01-08-2026, 08:22 PM
Luego de darle un par de caladas a aquella pipa, Zhang exhaló el humo que pronto se disipó frente a su rostro. Se acercó a su capitana, quien parecía bastante alegre de estar allí; al fin y al cabo, Zhang entendía lo que estar en este lugar podría representar para ella.
Sonrió levemente, permitiendo que una agradable sensación de tranquilidad invadiera su cuerpo y, al igual que los demás, se dejó contagiar por el ambiente festivo del lugar.
Fue así como se dejó guiar por Bai y terminaron en un sector bastante agradable de las gradas, donde todos parecían divertirse. Observó a su alrededor, reconociendo por un momento a algunos de los rostros que les acompañaron en el camino de inicio y, sin protestar, se acomodó en un buen asiento.
—Dice Bai que este es un buen lugar, joven Heras. ¿Ya la conocías? —preguntó el burro, mientras agarraba su jarra de cerveza para darle un buen sorbo. Había momentos en la vida en donde relajarse y disfrutar de una buena compañía era lo mejor que podía pedirse.
Observó a Bai un tanto inquieta y comprendió que era por su compañera, quien parecía haberse extraviado desde la última prueba. Mahou era un rayo de luz en la oscuridad, y aunque estaba tranquilo por su bienestar, sabía que debían estar alerta para encontrarla. —Mahou. —le susurró Zhang a su pequeño amigo peludo, quien, entendiendo la tarea, comenzó a buscarla en los alrededores.
—Mi pequeño amigo se llama Silencio. —le presentó el mono a Heras, notando lo animado que estaba el gigante por el combate—. Bai trajo comida y vino, te invita a tomar lo que quieras. Si deseas decirle algo, yo hablo un poco de su lengua. —le tradujo el anciano.
Antes de que Zhang pudiera responder a las inquietudes del joven sobre los poderes del hombre de barro, la voz de Bai llegó a sus oídos. Al observarla, notó cómo su rostro lucía bastante enrojecido. No pudo evitar soltar una pequeña carcajada, pensando que definitivamente tendría que estar pendiente de ambas compañeras; después de ese arduo viaje, se merecían una tarde como esta.
—Hoy parece un buen día para tomar ron. —comentó Zhang, quien no solía beber tanto, pero quería hacer algo diferente—. Bai pregunta si quieres que nos traiga algo más. Jejejeje, la altura hace que el trago pegue diferente. —añadió, intentando justificar amablemente la embriaguez de su capitana.
Fue entonces cuando la birkaniana, al intentar ponerse de pie, tuvo un pequeño tropezón que hizo que se manchara la ropa. Entre maldiciones, Bai desapareció entre las personas con la intención de rellenar su jarra.
—Para responder a tus dudas, joven Heras... Sí. Al igual que ese hombre de barro y que tú, hace muchos años di un bocado a una de las enigmáticas Frutas del Diablo. La mía me otorgó el poder de la nieve. —le explicó a Heras, mientras en la palma de su mano hacía danzar unos pequeños copos de nieve cristalizada.
—Y en cuanto a pelear... A primera vista parece una disputa algo dispareja, pero así son las reglas de este lugar. Un guerrero debe poder enfrentarse a todo tipo de contrincantes. Este es el escenario perfecto para que estos jóvenes sigan mejorando más y más. —respondió, dirigiendo ahora su mirada hacia la arena de combate.
Le dio otro sorbo a su jarra, oteando el horizonte por si alguna de sus compañeras regresaba, pero aún no había rastro de ellas. —Existen diferentes tipos de frutas, muchacho: las Zoan, las Paramecia y las Logia. Estas últimas les otorgan a quienes las consumen las habilidades de algún elemento de la naturaleza; en mi caso, la nieve. No podría asegurarte que la fruta de este chico sea de este tipo, pero ciertamente lo parece.
Zhang, quien hasta entonces había observado la batalla poco a poco por estar pendiente de las chicas, logró enfocar mejor aquello de lo que hablaba Heras. Frente a su único ojo bueno, el poder del barro le formó un súbito nudo en la garganta que lo obligó a beber de inmediato el resto de cerveza que tenía entre sus manos y, temblando imperceptiblemente, se aferró a su asiento.
—De hecho... el joven que mencionas parece tener los mismos poderes de un viejo amigo que murió hace muchas lunas. —Recordar a Cao lo entristeció profundamente por un instante. Odiaba sentirse de ese modo en una tarde festiva, pero el asalto de la memoria era inevitable; después de todo, había sido Cao quien los había empujado hasta allí.
Haciendo un esfuerzo por apartar la tristeza, se centró en Heras para intentar tranquilizarlo. —Sí se les puede golpear, pero debes ser más inteligente. El poder elemental nos afecta a todos de distinta manera. —le explicó en tono de secreto—. Y bueno, hay otras formas de contrarrestar a los usuarios de Akuma, luego puedo enseñarte algo sobre ello. —prometió, mientras rebuscaba en sus ropas la pipa para fumar un poco.
—Si Bai no regresa pronto, tendré que ir a echarle un ojo. —bromeó Zhang, encendiendo la cazoleta—. No me gustan los conflictos. La destrucción, la muerte... las aborrezco. —confesó el burro, un ser que siempre prefería hablar y mediar. Hizo una pausa reflexiva y continuó—. Pero si tienes la fuerza para cambiar algo, y la única forma de hacerlo es combatiendo, hay que hacerlo.
—Vivimos en un mundo injusto. Mira a tu alrededor... Combatir no es la respuesta definitiva, pero a veces es la herramienta necesaria para encontrarla. No somos un grupo de salvajes, joven Heras, pero hemos tenido que aprender a sobrevivir. —concluyó el viejo erudito.
—Creo que ahora también necesito rellenar mi jarra un poco. —añadió con una sonrisa cansada. Zhang siempre hacía lo mismo: le era inevitable buscar la paz. Dio otra profunda calada, permitiendo que el humo le tranquilizara la conciencia.
Poco a poco, su mente fue nublándose agradablemente entre el tabaco, el licor y el fragor del combate en la arena. Movió la cabeza de lado a lado al ritmo del barullo; hacía tiempo que había hecho las paces con su destino. Y con esa calma en el alma, sonrió, dispuesto a disfrutar del resto de la pelea.
Tal y como había desaparecido, Bai regresó adonde se encontraban. Con la jarra llena de nuevo, se sentaron a terminar de ver el combate. Zhang tomó un poco de vino y se lo sirvió, dándole un par de sorbos más, intentando ahogar aquel nudo en su pecho.
—Hmmm Ese joven tiene la... —Iba a contarle a Bai sobre lo que le atormentaba de su viejo amigo Cao, pero el grito escandaloso de un marine interrumpió sus palabras, y antes de que Zhang pudiera siquiera girarse para ver de qué hablaba el muchacho, el verdadero desastre ocurrió.
Sin esperarse algo así, sintió el pesado cuerpo de una mujer caer directamente sobre él. En un intento desesperado por evitar rodar por las gradas, el burro salvó la jarra de vino que tenía en la mano, dándole un rápido y único sorbo por puro instinto de supervivencia. La pipa, sin embargo, cayó de sus manos y, por un segundo, no entendió qué demonios estaba pasando.
—¿Se encuentra bien, jovencita? —logró preguntar, aturdido y adolorido.
Pero el espectáculo de la mujer calva no había terminado. Completamente perdida y ebria, le pidió fuego a Bai, y luego, sin previo aviso... ¡Le plantó un beso directo en los labios a su capitana!
Aquello congeló a Zhang por un instante. Se quedó paralizado, con la jarra a medio bajar, y se frotó su único ojo bueno con fuerza, intentando explicarse qué locura acababa de presenciar, pero la imagen seguía allí. —¡POR TODOS LOS CIELOS, SEÑORITA! —soltó escandalizado, abriendo la boca de par en par y casi dejando caer la jarra de vino. Definitivamente, para un viejo burro ermitaño, ¡la juventud de hoy en día estaba completamente loca!
Sonrió levemente, permitiendo que una agradable sensación de tranquilidad invadiera su cuerpo y, al igual que los demás, se dejó contagiar por el ambiente festivo del lugar.
Fue así como se dejó guiar por Bai y terminaron en un sector bastante agradable de las gradas, donde todos parecían divertirse. Observó a su alrededor, reconociendo por un momento a algunos de los rostros que les acompañaron en el camino de inicio y, sin protestar, se acomodó en un buen asiento.
—Dice Bai que este es un buen lugar, joven Heras. ¿Ya la conocías? —preguntó el burro, mientras agarraba su jarra de cerveza para darle un buen sorbo. Había momentos en la vida en donde relajarse y disfrutar de una buena compañía era lo mejor que podía pedirse.
Observó a Bai un tanto inquieta y comprendió que era por su compañera, quien parecía haberse extraviado desde la última prueba. Mahou era un rayo de luz en la oscuridad, y aunque estaba tranquilo por su bienestar, sabía que debían estar alerta para encontrarla. —Mahou. —le susurró Zhang a su pequeño amigo peludo, quien, entendiendo la tarea, comenzó a buscarla en los alrededores.
—Mi pequeño amigo se llama Silencio. —le presentó el mono a Heras, notando lo animado que estaba el gigante por el combate—. Bai trajo comida y vino, te invita a tomar lo que quieras. Si deseas decirle algo, yo hablo un poco de su lengua. —le tradujo el anciano.
Antes de que Zhang pudiera responder a las inquietudes del joven sobre los poderes del hombre de barro, la voz de Bai llegó a sus oídos. Al observarla, notó cómo su rostro lucía bastante enrojecido. No pudo evitar soltar una pequeña carcajada, pensando que definitivamente tendría que estar pendiente de ambas compañeras; después de ese arduo viaje, se merecían una tarde como esta.
—Hoy parece un buen día para tomar ron. —comentó Zhang, quien no solía beber tanto, pero quería hacer algo diferente—. Bai pregunta si quieres que nos traiga algo más. Jejejeje, la altura hace que el trago pegue diferente. —añadió, intentando justificar amablemente la embriaguez de su capitana.
Fue entonces cuando la birkaniana, al intentar ponerse de pie, tuvo un pequeño tropezón que hizo que se manchara la ropa. Entre maldiciones, Bai desapareció entre las personas con la intención de rellenar su jarra.
—Para responder a tus dudas, joven Heras... Sí. Al igual que ese hombre de barro y que tú, hace muchos años di un bocado a una de las enigmáticas Frutas del Diablo. La mía me otorgó el poder de la nieve. —le explicó a Heras, mientras en la palma de su mano hacía danzar unos pequeños copos de nieve cristalizada.
—Y en cuanto a pelear... A primera vista parece una disputa algo dispareja, pero así son las reglas de este lugar. Un guerrero debe poder enfrentarse a todo tipo de contrincantes. Este es el escenario perfecto para que estos jóvenes sigan mejorando más y más. —respondió, dirigiendo ahora su mirada hacia la arena de combate.
Le dio otro sorbo a su jarra, oteando el horizonte por si alguna de sus compañeras regresaba, pero aún no había rastro de ellas. —Existen diferentes tipos de frutas, muchacho: las Zoan, las Paramecia y las Logia. Estas últimas les otorgan a quienes las consumen las habilidades de algún elemento de la naturaleza; en mi caso, la nieve. No podría asegurarte que la fruta de este chico sea de este tipo, pero ciertamente lo parece.
Zhang, quien hasta entonces había observado la batalla poco a poco por estar pendiente de las chicas, logró enfocar mejor aquello de lo que hablaba Heras. Frente a su único ojo bueno, el poder del barro le formó un súbito nudo en la garganta que lo obligó a beber de inmediato el resto de cerveza que tenía entre sus manos y, temblando imperceptiblemente, se aferró a su asiento.
—De hecho... el joven que mencionas parece tener los mismos poderes de un viejo amigo que murió hace muchas lunas. —Recordar a Cao lo entristeció profundamente por un instante. Odiaba sentirse de ese modo en una tarde festiva, pero el asalto de la memoria era inevitable; después de todo, había sido Cao quien los había empujado hasta allí.
Haciendo un esfuerzo por apartar la tristeza, se centró en Heras para intentar tranquilizarlo. —Sí se les puede golpear, pero debes ser más inteligente. El poder elemental nos afecta a todos de distinta manera. —le explicó en tono de secreto—. Y bueno, hay otras formas de contrarrestar a los usuarios de Akuma, luego puedo enseñarte algo sobre ello. —prometió, mientras rebuscaba en sus ropas la pipa para fumar un poco.
—Si Bai no regresa pronto, tendré que ir a echarle un ojo. —bromeó Zhang, encendiendo la cazoleta—. No me gustan los conflictos. La destrucción, la muerte... las aborrezco. —confesó el burro, un ser que siempre prefería hablar y mediar. Hizo una pausa reflexiva y continuó—. Pero si tienes la fuerza para cambiar algo, y la única forma de hacerlo es combatiendo, hay que hacerlo.
—Vivimos en un mundo injusto. Mira a tu alrededor... Combatir no es la respuesta definitiva, pero a veces es la herramienta necesaria para encontrarla. No somos un grupo de salvajes, joven Heras, pero hemos tenido que aprender a sobrevivir. —concluyó el viejo erudito.
—Creo que ahora también necesito rellenar mi jarra un poco. —añadió con una sonrisa cansada. Zhang siempre hacía lo mismo: le era inevitable buscar la paz. Dio otra profunda calada, permitiendo que el humo le tranquilizara la conciencia.
Poco a poco, su mente fue nublándose agradablemente entre el tabaco, el licor y el fragor del combate en la arena. Movió la cabeza de lado a lado al ritmo del barullo; hacía tiempo que había hecho las paces con su destino. Y con esa calma en el alma, sonrió, dispuesto a disfrutar del resto de la pelea.
Tal y como había desaparecido, Bai regresó adonde se encontraban. Con la jarra llena de nuevo, se sentaron a terminar de ver el combate. Zhang tomó un poco de vino y se lo sirvió, dándole un par de sorbos más, intentando ahogar aquel nudo en su pecho.
—Hmmm Ese joven tiene la... —Iba a contarle a Bai sobre lo que le atormentaba de su viejo amigo Cao, pero el grito escandaloso de un marine interrumpió sus palabras, y antes de que Zhang pudiera siquiera girarse para ver de qué hablaba el muchacho, el verdadero desastre ocurrió.
Sin esperarse algo así, sintió el pesado cuerpo de una mujer caer directamente sobre él. En un intento desesperado por evitar rodar por las gradas, el burro salvó la jarra de vino que tenía en la mano, dándole un rápido y único sorbo por puro instinto de supervivencia. La pipa, sin embargo, cayó de sus manos y, por un segundo, no entendió qué demonios estaba pasando.
—¿Se encuentra bien, jovencita? —logró preguntar, aturdido y adolorido.
Pero el espectáculo de la mujer calva no había terminado. Completamente perdida y ebria, le pidió fuego a Bai, y luego, sin previo aviso... ¡Le plantó un beso directo en los labios a su capitana!
Aquello congeló a Zhang por un instante. Se quedó paralizado, con la jarra a medio bajar, y se frotó su único ojo bueno con fuerza, intentando explicarse qué locura acababa de presenciar, pero la imagen seguía allí. —¡POR TODOS LOS CIELOS, SEÑORITA! —soltó escandalizado, abriendo la boca de par en par y casi dejando caer la jarra de vino. Definitivamente, para un viejo burro ermitaño, ¡la juventud de hoy en día estaba completamente loca!
La bitácora del burro
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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?Nv.19 — Logia Yuki Yuki
