28-07-2026, 08:33 PM
Ante mi lluvia de halagos envenenados, pude observar como su majestad empezaba a pintarse y retocarse sus carnosos pero perfilados labios, coloréandolos de un verde brillante que podía captar la atención de hasta un ciego. ¿Es que acaso su belleza y divinidad no tenía fin? Tras un sinfín de insultos hacia mi persona, la reina declaró que nada me impedía ser una verdadera reina, causando que aquellas palabras, como llenaran de ira y furia mi corazón, ¿qué iba a saber de ser una reina alguien que lo había tenido todo tan fácil en su vida? ¿Alguien que nació con el don de haber sido esculpida y tallada por las mismísimas diosas? Para alguien que no había tenido complicaciones por ello, sonaban como palabras vacías para mí, motivo por el que me abalancé hacia Aspros, con una rabia desmedida, dispuesto a ensartarle con mi arma en su pecho.
Sin embargo, antes de que aquello pudiera suceder, en una fantástica y sublime maniobra de movimientos, gestos y acrobacias, la reina Okama volvió a esquivar mi ofensiva, moviéndose hacia mi izquierda - su derecha -, hasta quedar a 10 metros de mi, hasta quedar en el suelo, con las piernas completamente abiertas. Su lengua volvió a danzar, zumbando en mis orejas como la abeja que va en busca del polen de las flores en primavera. De alguna manera seguía intentando engatusarme, quería hacerme creer que, todo este tiempo, la culpa no era de mi físico ni de cómo me veía, sino de mi autoestima, de que no me quería lo suficiente como para que la gente no me quisiera. Aún podía recordar la repulsión con la que todos me miraban desde mi nacimiento… El repudio, el asco.
Probablemente, esas frases han sido las que más he podido repetir durante toda mi vida. Apreté mis manos con furia, mientras depositaba mi arma a mis espaldas, desactivando mi haki de armadura en ella.
Alcé la voz, con suma autoridad, al mismo tiempo que llevaba mi diestra hacia una de las patillas de mis gafas.— Alguien que no ha conocido nunca la fealdad como tú, jamás sabrá como he pasado mi vida-ton. — pronuncié, apartando mis enormes lentes de mis ojos, tirándolas al suelo con desprecio.— Pero no se preocupe, su majestad… Pues voy a enseñarle el verdadero terror. — Y llevé mi siniestra hacia uno de los bolsillos de mi gabardina, extrayendo de allí mismo mi brocha personal perfectamente oscuro salvo su centro, que reflejaba un color dorado como el sol. En cada uno de los extremos, poseía unos pinceles que servían para retocar y potenciar mi glamuroso y sutil maquillaje. Aunque ese no sería el caso.
Empuñándolo con fiereza, comencé a golpearme mi propia cara en uno de los extremos de mi instrumento, con la mayores de las fuerzas que podía. No me dolía en lo más mínimo, pero podía sentir como, con cada golpe, mi cara se iba desfigurando y moldeando a mi voluntad. Sentía mis pómulos más cargados, mi nariz más fina, mi barbilla más prominente y, en general, todas mis facciones más acentuadas. Con esa obra, ya no era un patito feo. Ahora era toda una incógnita y asombro para la humanidad.
Solté mi brocha de nuevo en el bolsillo que le correspondía, y mientras realizaba toda la tensión facial suficiente como para que mi cara no volviera a ser el adefesio que acostumbraba ser. En ese preciso momento, comencé a correr como la vida me fuera en ello, con mi nuevo rostro ausente de la fealdad que tanto me caracterizaba recibiendo la brisa y el aire debido a mi carrera.
El grito de los presos eran incapaces de silenciar la música que sonaba en mi interior, haciendo que esta me hiciera correr de manera rítmica dando, en ocasiones, alguna que otra pirueta mientras movía mis manos de forma abrupta de izquierda a derecha. Cuando estuve a cosa de un metro del pie izquierdo de Aspros, volví a dar una voltereta delantera, haciendo que está me impulsara hacia delante y con mis pies al frente. En el trayecto, flexionaba mi pierna derecha, mientras la izquierda la seguía manteniendo extendida, terminando mi respectivo pie por asestar una patada en su tobillo izquierdo, causando que, del impacto, su majestad se viera desplazada una cantidad de algo menos de 30 metros. Esta zona de la prisión era lo suficientemente espaciosa como para que ninguno de nuestros movimientos se vieran interrumpidos e interceptados por ninguna superficie ni pared.
— Yes… — pronuncié, pasando a tumbarme boca abajo, quedando apoyadas tan sólo mis palmas, punteras y rodillas sobre la superficie del suelo.— ...It’s so crazy right now. — Y empecé a mover mi cadera, hacia delante y hacia atrás, pareciendo que estaba haciéndole alguna clase de acto indecente al propio suelo. Menos mal que estaba lejos de la mirada de mi estupendísimo y mejor jefe del mundo mundial.
Sin embargo, antes de que aquello pudiera suceder, en una fantástica y sublime maniobra de movimientos, gestos y acrobacias, la reina Okama volvió a esquivar mi ofensiva, moviéndose hacia mi izquierda - su derecha -, hasta quedar a 10 metros de mi, hasta quedar en el suelo, con las piernas completamente abiertas. Su lengua volvió a danzar, zumbando en mis orejas como la abeja que va en busca del polen de las flores en primavera. De alguna manera seguía intentando engatusarme, quería hacerme creer que, todo este tiempo, la culpa no era de mi físico ni de cómo me veía, sino de mi autoestima, de que no me quería lo suficiente como para que la gente no me quisiera. Aún podía recordar la repulsión con la que todos me miraban desde mi nacimiento… El repudio, el asco.
Yo sé que me critican, me consta que me odian…
¿Por qué será? Yo no tengo la culpa…
¿Por qué será? Yo no tengo la culpa…
Probablemente, esas frases han sido las que más he podido repetir durante toda mi vida. Apreté mis manos con furia, mientras depositaba mi arma a mis espaldas, desactivando mi haki de armadura en ella.
— ¡BASTA-TON! —
Alcé la voz, con suma autoridad, al mismo tiempo que llevaba mi diestra hacia una de las patillas de mis gafas.— Alguien que no ha conocido nunca la fealdad como tú, jamás sabrá como he pasado mi vida-ton. — pronuncié, apartando mis enormes lentes de mis ojos, tirándolas al suelo con desprecio.— Pero no se preocupe, su majestad… Pues voy a enseñarle el verdadero terror. — Y llevé mi siniestra hacia uno de los bolsillos de mi gabardina, extrayendo de allí mismo mi brocha personal perfectamente oscuro salvo su centro, que reflejaba un color dorado como el sol. En cada uno de los extremos, poseía unos pinceles que servían para retocar y potenciar mi glamuroso y sutil maquillaje. Aunque ese no sería el caso.
Empuñándolo con fiereza, comencé a golpearme mi propia cara en uno de los extremos de mi instrumento, con la mayores de las fuerzas que podía. No me dolía en lo más mínimo, pero podía sentir como, con cada golpe, mi cara se iba desfigurando y moldeando a mi voluntad. Sentía mis pómulos más cargados, mi nariz más fina, mi barbilla más prominente y, en general, todas mis facciones más acentuadas. Con esa obra, ya no era un patito feo. Ahora era toda una incógnita y asombro para la humanidad.
— ¿Qué le parece mi nuevo yo-ton?—
Solté mi brocha de nuevo en el bolsillo que le correspondía, y mientras realizaba toda la tensión facial suficiente como para que mi cara no volviera a ser el adefesio que acostumbraba ser. En ese preciso momento, comencé a correr como la vida me fuera en ello, con mi nuevo rostro ausente de la fealdad que tanto me caracterizaba recibiendo la brisa y el aire debido a mi carrera.
El grito de los presos eran incapaces de silenciar la música que sonaba en mi interior, haciendo que esta me hiciera correr de manera rítmica dando, en ocasiones, alguna que otra pirueta mientras movía mis manos de forma abrupta de izquierda a derecha. Cuando estuve a cosa de un metro del pie izquierdo de Aspros, volví a dar una voltereta delantera, haciendo que está me impulsara hacia delante y con mis pies al frente. En el trayecto, flexionaba mi pierna derecha, mientras la izquierda la seguía manteniendo extendida, terminando mi respectivo pie por asestar una patada en su tobillo izquierdo, causando que, del impacto, su majestad se viera desplazada una cantidad de algo menos de 30 metros. Esta zona de la prisión era lo suficientemente espaciosa como para que ninguno de nuestros movimientos se vieran interrumpidos e interceptados por ninguna superficie ni pared.
— Yes… — pronuncié, pasando a tumbarme boca abajo, quedando apoyadas tan sólo mis palmas, punteras y rodillas sobre la superficie del suelo.— ...It’s so crazy right now. — Y empecé a mover mi cadera, hacia delante y hacia atrás, pareciendo que estaba haciéndole alguna clase de acto indecente al propio suelo. Menos mal que estaba lejos de la mirada de mi estupendísimo y mejor jefe del mundo mundial.
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