22-07-2026, 03:02 AM
(Última modificación: 22-07-2026, 06:32 AM por Zhang Guolao.)
[personajeinvalido=3941]
Las cosas más hermosas de la vida a veces no se pueden ver, solo sentirlas en el medio del pecho. Y aquella era exactamente la sensación que recorría el viejo cuerpo del burro mientras la Prueba del Céfiro llegaba a su fin.
Pese a no poder ver casi nada de la frenética carrera, los vítores del pueblo alado y la vibrante energía del ambiente le formaron un nudo en la garganta que lo obligó a sonreír de oreja a oreja. El burro estaba contento, y como si fuera un niño pequeño, daba pequeños saltos en su sitio, riéndose al son del alboroto general. Podría incluso asegurar que se sentía más ágil y preparado; todas las dudas que le habían acogido minutos atrás, pasaron al olvido.
- ¿Por que están gritando, que paso? - Pregunto Zhang luego de que la mujer de cabellos rosados se robara el espectáculo, incluso la luz, parecía opacarse con su brillo de su presencia. El burro lamento por un momento, no poder observarlo, pero se alegraba de sentirlo.
Su compañero de equipo había logrado una buena marca, y ahora Zhang sentia la presión sobre sus propios hombros. Aunque le había dicho a Mahou que aquello era solo para divertirse, era inevitable para el burro no emocionarse; al fin y al cabo, todo ser vivo lleva una chispa competitiva por dentro.
—¡AHHHJHHH! Hmmmm... —gritó Zhang, aunque no muy fuerte, soltando una risa ronca—. ¿Qué formas tiene la vida para sorprendernos, eh? —le comentó a su equipo en el cubículo. Ante aquel viaje al cielo, se esperaba cualquier cosa menos terminar participando en un torneo como este.
El Dirigente habló de nuevo con su increíble locución, y las orejas de Zhang se movieron de un lado al otro, atentas. El escenario cambió en un abrir y cerrar de ojo, haciendo aparecer todo lo necesario para la competencia. La Prueba del Bastión iba a dar comienzo: aguantar la presión del viento.
—Resistir... —susurró el Mink mirando a sus compañeros—. Los burros y los viejos sabemos muy bien cómo hacer eso.—
Para Zhang, era como si la vida le hablase en su propio idioma.
La vida es la suma de cosas buenas y malas; adaptarse, transformarse y continuar.
A sus cincuenta y cinco años se había caído tantas veces que aquella prueba parecía predestinada para él:
"Carpe Diem.
Ayer es hoy,
Mañana es hoy,
Todos los tiempos se precipitan hacia el ahora,
Voy dando la vuelta por un laberinto en el que siempre termino frente al mismo espejo,
Pasado, presente y futuro no son más que metáforas maleables de una misma curva."
Zhang alzó los brazos en un intento vago por tocar el cielo, observando cómo los primeros participantes se mostraban imponentes ante los vientos de la vida.
Caer y levantarse. Intentarlo todos los días. Eso era la verdadera resistencia. Zhang Guolao, el Ermitaño del Mar, comenzó a caminar a paso lento hacia el centro de la arena. No le gustaba llamar la atención, pero a su edad ya no sufría de las vergüenzas propias de la juventud.
Llegó entonces a su pedestal. Tras esperar unos segundos, el ensordecedor ruido de las gradas cesó por un instante, reemplazado por un chillido familiar a lo lejos que enterneció su corazón de inmediato. Pese a todo y a todos, Silencio le estaba apoyando. No estaba solo, y eso ya era una victoria.
—Soy Zhang Guolao. Gracias por invitarme a su torneo y encantado de conocer a tantos ángeles. —dijo con firmeza. Y aunque el bullicio ahogaba sus palabras, se tomó unos segundos para hacer una profunda reverencia: primero al anfitrión, y luego hacia cada lado de las tribunas, en señal de respeto. Para Zhang, todos allí merecían la misma cortesía.
Finalmente, se plantó ante aquel extraño aparato que mediría la firmeza de su cuerpo. ¿Podía una máquina realmente medirlo? Los conceptos de resistencia eran diferentes para cada alma.
Una vez en posición, se tomó un tiempo para reflexionar, respirar y concentrarse. Exhaló un poco de aire frío que cristalizó el viento a su alrededor, y golpeó el suelo con su pezuña. —Hmmmmm. — Unió sus manos frente a su pecho, cerró su único ojo bueno, y murmuró con total serenidad:
—¡Tsuki-Tsuki!
El viento comenzó a rugir con violencia. Su pelaje oscuro comenzó a sacudirse al son de la tempestad. Zhang sonrió, asombrado por la potencia del artefacto. Sus viejas pezuñas se aferraron, aguantando la furia invisible durante varios segundos, pero la presión era brutal.
Su cuerpo, empujado hasta el límite, comenzó a ceder. Pero en lugar de dar un torpe paso hacia atrás, copo a copo, su figura fue perdiendo solidez. Su cuerpo se disipó en la nieve, cediendo ante el poder del viento.
Finalmente, el viejo burro se dejó llevar por la tormenta, y su cuerpo desapareció en una nube de nieve que fue arrastrada hacia atrás, marcando así el final en la máquina. Pasaron un par de segundos hasta que la ventisca cesó y Zhang retomó su forma física unos metros más atrás. Zhang formó vagamente unas alas blancas en su espalda, en un silencioso homenaje a la raza de su capitana y al pueblo que los acogía.
No dijo nada más. Caminó lentamente de regreso a su cubículo. Solo entonces logró darse cuenta de que aquella sonrisa aún seguía dibujada en su viejo rostro. Estaba contento, sintiendo que todo ese caótico viaje hacia el cielo había valido la pena.
Ganar, al fin y al cabo, era solo una añadidura.
Las cosas más hermosas de la vida a veces no se pueden ver, solo sentirlas en el medio del pecho. Y aquella era exactamente la sensación que recorría el viejo cuerpo del burro mientras la Prueba del Céfiro llegaba a su fin.
Pese a no poder ver casi nada de la frenética carrera, los vítores del pueblo alado y la vibrante energía del ambiente le formaron un nudo en la garganta que lo obligó a sonreír de oreja a oreja. El burro estaba contento, y como si fuera un niño pequeño, daba pequeños saltos en su sitio, riéndose al son del alboroto general. Podría incluso asegurar que se sentía más ágil y preparado; todas las dudas que le habían acogido minutos atrás, pasaron al olvido.
- ¿Por que están gritando, que paso? - Pregunto Zhang luego de que la mujer de cabellos rosados se robara el espectáculo, incluso la luz, parecía opacarse con su brillo de su presencia. El burro lamento por un momento, no poder observarlo, pero se alegraba de sentirlo.
Su compañero de equipo había logrado una buena marca, y ahora Zhang sentia la presión sobre sus propios hombros. Aunque le había dicho a Mahou que aquello era solo para divertirse, era inevitable para el burro no emocionarse; al fin y al cabo, todo ser vivo lleva una chispa competitiva por dentro.
—¡AHHHJHHH! Hmmmm... —gritó Zhang, aunque no muy fuerte, soltando una risa ronca—. ¿Qué formas tiene la vida para sorprendernos, eh? —le comentó a su equipo en el cubículo. Ante aquel viaje al cielo, se esperaba cualquier cosa menos terminar participando en un torneo como este.
El Dirigente habló de nuevo con su increíble locución, y las orejas de Zhang se movieron de un lado al otro, atentas. El escenario cambió en un abrir y cerrar de ojo, haciendo aparecer todo lo necesario para la competencia. La Prueba del Bastión iba a dar comienzo: aguantar la presión del viento.
—Resistir... —susurró el Mink mirando a sus compañeros—. Los burros y los viejos sabemos muy bien cómo hacer eso.—
Para Zhang, era como si la vida le hablase en su propio idioma.
La vida es la suma de cosas buenas y malas; adaptarse, transformarse y continuar.
A sus cincuenta y cinco años se había caído tantas veces que aquella prueba parecía predestinada para él:
"Carpe Diem.
Ayer es hoy,
Mañana es hoy,
Todos los tiempos se precipitan hacia el ahora,
Voy dando la vuelta por un laberinto en el que siempre termino frente al mismo espejo,
Pasado, presente y futuro no son más que metáforas maleables de una misma curva."
Zhang alzó los brazos en un intento vago por tocar el cielo, observando cómo los primeros participantes se mostraban imponentes ante los vientos de la vida.
Caer y levantarse. Intentarlo todos los días. Eso era la verdadera resistencia. Zhang Guolao, el Ermitaño del Mar, comenzó a caminar a paso lento hacia el centro de la arena. No le gustaba llamar la atención, pero a su edad ya no sufría de las vergüenzas propias de la juventud.
Llegó entonces a su pedestal. Tras esperar unos segundos, el ensordecedor ruido de las gradas cesó por un instante, reemplazado por un chillido familiar a lo lejos que enterneció su corazón de inmediato. Pese a todo y a todos, Silencio le estaba apoyando. No estaba solo, y eso ya era una victoria.
—Soy Zhang Guolao. Gracias por invitarme a su torneo y encantado de conocer a tantos ángeles. —dijo con firmeza. Y aunque el bullicio ahogaba sus palabras, se tomó unos segundos para hacer una profunda reverencia: primero al anfitrión, y luego hacia cada lado de las tribunas, en señal de respeto. Para Zhang, todos allí merecían la misma cortesía.
Finalmente, se plantó ante aquel extraño aparato que mediría la firmeza de su cuerpo. ¿Podía una máquina realmente medirlo? Los conceptos de resistencia eran diferentes para cada alma.
Una vez en posición, se tomó un tiempo para reflexionar, respirar y concentrarse. Exhaló un poco de aire frío que cristalizó el viento a su alrededor, y golpeó el suelo con su pezuña. —Hmmmmm. — Unió sus manos frente a su pecho, cerró su único ojo bueno, y murmuró con total serenidad:
—¡Tsuki-Tsuki!
El viento comenzó a rugir con violencia. Su pelaje oscuro comenzó a sacudirse al son de la tempestad. Zhang sonrió, asombrado por la potencia del artefacto. Sus viejas pezuñas se aferraron, aguantando la furia invisible durante varios segundos, pero la presión era brutal.
Su cuerpo, empujado hasta el límite, comenzó a ceder. Pero en lugar de dar un torpe paso hacia atrás, copo a copo, su figura fue perdiendo solidez. Su cuerpo se disipó en la nieve, cediendo ante el poder del viento.
Finalmente, el viejo burro se dejó llevar por la tormenta, y su cuerpo desapareció en una nube de nieve que fue arrastrada hacia atrás, marcando así el final en la máquina. Pasaron un par de segundos hasta que la ventisca cesó y Zhang retomó su forma física unos metros más atrás. Zhang formó vagamente unas alas blancas en su espalda, en un silencioso homenaje a la raza de su capitana y al pueblo que los acogía.
No dijo nada más. Caminó lentamente de regreso a su cubículo. Solo entonces logró darse cuenta de que aquella sonrisa aún seguía dibujada en su viejo rostro. Estaba contento, sintiendo que todo ese caótico viaje hacia el cielo había valido la pena.
Ganar, al fin y al cabo, era solo una añadidura.
La bitácora del burro
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
฿ 226,000,000
?Nv.19 — Logia Yuki Yuki
