La paliza que le estaba metiendo hasta el momento al pajarraco, fue abruptamente interrumpida cuando una tercera persona apareció en escena. ¿Cómo había llegado hasta el primer nivel uno de los puñeteros presos? Lo veía y no lo creía.
Exclamé, cambiando mi expresión corporal hasta el punto de destensarme, detener mi enfrentamiento contra Sheit, hasta el punto de separarme de él y comenzar a mirar perplejo - desde detrás de la máscara -, de arriba a abajo. Parecía ser un viejo loco, peludo y con una buena cornamenta saliendo de su cabeza, además de medir como una mole. Activé mi kenbunshoku para detectar el nivel de poder de aquel parguela. Sí, era fuerte. Pero yo lo era más. Sheit, entonces, empezó a preguntar sobre el motivo detrás del cuál había un preso aquí, frente a nuestras narices. A mi que me contabas. — No lo sé Sheit ¿crees que deberíamos preguntárselo a él? — respondí, con una pregunta retórica, sin apartar la mirada de ese viejales.
Con una actitud molestamente tranquila comentó que, ante un aluvión de preguntas, las respuestas nunca llegarían. Si creía parecerse a nuestro aniki, este tío era un tremendo gilipollas. Ya me había cabreado. Otra vez. Sheit empezó a dialogar con él, soltándole alguna que otra vacilada que, aunque me doliera admitirlo, le daba 6 puntos sobre 10. Pero aún así el mental del megayayo con cuernos no decaía, preguntando entre risas si podría dejar que continuara su camino. Así no tenía ninguna gracia. Decidí unirme a la conversación, estaba ya hasta la coronilla de quedarme sólo mirando.— Tu camino hacia la celda, querrás decir — Flexioné entonces mis dos piernas, preparándome para lanzarme hacia ese desgraciado como una bestia.
Ante nuestra declaración de intenciones, la cabra chocha, divagó sobre que no quería interrumpir nuestro enfrentamiento y que, en caso de que lo hiciera y cargáramos contra él, que nos preparáramos para sufrir, ¡ahora sí que se la estaba ganando! ¿Pero quién cojones se cree este viejo pachucho como para juzgar nuestra épica e interminable contienda? Estaba que ardía de furia, hasta el punto de que parecía que iba a entrar en ebullición.— Peleamos para ver quién de los dos es el más fuerte — espeté, resoplando toda esa ira contenida en forma de una bocanada de humo que salió al exterior a través del hocico porcino de mi máscara. Como no podía ser de otra forma, mi compañero y rival, Sheit, declaró lo que yo mismo pensaba. Que no había nada más temible que dos rivales que se conocían perfectamente el uno al otro peleando al mismo son. En un silencio en el que tan sólo se podía escuchar gritos ahogados y el batir de unas alas, antes de que Sheit volviera a reiterar su frase, no pude evitar esbozar una amplia y salvaje sonrisa bajo mi máscara. Menos mal que ese gili jamás se daría cuenta de esto.— ¡Soru! — exclamé, saliendo disparado en paralelo y simultáneamente junto al pajarraco hacia nuestro objetivo, llenando entonces mis pulmones de aire.
Alcé la voz al unísono junto a Sheit, mientras me lanzaba en picado hacia la cabra senil, anteponiendo mis katanas hacia el frente, cada una hacia un lado, como si simularan los cuernos de un toro, dispuesto a ensartarlo como a un espeto. Sin embargo, antes de ello, y de forma imperceptible, después de que un sonoro aplauso inundara la escena, todo lo que pude recordar fue como mi cuerpo se veía empujado hacia atrás, frenando mi avance y haciendo que por poco mi cuerpo se tambaleara, pero sin llegar a caerse al suelo, por culpa de, ¿una onda de choque? Su aura no mentía, ese anciano senil era demasiado poderoso... Pero ni de coña eso sería suficiente como para detener nuestro ataque conjunto y combinado.
Observé como Sheit, tras caer de rodillas frente al anciano peludo y con cuernos, no dejó que titubeara ni un segundo, dejándome claro que no me fuera a cagar las patas abajo ahora por una estupidez como esa.— ¡Te iba a decir justo lo mismo, cabeza emplumada! ¡Más te vale no dudar o el que se quede con la aprobación del aniki será el gran Uki! —
. Correspondí a sus ánimos, buscando que él tampoco se rindiera ante un daño tan trivial como aquel. Gracias a todos los duelos que habíamos disputado, conocía lo suficiente a ese cabronazo como para saber que aquello no haría más que encender la llama de su interior. Mi sonrisa se acentuaba bajo la máscara del jabalí. Era imposible que unidos perdiéramos.
— ¿¡¿HUH?!? —
Exclamé, cambiando mi expresión corporal hasta el punto de destensarme, detener mi enfrentamiento contra Sheit, hasta el punto de separarme de él y comenzar a mirar perplejo - desde detrás de la máscara -, de arriba a abajo. Parecía ser un viejo loco, peludo y con una buena cornamenta saliendo de su cabeza, además de medir como una mole. Activé mi kenbunshoku para detectar el nivel de poder de aquel parguela. Sí, era fuerte. Pero yo lo era más. Sheit, entonces, empezó a preguntar sobre el motivo detrás del cuál había un preso aquí, frente a nuestras narices. A mi que me contabas. — No lo sé Sheit ¿crees que deberíamos preguntárselo a él? — respondí, con una pregunta retórica, sin apartar la mirada de ese viejales.
Con una actitud molestamente tranquila comentó que, ante un aluvión de preguntas, las respuestas nunca llegarían. Si creía parecerse a nuestro aniki, este tío era un tremendo gilipollas. Ya me había cabreado. Otra vez. Sheit empezó a dialogar con él, soltándole alguna que otra vacilada que, aunque me doliera admitirlo, le daba 6 puntos sobre 10. Pero aún así el mental del megayayo con cuernos no decaía, preguntando entre risas si podría dejar que continuara su camino. Así no tenía ninguna gracia. Decidí unirme a la conversación, estaba ya hasta la coronilla de quedarme sólo mirando.— Tu camino hacia la celda, querrás decir — Flexioné entonces mis dos piernas, preparándome para lanzarme hacia ese desgraciado como una bestia.
Ante nuestra declaración de intenciones, la cabra chocha, divagó sobre que no quería interrumpir nuestro enfrentamiento y que, en caso de que lo hiciera y cargáramos contra él, que nos preparáramos para sufrir, ¡ahora sí que se la estaba ganando! ¿Pero quién cojones se cree este viejo pachucho como para juzgar nuestra épica e interminable contienda? Estaba que ardía de furia, hasta el punto de que parecía que iba a entrar en ebullición.— Peleamos para ver quién de los dos es el más fuerte — espeté, resoplando toda esa ira contenida en forma de una bocanada de humo que salió al exterior a través del hocico porcino de mi máscara. Como no podía ser de otra forma, mi compañero y rival, Sheit, declaró lo que yo mismo pensaba. Que no había nada más temible que dos rivales que se conocían perfectamente el uno al otro peleando al mismo son. En un silencio en el que tan sólo se podía escuchar gritos ahogados y el batir de unas alas, antes de que Sheit volviera a reiterar su frase, no pude evitar esbozar una amplia y salvaje sonrisa bajo mi máscara. Menos mal que ese gili jamás se daría cuenta de esto.— ¡Soru! — exclamé, saliendo disparado en paralelo y simultáneamente junto al pajarraco hacia nuestro objetivo, llenando entonces mis pulmones de aire.
— ¡¡¡SOMOS MEJORES QUE NADIE!!! —
Alcé la voz al unísono junto a Sheit, mientras me lanzaba en picado hacia la cabra senil, anteponiendo mis katanas hacia el frente, cada una hacia un lado, como si simularan los cuernos de un toro, dispuesto a ensartarlo como a un espeto. Sin embargo, antes de ello, y de forma imperceptible, después de que un sonoro aplauso inundara la escena, todo lo que pude recordar fue como mi cuerpo se veía empujado hacia atrás, frenando mi avance y haciendo que por poco mi cuerpo se tambaleara, pero sin llegar a caerse al suelo, por culpa de, ¿una onda de choque? Su aura no mentía, ese anciano senil era demasiado poderoso... Pero ni de coña eso sería suficiente como para detener nuestro ataque conjunto y combinado.
Observé como Sheit, tras caer de rodillas frente al anciano peludo y con cuernos, no dejó que titubeara ni un segundo, dejándome claro que no me fuera a cagar las patas abajo ahora por una estupidez como esa.— ¡Te iba a decir justo lo mismo, cabeza emplumada! ¡Más te vale no dudar o el que se quede con la aprobación del aniki será el gran Uki! —
. Correspondí a sus ánimos, buscando que él tampoco se rindiera ante un daño tan trivial como aquel. Gracias a todos los duelos que habíamos disputado, conocía lo suficiente a ese cabronazo como para saber que aquello no haría más que encender la llama de su interior. Mi sonrisa se acentuaba bajo la máscara del jabalí. Era imposible que unidos perdiéramos.
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