22-07-2026, 11:46 AM
Día 28 de Primavera, Año 18.
Archipiélago Sabaody,
Manglares 60 – 69
0900 horas
Archipiélago Sabaody,
Manglares 60 – 69
0900 horas
Un día nuevo iniciaba en el cuartel de la marina en Sabaody el cual se repartía entre las raíces de los manglares del 60 al 69 como uno de los edificios más importantes que proveía al conjunto de manglares de aquella seguridad que sus habitantes y visitantes tanto visitaban. El olor a resina y salitre que se respiraba dadas las condiciones particulares de esta isla, que en realidad no puede catalogarse como tal, gracias a los árboles Yarukiman que la componen impactan en los sentidos del mismo modo que lo hace la brisa marina al navegar por las inquietantes aguas del Grand Line. A las 0900 horas del día, el cuarte es un bullicio de gente yendo y viniendo de las cocinas y hacia sus labores diarias, algunos abarrotando el patio de entrenamiento, otros siendo diligentes en la enfermería, aquellos con mentes enfocadas para el estudio, y demás marines de una variedad de rangos y razas que le daban a este cuartel de la marina una variedad cultural sin paragón. Gracias a mi haki de observación, el cual llevaba expandido a 150 metros de radio más por costumbre que por necesidad, podía sentir cada una de las 88 presencias que inundaban el cuartel de la marina en Sabaody con sus emociones aquel sexto sentido que había desarrollado gracias a las enseñanzas de mi otrora mentora, ahora amiga y líder, Karlglass. Si bien la cantidad de gente no era comparable con la abrumadora cantidad de presencias que conformaban el grueso de tropas en Marineford, la variedad de sensaciones era completamente diversa, como si fuera una reinterpretación multicultural de orígenes, deseos y aspiraciones.
Tal como lo hacia todos los días, yo me había levantado con el alba, hecho mis ejercicios de entrenamiento diario, bañado y vestido conforme a mi rango, orgulloso del mismo. La capa de Vicealmirante firmemente ajustada a mis hombros adornaba un atuendo jovial y relajado que definía mi intención en este viaje: ir sin pretensiones ni en búsqueda de una aventura. Estaba en Sabaody, gracias a Apolo por supuesto, para reencontrarme con mi segundo maestro del gyojiin karate, quien seguro tendría mucho que contarme tras la reconstrucción del manglar 33 tras su destrucción a manos de Akahige un par de años atrás. Avanzaba con pasos relajados pero firmes – con la capa de Vicealmirante ondeando ligeramente con la brisa de la primavera – por el pasillo que conducía hacia el comedor principal estando al tanto de las miradas curiosas y conforme con lo que las sensaciones que detectaba mi haki de observación. Al cruzar el umbral que separaba al pasillo del comedor una ráfaga de sonidos y olores explotaron frente a mi como lo había hecho la bomba de Odki Murray en el manglar 33, los platos y cubiertos repiqueteando a la par de los movimientos de quienes los consumían mientras que los aromas a café fresco, pan recién horneado, huevo y pescado cocinado inundaban el recinto proveniente desde la cocina adyacente al mismo. Las conversaciones disminuyeron en magnitud y algarabía al verme entrar pues la mayoría de los comensales eran reclutas que no habían ascendido aun en la jerarquía de la institución a la que servíamos, tras detectar la entrada de un oficial de mayor rango al que estaban acostumbrados a ver, pero le reste importancia al asunto y me dirigí hacia la barra donde la comida estaba servida a modo buffet eligiendo un poco de todo y sentándome en uno de los asientos libres entre un par de soldados nerviosos con mi presencia. Busqué entablar conversación con ellos explicándoles que tenía años sin visitar Sabaody y que había venido con otro Vicealmirante – Apolo Bahia – pero que veníamos por asuntos personales, de entrenamiento principalmente, con lo cual les vi relajarse ligeramente y logre que empezaran a hablar de cosas triviales: la comida, el día a día, el clima; incluso uno llego a pedirme consejos para ascender a lo cual le respondí que la principal forma en la que yo lo había logrado era rodeándome de compañeros en los que confiar, cosa que tomaron con mayor reverencia a la que esperaba.
Luego de treinta minutos de una charla que termino volviéndose amena, los soldados con los que compartía la mesa se disculparon pues tenían que volver a sus labores diarias, se levantaron de la mesa recogiendo sus platos y salieron del comedor despidiéndose alegremente a lo cual un par de superiores recriminaron con la cabeza pues, siendo severos, estaban en servicio y dirigiéndose a un oficial, pero yo le reste importancia al asunto despidiéndome igualmente agitando la mano levemente por encima de mi cabeza; al final de cuentas, nos encontrábamos en un comedor y la sensación de camaradería era tan importante como el seguir las formas. Siguiendo el ejemplo de aquellos marines, me levanté, recogí mi plato y dejé en la zona de lavado donde aproveche para decirle al equipo en la cocina que volvería en una hora para recolectar comida para el camino, y despidiéndome del resto de las personas bajando la cabeza ligeramente salí del comedor para dirigirme a la enfermería donde tomaría provisiones médicas pues nunca se puede estar lo suficientemente preparado. La enfermería del cuartel se encontraba en el ala norte del recinto y se presentaba como un salón alargado de unos veinte metros de fondo por ocho de ancho con seis camillas alineadas contra la pared derecha y armarios de madera cubriendo la izquierda de suelo a techo; en cuanto crucé la puerta el olor a alcohol, a hierbas secas y a jabón me devolvió de golpe a los años que pasé haciendo exactamente este trabajo antes de que me colgaran una capa de los hombros. Mi haki detectaba a cuatro presencias dentro, tres tranquilas y una que oscilaba entre el aburrimiento y la molestia, esta última perteneciente a un recluta sentado en la tercera camilla al que un enfermero le limpiaba un corte en el antebrazo. Me presenté la encargada, una mujer de mediana edad que soltó el mortero donde machacaba algo verde en cuanto vio los galones y se cuadró de golpe, y le expliqué que necesitaba reponer material para un par de días fuera del cuartel: vendas para detener el sangrado, ungüento para quemaduras, y antídotos para situaciones venenosas. Mientras me acercaba a la camilla del recluta y le corregía al enfermero el ángulo con el que estaba limpiando la herida, pues lo estaba haciendo con mucho entusiasmo, pero con muy poca técnica, esperé a que me entregaran las provisiones que había solicitado mismas que me fueron entregadas sin demora. Repartí todo lo recogido por los bolsillos interiores de la gabardina siguiendo el mismo orden de siempre, lo urgente en el lado derecho, lo que puede esperar en el izquierdo, y me despedí de la oficial agradeciéndole el material, pues nunca se puede estar lo suficientemente preparado.
Volví a la cocina justo cuando se cumplía la hora que había prometido y me encontré con que el equipo ya tenía listo lo que les había pedido, cuatro raciones envueltas en papel encerado metidas en una bolsa de tela, carne y verduras enrolladas en una masa fina que podía comerse andando sin ensuciarme la gabardina, además de dos cantimploras llenas hasta el tapón y un paquete extra de pescado seco que el cocinero calvo insistió en que llevara conmigo. Resultó que el hombre era gyojin al igual que yo, un pez roca de brazos como troncos que llevaba once años sirviendo en Sabaody y que me reconoció por el tono de mi piel como uno de los suyos, con lo cual la conversación derivó durante unos minutos hacia rememorar aquellos tiempos de la infancia, hablando de la isla Gyojin, de lo que se echa de menos y de lo que no. Aproveché para preguntarle por el estado de los manglares del 30 al 39 y su respuesta fue exactamente la que esperaba, que aquello seguía siendo tierra de nadie por más redadas que montaran, que las tabernas de allí no servían más que de tapadera y que ninguno de los nuestros se acercaba por esa zona si podía evitarlo. Antes de salir revisé el inventario completo apoyado contra la pared del pasillo, el den den mushi en el bolsillo del pecho, los kits médicos repartidos, las cantimploras cruzadas, la comida al hombro izquierdo, los guantes de combate ajustados en cada puño y el tridente firmemente sujeto a la espalda con sus dos correas, y crucé el portón oeste con el haki de observación expandido a ciento cincuenta metros, como siempre.
El trayecto hasta los manglares del 30 al 39 se extendía a lo largo de varios kilómetros de pasarelas, raíces y tramos de suelo firme, y calculé que a buen paso me llevaría entre tres y cuatro horas alcanzar las ruinas, por lo que me acomodé en un ritmo tranquilo y cómodo y dejé que el archipiélago fuera desfilando a mi alrededor con sus colores, olores y sonidos tan distintivos. Los primeros kilómetros discurrieron entre manglares muy transitados donde la marina todavía significaba algo, con negocios montados sobre plataformas ancladas a las raíces, niños que corrían por las pasarelas esquivando a los adultos por los lados y entre sus piernas, comerciantes voceando pescado, fruta y recambios de bicicleta burbuja a partes iguales, todo bañado por esa luz verdosa y filtrada que se cuela entre las copas de los Yarukiman en un paisaje que ninguna otra isla del mundo consigue imitar. Mi haki me iba dibujando el flujo entero de gente sin que tuviera que levantar la vista del camino, cerca de trescientas presencias entrando y saliendo del radio conforme avanzaba, la mayoría tan absortas en sus asuntos que ni se enteraban de mi presencia, y solo unas pocas deteniéndose un segundo en mí antes de volver a lo suyo. El olor cambiaba cada doscientos metros según por delante de qué puesto pasara, y por encima de todo el estallido constante de las burbujas que subían del suelo y reventaban a distintas alturas por encima de mi cabeza.
Luego de cuatro horas de caminata, al cruzar el manglar 33 cuando el paisaje me obligó a detenerme. La última vez que pisé este “grove” (como le conocían los locales) lo hice entre escombros, con la sensación de que moriría en cualquier momento al servicio de la causa, y ahora, cuatro años y siete meses después, sobre el mismo suelo se alzaban dos avenidas nuevas que se cruzaban en ángulo recto y un mercado techado de unos cuarenta metros de largo lleno de gente que compraba, discutía precios y hacía su vida encima de aquello. La reconstrucción llegaba hasta unos veinticinco metros de altura, más o menos donde recuerdo que se detuvo el radio de la bomba de Odki Murray, y a partir de ahí, hacia arriba, las raíces del árbol seguían mostrando el mismo color negro y la misma textura de corteza reventada que dejó Akahige, cicatrices que no había forma de taparlas. Me quedé aproximadamente un minuto apoyado en la barandilla de la avenida sur observando el contraste entre la madera nueva y la vieja, con el haki captando doscientas y pico presencias felices y ajenas dentro del radio. Conforme dejé atrás el manglar 33 el ambiente se enrareció de forma gradual y sin aviso, como si alguien hubiera trazado una línea invisible entre ellos, las pasarelas se volvieron viejas y peor mantenidas, con tablones que crujían bajo mi peso de forma lo bastante preocupante como para obligarme a repartir el peso, los mercados desaparecieron por completo para dar paso a tabernas de fachada cerrada y locales sin nombre de los que apenas salía movimiento pero de los que mi haki detectaba presencias agrupadas de tres en tres y de cuatro en cuatro. El olor también cambió, más denso, a madera podrida y agua estancada. Aquí el calor no era el mismo que junto al cuartel, sino húmedo y quieto por la falta de brisa entre los edificios apretados, y mi piel de gyojin empezó a reclamarme el líquido vital con esa comezón sorda que solo los de mi raza conocemos, por lo que fui bebiendo de la primera cantimplora que me habían dado en la cocina del cuartel de la marina a intervalos regulares mientras evitaba mirar demasiado el agua turbia que corría entre las raíces cuatro o cinco metros por debajo de las pasarelas, sabiendo que no era ni el momento ni el lugar.
La última vez que recorrí este camino, hacía cuatro años y siete meses, era un recluta de la división 21 que apenas sabía lo que buscaba y que tuvo que evadir a un grupo de esclavistas que le rodeó en un claro, saltando por encima de sus trampas y dejándolos atrás gritando de frustración. Esta vez el trayecto discurrió de otra forma, y no porque la zona hubiera mejorado, que seguía igual de podrida, sino porque la capa de Vicealmirante y los dos metros diez de tridente cruzados a mi espalda hablaban por sí solos, de modo que la mayoría de las presencias que mi haki captaba agazapadas tras las paredes se limitaron a quedarse quietas hasta que pasara. Solo en un punto la cosa estuvo cerca de torcerse, cruzando un tramo estrecho de pasarela de unos tres metros de ancho flanqueado por dos edificios de madera de diez metros de altura, cuando detecté a tres individuos apostados en el tejado de mi derecha, a unos doce metros por delante de mi posición y ocho de altura, con esa mezcla exacta de codicia y cálculo en sus emociones que delata a quien está sopesando si el botín compensa el riesgo. No me detuve ni giré la cabeza, simplemente levanté la mano izquierda por encima del hombro y les dediqué un saludo tranquilo con la palma abierta, haciéndoles saber que sabía perfectamente que estaban ahí, y para cuando terminé de cruzar el tramo las tres presencias ya se habían dispersado en direcciones opuestas.
Reconocí las ruinas en cuanto asomaron entre la vegetación, las mismas columnas derruidas y devoradas por el musgo que había cruzado años atrás, con los caminos de piedra tragados por las enredaderas extendiéndose en el corazón de aquella zona como el fantasma de un monumento que alguna vez fue esplendoroso. No me molesté con los corredores del interior ni con las trampas que años atrás me habían puesto a prueba, pues antes de despedirnos la última vez el propio Trident me había mostrado el atajo del flanco este, un sendero estrecho de metro y medio de ancho entre dos muros de piedra cubiertos de enredadera que desembocaba directamente en la cámara central, así que lo tomé sin dudarlo. Conforme avanzaba por él, mi haki de observación fue captando una única presencia viva en el centro de la zona de entrenamiento, tan tranquila, densa y desmesurada como la tenía grabada en la memoria, y junto con ella, subiendo de volumen a cada paso que daba, una música cargada de sintetizadores empezó a filtrarse entre las piedras hasta hacerme vibrar las suelas de las botas, un ritmo frenético de luces imaginarias y compases electrónicos que me arrancó una carcajada por lo bajo, pues en todo el archipiélago solo existía una persona capaz de montar semejante escándalo en mitad de unas ruinas olvidadas. Algunas cosas sencillamente no cambiaban. El pasillo desembocó por fin en la gran cámara circular que tan bien conocía, y lo primero que me llamó la atención fue la docena de focos de escenario que colgaban de las vigas derruidas del techo, montados con un esmero y una dedicación que solo un alma en el mundo estaría dispuesta a invertir en semejante despliegue. Bajo el único haz de luz que quedaba encendido, en el centro exacto de la sala, sosteniendo la pose final de vaya uno a saber qué acto de qué obra imaginaria, se encontraba mi segundo maestro del gyojin karate.
Trident Glam se alzaba en toda su gloria, dos metros de músculo esculpido sobre una piel verde que se aclaraba en el torso y el rostro, las aletas asomándole de los antebrazos y a ambos lados de la cara, un brazo alzado hacia el techo y el otro cruzado sobre el pecho, con la capa carmesí cayéndole de los hombros sujeta por el broche dorado con forma de cabeza de pez y la corona ornamentada destellando bajo la luz. Vestía únicamente aquel bañador corto rojo que le recordaba, las pezoneras en forma de corazón cubriéndole el pecho exactamente donde las tenía la última vez, los labios pintados de un morado intenso y los ojos y las cejas maquillados de un rojo que combinaba a la perfección con la capa. Estaba tal como le recordaba; él, sin volverse un solo grado proyectó su voz – “¡Un intruso osa profanar el clímax del acto tercero!” – gritó hacia un público que solo él veía. Solo entonces giró la cabeza lo justo para posar los ojos sobre mí, momento en el cual la máscara teatral se le resquebrajó en una sonrisa amplísima llena de dientes afilados – “¡Pero por todos los mares, si es mi besto friendo! ¿Cuánto ha pasado, alumno, cuatro años, cinco? Y mírate nada más, con capa y tridente cruzado a la espalda, has venido hasta mi humilde escenario a restregarle a este pobre artista incomprendido lo lejos que has llegado.” – bajé el tridente del hombro y lo apoyé con cuidado contra una de las columnas medio derruidas antes de acercarme, y me detuve a poco menos de dos metros de él tal como hice la primera vez que lo tuve enfrente, momento en el cual junté los brazos a los costados y le dediqué la reverencia respetuosa de siempre antes de erguirme y alzar la mano derecha con la palma abierta, buscando aquel saludo más informal que ambos habíamos compartido desde el día en que dejamos atrás la formalidad de maestro y alumno – “Cuatro años y siete meses, maestro, para ser exactos, y lo del tridente es culpa suya en buena parte, aunque usted todavía no lo sepa.” – le respondí dejando asomar uno de mis colmillos.
Trident y yo estrechamos las manos con una fuerza descomunal en parte por el gusto de vernos desde hacía tiempo y en parte para medir que tanto habíamos crecido tras el paso del mismo, y él me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta, los ojos maquillados de rojo entrecerrándose en esa lectura suya con la que podía ver hasta lo más profundo de mi alma. En los cuatro años y medio que habían pasado desde nuestra despedida yo había enterrado a más de un compañero de división, había tomado vidas por primera vez en Mystoria y las que vinieron después, había firmado cartas a familias que ni conocía ni nunca conocería y había cruzado islas cuyo recuerdo preferiría poder arrancarme de la memoria, por lo que encontrar al viejo pez rape abismal posando bajo sus focos como si el paso del tiempo fuera una construcción social en lugar de una realidad me asentó en el pecho algo que ni siquiera sabía que traía suelto. Él lo notó, por supuesto que lo notó, porque lo notaba todo por debajo de aquella capa de purpurina que se ponía encima para andar por el mundo – “Traes bastante más peso encima que la última vez, alumno, y no me refiero al músculo, que también, no te creas que no lo he notado.” – comentó soltándome la mano y girando sobre su propio eje con una pirueta completamente innecesaria para accionar un pequeño den den mushi de escenario que llevaba prendido en el interior de la capa, con lo cual la mitad de los focos se apagaron de golpe y dejaron la cámara en una penumbra mucho más cómoda para conversar – “Pero descuida, que se que no has venido aquí para ser juzgado ni es mi intencion hacerlo. Aunque sabes que en mi tienes un oído amigo, en caso de que lo necesites.” – con una mueca de alivio le expliqué el motivo de mi visita en pocas palabras, procurando no adornarlo más de la cuenta porque con Trident cualquier exceso de dramatismo conviene dejárselo a él, y le conté que en las últimas misiones había topado una y otra vez con el mismo límite, que por más que hubiera perfeccionado el gyojin karate cuerpo a cuerpo y hubiera sumado el tridente a mi repertorio para ganar dos metros de alcance, seguía existiendo una franja incómoda a la distancia que no conseguía cubrir con eficacia ni con los puños ni con el arma ni con el Samegawara seiken, y que ese vacío me había costado caro contra adversarios que brillaban por justamente saberse mantener apartados.
Antes de que me contestara aproveché para preguntarle por el manglar 33 y por lo de Akahige, pues lo había visto de camino y él lo habría vivido mucho más de cerca que yo, y aquello le sacó un monólogo de media hora sobre la barbarie de destruir un manglar entero, sobre la reconstrucción que según él termino de enterrar la poca alma que quedaba en la zona y sobre cómo la madera nueva no tenía la gracia de la vieja, argumento que solo él en el mundo entero consideraría relevante en semejante contexto. Cuando por fin volvió al asunto que me traía, se detuvo en seco, se pasó lentamente la lengua por los dientes afilados y me clavó aquella mirada críptica que ya le conocía – “El Samegawara seiken que te enseñé te lanza un único golpe, perforante, letal, precioso a su manera, capaz de atravesar a un enemigo de lado a lado con el vapor de agua comprimido.” – dijo por fin, caminando hacia el fondo de la cámara donde tenía dispuesta contra el muro una hilera de seis blancos de madera separados entre sí por poco menos de un metro – “Pero es una técnica pensada para bailar cuerpo a cuerpo ¿me entiendes? Existe una técnica que resuelve justo eso, y no te voy a mentir, dudé seriamente si mostrártela, porque exige un control del reparto del agua que apenas un puñado de discípulos en toda mi carrera ha llegado a alcanzar. – alzó la mano derecha con los cinco dedos bien separados, la mantuvo un instante en alto como quien deja crecer la expectación de un teatro repleto, y de pronto la sacudió con un movimiento seco hacia la hilera de blancos que descansaban a treinta metros de nuestra posición – “Se llama Murasame.” – dijo, y de aquel único gesto no brotó un proyectil sino una decena de gotas de agua comprimida del tamaño aproximado de un guijarro cada una que cruzaron la cámara en un abanico apretado y silbante, reventando los seis blancos de forma casi simultánea. Mientras el aire se llenaba de virutas flotando bajo el haz de los focos yo me quedé quieto, contando los impactos y calculando el patrón – “Se parece un poco a Uchimizu, pero mejor, más potente.” – dije más para mí que para él.
Trident dio una sola palmada, encantado de que lo hubiera pillado tan rápido, y se acomodó de nuevo la corona con ambas manos tapando la pequeña antena luminosa que yo sabía que ocultaba debajo, momento en el cual su tono se volvió un punto más grave, más de maestro y menos de actor – “Exactamente eso. Donde el Uchimizu es un solo impacto, el Murasame barre a un grupo entero.” – caminó hasta los blancos destrozados y arrancó una astilla del central antes de continuar – “Pero aquí viene el precio que casi ningún aspirante está dispuesto a pagar, y presta atención porque es la esencia misma de la técnica. Cada gota que sumas al aguacero aumenta la fuerza y precisión que debes emplear a todas las demás, por lo que ejecutar el Murasame es un ejercicio constante de balance.” – dijo Trident, demostrando nuevamente su gran sabiduría en el dominio del gyojin karate. Empezamos esa misma tarde, sin darme apenas tiempo de recuperar el aliento tras las cuatro horas de caminata, porque si algo caracterizaba a Trident por debajo de toda su parafernalia era que no perdía ni un minuto una vez que decidía enseñar. Me condujo fuera de la cámara por un pasadizo lateral hasta el mismo claro donde corría aquel arroyo artificial que años atrás me había servido para aprender el Samegawara seiken, ahora bastante más crecido y con la corriente reforzada por lo que supuse serían nuevas canalizaciones construidas en su tiempo libre entre obra y obra, y me plantó frente a una hilera de blancos a ocho metros para que reprodujera lo que acababa de mostrarme. Los primeros intentos fueron un desastre absoluto, de esos que le bajan a uno los humos de golpe por más capa que lleve a la espalda, pues al ejecutar el movimiento base forzando la fragmentación del agua en el punto de salida, la mitad de las gotas se me deshicieron en el aire antes de recorrer siquiera tres metros, evaporándose en una nube inútil de vapor, mientras la otra mitad salió disparada con tan poca cohesión y en una dispersión tan salvaje que ni una sola llegó a rozar los blancos. Trident, mientras tanto, se había sentado en una roca a comer fruta y narraba cada uno de mis fallos en voz alta y en tercera persona, como si comentara la escena para un público inexistente.
El problema, comprendí tras casi dos horas de fracasos encadenados, era que yo trataba el agua como una única masa que reventaba al azar en el momento del lanzamiento, cuando lo que él hacía en realidad era definir cada gota por separado antes de soltarla, imponerle a cada una un rumbo, una velocidad y un peso concretos en el mismo instante en que abandonaban su mano. Era parecido de cierta forma a lo que hago con el haki, solo que esa energía es mía y esta agua no lo es, y esa diferencia era como el día y la noche. Por eso Trident me obligó a dejar los lanzamientos y a pasar el resto de la tarde con la mano derecha sumergida hasta la muñeca en la corriente, separando el agua en hilos finos con los dedos y sintiendo cómo cada uno respondía de forma distinta según la presión que le aplicara. Nuevamente de vuelta a hacer un ejercicio lento, tedioso y frustrante como las dos veces anteriores que entrené con él, que llegué a odiar tanto como él disfrutó viéndome sufrir – “El agua es caprichosa, Fuguwu, tienes que conocer a cada gota por su nombre.” – me soltó en algún momento del entrenamiento algo que estuve tentado a descartar como filosofía barata pero que no me atreví a hacer por respeto a mi maestro, sabía que mi frustración estaba generándome estragos. Tras dormir apenas cinco horas y desayunar pescado seco ya lograba una descarga bastante más decente, varias gotas dirigidas contra tres blancos situados a diez metros con dos de cada tres impactos cayendo más o menos donde pretendía, progreso que Trident recompensó de inmediato subiendo la exigencia como acostumbraba a hacer en cuanto mostraba un atisbo de mejora. Me puso a ejecutar el Murasame en movimiento, corriendo en zigzag entre las columnas medio derruidas de la cámara mientras él, plantado en el centro con una pila de escombros a sus pies, me arrojaba fragmentos de piedra de distintos tamaños que yo debía interceptar en pleno vuelo con el aguacero antes de que me alcanzaran. Ahí la técnica me mostró su verdadera cara, porque calcular la dispersión y el número de gotas con los pies firmes era una cosa y hacerlo mientras corría a toda velocidad esquivando obstáculos era otra completamente distinta, de modo que me comí más de un pedrusco en toda la extensión de la palabra.
Tras casi una hora de entrenamiento continuo, con el sudor corriéndome por la calva, la gorra y la capa de la marina descansando felizmente con el resto de mis cosas en otra estancia, cuando probé por fin lo que llevaba considerando desde la primera demostración, que fue sustituir el agua por el veneno que secreto de los nudillos. Esto ya lo había intentado anteriormente con cada una de las técnicas del gyojin karate que me lo permitían pues la idea me fascinaba, imaginar un aguacero de gotas de veneno lanzadas de un solo gesto sería un arma devastadora contra cualquier grupo, pero el resultado me confirmó lo que ya me temía por lo que me había pasado años atrás con el Samegawara seiken y el Uchimizu, y es que la densidad del veneno es distinta a la del agua, más viscosa y pesada, con unas propiedades que le deshacían por completo el patrón de dispersión que tanto me estaba costando dominar, saliendo las gotas agrupadas, lentas y sin la cohesión necesaria. Aparté la idea mentalmente para trabajarla más adelante en solitario, lejos de la mirada demasiado curiosa de Trident, pues no tenía intención de mostrarle a nadie los detalles finos de una técnica envenenada, literalmente. Pasaron un par de días hasta que, tras demostrar el suficiente avance, Trident me pidió que dedicaramos la siguiente parte del entrenamiento a enfocarnos en la precisión bajo condiciones adversas, y él, fiel a su naturaleza, convirtió cada prueba en un pequeño espectáculo. Me llevó primero a una sección de las ruinas que se inundaba con la marea alta, donde el agua salada subía hasta cubrir el suelo con una lámina de unos treinta centímetros, y me hizo practicar el aguacero manteniendo el equilibrio sobre las piedras resbaladizas que asomaban de la superficie, obligándome a no utilizar el Geppo para no caer al agua en caso de perder el balance pues si bien era una técnica que podía usar en el futuro, rompía por completo la razón de este entrenamiento. Después montó la prueba que de verdad me costó, apagando todos los focos salvo uno que orientó hacia el techo para dejar la cámara en penumbra, y me pidió que acertara a blancos colgados de las vigas a distintas alturas y distancias, entre los veinticinco y los treinta metros, sin permitirme usar el haki de observación, con lo cual tuve que concentrarme en evitar usarlo a la vez que buscaba realizar la técnica. Era verdaderamente frustrante lo que me exigía Trident, lo sentía como si me pidiera que me extirpara los ojos, quedando completamente apartado de uno de mis sentidos. Fallé una y otra vez durante horas, con la frustración creciéndome en el pecho hasta que, en un momento dado, respirando hondo y contando mentalmente hasta tres para serenarme como él mismo me había enseñado años atrás, dejé de intentar encontrar el agua y simplemente la sentí, tras lo cual un aguacero cruzó la penumbra y reventó tres de los cuatro blancos colgantes – “¡Gowowo wowo, lo he conseguido!” – celebré cerrando los puños y alzándolos en señal de victoria.
Para la tarde de aquel día, con el sol de primavera declinando y tiñendo de anaranjado la luz que se colaba por las grietas del techo, ya era capaz de ejecutar el Murasame con un control que al empezar me habría parecido imposible de alcanzar en tan poco tiempo, regulando a voluntad la distancia hasta alcanzar los 30 metros según lo que el momento requiriera, y todo ello sin detener mi propia carrera ni perder el equilibrio sobre terreno irregular. Trident dio el entrenamiento por concluido con una reverencia exageradísima que abarcó a un público imaginario de miles de espectadores, inclinándose hasta casi rozar el suelo con la corona antes de erguirse de golpe con los brazos extendidos hacia el techo, y aprovechó el gesto para volver a encender la totalidad de los focos y bañar la cámara en aquella luz de escenario que tanto disfrutaba. Recogí el tridente de la columna donde lo había dejado apoyado tres días atrás y me lo crucé de nuevo a la espalda ajustando las correas sobre los hombros, comprobé que la capa y la gorra, aunque cubiertas de polvo de piedra y virutas de madera, seguían en condiciones dignas de un Vicealmirante que pronto tendría que volver a la base, y antes de encaminarme hacia la salida me detuve frente a Trident y le repetí, tal como hice la primera vez que nos despedimos, que su nombre y el del gyojin karate llegarían lejos gracias a este alumno, y que esperaba que nuestra amistad perdurara más allá de los años y las distancias que la marina fuera poniendo entre nosotros. Trident me escuchó con una mano apoyada sobre el pecho, justo encima de una de las pezoneras en forma de corazón, y por un instante muy breve me pareció ver un brillo distinto en aquellos ojos maquillados de rojo antes de que volviera a taparlo todo con su capa de purpurina de siempre – “Cuando quieras volver, mi besto friendo, este viejo teatro tiene un asiento reservado para ti en primera fila. Aunque me temo que no tengo nada más que enseñarte, si quieres seguir dominando este arte tendrás que volver al Nuevo Mundo.” – me dijo acompañándome hasta la boca del atajo del flanco este. La noticia me tomo inicialmente por sorpresa, pero lo acepte de buena forma igualmente. Al final de cuentas, el Nuevo Mundo era nuestro destino, y Trident no era mi único maestro en este arte marcial, por lo que era lógico que en aquellos mares aun mas bravos que los del Paraiso se encontraran personas con mayor dominio del Gyojin Karate, y yo estaba empecinado a encontrarles y hacerles enseñarme.

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