14-08-2026, 05:03 PM
—Cuidado, a ver si con la tontería de comprobar si son de verdad me vas a cortar la circulación —bromeé dándole un toque con mi codo en el costado, notando cómo no soltaba el cacho ni queriendo.
Pero cuando me soltó el motivo real por el cual la mandaban a dormir a su casa, me detuve un segundo en seco. Parpadeé un par de veces, procesando la información y me giré para mirarla de arriba abajo, envuelta entera en ese abrigo—. Espera, espera... ¿Me estás diciendo que en la Marina, institución que representa la justicia, te mandan a tu casa como a un niños que se porta mal porque te da por desnudarte en los pasillos? —solté un poco de aire suavemente por la boca, soltando una carcajada nasal y negando con la cabeza por lo surrealista—. Ahora entiendo cómo es que estabas a punto de congelarte en mitad de la calle… A mi no me quites más ropa, que a este paso al que van acabar arrestando por alteración del órden público va a ser a mí.
Volvimos a retomarla marcha, con sus dedos aún envolviendo mi brazo y al escuchar su pregunta sobre qué hacía yo despierto a esas horas, me encogí de hombros—. Digamos que tengo demasiada energía acumulada y no llego a cansarme del todo nunca… Y bueno, terminé encontrándome con una chica salvaje a punto de convertirse en cubito de hielo.
Justo en ese momento, llegamos a un cruce, hacia la derecha, las luces de las farolas continuaban hacia la zona más residencial, y el camino directo a su cama. Hacia la izquierda, las farolas se perdían y el camino de tierra se dirigía hacia las afueras, donde el aire olía más a tierra mojada y naturaleza. Mi sonrisa se volvió picarona y frené en seco nuestra marcha, girándome para quedar frente a ella.
—Oye... —empecé, bajando un poco el tono de voz para darle tono de misterio—. Antes estabas muy empeñada con el tema de la leche. Y como buen caballero de brillante cabellera que soy, vamos a saciar tus necesidades.
Señalé hacia el camino oscuro de la izquierda con el pulgar, enseñándole los dientes con una sonrisa.
—¿Qué te parece si vamos por ahí? A las granjas, venga, vamos a ordeñar una vaca de verdad, a ver si se te da tan bien como agarrarle el pecho a la gente. El Señor Tetón te enseña —la reté con la mirada y una sonrisa, alzando una ceja—. ¿O es que te da miedo la oscuridad de las afueras del pueblo?
Pero cuando me soltó el motivo real por el cual la mandaban a dormir a su casa, me detuve un segundo en seco. Parpadeé un par de veces, procesando la información y me giré para mirarla de arriba abajo, envuelta entera en ese abrigo—. Espera, espera... ¿Me estás diciendo que en la Marina, institución que representa la justicia, te mandan a tu casa como a un niños que se porta mal porque te da por desnudarte en los pasillos? —solté un poco de aire suavemente por la boca, soltando una carcajada nasal y negando con la cabeza por lo surrealista—. Ahora entiendo cómo es que estabas a punto de congelarte en mitad de la calle… A mi no me quites más ropa, que a este paso al que van acabar arrestando por alteración del órden público va a ser a mí.
Volvimos a retomarla marcha, con sus dedos aún envolviendo mi brazo y al escuchar su pregunta sobre qué hacía yo despierto a esas horas, me encogí de hombros—. Digamos que tengo demasiada energía acumulada y no llego a cansarme del todo nunca… Y bueno, terminé encontrándome con una chica salvaje a punto de convertirse en cubito de hielo.
Justo en ese momento, llegamos a un cruce, hacia la derecha, las luces de las farolas continuaban hacia la zona más residencial, y el camino directo a su cama. Hacia la izquierda, las farolas se perdían y el camino de tierra se dirigía hacia las afueras, donde el aire olía más a tierra mojada y naturaleza. Mi sonrisa se volvió picarona y frené en seco nuestra marcha, girándome para quedar frente a ella.
—Oye... —empecé, bajando un poco el tono de voz para darle tono de misterio—. Antes estabas muy empeñada con el tema de la leche. Y como buen caballero de brillante cabellera que soy, vamos a saciar tus necesidades.
Señalé hacia el camino oscuro de la izquierda con el pulgar, enseñándole los dientes con una sonrisa.
—¿Qué te parece si vamos por ahí? A las granjas, venga, vamos a ordeñar una vaca de verdad, a ver si se te da tan bien como agarrarle el pecho a la gente. El Señor Tetón te enseña —la reté con la mirada y una sonrisa, alzando una ceja—. ¿O es que te da miedo la oscuridad de las afueras del pueblo?

