29-07-2026, 01:08 AM
Fue llevado lejos de esa isla, a un lugar remoto que ni siquiera es capaz de recordar. No conoce su nombre, y tan solo por los recuerdos grabados a fuego en su mente sería capaz de regresar hasta un lugar como aquel. Un lugar en mitad de un bosque como muchos otros, un claro donde se encontraría atado a un poste como si fuera una brocheta de pollo a punto de ser engullida, asándose al fuego. Resultaba irónico que una raza como los Lunarians, capaces de controlar el fuego a su antojo con cierta facilidad, se vea reducido a un simple alimento de criaturas infames y horrorosas como los tontatta y los gigantes. ¿Cómo podía zafarse? ¿Acaso había alguna manera?
La realidad...es que no. No había ninguna que pudiera lograr por sus propios medios
Impotente, débil, incapaz de anteponerse a su destino...
No estaba solo, claro está. Junto a él estaban algunos otros Lunarians que compartirían su destino. Lo que empezó siendo una especie de pesadilla tomó un rumbo mucho más sanguinario, producto del dolor y de la agonía de los gritos de aquellos que, también incapaces de sobrepasar su destino, eran amputados y cercenados de sus piernas hasta quedar tan solo cuerpos de cintura para arriba.
No existía compasión en los ojos de quienes blandían aquellas hachas. No había odio, tampoco. Aquello era lo que más aterraba al joven Samael. No lo descuartizaban por venganza, ni por temor, ni siquiera por crueldad. Lo hacían con la misma naturalidad con la que un pescador desescama un pez o un cocinero despieza una res. Eran ganado. Carne. Poco más que eso.
Los alaridos se apagaban poco a poco. Algunos porque sus dueños ya no conservaban fuerzas para seguir gritando, mientras otros sentían como el dolor terminaba por llevárselos para siempre. El olor a sangre recién derramada comenzó a mezclarse con el de la carne chamuscada por las hogueras, impregnando el aire con una pestilencia que jamás abandonaría su memoria, ese aire ferroso tan desagradable como la mayor pestilencia de las calles en las que se había criado.
Samael cerró los ojos con fuerza. No quería mirar, no quería escuchar. No quería esperar el instante en que unas manos lo señalaran a él como el siguiente. Sin embargo, por mucho que tratara de refugiarse en la oscuridad de sus párpados, los gritos atravesaban cualquier barrera. Cada súplica parecía arañarle el pecho, recordándole una y otra vez que él sería el próximo. Tarde o temprano, aquellas hachas terminarían también sobre sus piernas, después sobre sus brazos, y finalmente no quedaría nada salvo un cuerpo condenado a esperar el momento de convertirse en alimento.
Fue entonces cuando comprendió el verdadero significado del miedo. No era el temor a morir. Era el terror de seguir vivo mientras el mundo decidía, poco a poco, qué partes de ti dejaban de pertenecerte.
La realidad...es que no. No había ninguna que pudiera lograr por sus propios medios
Impotente, débil, incapaz de anteponerse a su destino...
No estaba solo, claro está. Junto a él estaban algunos otros Lunarians que compartirían su destino. Lo que empezó siendo una especie de pesadilla tomó un rumbo mucho más sanguinario, producto del dolor y de la agonía de los gritos de aquellos que, también incapaces de sobrepasar su destino, eran amputados y cercenados de sus piernas hasta quedar tan solo cuerpos de cintura para arriba.
No existía compasión en los ojos de quienes blandían aquellas hachas. No había odio, tampoco. Aquello era lo que más aterraba al joven Samael. No lo descuartizaban por venganza, ni por temor, ni siquiera por crueldad. Lo hacían con la misma naturalidad con la que un pescador desescama un pez o un cocinero despieza una res. Eran ganado. Carne. Poco más que eso.
Los alaridos se apagaban poco a poco. Algunos porque sus dueños ya no conservaban fuerzas para seguir gritando, mientras otros sentían como el dolor terminaba por llevárselos para siempre. El olor a sangre recién derramada comenzó a mezclarse con el de la carne chamuscada por las hogueras, impregnando el aire con una pestilencia que jamás abandonaría su memoria, ese aire ferroso tan desagradable como la mayor pestilencia de las calles en las que se había criado.
Samael cerró los ojos con fuerza. No quería mirar, no quería escuchar. No quería esperar el instante en que unas manos lo señalaran a él como el siguiente. Sin embargo, por mucho que tratara de refugiarse en la oscuridad de sus párpados, los gritos atravesaban cualquier barrera. Cada súplica parecía arañarle el pecho, recordándole una y otra vez que él sería el próximo. Tarde o temprano, aquellas hachas terminarían también sobre sus piernas, después sobre sus brazos, y finalmente no quedaría nada salvo un cuerpo condenado a esperar el momento de convertirse en alimento.
Fue entonces cuando comprendió el verdadero significado del miedo. No era el temor a morir. Era el terror de seguir vivo mientras el mundo decidía, poco a poco, qué partes de ti dejaban de pertenecerte.
![[Imagen: jGxJg3p.png]](https://i.imgur.com/jGxJg3p.png)
