11-08-2026, 09:20 AM
A ver, una cosa era tener patriotismo marcial y otra muy distinta era esto. Lo de las gradas ya no tenía un pase. No había por dónde cogerlo.
Moja estaba agazapado en su esquina, casi intentando mimetizarse con la madera carcomida del banco para que la gente del imperio celestial no pensara que vestía el mismo uniforme blanco que la panda de iluminados que tenía a diez metros. Se le acababa de caer la visera de la gorra hasta la punta del hocico, y por dentro solo podía repetirse una frase como un mantra: “No los conozco, yo he venido solo, a mí que me registren”. Pero era imposible abstraerse. El tufo a cerveza rancia, a sudor acumulado y al veneno ese violáceo que el Capitán Enji había decidido suspender en el aire en forma de letrero gigante, con un Rules escrito con faltas de ortografía morales, le estaba metiendo un picor en las fosas nasales que casi le hace soltar un estornudo de tres pares de cojones.
Y para colmo, la letra de la canción. ¡MUCHAAAAAACHOS!... ¿En serio? ¿Tucrow? ¿Irse de putas? Moja cerró los ojos con tanta fuerza que vio estrellitas amarillas. Sentía que la compostura militar de la Marina, la que le habían inculcado a palos en la academia, se estaba desintegrando a la velocidad de la luz. Literalmente.
-Oye... si algún día bajamos del cielo y esto sale en el periódico, yo me pido la baja por invalidez psicológica- masculló Moja en un susurro ronco, rascándose la nuca con la garra dura, sintiendo que le daba un calambre en la mandíbula de la rabia que estaba acumulando.
Pero es que la cosa no terminaba ahí. Aba... bueno, no abajo, ahí al lado, la tortuga Juan Sebastián había decidido que la mejor forma de procesar la jarra de lúpulo amargo que le había metido Enji en el pico era volcarse encima del Capitán. La mitad de la cerveza acabó en la garganta del gyojin y la otra mitad le chorreó por la espalda desnuda a Enji, que ni se inmuto y siguió saltando como un poseso mientras el cangrejo-tortuga giraba sobre su cabeza como una peonza descontrolada, berreando rimas sobre si "la justicia real" y "la mancha que no se borra".
Por si el circo no estuviera completo, Kibai volvió a dar la nota. El mink leopardo, que ya llevaba el Electro prendido por todo el pelaje y olía a ozono que echaba para atrás, decidió que no era suficiente con su letrero de avispas. ¡No, hombre, no! Tenía que irse corriendo tras Kael y Nyra, pasarles los brazos por encima soltando chispas azules y obligarlos a hacer el trenecito mientras entonaba un Na, Na, Na, Na que sonaba como un himno de borrachos a las cuatro de la mañana en una taberna de los Blues.
-Ay, la madre que me parió...- se le escapó a Moja en un soplo amargo, tapándose la cara con las dos manos.
Se asomó apenas un milímetro entre los dedos para ver a Kael. El chaval estaba ahí, tieso como una estaca, con esa cara de póker que ponía siempre, intentando explicarle a la humink que él no cantaba porque "sabía que Shin iba a ganar", para luego quedarse mudo, sin poder soltar ni un chillido digno cuando intentó abrir la boca. Moja, por un segundo, sintió un chispazo de compasión pura por el chico de la 75. Pobrecito. Lo estaban arrastrando al fango de la vergüenza ajena sin remisión posible.
Abajo en la pista, la pelea seguía a un ritmo salvaje. Shin y el águila se estaban matando a golpes, apretándose el cuello, soltando destellos que cegaban a las primeras filas y reventando el suelo de tierra batida. Era un combate digno, una final de leyenda. Pero arriba... arriba la Marina parecía un grupo de animadoras de pueblo que se había colado en la fiesta equivocada tras beberse hasta el agua de los floreros.
Moja suspiró largo, un bufido caliente que le manchó la visera con un poco de vaho. Se ajustó la gorra militar con un tironazo seco, metió los puños bien al fondo de los bolsillos del pantalón y se pegó un poco más a la madera del poste. Si algún pirata se le acercaba a pedirle explicaciones por el letrero de veneno o por los saltos de Enji, pensaba soltarle un zarpazo de Electro en la jeta sin media palabra. Pero mientras tanto, se limitaría a sobrevivir al bochorno, clavando la mirada en el combate de Shin y rezando para que la final acabara rápido antes de que a alguien se le ocurriera la brillante idea de sacarle a él a bailar la conga.
Moja estaba agazapado en su esquina, casi intentando mimetizarse con la madera carcomida del banco para que la gente del imperio celestial no pensara que vestía el mismo uniforme blanco que la panda de iluminados que tenía a diez metros. Se le acababa de caer la visera de la gorra hasta la punta del hocico, y por dentro solo podía repetirse una frase como un mantra: “No los conozco, yo he venido solo, a mí que me registren”. Pero era imposible abstraerse. El tufo a cerveza rancia, a sudor acumulado y al veneno ese violáceo que el Capitán Enji había decidido suspender en el aire en forma de letrero gigante, con un Rules escrito con faltas de ortografía morales, le estaba metiendo un picor en las fosas nasales que casi le hace soltar un estornudo de tres pares de cojones.
Y para colmo, la letra de la canción. ¡MUCHAAAAAACHOS!... ¿En serio? ¿Tucrow? ¿Irse de putas? Moja cerró los ojos con tanta fuerza que vio estrellitas amarillas. Sentía que la compostura militar de la Marina, la que le habían inculcado a palos en la academia, se estaba desintegrando a la velocidad de la luz. Literalmente.
-Oye... si algún día bajamos del cielo y esto sale en el periódico, yo me pido la baja por invalidez psicológica- masculló Moja en un susurro ronco, rascándose la nuca con la garra dura, sintiendo que le daba un calambre en la mandíbula de la rabia que estaba acumulando.
Pero es que la cosa no terminaba ahí. Aba... bueno, no abajo, ahí al lado, la tortuga Juan Sebastián había decidido que la mejor forma de procesar la jarra de lúpulo amargo que le había metido Enji en el pico era volcarse encima del Capitán. La mitad de la cerveza acabó en la garganta del gyojin y la otra mitad le chorreó por la espalda desnuda a Enji, que ni se inmuto y siguió saltando como un poseso mientras el cangrejo-tortuga giraba sobre su cabeza como una peonza descontrolada, berreando rimas sobre si "la justicia real" y "la mancha que no se borra".
Por si el circo no estuviera completo, Kibai volvió a dar la nota. El mink leopardo, que ya llevaba el Electro prendido por todo el pelaje y olía a ozono que echaba para atrás, decidió que no era suficiente con su letrero de avispas. ¡No, hombre, no! Tenía que irse corriendo tras Kael y Nyra, pasarles los brazos por encima soltando chispas azules y obligarlos a hacer el trenecito mientras entonaba un Na, Na, Na, Na que sonaba como un himno de borrachos a las cuatro de la mañana en una taberna de los Blues.
-Ay, la madre que me parió...- se le escapó a Moja en un soplo amargo, tapándose la cara con las dos manos.
Se asomó apenas un milímetro entre los dedos para ver a Kael. El chaval estaba ahí, tieso como una estaca, con esa cara de póker que ponía siempre, intentando explicarle a la humink que él no cantaba porque "sabía que Shin iba a ganar", para luego quedarse mudo, sin poder soltar ni un chillido digno cuando intentó abrir la boca. Moja, por un segundo, sintió un chispazo de compasión pura por el chico de la 75. Pobrecito. Lo estaban arrastrando al fango de la vergüenza ajena sin remisión posible.
Abajo en la pista, la pelea seguía a un ritmo salvaje. Shin y el águila se estaban matando a golpes, apretándose el cuello, soltando destellos que cegaban a las primeras filas y reventando el suelo de tierra batida. Era un combate digno, una final de leyenda. Pero arriba... arriba la Marina parecía un grupo de animadoras de pueblo que se había colado en la fiesta equivocada tras beberse hasta el agua de los floreros.
Moja suspiró largo, un bufido caliente que le manchó la visera con un poco de vaho. Se ajustó la gorra militar con un tironazo seco, metió los puños bien al fondo de los bolsillos del pantalón y se pegó un poco más a la madera del poste. Si algún pirata se le acercaba a pedirle explicaciones por el letrero de veneno o por los saltos de Enji, pensaba soltarle un zarpazo de Electro en la jeta sin media palabra. Pero mientras tanto, se limitaría a sobrevivir al bochorno, clavando la mirada en el combate de Shin y rezando para que la final acabara rápido antes de que a alguien se le ocurriera la brillante idea de sacarle a él a bailar la conga.
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*Pienso* -Hablo- Narro
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