20-07-2026, 02:15 AM
Una vez que llegué hacia dónde estaban los Bomberbells, pude verlos ahí todos reunidos y aislados del resto en su sección correspondiente. Y no era de extrañar que estuvieran separados en un lugar aparte. — Tan ruidosos, molestos y locos como de costumbre — pensé, llevándome mis dos dedos índices a mis orejas, taponando ligeramente mis oídos para que no me azotara todo el bullicio que tenían montado. Más les valía mantener esa energía y factor locura para parar en seco esta huida sin sentido. Con ellos de nuestro lado, y con toda nuestra fuerza militar, doblegar a los delincuentes iba a ser un juego de niños.
— CALMA CALMA Y CALMA-TON — grité alzando los brazos cuando tuve enfrente a aquellos fanáticos locos, los Bomberbells, sin que ninguno me hiciera el más mínimo caso. Estaban peleando entre ellos, dándose empujones, puñetazos, y agarrándose y lanzándose por los aires mientras se insultaban con su acento particular... no podía decir que me sorprendiese, eran sin duda un grupo peculiar pero siempre hacían lo mismo. Eran un grupo de once tontattones con muy malas pulgas y muchas ganas de golpear a todo lo que se movía. Hasta donde sabía, por más que se parecieran todos, ninguno era familia del otro. Pero tenían tanta ira interior que hasta se golpeaban entre ellos cuando no tenían un objetivo claro que batir.
— ¡Por favor-ton! ¡Presten atención! — dije intentando llamar a la cordura mientras un escritorio volaba por los aires — ¡Andá pa' allá, bobo! — respondió uno de los Bomberbells, juraría que Leonardo, su capitán, que paraba por un momento delante de mi, y se lanzó en seguida a seguir golpeandose entre ellos — ¡La pelota no se mancha! — gritó otro de ellos, Paul — ¡Dale, boludo! — le recriminó Allister, y recibió un empujón de otro compañero más, Tagli — ¡No seas gil! ¡dale, che! — recriminaba a su compañero mientras desaparecían en el tumulto golpeándose. Al fondo de la sala, dos de ellos observaban sin intervenir — ¡Qué quilombo! ¡PONÉ HUEVO! — dijo Monti jaleando a sus compañeros — ¡Estás loco flaco! ¡no tenés cara! — le recriminó su compañero al lado, Cuti, y ambos empezaron a enzarzarse a golpes.
Suspiré y me llevé la mano a la cara... si tan solo jugaran al juego que debían podrían ser mundialmente famosos. Entonces una patada voladora acabó con Dibu estrellado en el suelo, perdiendo su sombrero, y con Enzo encima de él gritando — ¡Andá nomás! ¡¡Vamos cabeza de termo cara de piedra, sos un tronco!! ¡No la ves ni cuadrada! — y comenzó a hinchar a puñetazos a su compañero, siendo interrumpido por un placaje de Juli que lo lanzó a volar un par de metros — ¡Corré muerto! ¡sos un pecho frío! — y se lanzó tras él a seguir golpeándolo.
En el techo, agarrados de la lámpara, Nico y Lisandro se pegaban patadas el uno al otro — ¡Qué hacés, salame! — gritaba el primero fallando la patada — ¡No podés errar eeeeso! — le recriminó el segundo. La situación estaba completamente fuera de control, y sabía que no iban a parar de golpearse así tuviera que dedicarme a expulsarlos de la habitación, así que tuve que jugar la carta más desesperada que tenía. Rebusqué en mi bolsillo la clave para esta serie de situaciones, un pequeño vaso con tapa y una pajita - o sorbete como le llamaban ellos - y di un sonoro sorbo de ella, produciendo un sonido característico que los congeló por completo con los golpes a medio impactar, haciendo que se detuviesen por completo, pasando a prestarme atención, produciéndose un silencio enorme en la habitación sólo roto por el crujir de algún mueble y el rechinar de aquella lámpara de techo.
— ¿Qué mirás bobo? — dijo Leonardo, el capitán de los Bomberbells dándose cuenta de mi presencia. Carraspeé la garganta y me aclaré la voz para poder dirigirme a ellos.
— Bomberbells, estamos bajo emergencia en Impel Down-ton — dije volviendo a guardar mi recipiente en el bolsillo y adaptándome a lo que sabía que necesitaban oír para poder trabajar — Necesito que salgan ahí fuera y lo den todo-ton ¡Hoy se juega con el alma! ¡Coman pasto si hace falta! ¡No regalemos nada! ¡No aflojen! ¡A ellos les duele igual! ¡No los dejen pensar! — grité finalmente haciendo que un brillo especial se iluminase en los ojos de aquellos expertos en la matanza, dejándome entender que habían recibido el mensaje perfectamente y estaban enfocados en la masacre — Salid al nivel seis e id subiendo-ton, les haremos una pinza. No quiero a nadie fuera de la celda ¡el que tenga miedo que se quede en el banco! — y con esas palabras los once Bomberbells se lanzaron hacia la puerta corriendo como una exalación y desaparecieron de mi vista con presteza y furia, dirigiéndose hacia el nivel uno para comenzar a pelear con todo el que se encontrasen, y noquear así a los disidentes escapistas. Leonardo, Paul, Allister, Tagli, Monti, Cuti, Dibu, Enzo, Juli, Nico y Lisandro... una tropa de élite.
Entonces me sacudí las manos y me dirigí caminando a toda velocidad sobre mis pequeñas piernas hacia la zona de los vestuarios, comprobando que no quedaban más soldados rezagados... todo normal. Luego la armería, un rápido vistazo a la zona de las cámaras... ¡ah! Aquellos maleantes ya estaban llegando al nivel dos por las escaleras. Debía apurarme raudo para preparar el vestíbulo como último bastión, comprobando que todo estaba en orden, que todo era perfecto, que todo estaba a nuestro favor para poder parar ahí a todo el que siquiera soñase con llegar a salir de este santo lugar.
Y ahí pude verle a él, el Mejor Jefe del Mundo: Imsiul Kano. El Nacido en el Infierno.
Su determinación inspiraba a todos los presentes, y a mi el que más.
— Estoy con usted señor, nadie pasará de aquí-ton — dije con determinación, preparándome para recibir las órdenes de mi jefe cuando la puerta comenzó a abrirse ¿cómo diablos era posible? Y peor aun ¿quien había llegado hasta aquí y abierto las puertas?
— CALMA CALMA Y CALMA-TON — grité alzando los brazos cuando tuve enfrente a aquellos fanáticos locos, los Bomberbells, sin que ninguno me hiciera el más mínimo caso. Estaban peleando entre ellos, dándose empujones, puñetazos, y agarrándose y lanzándose por los aires mientras se insultaban con su acento particular... no podía decir que me sorprendiese, eran sin duda un grupo peculiar pero siempre hacían lo mismo. Eran un grupo de once tontattones con muy malas pulgas y muchas ganas de golpear a todo lo que se movía. Hasta donde sabía, por más que se parecieran todos, ninguno era familia del otro. Pero tenían tanta ira interior que hasta se golpeaban entre ellos cuando no tenían un objetivo claro que batir.
![[Imagen: yfPPCR2.png]](https://imgur.com/yfPPCR2.png)
— ¡Por favor-ton! ¡Presten atención! — dije intentando llamar a la cordura mientras un escritorio volaba por los aires — ¡Andá pa' allá, bobo! — respondió uno de los Bomberbells, juraría que Leonardo, su capitán, que paraba por un momento delante de mi, y se lanzó en seguida a seguir golpeandose entre ellos — ¡La pelota no se mancha! — gritó otro de ellos, Paul — ¡Dale, boludo! — le recriminó Allister, y recibió un empujón de otro compañero más, Tagli — ¡No seas gil! ¡dale, che! — recriminaba a su compañero mientras desaparecían en el tumulto golpeándose. Al fondo de la sala, dos de ellos observaban sin intervenir — ¡Qué quilombo! ¡PONÉ HUEVO! — dijo Monti jaleando a sus compañeros — ¡Estás loco flaco! ¡no tenés cara! — le recriminó su compañero al lado, Cuti, y ambos empezaron a enzarzarse a golpes.
Suspiré y me llevé la mano a la cara... si tan solo jugaran al juego que debían podrían ser mundialmente famosos. Entonces una patada voladora acabó con Dibu estrellado en el suelo, perdiendo su sombrero, y con Enzo encima de él gritando — ¡Andá nomás! ¡¡Vamos cabeza de termo cara de piedra, sos un tronco!! ¡No la ves ni cuadrada! — y comenzó a hinchar a puñetazos a su compañero, siendo interrumpido por un placaje de Juli que lo lanzó a volar un par de metros — ¡Corré muerto! ¡sos un pecho frío! — y se lanzó tras él a seguir golpeándolo.
En el techo, agarrados de la lámpara, Nico y Lisandro se pegaban patadas el uno al otro — ¡Qué hacés, salame! — gritaba el primero fallando la patada — ¡No podés errar eeeeso! — le recriminó el segundo. La situación estaba completamente fuera de control, y sabía que no iban a parar de golpearse así tuviera que dedicarme a expulsarlos de la habitación, así que tuve que jugar la carta más desesperada que tenía. Rebusqué en mi bolsillo la clave para esta serie de situaciones, un pequeño vaso con tapa y una pajita - o sorbete como le llamaban ellos - y di un sonoro sorbo de ella, produciendo un sonido característico que los congeló por completo con los golpes a medio impactar, haciendo que se detuviesen por completo, pasando a prestarme atención, produciéndose un silencio enorme en la habitación sólo roto por el crujir de algún mueble y el rechinar de aquella lámpara de techo.
— ¿Qué mirás bobo? — dijo Leonardo, el capitán de los Bomberbells dándose cuenta de mi presencia. Carraspeé la garganta y me aclaré la voz para poder dirigirme a ellos.
— Bomberbells, estamos bajo emergencia en Impel Down-ton — dije volviendo a guardar mi recipiente en el bolsillo y adaptándome a lo que sabía que necesitaban oír para poder trabajar — Necesito que salgan ahí fuera y lo den todo-ton ¡Hoy se juega con el alma! ¡Coman pasto si hace falta! ¡No regalemos nada! ¡No aflojen! ¡A ellos les duele igual! ¡No los dejen pensar! — grité finalmente haciendo que un brillo especial se iluminase en los ojos de aquellos expertos en la matanza, dejándome entender que habían recibido el mensaje perfectamente y estaban enfocados en la masacre — Salid al nivel seis e id subiendo-ton, les haremos una pinza. No quiero a nadie fuera de la celda ¡el que tenga miedo que se quede en el banco! — y con esas palabras los once Bomberbells se lanzaron hacia la puerta corriendo como una exalación y desaparecieron de mi vista con presteza y furia, dirigiéndose hacia el nivel uno para comenzar a pelear con todo el que se encontrasen, y noquear así a los disidentes escapistas. Leonardo, Paul, Allister, Tagli, Monti, Cuti, Dibu, Enzo, Juli, Nico y Lisandro... una tropa de élite.
Entonces me sacudí las manos y me dirigí caminando a toda velocidad sobre mis pequeñas piernas hacia la zona de los vestuarios, comprobando que no quedaban más soldados rezagados... todo normal. Luego la armería, un rápido vistazo a la zona de las cámaras... ¡ah! Aquellos maleantes ya estaban llegando al nivel dos por las escaleras. Debía apurarme raudo para preparar el vestíbulo como último bastión, comprobando que todo estaba en orden, que todo era perfecto, que todo estaba a nuestro favor para poder parar ahí a todo el que siquiera soñase con llegar a salir de este santo lugar.
Y ahí pude verle a él, el Mejor Jefe del Mundo: Imsiul Kano. El Nacido en el Infierno.
Su determinación inspiraba a todos los presentes, y a mi el que más.
— Estoy con usted señor, nadie pasará de aquí-ton — dije con determinación, preparándome para recibir las órdenes de mi jefe cuando la puerta comenzó a abrirse ¿cómo diablos era posible? Y peor aun ¿quien había llegado hasta aquí y abierto las puertas?
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