[EVENTO LOCAL - ESPECIAL] Por encima de mi cadáver
#47
Amanezco a las seis en punto, como cada día desde hace treinta y siete años, y lo primero que hago, antes incluso de vestirme del todo, es poner la cafetera al fuego, porque un café que no se ha preparado con calma es tan malo como pegarle a tu padre. Mientras el agua rompe a hervir, saco mi peine áureo de su estuche de terciopelo, ochenta y tres gramos exactos que sostengo con las dos manos como quien sostiene una reliquia, y me atuso los flamantes mechones que destacan a ambos lados del cráneo con la misma dedicación con la que un león se cuidaría su melena si tuviera la decencia de peinársela, tres pasadas por cada lado, ni una más ni una menos, porque poco pelo no es excusa para llevarlo alborotado. Para cuando termino, el café ya está listo, y me siento a disfrutar del primero de los doce que me tomaré hoy, negro, sin azúcar, paladeando cada sorbo convencido de que el café de especialidad es superior, aunque sea el mismo grano de siempre que llevo pidiendo desde hace tres décadas. Sólo entonces, con la rutina del despertar completada, me permito empezar con lo demás: vestirme, y dedicar los primeros veintidós minutos de la jornada a rellenar a mano la hoja de control diaria, porque en mis tiempos un hombre se ganaba el respeto con una columna bien cuadrada, no como estos guardias jóvenes que si les pides escribir un informe a mano reniegan de la tarea.
 
El día transcurre con la normalidad que a mí me gusta, sin sobresaltos, cada hora tan perfecta como la he planteado en mis hojas de cálculo, como debe ser. Reviso los partes matutinos rezongando por la pésima caligrafía de cada guardián, coloco cada informe en su bandeja por orden alfabético, superviso el reparto del desayuno y de la comida de los presos con la puntualidad de siempre, y para cuando voy por la tercera taza de la tarde el estómago ya empieza a protestarme. Es ahí cuando, con la cuarta taza de café, llega el primer eructo del día, puntual como un reloj, tan invariable en mi rutina que casi merecería su propia columna en la hoja de control, ácido y molesto, aunque a estas alturas ya ni le presto atención, forma parte del paquete tanto como el propio café. Hacia el atardecer me permito el séptimo u octavo, contemplando los muros húmedos tranquilamente sin un solo imprevisto, pensando que ya un día que transcurre así de ordenado es un día espectacular. Son las diecinueve horas y trece minutos exactas, diecisiete escasos minutos antes de que empiece el reparto de la cena a los presos, cuando la alarma suena fuera de guion, un timbre agudo que no corresponde a nada de lo programado, cosa que me hace chasquear la lengua, con lo bien que iba todo, con la cena ya calculada al gramo y a punto de salir de las cocinas. Enciendo el muro de Den Den Mushis visuales de mi despacho antes incluso de que llegue el primer parte escrito, y las pantallas se llenan de gritos y carreras piso a piso, mientras mi novena taza se enfría sin que le preste atención, cosa que me indigna casi tanto como el propio jaleo, porque ahora encima el reparto va a quedar retrasado, otra columna más que reajustar, otra hora que ya no va a cuadrar en la hoja de mañana, y una taza de café desperdiciada, cosa completamente imperdonable. Mientras observo los acontecimientos, y según se suceden tomo mis cafés décimo y undécimo, cada uno arrancándome otro eructo ácido que ya ni me molesto en contener, voy mascullando entre dientes que esto en mis años de guardia jamás se hubiera descontrolado así, que a la disciplina de hoy en día le falta un hervor.
 
Para cuando llevo ingerida la duodécima taza dejo de fingir calma. Me levanto de golpe, la silla chirriando, y antes de nada compruebo que el peine sigue en su bolsillo interior, palpándolo por encima de la tela como quien comprueba que lleva las llaves de su casa, porque hasta en medio del apocalipsis hay prioridades. El estómago me devuelve otro eructo largo, el enésimo del día, al que respondo con un gruñido, dirigido a nadie en particular. Salgo al corredor del nivel 6, donde los presos golpean los barrotes con una insolencia que sólo confirma lo que llevo diciendo hace años: que hace falta mano aún más dura, y que ni uno solo de estos desgraciados tiene la decencia de llevar el pelo corto y aseado, greñudos todos, grupo de pelafustanes, como si tuvieran una elección en el asunto. Avanzo repartiendo puñetazos, uno, tres, nueve, catorce, apuntando con especial gusto a los que más melena lucen, pensando que antes bastaba una mirada para poner orden y ahora hay que ir a golpes, y entre el undécimo y el duodécimo golpe el estómago vuelve a protestarme con otro eructo que le tiro en la cara a uno de esos asquerosos melenudos mientras continuo mi camino. Empiezo a subir los escalones hacia el nivel 5, conozco cada uno de ellos mejor que mi propia firma, y con cada uno que dejo atrás no dejo de darle vueltas a lo mismo, que no es tanto el escándalo del escape porque lo contendremos, como el hecho de que toda mi hoja de control quede reventada por culpa de tres inconscientes, la cena retrasada, los turnos de la noche descuadrados, semanas enteras de tabulación cuadrada al milímetro convertidas de golpe en nada, todo reajustado desde cero, y esa idea, más que ninguna otra, es la que me tiene con el estómago encogido, todavía ácido por el café, y los dientes apretados según subo, pensando que menudo marrón estoy metido, que esto me va a comer semanas de rehacer lo que ya tenía perfecto.
 
En cuestión de segundos me planto en la boca del nivel 5, donde el frío me golpea la cara y el eco de un estruendo reciente todavía reverbera entre las paredes heladas. Lo que encuentro me detiene apenas un instante: una alfombra roja intensa manchando el manto blanco del suelo, nieve y hielo esparcidos a partes iguales formando una cortina estrellada que aún brilla bajo la luz artificial, y en el centro de todo, sobre la cabeza misma de un gigante caído de bruces contra el firme helado, Steiner, impecable como siempre bajo su armadura azulada, guantelete y greba intactos, el casco puntiagudo ocultándole el rostro, sosteniendo con un solo brazo esa espada ancha y negra que acaba de desincrustar del cráneo del coloso. Le oigo, entre jadeos entrecortados, reivindicarse a sí mismo como el último bastión, el último muro, la última puerta de este sitio, repitiendo que de aquí no escapa nadie, y algo en mí, pese al agobio de la noche, se hincha de un orgullo silencioso al comprobar que al menos uno de mis hombres entiende el peso de su cargo. Lo veo desplomarse de rodillas sobre la cabeza del gigante justo cuando cruzo el nivel a mi propio ritmo, que a estas alturas de mis facultades sigue siendo más rápido que el de cualquiera de mis guardias, y lo dejo atrás en cuestión de segundos, sin detenerme, porque hay una brecha varios niveles por encima esperando y no pienso quedarme de espectador de una escena que, aunque me llene de orgullo, no resuelve nada de lo que tengo pendiente esta noche. Retomo el ascenso por la escalera de servicio, dejando atrás la nieve manchada y el cuerpo caído del gigante, subiendo peldaño tras peldaño con la misma zancada calculada de siempre, ciento ochenta y siete escalones que conozco mejor que mi propia firma, y a medida que gano altura el eco del caos se vuelve más nítido, gritos, aceros chocando, algún rugido que no sabría identificar sin consultar mis propios archivos. Llego finalmente a la puerta que separa este tramo del nivel superior, la encuentro sola, sin nadie más plantado frente a ella, y me detengo justo en el centro, con las manos cruzadas a la espalda y el peine ya de vuelta en su bolsillo, calculando ya cuántas columnas de mi hoja de control voy a tener que rehacer por culpa de esta noche entera.
 
“El día que alguien escape de mi prisión” —digo, sin apartar los ojos de la puerta – “será por encima de mi cadáver.”
 

 
Resumen

Turno
  Responder


Mensajes en este tema
RE: [EVENTO LOCAL - ESPECIAL] Por encima de mi cadáver - por Imsiul Kano - 20-07-2026, 01:31 AM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 6 invitado(s)