02-08-2026, 05:01 PM
Hubo un instante —uno muy breve— en el que estar de pie en medio del pasillo, con la multitud subiendo y bajando a empujones, se le hizo sencillamente insoportable. Tan molesto le resultó que, al recibir un tercer codazo a la altura de la cadera, bufó y se rindió, decidiendo regresar a su sitio. Pero, mientras lo hacía, se propinó un sonoro palmazo en la frente con la mano izquierda al caer en la cuenta de algo: con las prisas, había olvidado lo que Zhang le había pedido. Así que, aprovechando que el vendedor aún andaba cerca repartiendo bebidas, le encargó una ronda extra y emprendió de nuevo la subida hacia sus compañeros.
Una vez arriba, volvió a ofrecerles una jarra a los dos y, a continuación, le dedicó a Heras una sonrisa envuelta en una gracia poco habitual en ella. No porque careciera de belleza u honestidad, sino porque, al final del día, su seriedad y su parcial estoicismo siempre le ganaban el terreno a las emociones más puras, como la alegría contagiosa de un gran jolgorio como el que estaban viviendo.
—Espero que Heras se esté divirtiendo —dijo, antes de pegarle un buen trago al vino rosado—. Heras... —continuó, posando la mano sobre el fornido brazo del muchacho—: Bai, feliz de verte.
Acto seguido, miró al mink instándole con la mirada a que tradujera sus palabras. Fue entonces cuando advirtió que el burro fumaba de una pipa que le resultaba extrañamente familiar. Abrió la boca para preguntarle al respecto, pero, tan pronto como lo hizo, una serie de voces por encima de su cabeza reclamaron su atención.
—Perdona, Zhang —respondió volviendo su atención hacia él al percatarse de que había dejado de escucharle por estar cotilleando—. ¿Qué me ibas a decir? —Hizo una pausa y volvió a clavar la vista en la pipa—. ¿Eso es...?
De nuevo sonaron ruidos a su espalda que los cortaron. Dio un trago rápido mientras giraba el cuello y entonces lo vio. Alguien había comenzado a despeñarse entre las filas de espectadores: una figura que rodaba rebotando entre las piernas de la multitud mientras soltaba algo parecido a un grito de socorro, fundiéndose con las exclamaciones de pánico y el estruendo general de la arena.
—¡Eh!
—¡Cuidado!
—¡Los de abajo, apartaos!
Los gritos le retumbaban en los oídos y las imágenes eran procesadas por sus ojos, pero su cerebro, bastante achispado a esas alturas, tenía severos problemas para decidir entre salvar la jarra, atajar a la muchacha o simplemente apartarse. Por suerte, su cuerpo reaccionó más rápido que su mente y, aunque no fuera la decisión más brillante, al menos sus manos se movieron y apartó la bebida hacia atrás para evitar un desastre mayor.
O al menos, esa había sido la intención.
Pues, tan pronto como Maki aterrizó de golpe sobre sus piernas y la agarró del cabello para plantarle un beso, la impresión hizo que Bai golpeara sin querer la jarra con el codo. El recipiente salió volando unos centímetros y la catástrofe se desató en cadena: primero, el vino rosado salpicó el suelo; luego, empapó unas botas; y finalmente, anegó unos pantalones que apestarían a licor durante una buena temporada.
Todo el brebaje había ido a parar sobre el muchacho sentado justo detrás, quien, como un resorte, se puso en pie de un salto.
—¡¿Pero qué demonios...?!
Tras aquellas palabras se desencadenó un alud de insultos y protestas, alimentados por la rabia de haber sido bañado en vino.
Bai, mientras tanto, apenas se estaba recomponiendo del impacto del beso.
—¡POR TODOS LOS CIELOS, SEÑORITA!
Con la atención fija en Maki, escuchó a Zhang sobresaltarse. Giró la cabeza hacia su compañero, sintiendo un calor abrasador brotarle en el pecho, extenderse hacia su vientre y volverle la respiración espesa y pesada.
—Zhang, yo... —murmuró, desviando la mirada hacia Heras con las mejillas ardientes y encendidas, como si él tuviera alguna clase de respuesta adecuada para el momento.
Mientras tanto, en medio de aquel revuelo, una voz nueva —curiosamente familiar para la birkaniana— se abrió paso entre el gentío que gritaba hacia la arena y se quejaba de lo que acababa de ocurrir con Maki y la birkiniana. Así que, curiosa, Bai giró apenas la cabeza en dirección a Zhang, escuchando tras de sí una discusión a tres voces sobre si debían decirle algo a la gigante alada o no, la cual volvió a pasar completamente desapercibida por su desconocimiento del idioma, y vio a otro mink agacharse para recoger la pipa que su nakama había dejado caer durante el desbarajuste.
—Ese uniforme... —murmuró, frunciendo ligeramente el ceño mientras seguía con la mirada al recién llegado—. Espera...
El mink recogió la pipa del burro y se la tendió con una sonrisa tranquila mostrando, ahora sí, su rostro.
Bai parpadeó un par de veces.
—¿Kibai...?
Al otro lado, alguien seguía protestando por el vino, aunque aquellas voces llegaban hasta ella tan amortiguadas como el rumor distante de la arena.
—Es Kibai —le dijo a Maki y a Heras, confiando en que ambos le entenderían. Y aunque era obvio de quién se trataba, pues no había más minks como él en Shandora, el juicio nublado por el alcohol le impidió razonar con mayor claridad.
Paralelamente, a su espalda, ya se podían empezar a escuchar por encima del resto ruido varias amenazas suaves dirigidas a su persona, que iban desde un tajante: «¿No ves que se está haciendo la sorda, la tonta esta?» hasta «Voy a hacerle pagar por esto».
Pero a Bai le siguió dando igual.
Así que se limitó a imitar a Kibai, intentando responder al leve brindis, y buscó a tientas la jarra de vino a su alrededor... hasta que descubrió que ya no estaba allí.
—¡Suéltame, imbécil! —bramaron a sus espaldas—. ¡Le voy a partir la madre! ¡Por culpa de tu amiguita la calva miren cómo me ha dejado la ropa!
Bai no entendió la amenaza ni se molestó en comprobar cómo dos jóvenes sujetaban a su compañero, que no dejaba de vociferar por la mancha de vino señalando a Maki y encarándose a Kibai.
—¡Oye, tú, el marine gatito! —gritó uno de los revoltosos, gesticulando hacia Kibai con indignación—. ¡¿Es que no vas a hacer nada?! ¡Mira cómo nos han puesto! ¡Echa una mano o pon orden aquí!
La vista de Bai para ese entonces pivotaba de uno a otro de los presentes sintiéndose cada vez más mareada por la rapidez con la que movía la cabeza.
—¡Oye, imbécil!
Bai se había empezado a inclinarse para devolverle el beso a la muchacha, sin embargo este jamás llegó pues una mano pesada se le incrustó en el hombro, acompañada de un áspero reproche: —¿Es que no te vas a disculpar por lo que acabas de hacer?
Ante aquel contacto, Bai se giró por tercera vez. El suelo parecía oscilar mucho más de lo debido y, por un segundo, entornó los ojos intentando enfocar al tipo empapado que tenía delante, el cual gesticulaba y hablaba a una velocidad frenética que ella no lograba procesar.
—¿Qué te pasa? ¿Es que en tu tierra no saben lo que cuesta la ropa?
Bai frunció ligeramente el ceño, descolocada.
—¡ Al menos mírame a la cara cuando te hablo, imbécil!
Bai miró de reojo hacia donde estaban los demás, observando como los amigos del muchacho empezaban a gesticular de forma agresiva hacia Zhang y Heras, mientras uno de ellos volvía a increpar al mink de la Marina. Bai negó con la cabeza. El joven empapado volvió a alzar la voz e insistió, y justo cuando sus dos acompañantes intentaron intimidar al grupo hinchando el pecho y dando un paso al frente, un espectador ajeno, que ni siquiera había visto cómo había empezado la trifulca, se levantó de su sitio convencido de que iba a estallar una pelea campal.
De pronto, el ambiente colapsó. Las voces empezaron a solaparse en un griterío indescifrable; todo se convirtió en una marea caótica, una tormenta que se volvía cada vez más ensordecedora y cercana. Perdida en medio de la vorágine, Bai se giró de nuevo hacia Maki como si la otra mujer pudiera ayudarla.
Pero la verdad era que ni siquiera la estaba mirando a los ojos: su mirada estaba clavada en sus labios. Bajaba por su mentón, rozaba su clavícula y...
—¡Scrum!
Eso sí lo entendió, aun cuando el resto de las palabras se ahogaron en la bronca general.
Para ese entonces, la gente de las filas contiguas empezaba a apartarse a toda prisa, mientras otros se agolpaban con morbo para mirar.
Así es que se sucedieron los primeros empujones involuntarios.
Alguien tropezó, otro respondió con un codazo y, en mitad del caos, Bai balanceaba la cabeza de un lado a otro intentando comprender qué demonios estaba pasando y pensando en lo muchísimo que le habían arruinado el momento.
—¡Scrum! —volvió a retumbar en medio del gentío.
Fue entonces cuando el joven skypeano volvió a agarrarla del hombro, esta vez con una fuerza mayor. En la mente de Bai, densa y adormecida por el licor, las explicaciones dejaron de importar al ver cómo los nudillos del tipo emblanquecían por la presión sobre su piel.
—Disculpa un minuto —le dijo a Maki con una serenidad casi insana, completamente ajena al torbellino de gritos que las rodeaba.
Se giró sobre sí misma por completo y...
¡BAM!
El muchacho salió despedido hacia atrás por el impacto, estampándose contra sus propios amigos.
Uno cayó sobre el banco, el otro trastabilló de mala manera y, en ese preciso instante, la grada entera a su alrededor estalló en gritos de nuevo. Sin embargo, el estruendo duraría poco más de apenas un suspiro pues, mientes el tipo que Bai acaba de golpear se ponia en pie valiéndose de sus amigos, la voz retumbante del Dirigente amortiguó el inicio de lo que iba a ser una batalla campal en los asientos.
—¡Y HASTA AQUÍ EL COMBATE, DAMAS Y CABALLEROS! ¡LOS DOS PARTICIPANTES QUE SE ALZAN CON LA VICTORIA SON... ONIZUKA JIN Y RACKHAM UKER!
Hubo silencio en aquel pequeño espacio por un momento, la mayoría de ojos desviando su mirada hacia la arena, y de repente una ovación tapó los insultos de los agredidos. Pero aquello no terminaría así. Y es que, en el breve lapso de silencio en el que el Dirigente hizo su pausa dramática para anunciar al campeón definitivo, los amigos del muchacho empapado intentaron abalanzarse sobre Bai retomando las cosas donde lo habían dejado.
Manos volaron hacia ellos, gente del público que los atrapó intentando poner calma ante el anuncio de su tan amado animador.
Bai volvió la cabeza hacia sus compañeros entonces, disculpándose con la mirada por el espectáculo que acababa de provocar.
Una vez arriba, volvió a ofrecerles una jarra a los dos y, a continuación, le dedicó a Heras una sonrisa envuelta en una gracia poco habitual en ella. No porque careciera de belleza u honestidad, sino porque, al final del día, su seriedad y su parcial estoicismo siempre le ganaban el terreno a las emociones más puras, como la alegría contagiosa de un gran jolgorio como el que estaban viviendo.
—Espero que Heras se esté divirtiendo —dijo, antes de pegarle un buen trago al vino rosado—. Heras... —continuó, posando la mano sobre el fornido brazo del muchacho—: Bai, feliz de verte.
Acto seguido, miró al mink instándole con la mirada a que tradujera sus palabras. Fue entonces cuando advirtió que el burro fumaba de una pipa que le resultaba extrañamente familiar. Abrió la boca para preguntarle al respecto, pero, tan pronto como lo hizo, una serie de voces por encima de su cabeza reclamaron su atención.
—Perdona, Zhang —respondió volviendo su atención hacia él al percatarse de que había dejado de escucharle por estar cotilleando—. ¿Qué me ibas a decir? —Hizo una pausa y volvió a clavar la vista en la pipa—. ¿Eso es...?
De nuevo sonaron ruidos a su espalda que los cortaron. Dio un trago rápido mientras giraba el cuello y entonces lo vio. Alguien había comenzado a despeñarse entre las filas de espectadores: una figura que rodaba rebotando entre las piernas de la multitud mientras soltaba algo parecido a un grito de socorro, fundiéndose con las exclamaciones de pánico y el estruendo general de la arena.
—¡Eh!
—¡Cuidado!
—¡Los de abajo, apartaos!
Los gritos le retumbaban en los oídos y las imágenes eran procesadas por sus ojos, pero su cerebro, bastante achispado a esas alturas, tenía severos problemas para decidir entre salvar la jarra, atajar a la muchacha o simplemente apartarse. Por suerte, su cuerpo reaccionó más rápido que su mente y, aunque no fuera la decisión más brillante, al menos sus manos se movieron y apartó la bebida hacia atrás para evitar un desastre mayor.
O al menos, esa había sido la intención.
Pues, tan pronto como Maki aterrizó de golpe sobre sus piernas y la agarró del cabello para plantarle un beso, la impresión hizo que Bai golpeara sin querer la jarra con el codo. El recipiente salió volando unos centímetros y la catástrofe se desató en cadena: primero, el vino rosado salpicó el suelo; luego, empapó unas botas; y finalmente, anegó unos pantalones que apestarían a licor durante una buena temporada.
Todo el brebaje había ido a parar sobre el muchacho sentado justo detrás, quien, como un resorte, se puso en pie de un salto.
—¡¿Pero qué demonios...?!
Tras aquellas palabras se desencadenó un alud de insultos y protestas, alimentados por la rabia de haber sido bañado en vino.
Bai, mientras tanto, apenas se estaba recomponiendo del impacto del beso.
—¡POR TODOS LOS CIELOS, SEÑORITA!
Con la atención fija en Maki, escuchó a Zhang sobresaltarse. Giró la cabeza hacia su compañero, sintiendo un calor abrasador brotarle en el pecho, extenderse hacia su vientre y volverle la respiración espesa y pesada.
—Zhang, yo... —murmuró, desviando la mirada hacia Heras con las mejillas ardientes y encendidas, como si él tuviera alguna clase de respuesta adecuada para el momento.
Mientras tanto, en medio de aquel revuelo, una voz nueva —curiosamente familiar para la birkaniana— se abrió paso entre el gentío que gritaba hacia la arena y se quejaba de lo que acababa de ocurrir con Maki y la birkiniana. Así que, curiosa, Bai giró apenas la cabeza en dirección a Zhang, escuchando tras de sí una discusión a tres voces sobre si debían decirle algo a la gigante alada o no, la cual volvió a pasar completamente desapercibida por su desconocimiento del idioma, y vio a otro mink agacharse para recoger la pipa que su nakama había dejado caer durante el desbarajuste.
—Ese uniforme... —murmuró, frunciendo ligeramente el ceño mientras seguía con la mirada al recién llegado—. Espera...
El mink recogió la pipa del burro y se la tendió con una sonrisa tranquila mostrando, ahora sí, su rostro.
Bai parpadeó un par de veces.
—¿Kibai...?
Al otro lado, alguien seguía protestando por el vino, aunque aquellas voces llegaban hasta ella tan amortiguadas como el rumor distante de la arena.
—Es Kibai —le dijo a Maki y a Heras, confiando en que ambos le entenderían. Y aunque era obvio de quién se trataba, pues no había más minks como él en Shandora, el juicio nublado por el alcohol le impidió razonar con mayor claridad.
Paralelamente, a su espalda, ya se podían empezar a escuchar por encima del resto ruido varias amenazas suaves dirigidas a su persona, que iban desde un tajante: «¿No ves que se está haciendo la sorda, la tonta esta?» hasta «Voy a hacerle pagar por esto».
Pero a Bai le siguió dando igual.
Así que se limitó a imitar a Kibai, intentando responder al leve brindis, y buscó a tientas la jarra de vino a su alrededor... hasta que descubrió que ya no estaba allí.
—¡Suéltame, imbécil! —bramaron a sus espaldas—. ¡Le voy a partir la madre! ¡Por culpa de tu amiguita la calva miren cómo me ha dejado la ropa!
Bai no entendió la amenaza ni se molestó en comprobar cómo dos jóvenes sujetaban a su compañero, que no dejaba de vociferar por la mancha de vino señalando a Maki y encarándose a Kibai.
—¡Oye, tú, el marine gatito! —gritó uno de los revoltosos, gesticulando hacia Kibai con indignación—. ¡¿Es que no vas a hacer nada?! ¡Mira cómo nos han puesto! ¡Echa una mano o pon orden aquí!
La vista de Bai para ese entonces pivotaba de uno a otro de los presentes sintiéndose cada vez más mareada por la rapidez con la que movía la cabeza.
—¡Oye, imbécil!
Bai se había empezado a inclinarse para devolverle el beso a la muchacha, sin embargo este jamás llegó pues una mano pesada se le incrustó en el hombro, acompañada de un áspero reproche: —¿Es que no te vas a disculpar por lo que acabas de hacer?
Ante aquel contacto, Bai se giró por tercera vez. El suelo parecía oscilar mucho más de lo debido y, por un segundo, entornó los ojos intentando enfocar al tipo empapado que tenía delante, el cual gesticulaba y hablaba a una velocidad frenética que ella no lograba procesar.
—¿Qué te pasa? ¿Es que en tu tierra no saben lo que cuesta la ropa?
Bai frunció ligeramente el ceño, descolocada.
—¡ Al menos mírame a la cara cuando te hablo, imbécil!
Bai miró de reojo hacia donde estaban los demás, observando como los amigos del muchacho empezaban a gesticular de forma agresiva hacia Zhang y Heras, mientras uno de ellos volvía a increpar al mink de la Marina. Bai negó con la cabeza. El joven empapado volvió a alzar la voz e insistió, y justo cuando sus dos acompañantes intentaron intimidar al grupo hinchando el pecho y dando un paso al frente, un espectador ajeno, que ni siquiera había visto cómo había empezado la trifulca, se levantó de su sitio convencido de que iba a estallar una pelea campal.
De pronto, el ambiente colapsó. Las voces empezaron a solaparse en un griterío indescifrable; todo se convirtió en una marea caótica, una tormenta que se volvía cada vez más ensordecedora y cercana. Perdida en medio de la vorágine, Bai se giró de nuevo hacia Maki como si la otra mujer pudiera ayudarla.
Pero la verdad era que ni siquiera la estaba mirando a los ojos: su mirada estaba clavada en sus labios. Bajaba por su mentón, rozaba su clavícula y...
—¡Scrum!
Eso sí lo entendió, aun cuando el resto de las palabras se ahogaron en la bronca general.
Para ese entonces, la gente de las filas contiguas empezaba a apartarse a toda prisa, mientras otros se agolpaban con morbo para mirar.
Así es que se sucedieron los primeros empujones involuntarios.
Alguien tropezó, otro respondió con un codazo y, en mitad del caos, Bai balanceaba la cabeza de un lado a otro intentando comprender qué demonios estaba pasando y pensando en lo muchísimo que le habían arruinado el momento.
—¡Scrum! —volvió a retumbar en medio del gentío.
Fue entonces cuando el joven skypeano volvió a agarrarla del hombro, esta vez con una fuerza mayor. En la mente de Bai, densa y adormecida por el licor, las explicaciones dejaron de importar al ver cómo los nudillos del tipo emblanquecían por la presión sobre su piel.
—Disculpa un minuto —le dijo a Maki con una serenidad casi insana, completamente ajena al torbellino de gritos que las rodeaba.
Se giró sobre sí misma por completo y...
¡BAM!
El muchacho salió despedido hacia atrás por el impacto, estampándose contra sus propios amigos.
Uno cayó sobre el banco, el otro trastabilló de mala manera y, en ese preciso instante, la grada entera a su alrededor estalló en gritos de nuevo. Sin embargo, el estruendo duraría poco más de apenas un suspiro pues, mientes el tipo que Bai acaba de golpear se ponia en pie valiéndose de sus amigos, la voz retumbante del Dirigente amortiguó el inicio de lo que iba a ser una batalla campal en los asientos.
—¡Y HASTA AQUÍ EL COMBATE, DAMAS Y CABALLEROS! ¡LOS DOS PARTICIPANTES QUE SE ALZAN CON LA VICTORIA SON... ONIZUKA JIN Y RACKHAM UKER!
Hubo silencio en aquel pequeño espacio por un momento, la mayoría de ojos desviando su mirada hacia la arena, y de repente una ovación tapó los insultos de los agredidos. Pero aquello no terminaría así. Y es que, en el breve lapso de silencio en el que el Dirigente hizo su pausa dramática para anunciar al campeón definitivo, los amigos del muchacho empapado intentaron abalanzarse sobre Bai retomando las cosas donde lo habían dejado.
Manos volaron hacia ellos, gente del público que los atrapó intentando poner calma ante el anuncio de su tan amado animador.
Bai volvió la cabeza hacia sus compañeros entonces, disculpándose con la mirada por el espectáculo que acababa de provocar.
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Bai Mudan
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