desde los cubículos colindantes, comenzaba a avanzar un único integrante por equipo.
¿Era acaso la prueba el golpear al muñeco?
Para averiguarlo, y usando su posición elevada, escrutó primero a Kiyoshi en un intento por descifrar la naturaleza del desafío. A su espalda, el rifle se mantenía en reposo, sin amago alguno de encarar el arma, y al contrario de lo que se esperara de una prueba de precisión, su actitud era de absoluta indiferencia frente a la arena, con lo cual no se trataba de una prueba de puntería. Acto seguido, desvió su atención hacia Yuuki, de quien, sin mediar palabra, se distanció un par de pasos y la analizó de arriba abajo, frustrándose en el intento por no poder obtener ninguna conclusión clara.
—Mierda... —murmuró al tiempo que daba un paso al lado para fijarse en Kibai.
Por suerte, al ver a Marine con las manos distantes de las empuñaduras de las dos espadas, entendió que tampoco sería de demostrar destreza con la hoja.
—Joder... —añadió llevándose la mano al rostro, intentando sacar una clara conclusión.
Suspiró, negándose a sucumbir a la espiral de tensión que cada vez más amenazaba su templanza.
Así que, confiando ciegamente en las implacables conclusiones de su intelecto, Bai aceptó que ninguno de sus compañeros parecía dispuesto a aproximarse a la arena. Entonces, ante la inacción general, la birkiniana, sin articular palabra alguna, decidió asumir la iniciativa.
De esta forma, con la idea de que debía hacer algo acosándole el pensamiento, Bai emergió del cubículo con paso firme y pesado, dándole a entender al público que ella había sido la seleccionada por su equipo para llevar a cabo esta prueba. Una vez hecho esto, y estando en medio del terreno de juego, ignoró deliberadamente la teatralidad del resto de los competidores, quienes buscaban ganarse el fervor de la masa con burdos ademanes de espectáculo y, en su lugar, la imponente mujer cerró los ojos, inhalando hondo tres veces para purgar de su mente cualquier rastro de ruido.
De pronto, el mundo exterior se redujo a la nada más absoluta, a una densa y asfixiante penumbra que devoró con ansias la realidad. Sin embargo, más allá de su mente, el rugido de la masa, las febriles ovaciones y aquella tormenta de voces hostiles seguían azotando el aire como una marea invisible que parecía desear verla sucumbir. Sus palmas estaban húmedas por el calor del sol y la ansiedad. Y aun así, Bai confiaba en poder confinarse en el único templo que le pertenecía: su propio cuerpo y respiración.
De pronto, su caja torácica comenzó a elevarse con una lentitud agónica, haciendo que las placas de su pulida armadura crujieran levemente, destellando bajo el sol implacable, para luego descender en una exhalación tan profunda que pareció hundir sus costillas contra los órganos internos al ritmo de "ha".
Uno, dos...
El flujo del aire se transformó de manera gradual en un murmullo cavernoso, en un siseo capaz de ensordecer a cualquier vestigio de vida a su alrededor. Ahora, el universo entero había quedado clausurado; ya solo existía el sibilante y áspero rasgar del oxígeno recorriendo sus pulmones, y el silbido, casi humano, de su nariz al devolverlo al vacío. Mientras tanto, desde fuera, para cualquier espectador lo suficientemente cerca de ella, podría ver cómo el imponente cuerpo de la birkiniana ofrecía un espectáculo, pues sus titánicos músculos se contraían de manera involuntaria en violentos espasmos, tensándose hasta el límite de la ruptura justo antes de desplomarse en un estado de absoluta y sepulcral relajación con cada respirar.
Ya lo tenía.
Bai abrió los ojos al mismo tiempo que desplegaba sus colosales alas, captando en el proceso cómo el rezagado Uker se aproximaba al dial para descargar un golpe en el centro. Ahora lo veía claro: todos los competidores estaban impactando en la superficie con las manos desnudas.
Nada que no pudiera imitar.
Descifrada la mecánica del juego, la birkiniana hincó una rodilla en la tierra con tranquilidad y, hundiendo sus dedos bruñidos en la arena, extrajo un puñado de tierra seca y áspera. Después, se incorporó con parsimonia y, mientras reanudaba la marcha hacia su objetivo, frotó sus palmas con los granos, obligando a la tierra a devorar cualquier rastro de sudoración o humedad que pudiera comprometer la fricción de su agarre.
—Vamos, Bai —se animó, atreviéndose a romper por un segundo su nueva realidad.
Y, deteniéndose frente al tronco, Bai separó las manos con un movimiento seco, desprendiéndose de la arena muerta que cayó en una leve cortina de polvo a sus pies. Apretó el puño, sintiendo cómo la tensión acumulada viajaba desde la punta de sus alas hasta los nudillos; tiró el brazo izquierdo hacia atrás y, haciéndolo caer como si se tratara de un gancho descendente, desató toda su fuerza en un único impacto mientras se escuchaba un suave "haw" salir de su nariz.
Bai se hallaba al borde de un abismo de estremecimiento, asfixiada por el zumbido incesante de las voces que amortiguaban, como una tormenta de ruido, el rítmico e indefenso latido de su corazón. Sin embargo, en su pétrea y estoica apariencia, era imposible atisbar el infierno de tensiones que devoraba su mente en aquel preciso instante hasta transformarla en un amasijo de nervios al que le costaba controlar. Quizás, de haber gozado de una clara comprensión de su entorno, no se habría sentido arrastrada por aquel torbellino de aislamiento y aturdimiento —una hostilidad que no experimentaba desde sus días en el Reino de Sorbet, ya casi sepultados en el olvido—; pero ahora, desterrada de la presencia protectora de Zhang y condenada a lidiar con aquellos dichosos juegos, no podía hacer nada más que enfrentarse a lo que sentía.
—Bai —volvió a decir la birkiniana, al tiempo que daba un paso al frente colocándole sendas manos sobre los hombros de Yuuki—. Yuuki —añadió intentándole demostrar que ahora reconocía su nombre y devolviéndole una sonrisa que se había congelado en una mueca desprovista de significado.
Y así se quedó por un momento, reflejando en su rostro una absoluta incomprensión de la situación, enmascarada únicamente por esa sonrisa vacía y mecánica que había aprendido a perfeccionar a lo largo de su accidentada travesía por el Grand Line para mimetizarse entre los extraños. O al menos así fue hasta que la oportuna intervención de Kibai rompió el silencio y dio paso a la explicación sobre la mudez selectiva de su compañera.
Escasos minutos después, la voz del dirigente volvió a tronar desde las alturas, obligándola a fijar una atención que intuía completamente estéril. Y es que, por más que forzara a su mente, esta era incapaz de descifrar el propósito real de aquella pantomima; y, a juzgar por la capacidad intelectual de sus compañeros, en ellos tampoco podía albergar gran esperanza.
—Tsk —chasqueó antes de devolver su atención al enmascarado.
Observó entonces, entre el clamor de las ovaciones, cómo el enmascarado arrojaba al centro de la arena cuatro esferas que, al impactar, liberaban una densa bruma de la que emergieron cuatro siluetas verticales. En ese momento, cuando aún no se había disipado el humo, interrogó a sus compañeros con un sutil arqueo de cejas, preguntándoles en silencio qué se suponía que debía ocurrir. Volvió a girarse y, al ver los troncos y los cables que conectaban a un Den Den Mushi, volvió a hacerles señas para preguntar si aquel artefacto no era más que un tosco muñeco de entrenamiento.
Y en ello estaba cuando, sin querer, se percató de que, desde los cubículos colindantes, comenzaba a avanzar un único integrante por equipo.
¿Era acaso la prueba el golpear al muñeco?
Para averiguarlo, y usando su posición elevada, escrutó primero a Kiyoshi en un intento por descifrar la naturaleza del desafío. A su espalda, el rifle se mantenía en reposo, sin amago alguno de encarar el arma, y al contrario de lo que se esperara de una prueba de precisión, su actitud era de absoluta indiferencia frente a la arena, con lo cual no se trataba de una prueba de puntería. Acto seguido, desvió su atención hacia Yuuki, de quien, sin mediar palabra, se distanció un par de pasos y la analizó de arriba abajo, frustrándose en el intento por no poder obtener ninguna conclusión clara.
—Mierda... —murmuró al tiempo que daba un paso al lado para fijarse en Kibai.
Por suerte, al ver a Marine con las manos distantes de las empuñaduras de las dos espadas, entendió que tampoco sería de demostrar destreza con la hoja.
—Joder... —añadió llevándose la mano al rostro, intentando sacar una clara conclusión.
Suspiró, negándose a sucumbir a la espiral de tensión que cada vez más amenazaba su templanza.
Así que, confiando ciegamente en las implacables conclusiones de su intelecto, Bai aceptó que ninguno de sus compañeros parecía dispuesto a aproximarse a la arena. Entonces, ante la inacción general, la birkiniana, sin articular palabra alguna, decidió asumir la iniciativa.
De esta forma, con la idea de que debía hacer algo acosándole el pensamiento, Bai emergió del cubículo con paso firme y pesado, dándole a entender al público que ella había sido la seleccionada por su equipo para llevar a cabo esta prueba. Una vez hecho esto, y estando en medio del terreno de juego, ignoró deliberadamente la teatralidad del resto de los competidores, quienes buscaban ganarse el fervor de la masa con burdos ademanes de espectáculo y, en su lugar, la imponente mujer cerró los ojos, inhalando hondo tres veces para purgar de su mente cualquier rastro de ruido.
De pronto, el mundo exterior se redujo a la nada más absoluta, a una densa y asfixiante penumbra que devoró con ansias la realidad. Sin embargo, más allá de su mente, el rugido de la masa, las febriles ovaciones y aquella tormenta de voces hostiles seguían azotando el aire como una marea invisible que parecía desear verla sucumbir. Sus palmas estaban húmedas por el calor del sol y la ansiedad. Y aun así, Bai confiaba en poder confinarse en el único templo que le pertenecía: su propio cuerpo y respiración.
De pronto, su caja torácica comenzó a elevarse con una lentitud agónica, haciendo que las placas de su pulida armadura crujieran levemente, destellando bajo el sol implacable, para luego descender en una exhalación tan profunda que pareció hundir sus costillas contra los órganos internos al ritmo de "ha".
Uno, dos...
El flujo del aire se transformó de manera gradual en un murmullo cavernoso, en un siseo capaz de ensordecer a cualquier vestigio de vida a su alrededor. Ahora, el universo entero había quedado clausurado; ya solo existía el sibilante y áspero rasgar del oxígeno recorriendo sus pulmones, y el silbido, casi humano, de su nariz al devolverlo al vacío. Mientras tanto, desde fuera, para cualquier espectador lo suficientemente cerca de ella, podría ver cómo el imponente cuerpo de la birkiniana ofrecía un espectáculo, pues sus titánicos músculos se contraían de manera involuntaria en violentos espasmos, tensándose hasta el límite de la ruptura justo antes de desplomarse en un estado de absoluta y sepulcral relajación con cada respirar.
Ya lo tenía.
Bai abrió los ojos al mismo tiempo que desplegaba sus colosales alas, captando en el proceso cómo el rezagado Uker se aproximaba al dial para descargar un golpe en el centro. Ahora lo veía claro: todos los competidores estaban impactando en la superficie con las manos desnudas.
Nada que no pudiera imitar.
Descifrada la mecánica del juego, la birkiniana hincó una rodilla en la tierra con tranquilidad y, hundiendo sus dedos bruñidos en la arena, extrajo un puñado de tierra seca y áspera. Después, se incorporó con parsimonia y, mientras reanudaba la marcha hacia su objetivo, frotó sus palmas con los granos, obligando a la tierra a devorar cualquier rastro de sudoración o humedad que pudiera comprometer la fricción de su agarre.
—Vamos, Bai —se animó, atreviéndose a romper por un segundo su nueva realidad.
Y, deteniéndose frente al tronco, Bai separó las manos con un movimiento seco, desprendiéndose de la arena muerta que cayó en una leve cortina de polvo a sus pies. Apretó el puño, sintiendo cómo la tensión acumulada viajaba desde la punta de sus alas hasta los nudillos; tiró el brazo izquierdo hacia atrás y, haciéndolo caer como si se tratara de un gancho descendente, desató toda su fuerza en un único impacto mientras se escuchaba un suave "haw" salir de su nariz.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
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