23-07-2026, 01:30 PM
(Última modificación: 23-07-2026, 01:34 PM por Moja.
Razón: Añadir estado virulencia
)
El "Dirigente" no tardó en soltar los resultados de la prueba de resistencia con su habitual numerito chillón desde la nube. Cuando gritó que Juan Sebastián, el gyojin-tortuga de la 80, había reventado la máquina con seis mil y pico skybares superando al mismísimo Emperador, las gradas casi se caen a pedazos del estruendo. A Moja, sin embargo, lo que le interesaba era la cifra de Kael.
“¡Kael consigue una increíble marca de dos mil ochocientos skybares! ¡Superando al nivel Custodio por bastante!”
Segundo puesto de la prueba.
Moja no dijo una sola palabra, pero la satisfacción se le notaba en la forma en que el pelaje negro de los hombros se le relajó ligeramente. Kael, siendo un mero Soldado Raso, le había pasado la mano por la cara a piratas gigantes con recompensas de cientos de millones, a oficiales con capas elegantes y a tipos con caras de pocos amigos. El mink pantera se giró apenas un par de centímetros hacia su compañero de cubículo y, sin deshacer los brazos cruzados ni mover el rostro de la pista, le dedicó un asentimiento de cabeza firme, seco, de soldado a soldado. Un reconocimiento tácito de que había cumplido con la orden y dejado el pabellón de la Marina en lo más alto.
Las cuentas cuadraban un poco mejor ahora. Con el hito de Kael, el Equipo Tres subía posiciones hasta el quinto lugar en el recuento general, empatando con ciento quince puntos. No era el liderato, pero para haber empezado con una descalificación por culpa de la loca de la Maki, estaban salvando los muebles con bastante dignidad.
Sin dar un respiro, el presentador lanzó la última prueba de esta primera fase: la **Prueba de la Certeza**.
Un Den Den Mushi verde, gordo y asqueroso montado sobre un tocón que, tras un eructo, liberaba moscas para que los participantes les dispararan desde distintas líneas de tiza pintadas en la arena. Precisión pura a distancia. En el Equipo Tres le tocaba cerrar el turno a Masami.
Moja observó al muchacho de la 80 avanzar hacia la línea. Masami iba temblando un poco, suspirando por los rincones y reconociendo abiertamente que no era el más diestro con un revólver, pero al menos no intentó huir ni montó un circo descarado esta vez. Se colocó a una distancia prudente, respiró hondo, sacó el revólver y, tras aguantar el pulso un segundo que se hizo eterno, apretó el gatillo. La bala le dio de lleno a la mosca.
Moja asintió para sus adentros, de forma imperceptible. No había sido una marca desde doscientos metros como los tiradores profesionales, pero el chaval había hecho su trabajo sin avergonzar el uniforme.
Sin embargo, a mitad de la prueba, ocurrió algo rarísimo.
Cuando le tocó salir al tipo del sombrero y la gabardina, un tal Varo Ganchín del Equipo Ocho, el sujeto saltó a la pista y se plantó a unos metros frente a los cubículos centrales. El pavo llevaba una cara de susto tremenda y no dejaba de mirar de reojo a los marines, pero de pronto, el aire de la arena cambió. No hubo ruidos, ni destellos de frutas del diablo, ni explosiones de humo, pero un escalofrío helado y desagradable le recorrió a Moja la columna vertebral desde la cola hasta la nuca.
El mink sintió una pesadez repentina en las articulaciones. Las piernas, que hasta hacía un momento estaban ligeras y en tensión por la adrenalina, le pesaron de golpe como si llevara grilletes de hierro en los tobillos. Le dio un mareo tonto, una sensación de debilidad extraña y ajena, como si el sol de Skypiea le hubiera pegado un golpe de calor en la cabeza de improviso o como si llevara tres días sin comer. Moja parpadeó con fuerza, hincando las garras en la madera de la baranda del cubículo para no perder el equilibrio.
Las orejas felinas se le pegaron a la cabeza por puro instinto de alerta. Sus pupilas amarillas se redujeron a dos rendijas mientras escudriñaba al tipo del sombrero. Sabía distinguir perfectamente entre el cansancio físico real y un ataque disimulado.
-Maldita sea...- masculló entre dientes, soltando un bufo caliente por la nariz.
El pirata de la gabardina estaba haciendo alguna trampa o usando alguna habilidad rastrera para debilitar a los demás desde la distancia mientras se preparaba para disparar. A Moja le quemó la rabia por dentro; odiaba los trucos sucios. Apretó los puños contra la madera, obligando a sus músculos a reaccionar contra esa flojera artificial a base de pura disciplina militar. Clavó la mirada en la pista, aguantando el malestar en silencio mientras veía cómo los últimos participantes, incluida la chica Nyra de la 75 que tuvo que pelearse con el seguro de la pistola antes de dar en el blanco, terminaban de cerrar la prueba. La primera ronda de los juegos estaba a punto de concluir, y Moja solo esperaba el recuento final para ver dónde quedaba parada la Marina tras este atracón de polvo, trucos de piratas y moscas celestiales.
“¡Kael consigue una increíble marca de dos mil ochocientos skybares! ¡Superando al nivel Custodio por bastante!”
Segundo puesto de la prueba.
Moja no dijo una sola palabra, pero la satisfacción se le notaba en la forma en que el pelaje negro de los hombros se le relajó ligeramente. Kael, siendo un mero Soldado Raso, le había pasado la mano por la cara a piratas gigantes con recompensas de cientos de millones, a oficiales con capas elegantes y a tipos con caras de pocos amigos. El mink pantera se giró apenas un par de centímetros hacia su compañero de cubículo y, sin deshacer los brazos cruzados ni mover el rostro de la pista, le dedicó un asentimiento de cabeza firme, seco, de soldado a soldado. Un reconocimiento tácito de que había cumplido con la orden y dejado el pabellón de la Marina en lo más alto.
Las cuentas cuadraban un poco mejor ahora. Con el hito de Kael, el Equipo Tres subía posiciones hasta el quinto lugar en el recuento general, empatando con ciento quince puntos. No era el liderato, pero para haber empezado con una descalificación por culpa de la loca de la Maki, estaban salvando los muebles con bastante dignidad.
Sin dar un respiro, el presentador lanzó la última prueba de esta primera fase: la **Prueba de la Certeza**.
Un Den Den Mushi verde, gordo y asqueroso montado sobre un tocón que, tras un eructo, liberaba moscas para que los participantes les dispararan desde distintas líneas de tiza pintadas en la arena. Precisión pura a distancia. En el Equipo Tres le tocaba cerrar el turno a Masami.
Moja observó al muchacho de la 80 avanzar hacia la línea. Masami iba temblando un poco, suspirando por los rincones y reconociendo abiertamente que no era el más diestro con un revólver, pero al menos no intentó huir ni montó un circo descarado esta vez. Se colocó a una distancia prudente, respiró hondo, sacó el revólver y, tras aguantar el pulso un segundo que se hizo eterno, apretó el gatillo. La bala le dio de lleno a la mosca.
Moja asintió para sus adentros, de forma imperceptible. No había sido una marca desde doscientos metros como los tiradores profesionales, pero el chaval había hecho su trabajo sin avergonzar el uniforme.
Sin embargo, a mitad de la prueba, ocurrió algo rarísimo.
Cuando le tocó salir al tipo del sombrero y la gabardina, un tal Varo Ganchín del Equipo Ocho, el sujeto saltó a la pista y se plantó a unos metros frente a los cubículos centrales. El pavo llevaba una cara de susto tremenda y no dejaba de mirar de reojo a los marines, pero de pronto, el aire de la arena cambió. No hubo ruidos, ni destellos de frutas del diablo, ni explosiones de humo, pero un escalofrío helado y desagradable le recorrió a Moja la columna vertebral desde la cola hasta la nuca.
El mink sintió una pesadez repentina en las articulaciones. Las piernas, que hasta hacía un momento estaban ligeras y en tensión por la adrenalina, le pesaron de golpe como si llevara grilletes de hierro en los tobillos. Le dio un mareo tonto, una sensación de debilidad extraña y ajena, como si el sol de Skypiea le hubiera pegado un golpe de calor en la cabeza de improviso o como si llevara tres días sin comer. Moja parpadeó con fuerza, hincando las garras en la madera de la baranda del cubículo para no perder el equilibrio.
Las orejas felinas se le pegaron a la cabeza por puro instinto de alerta. Sus pupilas amarillas se redujeron a dos rendijas mientras escudriñaba al tipo del sombrero. Sabía distinguir perfectamente entre el cansancio físico real y un ataque disimulado.
-Maldita sea...- masculló entre dientes, soltando un bufo caliente por la nariz.
El pirata de la gabardina estaba haciendo alguna trampa o usando alguna habilidad rastrera para debilitar a los demás desde la distancia mientras se preparaba para disparar. A Moja le quemó la rabia por dentro; odiaba los trucos sucios. Apretó los puños contra la madera, obligando a sus músculos a reaccionar contra esa flojera artificial a base de pura disciplina militar. Clavó la mirada en la pista, aguantando el malestar en silencio mientras veía cómo los últimos participantes, incluida la chica Nyra de la 75 que tuvo que pelearse con el seguro de la pistola antes de dar en el blanco, terminaban de cerrar la prueba. La primera ronda de los juegos estaba a punto de concluir, y Moja solo esperaba el recuento final para ver dónde quedaba parada la Marina tras este atracón de polvo, trucos de piratas y moscas celestiales.
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