17-07-2026, 12:30 PM
Ryu y yo llevábamos tiempo en esto, el suficiente para que el cuerpo empezara a mandar señales que uno aprende a ignorar tras años de experiencia en combate o a integrar en el combate mismo según le convenga. El fuego que salía de ese pico enorme que mi hermano portaba cada vez que abría las fauces no era algo que se ignorara fácilmente porque el primer chorro me había abrasado la mitad derecha del pecho y el brazo del mismo lado con una temperatura que hizo que el pelaje que me crecía al transformarme oliera a quemado y que la piel debajo de él se convirtiera en una queja constante. Además, los zarpazos de las garras de ese monstruo alado habían dejado desgarros y agujeros en el torso que sangraban mermando poco a poco mi fuerza y energía, y sin embargo los 500 kilos de músculo que era ahora seguían moviéndose porque eso es lo que hacen 500 kilos cuando tienen veinte años de razones acumuladas detrás, y yo le había partido un ala en algún momento del combate con un golpe que no recordaba exactamente cuándo había llegado pero que había llegado y le había partido aquella ala bien por lo que Ryu ya no volaba sino que planeaba bajo, a 3 metros del suelo de la pasarela, lanzando fuego desde arriba mientras yo respondía desde abajo con la electricidad que se había ido acumulando en el pelaje por la fricción de cada impacto y cada roce hasta convertirse en un manto azul que recorría cada centímetro del cuerpo chisporroteando, y los golpes se fueron acumulando uno tras otro para los dos, su fuego contra mi electricidad, sus zarpazos contra mis puños, su odio contra el mío, y debajo de todo ese odio algo que llevaba décadas sin nombre y que en el fragor de ese pasillo de bestias y jaulas empezó a tomar forma sin que yo se lo pidiera, la certeza incómoda de que el rencor que le tenía a Ryu y el que él me tenía a mí nacían del mismo sitio, de creer cada uno que era el otro el que impedía el amor que en verdad nos teníamos, y eso era lo más parecido a una verdad que había pensado en veinte años y por eso lo empujé hacia abajo y seguí golpeando.
Entonces, en aquel nivel dos de Impel Down, en ese pasillo de 40 metros de ancho y techo a 20 metros de altura, ante las miradas provenientes de las jaulas embutidas en las paredes a ambos lados desde el suelo hasta arriba, Ryu abrió las fauces y bramó que él era mi justicia, que la justicia no entiende de sangre y que yo nunca entendí que su vida debería haber sido la mía, y esas palabras llegaron con más fuerza que cualquier zarpazo que me hubiera metido en todo el combate porque eran verdad y los dos lo sabíamos, y yo no respondí nada porque no había nada que responder que no fuera otro golpe, y seguí adelante porque eso es lo único que sé hacer con las cosas que duelen, convertirlas en movimiento, en arte, en expresión. Los golpes se acumularon hasta que el cuerpo dijo basta y ambos nos quedamos quietos en el centro de ese pasillo a 8 metros de distancia el uno del otro respirando como si el aire costara dinero. Escupí sangre a la derecha sin pensarlo y Ryu escupió sangre a la izquierda al mismo tiempo, y durante un segundo ninguno de los dos dijo nada mientras las bestias seguían pegadas a las paredes y el eco del nivel dos devolvía el sonido de nuestra respiración formando entre los dos el reflejo de un espejo que ninguno de los dos hubiera querido ver, y entonces Ryu se apoyó discretamente sobre la alabarda y dijo que era increíble que me hubiera mantenido así de fuerte estando cautivo — Este sitio te hace fuerte sin pretenderlo. Lo que es increíble es que un anciano acomodado como tú pueda seguir el ritmo del infierno. — le repliqué llevándome la mano enorme de mono hacia el hombro quemado y cerrando un ojo en una mueca que no era dolor sino el reconocimiento de que el dolor existía, y eso fue todo lo que nos dijimos sobre el estado de nuestros cuerpos porque ninguno de los dos era el tipo de persona que se detiene demasiado en eso.
Entonces Ryu emitió una bocanada de fuego desde el pico hacia la alabarda envolviendo la punta en llamas y comenzó a girarla en círculos frente a sí mismo a 3 metros de altura, y en ese momento algo que había estado circulando por el pecho durante todo el combate, algo que no era rabia exactamente sino algo más viejo y más pesado que la rabia, salió a la superficie sin pedirle permiso a nadie, porque Ryu girando esa alabarda encendida con ese ala partida y esa expresión encima era la imagen más honesta que había visto de mi hermano en veinte años, y entendí en ese instante que los dos habíamos estado presos todo este tiempo, él en su justicia y yo en esta celda, y que los dos lo sabíamos y ninguno de los dos lo había dicho nunca, y no lo iba a decir ahora tampoco — Es el final, hermano pequeño. — dijo Ryu sin dejar de girar la alabarda poniéndola a uno de sus costados e inclinándose un poco, y yo me golpeé el pecho dos veces con ambas manos y toda la electricidad del cuerpo migró hacia los dos puños formando dos esferas perfectas de descargas que chisporroteaban azul intenso, y lo miré desde abajo con los ojos ámbar que habían visto los mismos muros que los suyos décadas atrás llevando ambos brazos a los lados de las caderas – No hermano mayor, es mi nuevo comienzo. — le respondí, y salté.
El salto arrancó desde el suelo de la pasarela con las dos piernas dobladas hasta el pecho y luego soltadas de golpe hacia abajo como dos resortes de 500 kilos, y el crujido de las tablas bajo el impulso resonó por todo el pasillo antes de que los pies perdieran contacto con la madera y el cuerpo saliera disparado en diagonal hacia arriba en línea recta, y en el primer metro de vuelo las esferas eléctricas de ambos puños se expandieron chisporroteando hasta duplicar su tamaño inicial mientras el haki de armamento teñía las extremidades de negro por debajo de la electricidad azul que las envolvía, negro y azul mezclándose en una combinación que hacía que los ojos de las bestias pegadas a las paredes se abrieran de par en par y se alejaran todo lo que les permitían sus jaulas, y en el segundo metro la electricidad del cuerpo entero migró hacia los puños concentrándose hasta que el azul se volvió casi blanco en el centro de cada esfera, y en el tercero el cuerpo alcanzó la horizontalidad perfecta paralelo al suelo de la pasarela con los puños apuntando hacia el torso de Ryu que seguía a 3 metros de altura planeando con ese ala partida y esa alabarda encendida lista para recibirme, y el aire entre los dos se cargó de electricidad estática que erizó el pelaje chamuscado y que hizo que las últimas chispas del manto azul saltaran hacia las rejas de las jaulas más cercanas, y en ese último instante antes del impacto, suspendido en el aire a medio camino entre el suelo y mi hermano, con los 8 metros de distancia reducidos a 2 y los años de Impel Down y los años de rencor y los años de todo lo que ninguno de los dos había dicho nunca concentrados en dos puños que brillaban como dos soles pequeños y furiosos, rugí con todo lo que tenía en los pulmones — ”¡MANO ZERO: EXTERMINIO DE HORMIGAS!” — y el nivel dos se quedó sin aire un segundo antes del impacto.
Entonces, en aquel nivel dos de Impel Down, en ese pasillo de 40 metros de ancho y techo a 20 metros de altura, ante las miradas provenientes de las jaulas embutidas en las paredes a ambos lados desde el suelo hasta arriba, Ryu abrió las fauces y bramó que él era mi justicia, que la justicia no entiende de sangre y que yo nunca entendí que su vida debería haber sido la mía, y esas palabras llegaron con más fuerza que cualquier zarpazo que me hubiera metido en todo el combate porque eran verdad y los dos lo sabíamos, y yo no respondí nada porque no había nada que responder que no fuera otro golpe, y seguí adelante porque eso es lo único que sé hacer con las cosas que duelen, convertirlas en movimiento, en arte, en expresión. Los golpes se acumularon hasta que el cuerpo dijo basta y ambos nos quedamos quietos en el centro de ese pasillo a 8 metros de distancia el uno del otro respirando como si el aire costara dinero. Escupí sangre a la derecha sin pensarlo y Ryu escupió sangre a la izquierda al mismo tiempo, y durante un segundo ninguno de los dos dijo nada mientras las bestias seguían pegadas a las paredes y el eco del nivel dos devolvía el sonido de nuestra respiración formando entre los dos el reflejo de un espejo que ninguno de los dos hubiera querido ver, y entonces Ryu se apoyó discretamente sobre la alabarda y dijo que era increíble que me hubiera mantenido así de fuerte estando cautivo — Este sitio te hace fuerte sin pretenderlo. Lo que es increíble es que un anciano acomodado como tú pueda seguir el ritmo del infierno. — le repliqué llevándome la mano enorme de mono hacia el hombro quemado y cerrando un ojo en una mueca que no era dolor sino el reconocimiento de que el dolor existía, y eso fue todo lo que nos dijimos sobre el estado de nuestros cuerpos porque ninguno de los dos era el tipo de persona que se detiene demasiado en eso.
Entonces Ryu emitió una bocanada de fuego desde el pico hacia la alabarda envolviendo la punta en llamas y comenzó a girarla en círculos frente a sí mismo a 3 metros de altura, y en ese momento algo que había estado circulando por el pecho durante todo el combate, algo que no era rabia exactamente sino algo más viejo y más pesado que la rabia, salió a la superficie sin pedirle permiso a nadie, porque Ryu girando esa alabarda encendida con ese ala partida y esa expresión encima era la imagen más honesta que había visto de mi hermano en veinte años, y entendí en ese instante que los dos habíamos estado presos todo este tiempo, él en su justicia y yo en esta celda, y que los dos lo sabíamos y ninguno de los dos lo había dicho nunca, y no lo iba a decir ahora tampoco — Es el final, hermano pequeño. — dijo Ryu sin dejar de girar la alabarda poniéndola a uno de sus costados e inclinándose un poco, y yo me golpeé el pecho dos veces con ambas manos y toda la electricidad del cuerpo migró hacia los dos puños formando dos esferas perfectas de descargas que chisporroteaban azul intenso, y lo miré desde abajo con los ojos ámbar que habían visto los mismos muros que los suyos décadas atrás llevando ambos brazos a los lados de las caderas – No hermano mayor, es mi nuevo comienzo. — le respondí, y salté.
El salto arrancó desde el suelo de la pasarela con las dos piernas dobladas hasta el pecho y luego soltadas de golpe hacia abajo como dos resortes de 500 kilos, y el crujido de las tablas bajo el impulso resonó por todo el pasillo antes de que los pies perdieran contacto con la madera y el cuerpo saliera disparado en diagonal hacia arriba en línea recta, y en el primer metro de vuelo las esferas eléctricas de ambos puños se expandieron chisporroteando hasta duplicar su tamaño inicial mientras el haki de armamento teñía las extremidades de negro por debajo de la electricidad azul que las envolvía, negro y azul mezclándose en una combinación que hacía que los ojos de las bestias pegadas a las paredes se abrieran de par en par y se alejaran todo lo que les permitían sus jaulas, y en el segundo metro la electricidad del cuerpo entero migró hacia los puños concentrándose hasta que el azul se volvió casi blanco en el centro de cada esfera, y en el tercero el cuerpo alcanzó la horizontalidad perfecta paralelo al suelo de la pasarela con los puños apuntando hacia el torso de Ryu que seguía a 3 metros de altura planeando con ese ala partida y esa alabarda encendida lista para recibirme, y el aire entre los dos se cargó de electricidad estática que erizó el pelaje chamuscado y que hizo que las últimas chispas del manto azul saltaran hacia las rejas de las jaulas más cercanas, y en ese último instante antes del impacto, suspendido en el aire a medio camino entre el suelo y mi hermano, con los 8 metros de distancia reducidos a 2 y los años de Impel Down y los años de rencor y los años de todo lo que ninguno de los dos había dicho nunca concentrados en dos puños que brillaban como dos soles pequeños y furiosos, rugí con todo lo que tenía en los pulmones — ”¡MANO ZERO: EXTERMINIO DE HORMIGAS!” — y el nivel dos se quedó sin aire un segundo antes del impacto.
Resumen
Belico
