07-08-2026, 12:01 PM
El puñetazo resonó en el ambiente justo cuando las ovaciones de la arena alcanzaban su punto álgido. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el impacto no aclaró nada del malentendido que se había ocasionado en su ebria mente. Más bien fue al contrario pues, de un momento a otro, el mundo perdió toda forma.
Y es que, al impactar contra el muchacho empapado por los efluvios del alcohol, la solidez de la grada pareció fracturarse. El bullicio rabioso de los espectadores, junto a las figuras de sus compañeros, se desintegraron en un parpadeo, derramándose como pintura fresca bajo el sol dorado de Shandora. Entonces, casi al momento, las voces furiosas se achataron hasta convertirse en un eco distorsionado y todo lo que había bajo sus pies mutó en una textura mullida y viva que detuvo su caída antes de que pudiera erguirse.
El suelo ya no era el estadio; la multitud ya no estaba allí. Y aunque sentía la calidez de un cuerpo envolviéndola, perfeccionando su delirio sin pausa ni descanso, su cerebro reconfiguró la realidad a su alrededor en silencio.
Así pues, en cuanto tuvo la oportunidad de poder pensar, observó el pasto resplandeciente en cuyas briznas le pareció detectar un suave respirar que había a su alrededor. Sin embargo, como no le era suficiente, lo acarició, sintiendo que acariciaba la cosa misma. Y, mientras las briznas se movían dejando espacio a la tierra, esta expuso sus piedras en forma de pequeñas cabezas minerales que germinaban en el sotobosque, ardiendo con la luz propia de una gema viva. Cogió entonces una, ansiosa por averiguar por qué se veía así, pero tan pronto como fue arrancada del suelo, la luz se extinguió de golpe, quedando sobre su mano como un guijarro opaco y muerto.
Escuchó, a continuación, voces que la envolvían —ora muy lejos, ora tal vez a su lado—, hablarle con la misma fuerza que el murmullo de un río.
Y, a continuación, con una resignación para nada digna de ella, apretó la piedra hasta volverla un ínfimo polvo que su palma absorbió. Mientras tanto, la hendidura dejada por la gema comenzó a cerrarse con paciente lentitud oculta tras su mano. Era hipnótico —o al menos lo hubiera sido si la hierba, meciéndose como un entramado tupido sobre la tierra, le hubiera permitido ver aquello—. Y tras eso, el suelo vibró un momento, acomodando su relieve.
De pronto, y en medio de ese caos, Bai pudo entender a una de las voces del río que se había desprendido del murmullo generalizado y, al prestarle atención supo que la llamaba por su nombre. Bai intentó responder, pero al abrir la boca esta no emitió sonido; en su lugar, un enjambre de pequeños insectos echaron a volar desde su garganta directamente hacia el cielo.
Bai se llevó la mano a la boca, tampándose unos labios que amenazaban con volver a hablar.
Y al observar al cielo, hacia donde volaba el enjambre, observó que ahora, sobre ella, se cernía un río cuyo cauce no estaba hecho de agua, sino de un licor denso y dorado que reflejaba un cielo sin sol y transparentaba una corriente helada y unos lodos serpenteantes como colas de mono.
Y es que, al impactar contra el muchacho empapado por los efluvios del alcohol, la solidez de la grada pareció fracturarse. El bullicio rabioso de los espectadores, junto a las figuras de sus compañeros, se desintegraron en un parpadeo, derramándose como pintura fresca bajo el sol dorado de Shandora. Entonces, casi al momento, las voces furiosas se achataron hasta convertirse en un eco distorsionado y todo lo que había bajo sus pies mutó en una textura mullida y viva que detuvo su caída antes de que pudiera erguirse.
El suelo ya no era el estadio; la multitud ya no estaba allí. Y aunque sentía la calidez de un cuerpo envolviéndola, perfeccionando su delirio sin pausa ni descanso, su cerebro reconfiguró la realidad a su alrededor en silencio.
Así pues, en cuanto tuvo la oportunidad de poder pensar, observó el pasto resplandeciente en cuyas briznas le pareció detectar un suave respirar que había a su alrededor. Sin embargo, como no le era suficiente, lo acarició, sintiendo que acariciaba la cosa misma. Y, mientras las briznas se movían dejando espacio a la tierra, esta expuso sus piedras en forma de pequeñas cabezas minerales que germinaban en el sotobosque, ardiendo con la luz propia de una gema viva. Cogió entonces una, ansiosa por averiguar por qué se veía así, pero tan pronto como fue arrancada del suelo, la luz se extinguió de golpe, quedando sobre su mano como un guijarro opaco y muerto.
Escuchó, a continuación, voces que la envolvían —ora muy lejos, ora tal vez a su lado—, hablarle con la misma fuerza que el murmullo de un río.
Y, a continuación, con una resignación para nada digna de ella, apretó la piedra hasta volverla un ínfimo polvo que su palma absorbió. Mientras tanto, la hendidura dejada por la gema comenzó a cerrarse con paciente lentitud oculta tras su mano. Era hipnótico —o al menos lo hubiera sido si la hierba, meciéndose como un entramado tupido sobre la tierra, le hubiera permitido ver aquello—. Y tras eso, el suelo vibró un momento, acomodando su relieve.
De pronto, y en medio de ese caos, Bai pudo entender a una de las voces del río que se había desprendido del murmullo generalizado y, al prestarle atención supo que la llamaba por su nombre. Bai intentó responder, pero al abrir la boca esta no emitió sonido; en su lugar, un enjambre de pequeños insectos echaron a volar desde su garganta directamente hacia el cielo.
Bai se llevó la mano a la boca, tampándose unos labios que amenazaban con volver a hablar.
Y al observar al cielo, hacia donde volaba el enjambre, observó que ahora, sobre ella, se cernía un río cuyo cauce no estaba hecho de agua, sino de un licor denso y dorado que reflejaba un cielo sin sol y transparentaba una corriente helada y unos lodos serpenteantes como colas de mono.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
