El estruendo del Soberano Zarutsuki cortó de golpe el ruido de las gradas.
“¡DECLARO QUE NO HAY GANADOR EN ESTE COMBATE FINAL-SON!”
Durante unos segundos nadie dijo nada. El público se quedó mirando la arena, como si estuvieran esperando que el viejo añadiera algo más. Pero no. El combate terminaba ahí.
Después empezaron los murmullos. Miles de voces hablando a la vez, algunos protestando y otros simplemente intentando entender qué demonios acababa de pasar. El combate había terminado en empate por falta de honor y por "avaricia", y con los puntos acumulados durante el torneo, la victoria terminaba cayendo en el Equipo Dos, el de los piratas.
Moja parpadeó un par de veces y estiró el cuello para poder ver mejor desde su sitio.
-¿En serio?- murmuró.
Miró hacia la arena. Shin seguía allí abajo, cubierto de polvo y sangre, mientras la enorme águila tampoco parecía precisamente en condiciones de seguir peleando. Menudo final. Después de todo lo que habían montado, los golpes, los relámpagos y toda aquella pelea en medio de la arena... ¿para acabar así?
Moja se llevó una mano a la gorra y comprobó que se le había quedado torcida. Pero entonces se dio cuenta de que había algo mucho más interesante ocurriendo en las propias gradas.
En cuanto se escuchó la voz del Soberano, la banda improvisada de los marines se vino abajo.
El Capitán Enji dejó de cantar a mitad de una de sus rimas y la tortuga Juan Sebastián terminó cayendo al suelo. La pobre criatura intentó incorporarse mientras balbuceaba algo sobre centollos y mundos del revés. Kibai apagó el Electro y las pequeñas descargas que había dejado por el aire desaparecieron de golpe. Nyra, por su parte, soltó finalmente el brazo de Kael. El pobre chaval pudo respirar otra vez. Moja soltó el aire lentamente.Por fin.
Las canciones, los gritos, los bailes y la cerveza volando por todas partes habían terminado. Durante unos minutos aquello había dejado de parecer un torneo y se había convertido directamente en una fiesta de borrachos.
Se levantó del banco y se sacudió las virutas de madera que tenía sobre los pantalones blancos. Después se colocó bien la gorra y comprobó que esta vez no se le había vuelto a torcer.
Sin prisa, comenzó a caminar hacia la parte trasera de las gradas. Tuvo que esquivar a Juan Sebastián, que seguía andando de un lado para otro pidiendo otra cerveza a cualquiera que se cruzara con él.
Moja decidió no responder. Al llegar a uno de los puestos, vio que el vendedor ya estaba recogiendo sus cosas. Sacó unas monedas, compró una jarra y se apartó. La cerveza estaba fría. Demasiado fría, incluso. Dio un buen trago y se apoyó contra uno de los pilares de madera. Desde allí podía ver al resto de los marines. Algunos intentaban recuperar la compostura, otros limpiaban la cerveza de sus uniformes y alguno directamente parecía preguntarse qué había ocurrido durante los últimos diez minutos.
Moja volvió a beber. Por primera vez en todo el día no tenía a nadie encima, nadie gritándole al oído y nadie intentando convertir aquello en otra clase de espectáculo. Se quedó allí unos segundos, disfrutando simplemente del silencio relativo.
-Bueno... al menos ya nos callamos un rato- murmuró para sí.
Le dio otro trago a la jarra. Por una vez, no estaba nada mal que una batalla terminara sin que él tuviera que hacer absolutamente nada.
“¡DECLARO QUE NO HAY GANADOR EN ESTE COMBATE FINAL-SON!”
Durante unos segundos nadie dijo nada. El público se quedó mirando la arena, como si estuvieran esperando que el viejo añadiera algo más. Pero no. El combate terminaba ahí.
Después empezaron los murmullos. Miles de voces hablando a la vez, algunos protestando y otros simplemente intentando entender qué demonios acababa de pasar. El combate había terminado en empate por falta de honor y por "avaricia", y con los puntos acumulados durante el torneo, la victoria terminaba cayendo en el Equipo Dos, el de los piratas.
Moja parpadeó un par de veces y estiró el cuello para poder ver mejor desde su sitio.
-¿En serio?- murmuró.
Miró hacia la arena. Shin seguía allí abajo, cubierto de polvo y sangre, mientras la enorme águila tampoco parecía precisamente en condiciones de seguir peleando. Menudo final. Después de todo lo que habían montado, los golpes, los relámpagos y toda aquella pelea en medio de la arena... ¿para acabar así?
Moja se llevó una mano a la gorra y comprobó que se le había quedado torcida. Pero entonces se dio cuenta de que había algo mucho más interesante ocurriendo en las propias gradas.
En cuanto se escuchó la voz del Soberano, la banda improvisada de los marines se vino abajo.
El Capitán Enji dejó de cantar a mitad de una de sus rimas y la tortuga Juan Sebastián terminó cayendo al suelo. La pobre criatura intentó incorporarse mientras balbuceaba algo sobre centollos y mundos del revés. Kibai apagó el Electro y las pequeñas descargas que había dejado por el aire desaparecieron de golpe. Nyra, por su parte, soltó finalmente el brazo de Kael. El pobre chaval pudo respirar otra vez. Moja soltó el aire lentamente.Por fin.
Las canciones, los gritos, los bailes y la cerveza volando por todas partes habían terminado. Durante unos minutos aquello había dejado de parecer un torneo y se había convertido directamente en una fiesta de borrachos.
Se levantó del banco y se sacudió las virutas de madera que tenía sobre los pantalones blancos. Después se colocó bien la gorra y comprobó que esta vez no se le había vuelto a torcer.
Sin prisa, comenzó a caminar hacia la parte trasera de las gradas. Tuvo que esquivar a Juan Sebastián, que seguía andando de un lado para otro pidiendo otra cerveza a cualquiera que se cruzara con él.
Moja decidió no responder. Al llegar a uno de los puestos, vio que el vendedor ya estaba recogiendo sus cosas. Sacó unas monedas, compró una jarra y se apartó. La cerveza estaba fría. Demasiado fría, incluso. Dio un buen trago y se apoyó contra uno de los pilares de madera. Desde allí podía ver al resto de los marines. Algunos intentaban recuperar la compostura, otros limpiaban la cerveza de sus uniformes y alguno directamente parecía preguntarse qué había ocurrido durante los últimos diez minutos.
Moja volvió a beber. Por primera vez en todo el día no tenía a nadie encima, nadie gritándole al oído y nadie intentando convertir aquello en otra clase de espectáculo. Se quedó allí unos segundos, disfrutando simplemente del silencio relativo.
-Bueno... al menos ya nos callamos un rato- murmuró para sí.
Le dio otro trago a la jarra. Por una vez, no estaba nada mal que una batalla terminara sin que él tuviera que hacer absolutamente nada.
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