29-07-2026, 10:44 AM
Subir a las gradas de Shandora fue un dolor de muelas para Moja. La multitud de alados, pilebs y mords estaba apretujada en los escalones de madera, gritando, comiendo carne asada en pinchos y soltando esa risita tonta de feria que a él le ponía enfermo. El mink caminaba con el ceño bien fruncido, pasándose la mano dura por la nuca para quitarse el sudor que se le acumulaba bajo el pelaje oscuro. Tenía que encontrar a la gente de la División Sesenta.
Estuvo dando tumbos entre la muchedumbre un buen rato, esquivando a un par de borrachos y esquivando los carros de los operarios que andaban montando una carpa gigantesca de telas amarillas en mitad del recinto. De pronto, a mitad del descanso, un estruendo de violines y guitarras empezó a retumbar desde la pista. La banda esa del Mar Azul, The Cupids, se había puesto a tocar. Para colmo, la artista pelinaranja de la prueba de tiro se sumó con su violín, y luego la maldita calva de Maki, la que los había arrastrado al pozo en la primera prueba, salió al medio a dar chillidos y adueñarse del show. Moja apretó los dientes, mascullando un *maldita pirata de mierda* entre dientes mientras aceleraba el paso. Escuchar a la peña ovacionar a una criminal le revolvía el estómago.
Y entonces lo vio. Allí arriba, en un tramo medio de la gradería, estaba Kibai. El mink guepardo de su propia división. Pero la escena le congeló la sangre a Moja: Kibai no estaba con soldados de la Marina. Estaba sentado, tan campante, justo al lado de la pirata esa flacucha, Hyakinthos, y rodeado por la chusma de los Piratas Sepultura. Estaban hablando, compartiendo espacio como si fueran compadres de toda la vida en una taberna.
A Moja se le subió la sangre a las orejas. El pelaje de los hombros se le erizó de golpe y estuvo a punto de ir directo a agarrar a Kibai por el cuello del uniforme para sacarlo de allí a tirones. ¿Un marine de la Sesenta fraternizando con la escoria que deberían estar encadenando? Qué absoluta falta de decoro militar. Pero justo cuando dio el primer tiranazo de paso hacia ellos, se acordó de las palabras del Comandante Stroud y de la amenaza de los Custodios que patrullaban el estadio. Si armaba un pollo allí, deshonraba a la Marina y acababa expulsado a patadas del imperio celestial.
Se tragó la furia, tragando una saliva amarga que le supo a hiel. Apretó los puños hasta que las uñas le pincharon las palmas de las manos y caminó hacia la zona. Se abrió paso a codazos secos entre un par de espectadores y se dejó caer en el banco de madera un par de escalones por encima de Kibai, lo bastante cerca para vigilarlo pero sin meterse en el corro de los piratas.
Al poco rato, la música por fin se acabó y el circo volvió a arrancar. Salió un tal Kuraku, un lunarian con alas negras que se puso a soltar un discurso larguísimo sobre la paz, la igualdad y el fin de la esclavitud que a Moja le entró por un oído y le salió por el otro. Él solo quería ver si los combates valían la pena o si eran otra farsa.
El "Dirigente" anunció a voz en grito el inicio de la semifinal: dos contra dos. Por un bando, la pava esa bruta de las Kuja, Runin, y el dinosaurio gigante Ubbe. Por el otro, el yakuza del barro, Onizuka Jin, y el cocinero huraño de la Sepultura, Uker.
Moja se reajustó la gorra blanca de la Marina con un tironazo seco, hundiéndosela hasta las cejas. Miró de reojo la nuca de Kibai. Moja sabía que por su propia forma de ser no era muy dado a la conversación, pero sentía que tenía que decirle algo, aunque fuera para marcar territorio marcial tras el espectáculo bochornoso de verle sentado con piratas. Hizo un esfuerzo casi sobrehumano por romper su propio silencio, carraspeando con un sonido rasposo en la garganta.
-Oye, Kibai...- soltó Moja, con la voz dura y sin mirarlo directamente, manteniendo los ojos amarillos clavados en la arena. -Mira abajo. Menudo circo han montado estos.-
No esperó a que el otro le respondiera ni un milisegundo. En cuanto vio que las cosas abajo empezaban a moverse, Moja siguió hablando encima, atropellándose un poco con sus propias palabras por la falta de costumbre de mantener un diálogo fluido.
-El yakuza ese... Jin... acaba de tragarse al cocinero con su barro. Vaya estupidez táctica. Un dos contra dos y el tío deja a su compañero metido dentro de su cuerpo. Si le meten un viaje a él, revientan a los dos de un tiro. Qué falta de instrucción militar, de verdad.-
Y justo en ese instante, sonó la señal del presentador y la pista estalló.
El dinosaurio Ubbe se lanzó rodando como una bola de piedra y músculos de siete metros directamente a por Jin, intentando atraparlo con las garras para aplastarlo contra la tierra batida. Pero lo de la mujer Kuja, Runin, fue todavía más salvaje. La tía metió un viaje contra el suelo que soltó una ráfaga de luz incandescente y, sin dar un segundo de respiro, se plantó delante de Jin soltándole un guantazo directo a la cara que resonó en todo el recinto como un cañonazo seco. Y no contenta con eso, giró el brazo a una velocidad de locos y le metió otro viaje que mandó al yakuza tres metros para atrás, levantando una polvareda de mil demonios.
Moja inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y dejando salir un bufido de aire caliente por las narices. El impacto había sido brutal. Se giró un milímetro hacia Kibai, hablándole casi al oído pero con la misma prisa hosca, sin dejarle hueco para articular palabra:
-¿Has visto eso? La tía esa pegó fuerte en la prueba del dial, pero en distancia corta es un demonio. El del barro se ha confiado comiéndose a su compañero y le han entrado dos galletas limpias en toda la jeta. Como no reaccione rápido, los van a barrer de la pista en medio minuto.-
Moja se volvió a cruzar de brazos, apretando la mandíbula mientras la arena se llenaba del humo del primer impacto y los gritos de la gente retumbaban en la bóveda de Shandora. Había hablado más en esos dos minutos que en toda la mañana, pero la adrenalina del combate le estaba haciendo hervir la sangre.
Estuvo dando tumbos entre la muchedumbre un buen rato, esquivando a un par de borrachos y esquivando los carros de los operarios que andaban montando una carpa gigantesca de telas amarillas en mitad del recinto. De pronto, a mitad del descanso, un estruendo de violines y guitarras empezó a retumbar desde la pista. La banda esa del Mar Azul, The Cupids, se había puesto a tocar. Para colmo, la artista pelinaranja de la prueba de tiro se sumó con su violín, y luego la maldita calva de Maki, la que los había arrastrado al pozo en la primera prueba, salió al medio a dar chillidos y adueñarse del show. Moja apretó los dientes, mascullando un *maldita pirata de mierda* entre dientes mientras aceleraba el paso. Escuchar a la peña ovacionar a una criminal le revolvía el estómago.
Y entonces lo vio. Allí arriba, en un tramo medio de la gradería, estaba Kibai. El mink guepardo de su propia división. Pero la escena le congeló la sangre a Moja: Kibai no estaba con soldados de la Marina. Estaba sentado, tan campante, justo al lado de la pirata esa flacucha, Hyakinthos, y rodeado por la chusma de los Piratas Sepultura. Estaban hablando, compartiendo espacio como si fueran compadres de toda la vida en una taberna.
A Moja se le subió la sangre a las orejas. El pelaje de los hombros se le erizó de golpe y estuvo a punto de ir directo a agarrar a Kibai por el cuello del uniforme para sacarlo de allí a tirones. ¿Un marine de la Sesenta fraternizando con la escoria que deberían estar encadenando? Qué absoluta falta de decoro militar. Pero justo cuando dio el primer tiranazo de paso hacia ellos, se acordó de las palabras del Comandante Stroud y de la amenaza de los Custodios que patrullaban el estadio. Si armaba un pollo allí, deshonraba a la Marina y acababa expulsado a patadas del imperio celestial.
Se tragó la furia, tragando una saliva amarga que le supo a hiel. Apretó los puños hasta que las uñas le pincharon las palmas de las manos y caminó hacia la zona. Se abrió paso a codazos secos entre un par de espectadores y se dejó caer en el banco de madera un par de escalones por encima de Kibai, lo bastante cerca para vigilarlo pero sin meterse en el corro de los piratas.
Al poco rato, la música por fin se acabó y el circo volvió a arrancar. Salió un tal Kuraku, un lunarian con alas negras que se puso a soltar un discurso larguísimo sobre la paz, la igualdad y el fin de la esclavitud que a Moja le entró por un oído y le salió por el otro. Él solo quería ver si los combates valían la pena o si eran otra farsa.
El "Dirigente" anunció a voz en grito el inicio de la semifinal: dos contra dos. Por un bando, la pava esa bruta de las Kuja, Runin, y el dinosaurio gigante Ubbe. Por el otro, el yakuza del barro, Onizuka Jin, y el cocinero huraño de la Sepultura, Uker.
Moja se reajustó la gorra blanca de la Marina con un tironazo seco, hundiéndosela hasta las cejas. Miró de reojo la nuca de Kibai. Moja sabía que por su propia forma de ser no era muy dado a la conversación, pero sentía que tenía que decirle algo, aunque fuera para marcar territorio marcial tras el espectáculo bochornoso de verle sentado con piratas. Hizo un esfuerzo casi sobrehumano por romper su propio silencio, carraspeando con un sonido rasposo en la garganta.
-Oye, Kibai...- soltó Moja, con la voz dura y sin mirarlo directamente, manteniendo los ojos amarillos clavados en la arena. -Mira abajo. Menudo circo han montado estos.-
No esperó a que el otro le respondiera ni un milisegundo. En cuanto vio que las cosas abajo empezaban a moverse, Moja siguió hablando encima, atropellándose un poco con sus propias palabras por la falta de costumbre de mantener un diálogo fluido.
-El yakuza ese... Jin... acaba de tragarse al cocinero con su barro. Vaya estupidez táctica. Un dos contra dos y el tío deja a su compañero metido dentro de su cuerpo. Si le meten un viaje a él, revientan a los dos de un tiro. Qué falta de instrucción militar, de verdad.-
Y justo en ese instante, sonó la señal del presentador y la pista estalló.
El dinosaurio Ubbe se lanzó rodando como una bola de piedra y músculos de siete metros directamente a por Jin, intentando atraparlo con las garras para aplastarlo contra la tierra batida. Pero lo de la mujer Kuja, Runin, fue todavía más salvaje. La tía metió un viaje contra el suelo que soltó una ráfaga de luz incandescente y, sin dar un segundo de respiro, se plantó delante de Jin soltándole un guantazo directo a la cara que resonó en todo el recinto como un cañonazo seco. Y no contenta con eso, giró el brazo a una velocidad de locos y le metió otro viaje que mandó al yakuza tres metros para atrás, levantando una polvareda de mil demonios.
Moja inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y dejando salir un bufido de aire caliente por las narices. El impacto había sido brutal. Se giró un milímetro hacia Kibai, hablándole casi al oído pero con la misma prisa hosca, sin dejarle hueco para articular palabra:
-¿Has visto eso? La tía esa pegó fuerte en la prueba del dial, pero en distancia corta es un demonio. El del barro se ha confiado comiéndose a su compañero y le han entrado dos galletas limpias en toda la jeta. Como no reaccione rápido, los van a barrer de la pista en medio minuto.-
Moja se volvió a cruzar de brazos, apretando la mandíbula mientras la arena se llenaba del humo del primer impacto y los gritos de la gente retumbaban en la bóveda de Shandora. Había hablado más en esos dos minutos que en toda la mañana, pero la adrenalina del combate le estaba haciendo hervir la sangre.
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*Pienso* -Hablo- Narro
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