10-08-2026, 03:07 AM
El contacto en sus pies consiguió algo que la lluvia no había logrado en toda la tarde y era sacarla por completo de sus pensamientos, recordar muy bien los días de felicidad cuando vivía en Marine Fort. Maki bajó lentamente la mirada hacia sus pies y después hacia el hombre que tenía delante. Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, observándolo con una expresión difícil de interpretar. No había sobresalto ni vergüenza en su rostro. Tampoco parecía particularmente molesta. Simplemente estaba procesando lo que acababa de ocurrir.
Había entrado en aquella taberna buscando refugio, comida caliente y un lugar tranquilo donde revisar sus notas para partirle el lomo a un integrante de los que mataron a su hermana. Llevaba días durmiendo mal y comiendo casi caca, y la poca paciencia que le quedaba la había reservado para aquellos nombres escritos en sus papeles, nombres que parecían aun muy lejos de donde estaba. En el centro del culo del mundo.
Todo era normal hasta ahora que alguien había decidido que una buena manera de saludarla consistía en tomarle un pie y comenzar a masajearlo como un jodido depravado de primera. Pero lo peor era que no lo estaba haciendo mal. Maki entrecerró los ojos. Aquello era irritante. No porque el contacto le resultara desagradable, sino porque su cuerpo parecía haber decidido que era perfectamente razonable relajarse mientras su cabeza intentaba decidir si debía apartarlo de una patada en los huevos.
Entonces recordó aquella voz, el cabello rojo, la noche anterior que habían compartido. Un hermoso incendio lleno de peleas, muerte drogas y apuestas. Una situación bastante particular en la que se habían conocido, al menos para una persona común, pero común para la tostada con patas. Su nombre… no se acordaba, pero finalmente lo reconoció más o menos.
Su mirada descendió otra vez hacia sus manos y luego volvió a su rostro. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, apenas perceptible, más cercana a la ironía que a la simpatía. —Tú... que haces pequeño pervertido… hey… tu… tu eres… dios… ay que rico… tu eres ese tipo del otro día… el cerdito no?— La palabra salió tranquila pero la vena de la violencia de Maki dejó escapar un suspiro y volvió a apoyar la espalda contra la piedra caliente de la chimenea. En lugar de apartarse inmediatamente, dejó que continuara durante unos instantes más, observándolo de reojo. No parecía tener malas intenciones. Al menos no unas que ella pudiera percibir.
Eso no significaba que confiara en él, no confiaba en ningún tonto de la Marina, era de la marina o era de la guardia civil?... Nunca había sido particularmente buena confiando en la gente ni recordándola. Con el tiempo había aprendido que la mayoría de las personas revelaban sus intenciones mucho antes de darse cuenta de que estaban siendo observadas. Jesse, por el momento, parecía más impulsivo que peligroso. O caliente. Aun no lo descubría, pero pronto. Quería decirle algo, pero o dios que buen masaje, resultaba curiosamente tranquilizador.
Aquello era extraño. No parecía querer avergonzarlo. Más bien estaba disfrutando un poco de la situación. Finalmente retiró el pie de entre sus manos, pero no de manera brusca. Lo dejó sobre la alfombra y estiró lentamente los dedos antes de acomodarse de nuevo frente al fuego. Dejó que Jesse explicara por sí mismo qué hacía allí. Mientras tanto, sus ojos volvieron a las malditas llamas, el fuego danzaba frente a ella, reflejándose en sus pupilas. Por un momento pareció completamente absorta en aquella visión, aunque una pequeña parte de su atención seguía pendiente del pelirrojo. Después de todo, ya había aprendido que las casualidades podían ser demasiado peligrosas como para ignorarlas.
Había entrado en aquella taberna buscando refugio, comida caliente y un lugar tranquilo donde revisar sus notas para partirle el lomo a un integrante de los que mataron a su hermana. Llevaba días durmiendo mal y comiendo casi caca, y la poca paciencia que le quedaba la había reservado para aquellos nombres escritos en sus papeles, nombres que parecían aun muy lejos de donde estaba. En el centro del culo del mundo.
Todo era normal hasta ahora que alguien había decidido que una buena manera de saludarla consistía en tomarle un pie y comenzar a masajearlo como un jodido depravado de primera. Pero lo peor era que no lo estaba haciendo mal. Maki entrecerró los ojos. Aquello era irritante. No porque el contacto le resultara desagradable, sino porque su cuerpo parecía haber decidido que era perfectamente razonable relajarse mientras su cabeza intentaba decidir si debía apartarlo de una patada en los huevos.
Entonces recordó aquella voz, el cabello rojo, la noche anterior que habían compartido. Un hermoso incendio lleno de peleas, muerte drogas y apuestas. Una situación bastante particular en la que se habían conocido, al menos para una persona común, pero común para la tostada con patas. Su nombre… no se acordaba, pero finalmente lo reconoció más o menos.
Su mirada descendió otra vez hacia sus manos y luego volvió a su rostro. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, apenas perceptible, más cercana a la ironía que a la simpatía. —Tú... que haces pequeño pervertido… hey… tu… tu eres… dios… ay que rico… tu eres ese tipo del otro día… el cerdito no?— La palabra salió tranquila pero la vena de la violencia de Maki dejó escapar un suspiro y volvió a apoyar la espalda contra la piedra caliente de la chimenea. En lugar de apartarse inmediatamente, dejó que continuara durante unos instantes más, observándolo de reojo. No parecía tener malas intenciones. Al menos no unas que ella pudiera percibir.
Eso no significaba que confiara en él, no confiaba en ningún tonto de la Marina, era de la marina o era de la guardia civil?... Nunca había sido particularmente buena confiando en la gente ni recordándola. Con el tiempo había aprendido que la mayoría de las personas revelaban sus intenciones mucho antes de darse cuenta de que estaban siendo observadas. Jesse, por el momento, parecía más impulsivo que peligroso. O caliente. Aun no lo descubría, pero pronto. Quería decirle algo, pero o dios que buen masaje, resultaba curiosamente tranquilizador.
Aquello era extraño. No parecía querer avergonzarlo. Más bien estaba disfrutando un poco de la situación. Finalmente retiró el pie de entre sus manos, pero no de manera brusca. Lo dejó sobre la alfombra y estiró lentamente los dedos antes de acomodarse de nuevo frente al fuego. Dejó que Jesse explicara por sí mismo qué hacía allí. Mientras tanto, sus ojos volvieron a las malditas llamas, el fuego danzaba frente a ella, reflejándose en sus pupilas. Por un momento pareció completamente absorta en aquella visión, aunque una pequeña parte de su atención seguía pendiente del pelirrojo. Después de todo, ya había aprendido que las casualidades podían ser demasiado peligrosas como para ignorarlas.

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