[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano- Gradas
#24
[personajeinvalido=3941]

Stroud observó, desde el cubículo, cómo culminaba la última de las pruebas, la de la Certeza. Nyra Kuroshiro había llevado a cabo un papel sorprendentemente destacado para alguien que había asegurado no haber disparado un arma en su vida, aunque él, desde luego, no sería quien se quejase. Era evidente, sin embargo, que los piratas estaban dominando aquellos Juegos; no era una cuestión únicamente de cantidad —que, por supuesto, a nadie se le hubiera escapado que jugaba un papel fundamental—, sino de calidad. Y aquello sí era realmente importante: si la Marina quería sobreponerse a las amenazas que poblaban el Mar Azul, sus efectivos debían hacerlo mucho mejor, precisamente por no contar con la ventaja numérica. No debían ser más, debían ser mejores, empezando por el propio Stroud, si querían tener una posibilidad real de enfrentarse a quienes se alzaban contra el orden y la Justicia.

Tal vez fuese fruto de la extraña sensación que llevaba ya varios instantes sacudiendo su cuerpo, aquella especie de disociación febril que había invadido su cuerpo y que, entre temblores, también parecía aumentar su misma temperatura corporal. Al menos, él sentía que ardía por dentro, así como un deseo casi irrefrenable de lanzarse al aparentemente refrescante mar de nubes que rodeaba Skypiea en su ansia por calmar aquella calurosa sensación que lo había invadido. Se limpió otro chorreón de la frente con la mano, comprobando la abundancia del mismo. No tenía ni idea de qué estaba pasando, pero, mientras no fuese a mayores, no debería haber motivos para una excesiva preocupación. Tal era su malestar que casi le resultó imposible prestar atención a los más recientes anuncios de El Dirigente, que había declarado ya ganador de la prueba al pirata Kiyoshi Maeda, vagamente abrumado por la algarabía que generaban los agitados espectadores desde las gradas. Su equipo se había posicionado en el cuarto lugar. Pese a su satisfacción, se resistió a continuar inhalando el humo de su pipa en aquellas condiciones, lo suficientemente apabullado por las sensaciones que aquel malestar enfermizo causaba en su cuerpo. Llegaba entonces el anuncio de la que se auguraba como la siguiente etapa de aquellos Juegos, lo que El Dirigente calificó como la partida definitiva: combates de a dos. Sonaba interesante. Sus ojos se entornaron en contraste cuando, lamentablemente, El Dirigente anunció lo que Stroud más había temido: una actuación musical. Evitó poner, por reflejo, sus ojos en blanco por un instante, y se contuvo lo suficiente como para, en silencio, poner rumbo hacia los tenderetes que se habían acumulado en torno a la gran arena.

Con una botella de gélida y refrescante agua en la mano, comenzó a caminar por los escalones de las gradas. En una situación normal, hubiese hecho por buscar a sus compañeros de división y sentarse con ellos, pero en aquellos instantes le era difícil pensar siquiera en socializar. Encontró uno de los sectores más apartados, en el que también parecía dar algo de sombra, o el sol, al menos, no irradiaba con toda su castigadora intensidad. Se sentó con pesadez y, con cuidado, desenroscó la botella, dando un trago de agua que no pareció acabar nunca, ingiriendo prácticamente la mitad de su contenido de un largo sorbo que le supo a auténtica gloria. Pasó unos instantes con los ojos cerrados, enfocándose simplemente en estabilizar la extraña condición que había parecido tomarla con su cuerpo. ¿Sería una insolación? Ni siquiera le había dado una en Arabasta. Dio otro trago, volviendo a abrir los ojos finalmente y cerrando la botella. Aquel agua, fría como el hielo, hubiese levantado a un muerto. Allí, sujetando la gélida botella entre sus manos, que había colocado en el eje vertical de su cuerpo, sus pies separados y clavados sobre el suelo bajo el asiento en un ángulo de unos ochenta grados, contempló sus alrededores. Sus ojos grises, impertérritos, fueron de un grupo de asistentes a otro, viajando entre los espectadores que provenían de la propia Skypiea y los que, a todas luces, habían subido desde el Mar Azul, como él. Resultaba interesante observar qué redes se tejían entre los piratas que allí coincidían, y, por encima de todo, qué compañías elegía cada cual cuando las reglas no aplicaban. Cuando pensaban que no estaban de servicio.

En esta ocasión, pudo ver con detenimiento cómo se regocijaban quienes identificó como Sigurd Haakon y Ubbe, y quienes dedujo que habían sido los responsables de aquella suerte de gran sacrificio grupal antes del comienzo de los Juegos. Hasta donde sabía, ningún otro grupo había necesitado verter la sangre de sus miembros para poder participar, aunque aquel tal vez fuese un secreto únicamente en su posesión, alguna clase de macabro ofrecimiento al todopoderoso Zarutsuki. Alzó una ceja al reparar, asimismo, en que quien había identificado como Maki D. Zen'in, con aquellas inconfundibles cicatrices, se había quedado calva como una bola de billar, su cabeza refulgiendo bajo el sol. Lo atribuyó al estrés de la alborotada vida de los maleantes. Kibai saludó al pirata que se había coronado como campeón de la más reciente prueba, así como al tal Eros Focalor, a quien parecía conocer de antemano. Logró ver también a Moja, aunque no consiguió distinguir a Bertram y sus hermosas luces intermitentes entre el gentío que se había arremolinado en la arena.

Su momento de contemplación fue interrumpido, sin embargo, cuando el joven Omuyaga llegó hasta aquel mismo tramo de las gradas, aproximándose a su asiento. "Póngase cómodo, soldado Omuyaga," ofreció Stroud, haciendo un ademán al asiento junto a sí, sin perder de vista el graderío, a la vez que comenzaba a prensar algo de tabaco en el interior de su preciada Saltfin, "como en su casa." Era consciente de que estaba fumando como un auténtico carretero, cuando se trataba de un hábito que, en principio, jamás debió convertirse en tal, sino que había pretendido reservar para ocasiones especiales y señaladas, como brindar sake o prender unas varillas de incienso frente a una tumba.

"Me extraña verlo por aquí," admitió el joven Nanashi, prendiendo el tabaco recién prensado de su pipa y exhalando varias volutas de humo sucesivas antes de continuar, "¿no se sienta con los demás de la 75?," inquirió.  Extrajo la pipa en forma de orca de su boca y permitió que humease tranquilamente, sin prisas, antes de dar una profunda calada y exhalar el humo a través de su nariz. "Yo mismo me hubiera sentado con los míos, pero he de admitir que no me encuentro del todo fino. Creo que me ha pillado un virus de veinticuatro horas, como los llaman ahora," dijo, hablando con la experiencia de quien espiritualmente parecía tener unas cuantas décadas más a sus espaldas. Se encontraba significativamente mejor, aunque no se atrevía a fiarse del todo de su percepción. Quedó en silencio, escuchando a Kael y, por debajo, como un runrún que no cesaba, el jaleo constante y casi monótono del público, mientras el humo se dispersaba frente a sus ojos. Sin embargo, algo mucho más horripilante que todos los Revolucionarios del mundo había cobrado forma abajo, frente a la visión de todo el público: un número musical. La temible Miyori, cuyo pelo se antojaba tan rojizo como la sangre de las muchas víctimas que sin duda habían caído bajo el traicionero cuchillo que albergaba a la sombra de aquel semblante dulce, y la calvísima Maki D. Zen'in, cuya cabeza emitía el resplandor cegador de un segundo sol, habían tenido la osadía de hacerse con el escenario y empezar a dar la tabarra. Stroud colocó ambas manos sobre sus sienes, espantado sobremanera. Devolvió entonces su atención a Kael, buscando distraerse a toda costa del espanto que El Dirigente había hecho caer sobre todos ellos, justos e injustos. Volvió en sí, calmando los quejidos agónicos de su mente. El joven Omuyaga era una auténtica oveja negra entre su división, por cuanto había visto, y no podía evitar sentir curiosidad ante la coyuntura de otros grupos de la Marina.

"Aunque parece que los de la 75 también están ansiosos por conocer gente de toda índole," afirmó con seriedad, sin que ningún deje de retintín siquiera asomase en lo imperturbable de su tono. "Uno llega a un lugar como este y los ve competir, reír y beber, y mezclarse entre la gente," dijo, sin que quedase explícitamente claro de quiénes hablaba, pero haciendo evidente que aquel era un pensamiento que llevaba tiempo rondándole la cabeza, "algunos resultan educados. Otros, incluso, agradables. Y basta eso para que muchos olviden qué hacen cuando abandonan las gradas. La piratería," dijo, mencionándola finalmente, "ha aprendido a envolverse en camaradería, aventuras y palabras grandilocuentes, y nosotros parecemos haber aprendido a convivir con ella. Como una enfermedad endémica que nadie espera curar, salvo que aparezca un brote particularmente molesto, no sé si me explico. Nos conformamos con reaccionar," afirmó, haciendo un ademán hacia Kael. Bajó la vista hacia la pipa, girándola unos grados entre sus dedos."El día que un Marine contempla una bandera pirata y no siente que tiene ante sí el fracaso o la Justicia, olvida por qué viste el uniforme," dijo, dirigiendo una mirada de soslayo a su interlocutor mientras volvía a fumar de su pipa. "Aunque quizá sea yo quien se pase de avinagrado," concedió, "pero no se corte, ¿qué ve usted cuando mira ahí abajo, soldado Omuyaga?"




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RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano- Gradas - por Stroud Nanashi - 27-07-2026, 12:45 AM

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