04-08-2026, 06:38 AM
La chaqueta en los hombros, el cigarrillo entre los dientes, una tortuga a su lado, y la persistente sensación de desazón en el pecho; todo eso acompañaba a Enji en su andar, por lo demás tranquilo, hacia el extremo sur de las gradas. Permanentemente se estaba rascando el cuello, una mala costumbre, pero también su forma de descargar a tierra la ansiedad y otras emociones con las que no sabía lidiar. Estaba enojado, por supuesto. Frustrado por perder, decepcionado de su desempeño en la prueba de velocidad… Estaba enojado. Empezó a dudar de sus decisiones, a preguntarse si realmente fueron las correctas. Si había hecho todo para poder conseguir la victoria o una bala se había quedado fría en la recámara de sus posibilidades. ¿Debió ser él quien bajase a la arena en las semifinales? ¿Había algo más que pudo haber hecho para escalar puestos en la Prueba de Céfiro? Preguntas como esa empezaron a hacer eco dentro de su cabeza. Estaba enojado. Tan enojado que sus dientes apretaron el filtro del cigarrillo hasta cortarlo. La braza y el tabaco cayeron al suelo, frente a sus pies. Su andar se detuvo.
—Sí… creo que lo escuché decir algo de Masami. —Recobró el sentido tras parpadear dos veces. Tenía las manos cerradas, los puños apretados y una mirada inusualmente tensa. Realmente se había enojado—. De cualquier modo, nos veremos a la salida de aquí. Es difícil perder a alguien como Akira.
Suspiró, sacó del bolsillo de su chaqueta otro cigarrillo y le dio luz como al último. Sorbió de su filtro una larga calada y el humo, como siempre, apagó las vocecitas de su subconsciente y lo ayudó a relajarse. Enojarse no valía la pena. Frustrarse no valía la pena. Estaban en el cielo, participando de unos juegos frente a una miríada de personas aladas que los tenían por el entretenimiento del año. Ser campeón del torneo no era su objetivo, no era la bandera que perseguía, no importaba. Cuando volvió a entender eso, su mal genio bajó significativamente y pudo voltear hacia la arena sin pensar en cuánto deseaba saltar dentro.
En eso, justamente, vio a Ubbe regresar a las gradas tras su derrota.
—¡Eh, grandote! —llamó, su mano derecha levantada para tratar de captar su atención—. Te comiste una mierda. —Sonrió y su cigarro se movió del lado izquierdo de su labios al derecho—. ¡Y ni siquiera llegaste a tocarle las tetas! Que decepción, hermano. ¡Mírala! —Señaló a Runnin, la peleadora elegida por el grupo 9—. ¿Sabes lo difícil que es encontrar un par de almohadas como esas? Aunque sea hubieras fingido que te desmayabas para caer encima suya. Bueno, quizá la matabas aplastada, ¡pero intentarlo, negro! ¡Tienes que intentarlo!
Señaló severamente al buccaneer con el índice de su mano izquierda, decepcionado. Después de un intenso segundo se resignó, suspiró y relajó los hombros. Apoyó los codos en la baranda mientras la vena de su frente volvía a la normalidad.
—En fin, no importa. El próximo año bajaré yo a las semifinales y más te vale que haya otra preciosura como esa en mi equipo —dijo, se giró y retomó su camino hacia el extremo de la grada que más cerca se encontraba de la carpa del rey—. Nos vemos en tierra, baby. ¡Shihaha!
Levantó la mano mientras se alejaba, en señal de despedida.
Los discursos previos al inicio de la final los escuchó ya parado en el extremo de la grada, desde donde tenía una visión mucho más privilegiada de quienes ocupaban las carpas del rey y sus escoltas.
«Mierda, ese sí que es feo. Me recuerda al bueno del Don Ald. ¿Qué será de la vida de ese cabrón? —Se rio por dentro—. ¿Pero qué va a ser de su vida? Si el enano está encerrado»
—¿A Shin? Sí, pero no mucho. Tuvimos un pequeño encuentro en la Isla del Karate. Los dos habíamos consumido frutas del diablo hacía relativamente poco. —Se encogió de hombros—. Peleamos un rato, después se fue. Lo único que sé de él es que es muy rápido, demasiado, y que no puedes tocarlo con las manos. Lo intenté. Sólo lo atraviesas.
» El otro tipo está condenado —agregó—. Es una final cantada. Tch, me hubiera gustado intentar algunas cosas contra él.
Volvió a sorber humo de su cigarrillo y exhaló una cortina blanca desde la nariz, como un toro enardecido.
—Por cierto, Juancho… —Hizo una mueca con la cara, incómodo, mientras se acercaba un poco a la tortuga y le comentaba una cosa por lo bajo—: ¿Soy yo, o el rey de este lugar es un puto mono?
—Sí… creo que lo escuché decir algo de Masami. —Recobró el sentido tras parpadear dos veces. Tenía las manos cerradas, los puños apretados y una mirada inusualmente tensa. Realmente se había enojado—. De cualquier modo, nos veremos a la salida de aquí. Es difícil perder a alguien como Akira.
Suspiró, sacó del bolsillo de su chaqueta otro cigarrillo y le dio luz como al último. Sorbió de su filtro una larga calada y el humo, como siempre, apagó las vocecitas de su subconsciente y lo ayudó a relajarse. Enojarse no valía la pena. Frustrarse no valía la pena. Estaban en el cielo, participando de unos juegos frente a una miríada de personas aladas que los tenían por el entretenimiento del año. Ser campeón del torneo no era su objetivo, no era la bandera que perseguía, no importaba. Cuando volvió a entender eso, su mal genio bajó significativamente y pudo voltear hacia la arena sin pensar en cuánto deseaba saltar dentro.
En eso, justamente, vio a Ubbe regresar a las gradas tras su derrota.
—¡Eh, grandote! —llamó, su mano derecha levantada para tratar de captar su atención—. Te comiste una mierda. —Sonrió y su cigarro se movió del lado izquierdo de su labios al derecho—. ¡Y ni siquiera llegaste a tocarle las tetas! Que decepción, hermano. ¡Mírala! —Señaló a Runnin, la peleadora elegida por el grupo 9—. ¿Sabes lo difícil que es encontrar un par de almohadas como esas? Aunque sea hubieras fingido que te desmayabas para caer encima suya. Bueno, quizá la matabas aplastada, ¡pero intentarlo, negro! ¡Tienes que intentarlo!
Señaló severamente al buccaneer con el índice de su mano izquierda, decepcionado. Después de un intenso segundo se resignó, suspiró y relajó los hombros. Apoyó los codos en la baranda mientras la vena de su frente volvía a la normalidad.
—En fin, no importa. El próximo año bajaré yo a las semifinales y más te vale que haya otra preciosura como esa en mi equipo —dijo, se giró y retomó su camino hacia el extremo de la grada que más cerca se encontraba de la carpa del rey—. Nos vemos en tierra, baby. ¡Shihaha!
Levantó la mano mientras se alejaba, en señal de despedida.
Los discursos previos al inicio de la final los escuchó ya parado en el extremo de la grada, desde donde tenía una visión mucho más privilegiada de quienes ocupaban las carpas del rey y sus escoltas.
«Mierda, ese sí que es feo. Me recuerda al bueno del Don Ald. ¿Qué será de la vida de ese cabrón? —Se rio por dentro—. ¿Pero qué va a ser de su vida? Si el enano está encerrado»
—¿A Shin? Sí, pero no mucho. Tuvimos un pequeño encuentro en la Isla del Karate. Los dos habíamos consumido frutas del diablo hacía relativamente poco. —Se encogió de hombros—. Peleamos un rato, después se fue. Lo único que sé de él es que es muy rápido, demasiado, y que no puedes tocarlo con las manos. Lo intenté. Sólo lo atraviesas.
» El otro tipo está condenado —agregó—. Es una final cantada. Tch, me hubiera gustado intentar algunas cosas contra él.
Volvió a sorber humo de su cigarrillo y exhaló una cortina blanca desde la nariz, como un toro enardecido.
—Por cierto, Juancho… —Hizo una mueca con la cara, incómodo, mientras se acercaba un poco a la tortuga y le comentaba una cosa por lo bajo—: ¿Soy yo, o el rey de este lugar es un puto mono?
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