18-07-2026, 07:01 PM
(Última modificación: 18-07-2026, 07:02 PM por Ryu Nanashi.)
El tiempo es ¡JUSTICE!. ¡VERY JUSTICE!. Pasa para todos igual, tanto para el bueno como para el madafakin malvado, para todos es lo mismo, los años pasan, pesan y pausan llegado a un punto. Era lo mismo para mi OG BRO que para the special one. Mi cuerpo estaba amoratado y una de mis alas inutilizadas. Sentía la extenuación del fragor de la batalla y la mella de la bestia que era mi hermano. ¡JÁ! Era mi pequeño muchacho por mucho que pasaran los años, había nacido para aprender de mis errores y no para superarlos como había pasado... Pero llegados a este punto de la historia eso ya da igual.
Sentía el dolor de sus heridas como si fuera mi cuerpo, veía nuestra sangre esparcirse por aquel nivel de bestias, espectadores que nos recordaban lo que éramos. Nuestras palabras tras el primer golpe que me propinó se convirtieron en el sonido del combate, jadeos, leves maldiciones, solo concentración por destruir la voluntad del otro. Había sobrevivido a cien mil enemigos, había barrido nidos infestos de piratas, había sobrevivido a Yonkos, había mantenido el tripartito de poderes del mundo y aún así y con todas las demás cosas que me dejo en el tintero esta era la pelea más jodida que había tenido en mi larga vida. Y por eso me sorprendía tanto, que llevando tanto tiempo cautivo pudiera seguir el ritmo de el dragón más poderoso que ha volado desde la tierra santa hasta este mismo infierno. Escupí sangre a mi derecha mientras que mi hermano lo hizo a la izquierda... ¿Tan iguales?
- Es increíble que te hayas mantenido así de fuerte estando cautivo OG Bro - pronuncié a 8 metros de mi hermano, mientras que esperaba que el alago ocultase mis muestras de cansancio que se personaban en jadeos, sudor y muecas de dolor mientras me apoyaba discretamente sobre Pendragon.
Su respuesta encendió mi viejo y apasionado corazón, mi pecho escupió el fuego de la ira y mi lanza, preparada para ello, recibió la llamas de la ¡JUSTICE!. Mi mirada una vez más le juzgo, juzgo sus actos egoístas, ¡MARGARITA LE HABÍA AMADO! Había roto el corazón de una mujer excepcional y nuestra descendencia, pues era suya y mía, dado que su sangre se movía por sus venas pero era el corazón que yo les había entregado el que la bombeaba, se había mantenido en el camino correcto a duras penas, sabiendo que los errores de un hombre pueden destruir su legado.
Mi alabarda empezó a girar gracias a mis diestras manos al son de sus rugidos, coléricos bramidos de un arma forjado en el calor de un volcán nacida por y para proteger. Pendragon era el hierro férreo con el que defendía mis ideales, el testaferro de la justicia con la que había defendido al mundo, no era una alabarda, era una promesa. Una jura de que mientras yo viviera el mundo sería un lugar mejor y eso era mucho más importante que la comprensión familiar. Preparado para atacar, tomé la decisión más difícil de todas... Acabar con él.
- Es el final, hermano pequeño - sentencié moviendo aún la alabarda y poniéndola al costado preparado para el ataque. ¿Su respuesta? volver a ser el primate que siempre había sido, cargando sus puños con la electricidad que la mole que era se cargaba. Sus manos acumularon como esferas perfectas de carga, que chispeaban con la fuerza de la tormenta de la juventud extinta de mi viejo hermano. Tras su respuesta salté hacia él.
El aire se combó tras de mi, como el sonido seco de la caída de un árbol roto. Las bestias gritaban y Pendragon rugía con cada movimiento, fui más lento que él pero... Mis manos no lo eran. Pendragón se encendió aún más en sus llamas, iluminando la estancia y haciendo de espectadores nuestras sombras, tanto lucía mi alabarda que nuestras sombras se fundieron en el techo, convirtiéndose en una sola, por que la oscuridad de mi hermano y la mía siempre había sido la misma. Los hierros del arma se pusieron al rojo vivo y en medio de nuestro choque en el aire, con un movimiento diestro avancé la alabarda para encontrarle desprevenido mientras vociferaba el nombre de su técnica. Él nivel enmudeció ante la fuerza, el choque y el estilo de
Sentía el dolor de sus heridas como si fuera mi cuerpo, veía nuestra sangre esparcirse por aquel nivel de bestias, espectadores que nos recordaban lo que éramos. Nuestras palabras tras el primer golpe que me propinó se convirtieron en el sonido del combate, jadeos, leves maldiciones, solo concentración por destruir la voluntad del otro. Había sobrevivido a cien mil enemigos, había barrido nidos infestos de piratas, había sobrevivido a Yonkos, había mantenido el tripartito de poderes del mundo y aún así y con todas las demás cosas que me dejo en el tintero esta era la pelea más jodida que había tenido en mi larga vida. Y por eso me sorprendía tanto, que llevando tanto tiempo cautivo pudiera seguir el ritmo de el dragón más poderoso que ha volado desde la tierra santa hasta este mismo infierno. Escupí sangre a mi derecha mientras que mi hermano lo hizo a la izquierda... ¿Tan iguales?
- Es increíble que te hayas mantenido así de fuerte estando cautivo OG Bro - pronuncié a 8 metros de mi hermano, mientras que esperaba que el alago ocultase mis muestras de cansancio que se personaban en jadeos, sudor y muecas de dolor mientras me apoyaba discretamente sobre Pendragon.
Su respuesta encendió mi viejo y apasionado corazón, mi pecho escupió el fuego de la ira y mi lanza, preparada para ello, recibió la llamas de la ¡JUSTICE!. Mi mirada una vez más le juzgo, juzgo sus actos egoístas, ¡MARGARITA LE HABÍA AMADO! Había roto el corazón de una mujer excepcional y nuestra descendencia, pues era suya y mía, dado que su sangre se movía por sus venas pero era el corazón que yo les había entregado el que la bombeaba, se había mantenido en el camino correcto a duras penas, sabiendo que los errores de un hombre pueden destruir su legado.
Mi alabarda empezó a girar gracias a mis diestras manos al son de sus rugidos, coléricos bramidos de un arma forjado en el calor de un volcán nacida por y para proteger. Pendragon era el hierro férreo con el que defendía mis ideales, el testaferro de la justicia con la que había defendido al mundo, no era una alabarda, era una promesa. Una jura de que mientras yo viviera el mundo sería un lugar mejor y eso era mucho más importante que la comprensión familiar. Preparado para atacar, tomé la decisión más difícil de todas... Acabar con él.
- Es el final, hermano pequeño - sentencié moviendo aún la alabarda y poniéndola al costado preparado para el ataque. ¿Su respuesta? volver a ser el primate que siempre había sido, cargando sus puños con la electricidad que la mole que era se cargaba. Sus manos acumularon como esferas perfectas de carga, que chispeaban con la fuerza de la tormenta de la juventud extinta de mi viejo hermano. Tras su respuesta salté hacia él.
El aire se combó tras de mi, como el sonido seco de la caída de un árbol roto. Las bestias gritaban y Pendragon rugía con cada movimiento, fui más lento que él pero... Mis manos no lo eran. Pendragón se encendió aún más en sus llamas, iluminando la estancia y haciendo de espectadores nuestras sombras, tanto lucía mi alabarda que nuestras sombras se fundieron en el techo, convirtiéndose en una sola, por que la oscuridad de mi hermano y la mía siempre había sido la misma. Los hierros del arma se pusieron al rojo vivo y en medio de nuestro choque en el aire, con un movimiento diestro avancé la alabarda para encontrarle desprevenido mientras vociferaba el nombre de su técnica. Él nivel enmudeció ante la fuerza, el choque y el estilo de
LOS HERMANOS NANASHI
resumen
belico
