26-07-2026, 07:52 PM
Asentí feliz cuando comentó que aquel perfume funcionaría. ¡Un problema menos!
Otra cuestión completamente distinta sería el de ver quién tenía la culpa de no poder hablar cuando te estiran las mejillas, y la risa luchaba por salir de mis labios cuando, al hablar tras aquella carcajada, él también infló las suyas. ¡Pero qué caradura!
—¡Ah, ¿sí?! ¡Pues la próxima vez seré yo quien te ataque a ti y te haga hablar, a ver si así me enseñas cómo se hace! —me fingí también indignada, cruzándome de brazos al tiempo que le sacaba la lengua.
Sin embargo, mis iris se abrieron de golpe en cuanto dijo que quizás yo no era digna, que terminaba la sesión ¡¡y que se iba a dormir!! Tras aquel fogonazo de luz, tardé un par de segundos en procesar lo que acababa de pasar. Su picardía al sonreír no se iba de mi mente. ¡Ah, no, no, no! ¡No se va a salir con la suya!
—¡Shin! —lo llamé, picada—. ¡Me lo has prome...!
Pero, antes de poder ponerme en pie, apareció de nuevo ante mí con su característico saludo alegre, esta vez con un libro entre sus manos.
—¡¿Es el álbum?! —exclamé emocionada. Si él invadió un poco mi espacio personal al sentarse junto a mí, yo acorté aún más la distancia, colocando la parte superior de mi pierna y brazo en contacto directo con los suyos, deseando ver lo mejor posible cuanto se encontraba entre aquellas páginas. En cuanto hizo su pequeña advertencia, mi mirada pasó de la luz de su dedo a buscar aquellos iris de cielo.
—¡No te preocupes! Yo nunca me burlaría~ —garanticé con una alegría decidida acompañada por el movimiento de mi cola.
Tras la expectativa que aumenta aquella página en blanco, me sorprende la imagen de una familia en la que sólo hay una sonrisa… y no es la de él. La mía sigue presente, pero mengua un poco mientras analizo la foto.
—¿Ese eres tú? —inquirí con curiosidad.
Además de casi retórica, quizás era una pregunta ridícula. El color de cabello y ojos es idéntico, y a pesar de los años el rostro de Ichiro sigue siendo prácticamente el mismo. Por unos segundos, trato de imaginar cómo habría sido tenerlo como padre. La expresión de ese niño, su mirada…
La voz de Shin guía mi atención hacia los distintos detalles de aquellas ropas. Símbolos, color, la más alta formalidad… La misma que habría en el omiai.
Asentí, confirmando que había memorizado cada palabra.
La siguiente captó también mi atención. Automáticamente pensé en el día en que mi maestro me entregó mi primera espada, con una edad más o menos similar a la de él, quizás siendo yo unos pocos años mayor. Incluso en nuestras circunstancias, Ritsu dotó de formalidad y un juramento aquella entrega.
Pero la mayor diferencia entre esa foto y mis recuerdos no era la ausencia de lujos, la diferencia de las vistas ni que nosotros estuviéramos en una casa a la que poco le faltaba para caerse a pedazos.
Aquel día, yo apenas podía controlar mi emoción… mientras que Shin…
De nuevo, sus palabras me centran en las prendas. No se me escapa su suspiro, y mis aguamarinas lo buscan por un segundo. ¿Cansancio? ¿Hartazgo por su padre? ¿O algo más…? Pronto, mis pupilas viajan de nuevo a aquella imagen. Aunque me pidió que no le diera importancia, una parte de mí se quedó con ella. ¿Qué sintió él aquel día…?
Un nuevo recuerdo se muestra al pasar la página. Un niño rodeado de adultos que actúa como uno de ellos… y está muy lejos de fingir o ser un juego. Son todos tan idénticos…
La inesperada broma reaviva las ascuas de una sonrisa casi extinta. ¿Quizás a él le gusta hacer esos comentarios y meterse con otros para tratar de divertirse un poquito lo que no pudo siendo pequeño?
—Supongo que tiene sentido. —Quizás los Hiroshi piensen que lo habrían “educado mejor” de haberse criado con ellos.
Me siento enfermar cada vez que pienso en que no lo ven más que como un objeto…
Pero todo malestar desaparece en cuanto alguien más aparece en escena.
―¡¿Mini-Kael?!
Mi cola se mueve brevemente de nuevo, equiparando mi felicidad a la de él por ver aquel mismo y acostumbrado par, pero muchos años atrás. ¡Ya en ese entonces Kael era superserio! Pero lo que más capta mi atención es la primera sonrisa que veo en aquel niño que era Shin.
Y, además, ¡un ejemplo de ropa de cuando no se pertenece al clan! Ciertamente, contrastaba con la del albino.
Reí un poquito ante aquella anécdota. ¿Tan chiquito y ya tan práctico para saber a quién acercarse? ¿Incluso supo ganarse a Ichiro? Sin duda, Kael tiene un don para eso. ¿Cómo debió de sentirse cuando se enteró de la verdad en cuanto a las habilidades del que se convertiría en su mejor amigo? Me siento tan feliz de poder ser un poquito testigo de cómo se convirtieron en una fuente de felicidad el uno para el otro…
—Es tan bonito ver cómo hiciste al fin un amigo… —comento sin dejar de observar la foto hasta que la página gira de nuevo.
Muchos años parecían perdidos de repente, pero su sonrisa volvía a aparecer, esta vez adornada con sus características gafas de sol. Debía de ser algo bastante rebelde, porque a pesar de estar borroso, Ichiro parecía molesto al verlo.
—¿Y por qué no le iba a hacer caso? ¡Estás muy guapo! —admito abiertamente, buscando su mirada con curiosidad—. ¿Te la hizo ella?
Me lo planteo porque ha dicho que era una de las favoritas de su madre. Quizás incluso fue idea suya hacerla al verlo feliz, cosa que claramente no había pasado con frecuencia a lo largo de muchos años. Sin embargo, no se me deja de hacer llamativa la diferencia entre ella y su marido. Seguramente debió de pasarlo bastante mal, pero si ella le dio el álbum a Shin, sin duda atesora a su hijo… de forma muy diferente a la del resto de su familia, al menos.
Pero las nuevas palabras habían traído nueva información. Efectivamente, llevar gafas de sol era algo bastante mal visto, e incluso mucho peor de lo que podría haber imaginado en un principio. Eso me hizo reflexionar aún más sobre que esa fuera precisamente una de las favoritas de su madre. ¿Quizás se alegraba de que él empezara a oponer resistencia donde no pudo hacerlo ella?
Sorprendida, me agarro por pura inercia el cabello cuando parecía que Shin lo iba a soltar, y río un poquito de nuevo cuando veo que aquel “ataque” con la garra no se llegó a producir.
—¿Y esta coleta está bien o debería llevar el cabello completamente suelto? —pregunto para ir pensando también en un peinado apropiado. De inmediato, un nuevo pensamiento se descubre evidente en mi rostro antes siquiera de pronunciarlo—. ¡Espera! ¿Ningún adorno innecesario? ¡¿Eso incluye la pulsera que me diste?! —pregunto al tiempo que alzo la muñeca para mostrarla, haciendo relucir su brillo azulado a la luz del ventanal—. ¡Porque no pienso quitármela! ¡Es muy, muy necesaria! —sentencio con rotundidad y absoluta certeza, molesta, no con él, sino con la existencia de esa norma absurda—. Como mucho puedo llevar mangas largas para que no se vea mucho, pero eso es lo máximo que voy a ceder. —Por supuesto, eso incluye también el colgante de mis padres, pero eso no me preocupa porque es fácil que no se vea bajo las ropas. ¡La pulsera es otra cosa!
Quiero seguir todas esas reglas aunque él no lo haga, ¡pero esa es la única que me niego a obedecer! ¡Es innegociable!
Eventualmente pasamos a la siguiente imagen, y me sorprendí al encontrar en ella a la misma chica de la foto que rescaté de la habitación de Shin cuando el barco empezó a hundirse tras Kutsukku. Aquella primera noche en esa isla se la había dejado sobre la cama junto con el resto de cosas que pude recuperar para él mientras estuvo inconsciente.
Por todo lo que me había contado en la playa, ya sabía de quién se trataba.
Y, sin embargo, sus primeras palabras son para Kael. Bajo la sombra de Ichiro, observo cómo aquel trío sonríe, cada uno a su manera. Tras aquel suspiro, sin mover el rostro, lo observo de reojo, preguntándome cómo estará… Seguramente, a mí me dolería ver aquellas fotos si estuviera en su lugar… aunque al mismo tiempo una parte de mí querría verlas. Shin, sin embargo, parece entero. Parece. Por un instante mis dedos se contraen, y tengo que usar mi voluntad para no cerrar la mano. En lo que dura un destello, había imaginado lo que significaría perderlo, despertando un miedo estaciones enterrado. No pude soportarlo. ¿Cómo sería en su caso, habiendo amor y estando tanto tiempo a su lado? Si yo fuera él, seguramente empezaría a tener ganas de llorar aunque hubieran pasado años…
Mis pupilas vuelven a posarse lentamente sobre el papel ante la mención de aquel nombre. Himari. Un recuerdo, una persona con un peso tan grande que quizás volver a algo tan práctico como la ropa pudiera dar la excusa de crear una distracción capaz de aligerar temporalmente el pecho.
Mis iris quedaron clavados en la siguiente imagen, donde su madre también sonreía y su pareja llevaba un hermoso vestido blanco. Con la sombra inconsciente de cierta conversación en la playa, supe entonces que yo iría de negro. No quería, bajo ningún concepto, poder manchar ese recuerdo.
Una única palabra abrió un pensamiento que no pudieron concretar las que jamás alcanzaron el aire. Mis aguamarinas buscan su brillo cerúleo, sin saber si lo encontrarían, queriendo comprender cuanto había detrás.
La oración quedó finalmente acabada. Aun sospechando que se trataba de una verdad distinta a la original, sonreí bajando de nuevo a aquella imagen la mirada.
—Es preciosa.
Mientras mis iris parecían distraídos en los detalles, la cercanía entre ambos y mi buen oído me transmitieron un casi imperceptible cambio en su respiración. Aun calmada, era distinta, ligeramente más profunda, consciente quizás. Imaginando lo que significaba, me fingí ignorante, pero presioné con suavidad mi brazo un poquito contra el suyo, como si lo hubiese hecho sin darme cuenta. Quizás él ni siquiera lo percibiría, pero quise transmitirle mi apoyo sin llegar a invadir su privacidad.
Mantendría el silencio tanto tiempo como necesitase.
Eventualmente, fue él mismo quien lo rompió.
De nuevo, su madre celebrando y protegiendo su felicidad. Seguramente para ella aquel álbum era una manera de conservarla. Quizás, mientras yo vivo para que otros me recuerden, ella simplemente necesita recordar.
Cuando sentí que sus iris llamaron a los míos, mis aguamarinas reflejaron los topacios cerúleos de él.
El silencio nos envolvió de nuevo, incapaz de adivinar tras su mirada si hablaba de Himari, de su madre o de alguien más. Cuando sus gemas rehuyeron, las mías continuaron observando su gesto.
—Tú nunca necesitaste una fruta ni un legado para brillar.
Mi propia voz me sorprendió con palabras que no había llegado a procesar. Ligeramente avergonzada, mis pupilas viajaron de inmediato hacia el recuerdo de papel.
—Lo… Lo que quiero decir es… —«¿Qué? ¿Qué quiero decir?». Un suave suspiro me dio el tiempo para escucharme antes de hablar—. No tienes que fingir, Shin. No importa si estás alegre, triste, preocupado, haciendo bromas… Ya te lo dije una vez: lo mejor que tienes es tu corazón. Para mí… el hecho de ser tú es lo que te hace brillar.
Aún continuaba observando cada detalle de aquella imagen. El cabello, los patrones, la sonrisa compartida entre Himari y Kiyoko. La primera se enfrentó a un mundo que desconocía, y la segunda al que había controlado toda su vida. Ambas fueron muy valientes, y ambas lo hicieron por amor, cada una a su manera.
Shin, por alguna razón u otra, siempre ha tenido el don de mover mundos y corazones a su alrededor.
Mi sonrisa se amplía con suavidad al recordar que un día cumplirá su objetivo por la libertad… y sin duda será el mejor marine de la historia.
Y, por último, la imagen que pone fin a los lazos con su familia… hasta ahora.
En ella, el hijo modélico renunciaba a los símbolos de ambos clanes ante el desprecio de su padre y la tranquila felicidad de su madre. Sin duda, no podría haber una foto mejor de despedida. Si tan sólo su origen no estuviera en la mayor despedida de todas…
Sin embargo, una vez el álbum se cerró, el presente volvió a invadir mi mente.
—¡Síii! —respondo moviendo la cola alegremente al tiempo que me giro para poder verlo de frente, sin preocuparme lo más mínimo que eso implique que una de mis piernas termine casi completamente sobre el sofá, dejando solamente el pie fuera—. He pensado en una ropa parecida a la de tu madre, pero de color negro y sin símbolos de ningún clan. ¿Eso estaría bien?
Aunque quería distraerlo, mi efusividad no era tanta como la que tuve antes de empezar a ver el álbum. ¡Ha sido mucha información en poco rato y necesito un poquito de tiempo para procesarlo!
Otra cuestión completamente distinta sería el de ver quién tenía la culpa de no poder hablar cuando te estiran las mejillas, y la risa luchaba por salir de mis labios cuando, al hablar tras aquella carcajada, él también infló las suyas. ¡Pero qué caradura!
—¡Ah, ¿sí?! ¡Pues la próxima vez seré yo quien te ataque a ti y te haga hablar, a ver si así me enseñas cómo se hace! —me fingí también indignada, cruzándome de brazos al tiempo que le sacaba la lengua.
Sin embargo, mis iris se abrieron de golpe en cuanto dijo que quizás yo no era digna, que terminaba la sesión ¡¡y que se iba a dormir!! Tras aquel fogonazo de luz, tardé un par de segundos en procesar lo que acababa de pasar. Su picardía al sonreír no se iba de mi mente. ¡Ah, no, no, no! ¡No se va a salir con la suya!
—¡Shin! —lo llamé, picada—. ¡Me lo has prome...!
Pero, antes de poder ponerme en pie, apareció de nuevo ante mí con su característico saludo alegre, esta vez con un libro entre sus manos.
—¡¿Es el álbum?! —exclamé emocionada. Si él invadió un poco mi espacio personal al sentarse junto a mí, yo acorté aún más la distancia, colocando la parte superior de mi pierna y brazo en contacto directo con los suyos, deseando ver lo mejor posible cuanto se encontraba entre aquellas páginas. En cuanto hizo su pequeña advertencia, mi mirada pasó de la luz de su dedo a buscar aquellos iris de cielo.
—¡No te preocupes! Yo nunca me burlaría~ —garanticé con una alegría decidida acompañada por el movimiento de mi cola.
Tras la expectativa que aumenta aquella página en blanco, me sorprende la imagen de una familia en la que sólo hay una sonrisa… y no es la de él. La mía sigue presente, pero mengua un poco mientras analizo la foto.
—¿Ese eres tú? —inquirí con curiosidad.
Además de casi retórica, quizás era una pregunta ridícula. El color de cabello y ojos es idéntico, y a pesar de los años el rostro de Ichiro sigue siendo prácticamente el mismo. Por unos segundos, trato de imaginar cómo habría sido tenerlo como padre. La expresión de ese niño, su mirada…
La voz de Shin guía mi atención hacia los distintos detalles de aquellas ropas. Símbolos, color, la más alta formalidad… La misma que habría en el omiai.
Asentí, confirmando que había memorizado cada palabra.
La siguiente captó también mi atención. Automáticamente pensé en el día en que mi maestro me entregó mi primera espada, con una edad más o menos similar a la de él, quizás siendo yo unos pocos años mayor. Incluso en nuestras circunstancias, Ritsu dotó de formalidad y un juramento aquella entrega.
Pero la mayor diferencia entre esa foto y mis recuerdos no era la ausencia de lujos, la diferencia de las vistas ni que nosotros estuviéramos en una casa a la que poco le faltaba para caerse a pedazos.
Aquel día, yo apenas podía controlar mi emoción… mientras que Shin…
De nuevo, sus palabras me centran en las prendas. No se me escapa su suspiro, y mis aguamarinas lo buscan por un segundo. ¿Cansancio? ¿Hartazgo por su padre? ¿O algo más…? Pronto, mis pupilas viajan de nuevo a aquella imagen. Aunque me pidió que no le diera importancia, una parte de mí se quedó con ella. ¿Qué sintió él aquel día…?
Un nuevo recuerdo se muestra al pasar la página. Un niño rodeado de adultos que actúa como uno de ellos… y está muy lejos de fingir o ser un juego. Son todos tan idénticos…
La inesperada broma reaviva las ascuas de una sonrisa casi extinta. ¿Quizás a él le gusta hacer esos comentarios y meterse con otros para tratar de divertirse un poquito lo que no pudo siendo pequeño?
—Supongo que tiene sentido. —Quizás los Hiroshi piensen que lo habrían “educado mejor” de haberse criado con ellos.
Me siento enfermar cada vez que pienso en que no lo ven más que como un objeto…
Pero todo malestar desaparece en cuanto alguien más aparece en escena.
―¡¿Mini-Kael?!
Mi cola se mueve brevemente de nuevo, equiparando mi felicidad a la de él por ver aquel mismo y acostumbrado par, pero muchos años atrás. ¡Ya en ese entonces Kael era superserio! Pero lo que más capta mi atención es la primera sonrisa que veo en aquel niño que era Shin.
Y, además, ¡un ejemplo de ropa de cuando no se pertenece al clan! Ciertamente, contrastaba con la del albino.
Reí un poquito ante aquella anécdota. ¿Tan chiquito y ya tan práctico para saber a quién acercarse? ¿Incluso supo ganarse a Ichiro? Sin duda, Kael tiene un don para eso. ¿Cómo debió de sentirse cuando se enteró de la verdad en cuanto a las habilidades del que se convertiría en su mejor amigo? Me siento tan feliz de poder ser un poquito testigo de cómo se convirtieron en una fuente de felicidad el uno para el otro…
—Es tan bonito ver cómo hiciste al fin un amigo… —comento sin dejar de observar la foto hasta que la página gira de nuevo.
Muchos años parecían perdidos de repente, pero su sonrisa volvía a aparecer, esta vez adornada con sus características gafas de sol. Debía de ser algo bastante rebelde, porque a pesar de estar borroso, Ichiro parecía molesto al verlo.
—¿Y por qué no le iba a hacer caso? ¡Estás muy guapo! —admito abiertamente, buscando su mirada con curiosidad—. ¿Te la hizo ella?
Me lo planteo porque ha dicho que era una de las favoritas de su madre. Quizás incluso fue idea suya hacerla al verlo feliz, cosa que claramente no había pasado con frecuencia a lo largo de muchos años. Sin embargo, no se me deja de hacer llamativa la diferencia entre ella y su marido. Seguramente debió de pasarlo bastante mal, pero si ella le dio el álbum a Shin, sin duda atesora a su hijo… de forma muy diferente a la del resto de su familia, al menos.
Pero las nuevas palabras habían traído nueva información. Efectivamente, llevar gafas de sol era algo bastante mal visto, e incluso mucho peor de lo que podría haber imaginado en un principio. Eso me hizo reflexionar aún más sobre que esa fuera precisamente una de las favoritas de su madre. ¿Quizás se alegraba de que él empezara a oponer resistencia donde no pudo hacerlo ella?
Sorprendida, me agarro por pura inercia el cabello cuando parecía que Shin lo iba a soltar, y río un poquito de nuevo cuando veo que aquel “ataque” con la garra no se llegó a producir.
—¿Y esta coleta está bien o debería llevar el cabello completamente suelto? —pregunto para ir pensando también en un peinado apropiado. De inmediato, un nuevo pensamiento se descubre evidente en mi rostro antes siquiera de pronunciarlo—. ¡Espera! ¿Ningún adorno innecesario? ¡¿Eso incluye la pulsera que me diste?! —pregunto al tiempo que alzo la muñeca para mostrarla, haciendo relucir su brillo azulado a la luz del ventanal—. ¡Porque no pienso quitármela! ¡Es muy, muy necesaria! —sentencio con rotundidad y absoluta certeza, molesta, no con él, sino con la existencia de esa norma absurda—. Como mucho puedo llevar mangas largas para que no se vea mucho, pero eso es lo máximo que voy a ceder. —Por supuesto, eso incluye también el colgante de mis padres, pero eso no me preocupa porque es fácil que no se vea bajo las ropas. ¡La pulsera es otra cosa!
Quiero seguir todas esas reglas aunque él no lo haga, ¡pero esa es la única que me niego a obedecer! ¡Es innegociable!
Eventualmente pasamos a la siguiente imagen, y me sorprendí al encontrar en ella a la misma chica de la foto que rescaté de la habitación de Shin cuando el barco empezó a hundirse tras Kutsukku. Aquella primera noche en esa isla se la había dejado sobre la cama junto con el resto de cosas que pude recuperar para él mientras estuvo inconsciente.
Por todo lo que me había contado en la playa, ya sabía de quién se trataba.
Y, sin embargo, sus primeras palabras son para Kael. Bajo la sombra de Ichiro, observo cómo aquel trío sonríe, cada uno a su manera. Tras aquel suspiro, sin mover el rostro, lo observo de reojo, preguntándome cómo estará… Seguramente, a mí me dolería ver aquellas fotos si estuviera en su lugar… aunque al mismo tiempo una parte de mí querría verlas. Shin, sin embargo, parece entero. Parece. Por un instante mis dedos se contraen, y tengo que usar mi voluntad para no cerrar la mano. En lo que dura un destello, había imaginado lo que significaría perderlo, despertando un miedo estaciones enterrado. No pude soportarlo. ¿Cómo sería en su caso, habiendo amor y estando tanto tiempo a su lado? Si yo fuera él, seguramente empezaría a tener ganas de llorar aunque hubieran pasado años…
Mis pupilas vuelven a posarse lentamente sobre el papel ante la mención de aquel nombre. Himari. Un recuerdo, una persona con un peso tan grande que quizás volver a algo tan práctico como la ropa pudiera dar la excusa de crear una distracción capaz de aligerar temporalmente el pecho.
Mis iris quedaron clavados en la siguiente imagen, donde su madre también sonreía y su pareja llevaba un hermoso vestido blanco. Con la sombra inconsciente de cierta conversación en la playa, supe entonces que yo iría de negro. No quería, bajo ningún concepto, poder manchar ese recuerdo.
Una única palabra abrió un pensamiento que no pudieron concretar las que jamás alcanzaron el aire. Mis aguamarinas buscan su brillo cerúleo, sin saber si lo encontrarían, queriendo comprender cuanto había detrás.
La oración quedó finalmente acabada. Aun sospechando que se trataba de una verdad distinta a la original, sonreí bajando de nuevo a aquella imagen la mirada.
—Es preciosa.
Mientras mis iris parecían distraídos en los detalles, la cercanía entre ambos y mi buen oído me transmitieron un casi imperceptible cambio en su respiración. Aun calmada, era distinta, ligeramente más profunda, consciente quizás. Imaginando lo que significaba, me fingí ignorante, pero presioné con suavidad mi brazo un poquito contra el suyo, como si lo hubiese hecho sin darme cuenta. Quizás él ni siquiera lo percibiría, pero quise transmitirle mi apoyo sin llegar a invadir su privacidad.
Mantendría el silencio tanto tiempo como necesitase.
Eventualmente, fue él mismo quien lo rompió.
De nuevo, su madre celebrando y protegiendo su felicidad. Seguramente para ella aquel álbum era una manera de conservarla. Quizás, mientras yo vivo para que otros me recuerden, ella simplemente necesita recordar.
Cuando sentí que sus iris llamaron a los míos, mis aguamarinas reflejaron los topacios cerúleos de él.
Algunas personas brillan con muy poco.
El silencio nos envolvió de nuevo, incapaz de adivinar tras su mirada si hablaba de Himari, de su madre o de alguien más. Cuando sus gemas rehuyeron, las mías continuaron observando su gesto.
—Tú nunca necesitaste una fruta ni un legado para brillar.
Mi propia voz me sorprendió con palabras que no había llegado a procesar. Ligeramente avergonzada, mis pupilas viajaron de inmediato hacia el recuerdo de papel.
—Lo… Lo que quiero decir es… —«¿Qué? ¿Qué quiero decir?». Un suave suspiro me dio el tiempo para escucharme antes de hablar—. No tienes que fingir, Shin. No importa si estás alegre, triste, preocupado, haciendo bromas… Ya te lo dije una vez: lo mejor que tienes es tu corazón. Para mí… el hecho de ser tú es lo que te hace brillar.
Aún continuaba observando cada detalle de aquella imagen. El cabello, los patrones, la sonrisa compartida entre Himari y Kiyoko. La primera se enfrentó a un mundo que desconocía, y la segunda al que había controlado toda su vida. Ambas fueron muy valientes, y ambas lo hicieron por amor, cada una a su manera.
Shin, por alguna razón u otra, siempre ha tenido el don de mover mundos y corazones a su alrededor.
Mi sonrisa se amplía con suavidad al recordar que un día cumplirá su objetivo por la libertad… y sin duda será el mejor marine de la historia.
Y, por último, la imagen que pone fin a los lazos con su familia… hasta ahora.
En ella, el hijo modélico renunciaba a los símbolos de ambos clanes ante el desprecio de su padre y la tranquila felicidad de su madre. Sin duda, no podría haber una foto mejor de despedida. Si tan sólo su origen no estuviera en la mayor despedida de todas…
Sin embargo, una vez el álbum se cerró, el presente volvió a invadir mi mente.
—¡Síii! —respondo moviendo la cola alegremente al tiempo que me giro para poder verlo de frente, sin preocuparme lo más mínimo que eso implique que una de mis piernas termine casi completamente sobre el sofá, dejando solamente el pie fuera—. He pensado en una ropa parecida a la de tu madre, pero de color negro y sin símbolos de ningún clan. ¿Eso estaría bien?
Aunque quería distraerlo, mi efusividad no era tanta como la que tuve antes de empezar a ver el álbum. ¡Ha sido mucha información en poco rato y necesito un poquito de tiempo para procesarlo!
