21-07-2026, 01:06 AM
A diferencia de la primera prueba, durante la del cefíro, Bai se mantuvo atenta a todo lo que ocurría a su alrededor. No porque en ella hubiera nacido alguna clase de repentino interés en el espectáculo, sino porque, siendo honesta consigo misma, la sucesión de acontecimientos había alcanzando un cariz de demencia prácticamente imposible de procesar.
—Yuuki —murmuró al observar a la joven recuperar su mochila de las manos de Kiyoshi.
En momentos como ese, le huniera encantado verbalizar aunque fuera un ápice de sus pensamientos. Sin embargo era conciente del imposible. Por ello, antes de que la otra birkiniana se marchara, Bai acortó la distancia dando un par de grandes zancadas y detuvo su avance posando su pesada mano sobre su hombro. En ese instante, la serenidad de su rostro se fracturó para revelar un destello de pura emocionalidad: un amago de sonrisa, tosco pero completamente genuino. Y de sus labios, aunque sabía que ninguno de los presentes la enrendería, surgió un rasposo sonido que significaría lo siguiente: —Yuuki, la altura de tu grandeza no se mide por una prueba, sino por la profundidad del suelo desde la que te puedes alzar.
Tras decir aquello, retiró los dedos y la dejó marchar. En su fuero interno, la alada albergaba la secreta esperanza haber sido tan sabia como el viejo mink al que tanto respetaba y, por ende, haber logrando anestesiar parte del orgullo magullado de la joven; al fin y al cabo, no hacía falta ser un genio para advertir cuánto dependía aquella mujer de la adulación ajena. Acto seguido, rotó sobre sus talones y se cruzó de brazos a la espera de la nueva fase. La cual, para su desconcierto, dio inicio con la irrupción de un cangrejo que le pareció una aberración de la naturaleza por poseer también el aspecto de una tortuga.
—¿Bai? —preguntó en voz alta al creer que Kiyoshi pronunciaba su nombre.
Sin embargo, al desviar la mirada hacia el marine felino, descifró el verdadero significado del llamado. Entonces, por un breve segundo, recordó que eso ya le había pasado en Drum y rió con suavidad.
—Kibai... — quiso añadir "suerte" pero sabía que el marine no la necesitaba —. Bien — terminó por decir al tiempo que levantaba el pulgar y cerraba el puño indicándole que confiaba en él.
Para cuando su atención regresó a la arena, un varón rubio desbordante de una energía salvaje y vigorosa se aproximó al Den Den Mushi para quebrar la prueba. Al mismo tiempo, la birkiniana logró captar como su compañero de cubículo le está intentando hablar. Sin embargo, como era de esperar, la mujer alada no entendía nada más que el nombre pero, por su preocupación y el contexto, deduko que le preocupaba que no volviera con ellos.
—Hmmmm —murmuró, poniendo a funcionar sus engranajes mentales para diseñar una respuesta. O, más bien, un método para transmitirla. —Kibai... —articuló, propinándose un seco golpe sobre la placa de su armadura. A lo que el impacto metalizado resonó con una vibración sorda, ahogada de inmediato por la ráfaga de viento que levantaba el nuevo concursante en la arena—. Duro —añadió, acompasando el adjetivo con un segundo golpe sobre el acero.
Después, el silencio volvió a aislarlos, cavando un foso aparentemente insalvable sobre la grieta lingüística que los separaba.
—Kiyoshi.
Bai fijó la vista en el muchacho quien, aferrado a su arma y sosteniéndola contra su cuerpo con como si fuera un frágil tesoro, por su postura y forma de mirar parecía estar pasando por un mal momento. ¿Tristeza por un rifle? Quizás no hubiera sido de él, quizás hubiera pertenecido a otro, como... Como parte de lo que la propia Bai tenía. En ese momento sus ojos se opacaron y la silueta del hombre que ya no caminaba a su lado apareció en lo más profundo de su mente; aquel que la había desamparado mucho antes de que sus pies hollaran Little Garden.
—Kiyoshi —volvió invocarlo, forzando tanto su atención como la suya propia para salir de los recuerdos que estaba sintiendo.
—¿Pium? —preguntó, emulando con sus manos el a to de empuñar un arma a distancia e imitando con el índice el retroceso de un disparo.
Y aunque pareciera estúpido, sostuvo el ademán por un rato, otorgándole al joven los segundos necesarios para que su cerebro computara la traducción del concepto.
—Kiyoshi bien —sentenció finalmente, irguiendo el pulgar una vez más—. Bai confía.
No obstante, aunque sabía con la fría certeza de los hechos que sus palabras —posiblemente cargada de barbáricos sonidos guturales–, jamás hallarían puerto en sus compañeros, confiaba en haberle transmitido la idea de que, si ella había logrado llegar hasta ese confín del mundo, aun cuando caminaba en el más absoluto aislamiento verbal y mientras los cadáveres de su pasado se amontonaban silenciosos a sus espaldas... no existía ninguna variable lógica que debiera hacerles perder la fe.
—Yuuki —murmuró al observar a la joven recuperar su mochila de las manos de Kiyoshi.
En momentos como ese, le huniera encantado verbalizar aunque fuera un ápice de sus pensamientos. Sin embargo era conciente del imposible. Por ello, antes de que la otra birkiniana se marchara, Bai acortó la distancia dando un par de grandes zancadas y detuvo su avance posando su pesada mano sobre su hombro. En ese instante, la serenidad de su rostro se fracturó para revelar un destello de pura emocionalidad: un amago de sonrisa, tosco pero completamente genuino. Y de sus labios, aunque sabía que ninguno de los presentes la enrendería, surgió un rasposo sonido que significaría lo siguiente: —Yuuki, la altura de tu grandeza no se mide por una prueba, sino por la profundidad del suelo desde la que te puedes alzar.
Tras decir aquello, retiró los dedos y la dejó marchar. En su fuero interno, la alada albergaba la secreta esperanza haber sido tan sabia como el viejo mink al que tanto respetaba y, por ende, haber logrando anestesiar parte del orgullo magullado de la joven; al fin y al cabo, no hacía falta ser un genio para advertir cuánto dependía aquella mujer de la adulación ajena. Acto seguido, rotó sobre sus talones y se cruzó de brazos a la espera de la nueva fase. La cual, para su desconcierto, dio inicio con la irrupción de un cangrejo que le pareció una aberración de la naturaleza por poseer también el aspecto de una tortuga.
—¿Bai? —preguntó en voz alta al creer que Kiyoshi pronunciaba su nombre.
Sin embargo, al desviar la mirada hacia el marine felino, descifró el verdadero significado del llamado. Entonces, por un breve segundo, recordó que eso ya le había pasado en Drum y rió con suavidad.
—Kibai... — quiso añadir "suerte" pero sabía que el marine no la necesitaba —. Bien — terminó por decir al tiempo que levantaba el pulgar y cerraba el puño indicándole que confiaba en él.
Para cuando su atención regresó a la arena, un varón rubio desbordante de una energía salvaje y vigorosa se aproximó al Den Den Mushi para quebrar la prueba. Al mismo tiempo, la birkiniana logró captar como su compañero de cubículo le está intentando hablar. Sin embargo, como era de esperar, la mujer alada no entendía nada más que el nombre pero, por su preocupación y el contexto, deduko que le preocupaba que no volviera con ellos.
—Hmmmm —murmuró, poniendo a funcionar sus engranajes mentales para diseñar una respuesta. O, más bien, un método para transmitirla. —Kibai... —articuló, propinándose un seco golpe sobre la placa de su armadura. A lo que el impacto metalizado resonó con una vibración sorda, ahogada de inmediato por la ráfaga de viento que levantaba el nuevo concursante en la arena—. Duro —añadió, acompasando el adjetivo con un segundo golpe sobre el acero.
Después, el silencio volvió a aislarlos, cavando un foso aparentemente insalvable sobre la grieta lingüística que los separaba.
—Kiyoshi.
Bai fijó la vista en el muchacho quien, aferrado a su arma y sosteniéndola contra su cuerpo con como si fuera un frágil tesoro, por su postura y forma de mirar parecía estar pasando por un mal momento. ¿Tristeza por un rifle? Quizás no hubiera sido de él, quizás hubiera pertenecido a otro, como... Como parte de lo que la propia Bai tenía. En ese momento sus ojos se opacaron y la silueta del hombre que ya no caminaba a su lado apareció en lo más profundo de su mente; aquel que la había desamparado mucho antes de que sus pies hollaran Little Garden.
—Kiyoshi —volvió invocarlo, forzando tanto su atención como la suya propia para salir de los recuerdos que estaba sintiendo.
—¿Pium? —preguntó, emulando con sus manos el a to de empuñar un arma a distancia e imitando con el índice el retroceso de un disparo.
Y aunque pareciera estúpido, sostuvo el ademán por un rato, otorgándole al joven los segundos necesarios para que su cerebro computara la traducción del concepto.
—Kiyoshi bien —sentenció finalmente, irguiendo el pulgar una vez más—. Bai confía.
No obstante, aunque sabía con la fría certeza de los hechos que sus palabras —posiblemente cargada de barbáricos sonidos guturales–, jamás hallarían puerto en sus compañeros, confiaba en haberle transmitido la idea de que, si ella había logrado llegar hasta ese confín del mundo, aun cuando caminaba en el más absoluto aislamiento verbal y mientras los cadáveres de su pasado se amontonaban silenciosos a sus espaldas... no existía ninguna variable lógica que debiera hacerles perder la fe.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
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