12-08-2026, 09:01 AM
No se había fijado, en la pobre serpiente, esa pobre criatura que, sin haber podido atender al color rojizo que habían tenido sus propias salchipapas, ahora sufría solitariamente por el picor que le provocaba la salchicha que se había terminado llevando. En otro momento, quizás, solo quizás, se habría limitado a ignorarla, dejarle creer que su “mami”, como lo había llamado Runin, iba a ser quien se fuera a encargar de la criatura. Pero no fue el caso, las lágrimas caían en la serpiente, con su lengua bífida fuera de sus fauces. Podía ver sus colmillos y, no supo si el alcohol o si era que seguía en un estado algo más sensible, se limitó a acercarse a ella, sin pensar (ni saber) si era o no venenosa. No le desagradaban los animales, tampoco es que tuviera adoración, como aparentemente lo pareció tener Eros con ese caballo. Solo un nuevo recuerdo parecía azotarle la memoria en forma de bienvenida.
Se agachó a la serpiente, en cuclillas, observándola sufrir. —Normalmente el lácteo ayuda a rebajar el picor, pequeña. — No conocía su género, tampoco sabía ni pensó que fuera capaz de sufrir por picante, tampoco es que tenga aceite ni nada así encima. Elevó su diestra, con el dedo índice apuntando sobre la cabeza de la misma, dando un suave y pequeño toque al pequeño. —No pasa nada, luego te darán ganas de ir al baño, y puede durar un rato, pero el paladar se acostumbra más de lo que crees.
Sus ojos, normalmente fríos, temblaban con el brillo característico de su ebriedad. Dio un par de toques más, suaves, en forma de caricia, con su dedo índice, a la pequeña serpiente. —Vamos, seguro que eres más fuerte que tu “mami”. Te compraré más salchichas, esta vez sin picante, si lo sabes soportar bien. ¿Qué te parece? — Se atrevió a pasar de solo su dedo a su mano, como si acariciara un perro, o un gato, o cualquier animal. ¿Siquiera esa criatura era capaz de entenderle? No lo sabía, pero hablaba como sí lo hiciera. Al menos con Runin sí parecía ser así. —Ah, se siente extraño acariciar algo con escamas. Siempre que he acariciado un animal, era peludo. ¿Estás cómodo? ¿Ya mudaste tu piel?
Le resultó, de repente, la criatura más interesante y hermosa del mundo. No había tenido antes una serpiente tan cerca, tampoco se había planteado buscar alguna mascota o acompañante, pero los ojos de una serpiente eran de lo más hermosos. Recordó las veces que a él mismo le decían que los tenía tan afilados como los de una. ¿Quizás era un piropo y no una señal de temor? Buscó a Runin con la mirada, apartando su mano, pero sin dejar de señalar la criatura con el dedo.
Se puso en pie nuevamente, reacomodando la ropa de su traje. Sí, incluso en su estado ebrio se había acostumbrado tanto a alisar sus ropas que ya lo hacía de forma inconsciente. Quiso tomar al reptil y probar a ver cómo era tenerla en sus brazos, o quizás envuelto en su cuerpo, pero a saber qué tanto podría disgustarle que un desconocido pudiera adquirir semejante confianza. Sin embargo sí le dio un par de palmadas más en la cabeza en señal de recompensa. —Vamos pequeña, compraré todas las salchichas que quieras, te van a encantar.
Volvió entonces la atención en la arena, con curiosidad. ¿Cómo seguían esos dos? ¿Qué tanto se habían estado enfrentando? Si el tiempo duraba más o menos lo mismo que su propio combate, no parecía que fuera a quedar mucho.
Se lo preguntó más a sí mismo que a cualquiera que le estuviera acompañando en ese momento, volviendo a buscar con la mirada, poco después, al rubio al que se había aferrado como nunca antes. Ahh el amor. ¿Quién le diría que acabaría tan enamorado de un hombre? Dio un par de pasos, palpando hasta encontrar el cabello característico del rubio. No era gordo, era precioso, su aura además era inconfundible. No agradeció nunca tanto conocer el Kenbun como en ese mismo momento. ¿Qué tal sería si él supiera verlo con esa habilidad? —Tezcaaaaaaaaaa. — Se agarró a sus hombros, dejando caer su mentón sobre uno de ellos, cerrando los ojos. —¿Cuánto crees que queda? — Quería estar a solas con él, disfrutar a su lado.
Se agachó a la serpiente, en cuclillas, observándola sufrir. —Normalmente el lácteo ayuda a rebajar el picor, pequeña. — No conocía su género, tampoco sabía ni pensó que fuera capaz de sufrir por picante, tampoco es que tenga aceite ni nada así encima. Elevó su diestra, con el dedo índice apuntando sobre la cabeza de la misma, dando un suave y pequeño toque al pequeño. —No pasa nada, luego te darán ganas de ir al baño, y puede durar un rato, pero el paladar se acostumbra más de lo que crees.
Sus ojos, normalmente fríos, temblaban con el brillo característico de su ebriedad. Dio un par de toques más, suaves, en forma de caricia, con su dedo índice, a la pequeña serpiente. —Vamos, seguro que eres más fuerte que tu “mami”. Te compraré más salchichas, esta vez sin picante, si lo sabes soportar bien. ¿Qué te parece? — Se atrevió a pasar de solo su dedo a su mano, como si acariciara un perro, o un gato, o cualquier animal. ¿Siquiera esa criatura era capaz de entenderle? No lo sabía, pero hablaba como sí lo hiciera. Al menos con Runin sí parecía ser así. —Ah, se siente extraño acariciar algo con escamas. Siempre que he acariciado un animal, era peludo. ¿Estás cómodo? ¿Ya mudaste tu piel?
Le resultó, de repente, la criatura más interesante y hermosa del mundo. No había tenido antes una serpiente tan cerca, tampoco se había planteado buscar alguna mascota o acompañante, pero los ojos de una serpiente eran de lo más hermosos. Recordó las veces que a él mismo le decían que los tenía tan afilados como los de una. ¿Quizás era un piropo y no una señal de temor? Buscó a Runin con la mirada, apartando su mano, pero sin dejar de señalar la criatura con el dedo.

—Oye, Runin. ¿Cómo se llama?
Se puso en pie nuevamente, reacomodando la ropa de su traje. Sí, incluso en su estado ebrio se había acostumbrado tanto a alisar sus ropas que ya lo hacía de forma inconsciente. Quiso tomar al reptil y probar a ver cómo era tenerla en sus brazos, o quizás envuelto en su cuerpo, pero a saber qué tanto podría disgustarle que un desconocido pudiera adquirir semejante confianza. Sin embargo sí le dio un par de palmadas más en la cabeza en señal de recompensa. —Vamos pequeña, compraré todas las salchichas que quieras, te van a encantar.
Volvió entonces la atención en la arena, con curiosidad. ¿Cómo seguían esos dos? ¿Qué tanto se habían estado enfrentando? Si el tiempo duraba más o menos lo mismo que su propio combate, no parecía que fuera a quedar mucho.

—¿Qué tal sigue ese hombre pájaro?
Se lo preguntó más a sí mismo que a cualquiera que le estuviera acompañando en ese momento, volviendo a buscar con la mirada, poco después, al rubio al que se había aferrado como nunca antes. Ahh el amor. ¿Quién le diría que acabaría tan enamorado de un hombre? Dio un par de pasos, palpando hasta encontrar el cabello característico del rubio. No era gordo, era precioso, su aura además era inconfundible. No agradeció nunca tanto conocer el Kenbun como en ese mismo momento. ¿Qué tal sería si él supiera verlo con esa habilidad? —Tezcaaaaaaaaaa. — Se agarró a sus hombros, dejando caer su mentón sobre uno de ellos, cerrando los ojos. —¿Cuánto crees que queda? — Quería estar a solas con él, disfrutar a su lado.
Cajita de Tabaco
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