04-08-2026, 09:30 AM
El sonoro bramido arrebata hálitos, genera tensiones y despedaza la concentración de cada uno de los participantes, convirtiéndola en añicos que sobrevuelan el escenario hasta desaparecer por completo. La reacción es inmediata: cada arma, cada postura de batalla y cada intento por contener al otro se disuelven por completo. Las miradas de los luchadores se cruzan entre ellos antes de dirigirse hacia quien acaba de dar por culminado el combate.
¿Espectacular? La fémina no puede evitar fruncir el entrecejo ante el evidente desazón que acongoja a su pensamiento más lógico. La posición defensiva se rompe; inhala profundo, intentando no pensar en el inminente dolor que se propaga desde las heridas abiertas hasta la totalidad de su cuerpo. La adrenalina desciende a pasos agigantados, obligando a la amazona a recordar que continúa siendo una persona más, un ser de carne y hueso que puede ser cortado cual pieza en un mostrador. Los brillantes guantes iluminan sus facciones hasta que el dorso de sus manos choca entre sí, devolviendo la normalidad a su alrededor.
El show continúa.
La mirada chocolate enfrenta a su compañero, aquel que ha impedido que el azabache consiga hacer algo verdaderamente destacable en la batalla. ¿Ha sido suficiente? Los orbes descienden hasta la herida de su propia pierna, teñida de carmín, donde la sangre brilla hasta secarse una y otra vez. Cada segundo que transcurre, cada respiración, leve o profunda, y cada músculo destensado le recuerdan que la batalla ha culminado. El hombre enmascarado no deja de hablar hasta que el veredicto se expande sobre la arena, provocando reacciones de toda índole. Los gritos reverberan, la emoción colectiva encandila a los victoriosos y aplasta a los vencidos.
Han perdido.
”He perdido.”
”He perdido.”
Un largo y silencioso suspiro busca la forma de escapar, de liberarse del peso de sus propias expectativas. Lejos de bajar la cabeza, morderse los labios, apretar los puños, dejarse llevar por la cólera o exigir explicaciones, la fémina tan solo sonríe de medio lado.
—He perdido.
Lo repite en voz alta. No es un grito ni un llamado de atención; es una forma de escucharse a sí misma, de volverlo real. Las voces que resuenan alrededor de la arena, las de sus rivales e incluso la del propio presentador, le infunden menos confianza que sus propias palabras.
El estómago se siente vacío, los hombros parecen desear desplomarse y las piernas se tornan insensibles. Cada paso que la aleja de la arena parece irreal, como si fuera otra persona quien caminara por ella, como si estuviera viendo el mundo fuera de su propio cuerpo.
Ni toda su fuerza, ni todo su carisma, ni siquiera su confianza o su velocidad han sido suficientes contra quien se alza con la gloria. El fresco recuerdo de aquel fallo garrafal la obliga a pensar en el futuro, porque perder una batalla no significa haberlo perdido todo; al menos, no para ella. ¿Se ha equivocado? Lo enmendará con el siguiente golpe. ¿Han cortado su cuerpo? Se volverá lo bastante resistente como para no preocuparse por sangrar la próxima vez. ¿Ha perdido? Esta vez solo ha sido un juego. El mar es mucho más peligroso, y no piensa volver a perder.
Aún así, una parte de ella, esa que intenta ocultar con ahínco, que se retuerce en su estómago, se instaura en su pecho y busca quebrar su pensativa expresión para convertirla en una de agobio. Esta surge al pensar que su tripulación la ha visto perder, la ha visto sangrar a borbotones, la ha escuchado gritar y la ha visto fallar. El rostro se esconde tras sus cabellos, una sombra que oculta la fina línea que sus labios crean, los hombros tiemblan y no solo por el dolor provocado por la punzante herida. ¿Cómo confiar en la fuerza de aquella quien jura protegerlos y, a la primera oportunidad, fracasa?
La voz de aquel que es aclamado por todos resuena en la cercanía, obligándola a recomponer sus gestos, levantar el mentón, arquear una ceja y sonreír de medio lado, con esa seguridad por la que todos la conocen, al menos en apariencia.

—Bueno, cariño, espero que estés dispuesto a preparar tu mejor vino para nosotros.
Bromea entre negaciones de cabeza. ¿Golpes potentes? ”Mejoraré.” ¿Aterradora? ”Mejoraré”. El pecho late desbocado, la molestia asciende hasta su garganta, la respiración se acelera y, de repente, la luz vuelve a brillar.
La sonrisa más honesta. La forma en que el movimiento de sus pasos obliga a sus alborotados cabellos a danzar al compás del viento. La dulce expresión que sumerge a la amazona en un mar de calma, tan profundo que toda molestia, incomodidad, dolor y sensación de pérdida se vuelven nulos. Un suspiro que la deja sin aliento. Un nuevo revoloteo en su estómago que ahuyenta el antiguo vacío. Unos brazos cálidos que la envuelven con tal ternura a que su cuerpo no encuentra más respuesta que rendirse por completo a él.
Cardan los acompaña, la frialdad de sus escamas envolviéndolos, mas ella se siente cálida contra el cuerpo del castaño, contra esa deslumbrante energía que todo lo llena.
“Fue una gran pelea.”
La comisura de los ojos de la morena escuecen; sus oscuros orbes parecen más claros, más brillantes. La sensación de su cercanía, de esos labios que le arrebatan hasta el último vestigio de desconsuelo, la envuelve por completo. Absurdas ideas se entremezclan en sus pensamientos más recónditos. Ni siquiera se percata de la sonrisa que adorna sus labios mientras corresponde a la ajena y lo escucha con tanta atención, preguntándose si esa es la recompensa por haber perdido. No, no por ello; jamás por ello.
Él la conoce mejor que nadie.
Él, quien siempre cree en ella; quien la provoca con bromas en las que termina cayendo, incluso cuando es capaz de ver a través de sus mentiras; quien le brinda abrigo, la ayuda a perseguir sus sueños y la levanta entre sus brazos para evitar que siga haciendo absurdos esfuerzos. Él, quien siempre intenta ayudarla, cuidarla y protegerla; no porque ella no pueda hacerlo, no por verla débil o magullada, por demostrar la valía de un capitán o por condescendencia, no… Él lo hace porque quiere hacerlo, por ella.

—Lo último que harías sería empeorarlo, cariño.
Ryota sería incapaz de empeorar algo en su vida; al contrario. No ofrece resistencia cuando él toma su morral, no busca hacer las cosas por sí misma, no intenta vendarse las heridas ni aparentar fortaleza. No. Se permite ser cuidada; simplemente no puede apartar la vista de él. Sus orbes, cargados de afecto, delinean hasta la más mínima expresión del castaño: la forma de sus labios, la intensidad de su mirada concentrada, la delicadeza con la que sus manos se mueven, procurando no apretar ni lastimar, y el leve fruncir de sus cejas ante los más pequeños detalles.
Cardan acaricia la mejilla de la amazona con tanta suavidad que incluso no parece ser una serpiente. ¿Cómo sentirse derrotada cuando la persona que más quiere se hace cargo de ella? ¿Cuando su compañero de toda la vida no logra separarse ni un centímetro de ella?

—Tantos cuidados me harán una persona consentida.
Emite en suaves sonrisas. El ruido de fondo, las preparaciones y presentaciones, el advenimiento de un nuevo combate… ¿Qué importa? Las voces de fondo son solo eso: voces de fondo. Sus sentidos buscan disfrutar del momento, de ellos.
Las heridas escondidas tras las vendas, la sangre deteniendo su fluir, el inexperto trabajo culmina en el favorable resultado. La cálida expresión se torna en una más divertida ante la cuestión del castaño. —Como si me hubieran aplastado cuatro Aloha Kai. —Bromea, la mirada brilla, la barbilla en alto, la risa aflorando. —Sabes que algo así no puede contra mi, cariño. —Una herida no, un combate no, pero quizá él sí. Lo entiende cuando la cálida mano acaricia su hombro sano, cuando las miradas se encuentran en una promesa que le sabe a recuerdos, añoranza y una noche que volvería a repetir mil veces en su vida.
¿Qué es el amor?
Siempre se ha preguntado a qué se debe ese terrible fenómeno. Desde niña, jamás ha logrado entender la devoción hacia tan infame concepto; la entrega, el todo y la nada, el vacío y la felicidad que este conlleva. Ha huido toda su vida de un término que le sabe a amargas memorias.
¿Qué es el amor?
Memorias que, con el pasar del tiempo, se han vuelto lejanas, irrelevantes, desde mucho antes de encontrarlos a ellos , quizá desde el día que encalló en las costas de una isla llamada Baterilla.
¿Qué es el amor?
Cuando un hombre encontró el cuerpo inconsciente de una amazona, afiebrada y, a pesar de mostrarse orgullosa y burlesca, no dudó en ayudarla, sin importar el terror que Cardan le provocó cuando saltó sobre él por primera vez.
¿Qué es el amor?
Aquel estruendoso recuerdo. Aquella primera, segunda, tercera aventura. La tripulación, la despedida, el reencuentro, partir a un mar diferente, la euforia, el presente.
¿Qué es el amor?
”Eres tú, Ryota”

—Es una apuesta, cariño.
”Eres tú, Ryota”

—Es una apuesta, cariño.
Siempre ha creído que no necesita que los demás crean en ella para seguir adelante. Sin embargo, ese día, en medio de un combate que hace vibrar la arena, con miles de espectadores envueltos en el frenesí de la batalla, con sus amigos aguardando en las gradas y marines y piratas desatando el caos… se siente bien al saber que él sí cree en ella, que Ryota cree en Runin tanto como Runin cree en Ryota.
—¿Solo hoy, querido? No te confundas, siempre soy la reina, fufu. —Las soberbias palabras no concuerdan con las sonrosadas mejillas. Sin pensarlo sube sobre él, abrazándolo, no sin antes cargar consigo su morral. Cardan asciende junto a ellos, cuidadoso de no estorbar el paso al castaño, embelesado por la felicidad que su dueña no puede evitar mostrar. Incluso se adelanta un poco para abrir camino y que las personas no intervengan en su subida. Ante ello Runin no puede evitar reír suave en el oído de Ryota.

—Gracias, querido…
El próximo combate lo ganará. El próximo combate pondrá una sonrisa aún más grande en el rostro del castaño.
Lo abraza un poco más fuerte hasta que la llegada se hace inminente. Con antelación escucha el intento de socorro del trajeado azabache mas la fémina niega. Un vencedor no tiene nada que decirle a un perdedor y viceversa. Tiene a los suyos para eso. Es por ello que desciende de la espalda de su capitán para dar la cara. ¿Están ebrios? No han perdido el tiempo. Las nuevas amistades parecen evidentes, nada que un poco de alcohol no sirva. Cardan se alza apuntando un par de lugares para el capitán de los Hanu Mahana y su carpintera. Ella mira de reojo al castaño haciéndole una seña con la mano.
—Hoy soy la reina, siéntate conmigo, cariño, o dame un poco del vino que seguro has bebido. —Toca la nariz del Ryota con cierto cariño poco medido.—Qué feo eso de beber sin mi. —Es cuando se percata de lo evidente ¿A dónde ha ido Tezca? Parece que se ha llevado a su novio consigo, luego tendrá que molestarlo al respecto.
—¡Bary! ¿Al fin lanzaste un grito por mí o sigues siendo demasiado edgy para levantar la voz? —Bromea reencontrándose con el sub-capitán. Por encima saluda al mejor Tezca, incluso Tocho Morocho molesta a los presentes queriendo acercarse hacia Runin para acariciarle el rostro.
—Fufufu, estoy bien, Tocho, nuestro capitán cuidó de mí. No olvides que soy muy fuerte, esto no es nada. —Acaricia la frente del equino con la propia antes de sentarse. Estar cerca de la persona que ha ganado el enfrentamiento y de su tripulación, lejos de parecer incómodo, le es irrelevante. —¿A dónde fue Tezca? ¿A hacer cosas divertidas?... —Cuestiona, acercándose un poco a Ryota. —Hubiéramos ido también, querido. —Eso último lo dice en un susurro tan divertido como coqueto, al final del día sigue siendo Runin Kitay y él Ryota Miyamoto.
El único nombre que aparece en su mente cuando se pregunta
¿Qué es el amor?
¿Qué es el amor?
BOLSA DE ESTRELLITAS
