24-07-2026, 12:54 AM
(Última modificación: 24-07-2026, 01:43 AM por Stroud Nanashi.)
Mientras El Dirigente continuaba con sus anuncios y explicaba la siguiente prueba, de camino a otro de los cubículos, aquel tipo enorme, Sigurd Haakon, pareció girarse bruscamente en su dirección, observándolo por un instante. Sus ojos grises se clavaron con frialdad muda en los suyos, y ambas miradas se cruzaron por apenas un segundo, antes de que el pirata llegase a su área y empezase a hablar con Shin. Los mantuvo bajo su atenta mirada brevemente, observando sus ademanes y viendo cómo cuchicheaban. Tal vez fuese por lo que había leído en los periódicos, pero había algo en su comportamiento, en su lenguaje corporal, en su manera de conducirse, que le producía un asco profundo, como si le corriese un insecto por encima. Y los pequeños insectos, por llamativos que pudiesen ser sus colores aposemáticos, por mucho que fanfarroneasen, también podían encontrarse con insectos más grandes. Y una ballena, por enorme e imponente que pudiese resultar, podía encontrarse con una orca.
Stroud permanecía allí, clavado sobre el cubículo, cruzado de brazos y contemplando el transcurso de las distintas pruebas. El primero era el tal Kiyoshi Maeda. El Comandante Cangrejo Tortuga Juan Sebastián había hecho un comentario acerca de la insalubre cantidad de piratas presentes en aquel lugar. Stroud dio una calada de su pipa Saltfin, manteniendo la cazoleta apoyada sobre el índice y el pulgar de su mano derecha, y exhalando sendas líneas de humo con lentitud a través de sus fosas nasales. Asintió con la cabeza, su expresión tornándose en una de desprecio ante cuanto podía ver, si bien sus ojos no parecían estar realmente fijándose en las pruebas en aquellos instantes. Era el turno de Bertram, que parecía conducirse de la manera habitual, y después llegó el turno de Miyori. "Es repugnante," afirmó con contundencia mientras la pirata tensaba su arco. Su tono era el de siempre, el característico, pero había bajado su voz hasta convertirla prácticamente en un murmullo gutural. "Merece la pena preguntarse por qué el Gobierno Mundial aún no ha echado el guante sobre este lugar," dijo sin apartar los ojos de los participantes, haciendo un ademán con la cabeza hacia Juan Sebastián. Llegaba el turno de Varo Ganchin, cuya cara se le hacía inconfundible entre las que llevaba tiempo viendo en los carteles de wanted. "Y en el momento en q-"
Parecía dispuesto a continuar hablando, pero su visión comenzó a volverse borrosa repentinamente, y las palabras parecieron quedarse en alguna parte del camino, perdiéndose en su garganta. Parpadeó varias veces, volviendo en sí, entornando los ojos. Sin siquiera darse cuenta, había comenzado a sudar de una manera impropia de él; un chorreón de sudor cayó por su frente, deteniéndose sobre su ceja, y sintió que su cuerpo entero había comenzado a temblar ligeramente. Exhaló con calma, intentando recobrar la compostura. Absteniéndose de entrar en alarma por el momento, su mente comenzó a buscar respuestas. ¿Había comido algo en mal estado? No debía ser el caso; lo último que había comido había sido uno de los platos de Kibai, durante la travesía hasta aquel lugar. ¿El puñetero leopardo le había echado algo en los macarrones? Intentó vislumbrar al mink desde su cubículo. No, no podía ser. Sacudió la cabeza, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano con que sujetaba su pipa. ¿Lo había envenenado alguien? ¿Le había dado una insolación, al encontrarse tan cerca del sol? ¿Le faltaba el aire, de alguna manera, a aquella altura sobrenatural? Respiró con pesadez. Hizo un esfuerzo activo por controlar su respiración: inspiró durante siete segundos, y mantuvo el aire en su pecho, henchido, durante otros siete segundos, antes de soltarlo todo lentamente a través de la nariz. Era una de las técnicas de autorregulación que aprendían todos los soldados de la Marina para ocasiones en que se pudiese terciar. Sin embargo, no parecía estar sirviendo de nada, más que para despejar su mente. Todo parecía amplificarse, como si se estuviera poniendo gravemente enfermo. Mantuvo su postura, aún cruzado de brazos y manteniendo, a duras penas, recta su espalda, mientras el ruido de las gradas y los cubículos, por igual, pasaba a un segundo plano, diluyéndose en el ambiente. Continuó inspirando. Los competidores continuaban pasando uno detrás del otro, realizando su prueba, mientras el joven Nanashi disociaba. Cambió el agarre de la mano con que sujetaba la pipa, pasando a colocar su pulgar, su índice y su corazón en la cazoleta, quemándose con las brasas que ardían bajo su superficie. Era lo que pretendía hacer; lejos de quitar los dedos de la fuente de calor, los acercó más a las brasas, permitiendo que se abrasasen ligeramente. Aquella quemazón lo trajo de vuelta a la realidad, y le sirvió como —lo más cercano a— una garantía de que no era su imaginación; el dolor actuaba como un ancla que lo fijaba a la realidad. Inspiró y exhaló profundamente, soportando el dolor de la brasa, antes de volver a sujetar la pipa por el lugar adecuado y recobrando, al menos en parte, su concentración.
Había llegado el turno de la soldado Kuroshiro, que se había disculpado por no lograr el tercer puesto. Alzó una ceja. "No se preocupe, soldado," dijo, procurando que en su voz no se notase el tembleque que se había intentado hacer con su cuerpo, "hágalo lo mejor que pueda. No se le exige más." Se acomodó en su postura, apuntalando sus brazos sobre su pecho, y observó cómo Nyra se dirigía al público, avisando de cómo aquel sería su primer disparo. Hizo un ademán hacia Juan Sebastián. "Espera, ¿no ha disparado nunca?," inquirió, alzando una ceja. No le preocupaba ganar o perder en aquella competición, como había sugerido Nyra; le preocupaba más aquella cuestión del deseo. El Emperador parecía, a todas luces, ser alguien poderoso, acaudalado e importante, y no solo en el contexto de Skypiea, sino más allá, lo suficiente como para que los periódicos le prestasen toda su atención ante la convocatoria de los Juegos. Alguien así, de quererlo, podía conceder un deseo, paradójicamente, indeseable para el resto del mundo, según quién lo pidiese. Fuera quien fuera Zarutsuki, ostentaba la capacidad, o la apariencia, de poder cambiar el mundo de una forma u otra. Eso, o era un farol, y no parecía ser alguien que se tirase más faroles de los estrictamente necesarios.
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