15-08-2023, 09:44 AM
— ¡Donde vas pedazo de idiota! — Llegué a decir cuando Khruner abandonó nuestra formación. Lo peor no fue eso, lo peor es que con el se marcharon varios. ¿Es que nadie pensaba un poco? se había llevado un niño el gorila ese, vale ¿pero y los niños que quedaban aquí? ¿y todos los demás? — Te has juntado con gente un poco gilipollas — Le comenté a Derya, la única con un poco de cabeza a mi parecer. — Bueno y yo ... — Eso lo susurré para que nadie pudiera escucharlo, giré incluso la cabeza, escupiéndoselo a otro niño que me miraba. Le enseñé la lengua y se marchó. Se me daba bien asustar a niños, una cualidad para la que uno no está preparado.
Con el ajetreo de los que se fueron, todos, por inercia empezamos a hacer piña. Menos mal que estos si sabían cómo tenía uno que defenderse cuando no ves una puta mierda, es de noche y hay potenciales enemigos por todas partes. Yo me las apañé para hacer cuerpo con Derya, su brazo y el mío se tocaban, estaba a mi derecha, prefería tenerla cerca a ella y no a gente que no conocía de nada.
— ¿No te parece un lugar parecido a la cueva en el mar?— Los sonidos ambientales se podían ver de dos maneras; pájaros cantando a la melodía que ofrecía la noche o aterradoras aves gigantes esperando el momento de cazar el alimento para sus crías. La suerte o desgracia de poseer ciertas habilidades ofensivas y defensivas, es que uno se solía confiar, dándole poco valor a momentos así.
Una de las mujeres del grupo encendió una antorcha, vete tú a saber con qué, porque no pude verlo. Estaba demostrando tener más iniciativa racional que muchos. Se sentó junto a su hija, resultó ser la misma mujer que sufrió aquel ataque de pánico, tenía tres críos, todos a su lado como una pequeña manada y casualidades de la vida, me tocaron al otro lado. Derya por un costado y ellos por el otro. Formábamos un círculo un poco uniforme, pero servía para protegernos.
La mujer Intentaba anclar la antorcha en medio del círculo para que la luz les llegara a todos por igual, un bonito acto de empatía. No lo pensé ni un momento, se la quité de las manos con poca delicadeza, eso llamó a ojos atentos que no se fiaban ni un pelo de mí ni de mi rostro. Clavé con fuerza la antorcha por la mujer, lo que calmó los ánimos. Bajó su cabeza, muestra de agradecimiento ante mí. Me encantaba que me mostraran respeto, era una filia o algo, es que me gustaba mucho. Pasé mi dedo índice por el fuego, robándole parte de su poder. Pequeños cuadraditos de fuego del tamaño de una pulga se formaron en mi mano. Jugaba con ellos, atrayendo así la mirada inocente de los niños, que por primera vez en varias horas mostraron amplias sonrisas.
Con el ajetreo de los que se fueron, todos, por inercia empezamos a hacer piña. Menos mal que estos si sabían cómo tenía uno que defenderse cuando no ves una puta mierda, es de noche y hay potenciales enemigos por todas partes. Yo me las apañé para hacer cuerpo con Derya, su brazo y el mío se tocaban, estaba a mi derecha, prefería tenerla cerca a ella y no a gente que no conocía de nada.
— ¿No te parece un lugar parecido a la cueva en el mar?— Los sonidos ambientales se podían ver de dos maneras; pájaros cantando a la melodía que ofrecía la noche o aterradoras aves gigantes esperando el momento de cazar el alimento para sus crías. La suerte o desgracia de poseer ciertas habilidades ofensivas y defensivas, es que uno se solía confiar, dándole poco valor a momentos así.
Una de las mujeres del grupo encendió una antorcha, vete tú a saber con qué, porque no pude verlo. Estaba demostrando tener más iniciativa racional que muchos. Se sentó junto a su hija, resultó ser la misma mujer que sufrió aquel ataque de pánico, tenía tres críos, todos a su lado como una pequeña manada y casualidades de la vida, me tocaron al otro lado. Derya por un costado y ellos por el otro. Formábamos un círculo un poco uniforme, pero servía para protegernos.
La mujer Intentaba anclar la antorcha en medio del círculo para que la luz les llegara a todos por igual, un bonito acto de empatía. No lo pensé ni un momento, se la quité de las manos con poca delicadeza, eso llamó a ojos atentos que no se fiaban ni un pelo de mí ni de mi rostro. Clavé con fuerza la antorcha por la mujer, lo que calmó los ánimos. Bajó su cabeza, muestra de agradecimiento ante mí. Me encantaba que me mostraran respeto, era una filia o algo, es que me gustaba mucho. Pasé mi dedo índice por el fuego, robándole parte de su poder. Pequeños cuadraditos de fuego del tamaño de una pulga se formaron en mi mano. Jugaba con ellos, atrayendo así la mirada inocente de los niños, que por primera vez en varias horas mostraron amplias sonrisas.
