15-08-2026, 04:08 AM
[personajeinvalido=3941]
Entre la señorita Merlot haciéndonos trenzas a todos, las peleas, las palabras de Zaratsuki y todo aquel ambiente tan extraño pero emocionante, Skypea se había convertido en una experiencia verdaderamente inolvidable, honey. De eso no tenía ninguna duda. Parecía que las mejores cosas siempre terminaban ocurriendo en los lugares más inesperados, y yo estaba disfrutando cada segundo como una niña en feria con dinero para gastar. Aunque, claro, algunas cosas de aquel lugar eran bastante más interesantes que otras y no precisamente por las peleas.
Sin embargo, mi atención cambió por completo cuando dos personas comenzaron a dirigirse a todos los presentes. Primero estaba un tal Pawurs, quien hablaba de algo que hizo que mis ojos se abrieran como platos: aseguraba tener la capacidad de quitar la maldición de las Frutas del Diablo. ¿Perdón? Eso ya no era cualquier cosa, tesoro. Después apareció Urususu, quien afirmaba vender el poder de aquellas personas que se desprendían de su maldición, me quedé mirando a ambos mientras procesaba aquello. —Ay, corazón, eso suena demasiado bueno para ser verdad. —murmuré, cruzándome de brazos mientras inclinaba ligeramente la cabeza.
Miré de reojo hacia mis propias manos y después hacia los hombres que hablaban. Mi Akuma no Mi era parte de mí, claro que sí, y había aprendido a convivir con ella, pero la idea de poder decidir algún día si quería conservar sus poderes o dejarlos atrás era tentadora. —Imagínate, honey, poder quitarte la maldición cuando quieras. Eso es como tener una salida de emergencia en un matrimonio, no significa que quieras usarla, pero qué tranquilidad saber que está ahí. —comenté con una sonrisa pícara. Lo pensé por unos segundos, pero mi mente automáticamente me llevó al momento en que había consumido aquella fruta. Había sido hacía relativamente poco, en Baterilla, cuando aquella anciana me la entregó como si no fuera más que una fruta cualquiera. Yo ni siquiera sabía lo que estaba aceptando, mucho menos que terminaría siendo una maldición que cambiaría mi cuerpo para siempre. Al principio la odié, no voy a mentir, tesoro. Me parecía injusto tener que cargar con algo que jamás había pedido, pero con el tiempo aprendí a convivir con ella, a entenderla y, de alguna manera, hasta a querer algunas de las cosas que me había dado.
Aunque claro, también había momentos en los que deseaba con todas mis fuerzas no tenerla, como aquella vez, unos meses atrás. Había conseguido escabullirme con otro marine para tener una pequeña cita lejos de miradas curiosas. Nada demasiado escandaloso, honey, solamente una de esas noches en las que uno quiere sentirse bonito, querido y, bueno un poquito travieso también estábamos demasiado cerca, hablando bajito y compartiendo un beso que se había prolongado más de la cuenta cuando sentí aquel calor recorriendo mi cuerpo. —Stop... Stop, Stop...— No tuve tiempo de hacer absolutamente nada. Mi cuerpo comenzó a cambiar. Las piernas desaparecieron, mi piel empezó a cubrirse de escamas y aquella enorme cola apareció debajo de nosotros, arruinando por completo el momento. El pobre muchacho terminó prácticamente sentado sobre mi transformación mientras yo me quedaba completamente paralizado, con la cara más roja que un tomate. —¡NO MIRES, TESORO! ¡NO MIRES! ¡ESTO NO ESTABA EN EL PROGRAMA!—Quise desaparecer de la faz de la tierra y lo peor fue que, después de semejante susto, tuvimos que pasar varios minutos intentando descubrir cómo demonios iba a salir de aquella situación sin que nadie nos encontrara.
Ese recuerdo todavía me daba una vergüenza terrible, por eso, cuando escuché hablar de la posibilidad de quitar la maldición, mis ojos inevitablemente viajaron hacia mi propio cuerpo. Claro que había aprendido a convivir con mi Akuma no Mi. Me había dado habilidades que jamás habría imaginado y, en más de una ocasión, seguramente me había salvado la vida, pero también existían momentos como aquel. Momentos en los que deseaba no tener esta transformación, este poder o, mejor dicho, esta transformación involuntaria que todavía podía dejarme en las situaciones más vergonzosas del mundo. —Ay, tesoro.—murmuré mientras llevaba una mano a mi rostro —Qué ganas de que mi cuerpo aprenda a tener un poquito de respeto por mi vida amorosa.— Suspiré y volví a mirar hacia Pawurs y Urususu.
Miré entonces al contramaestre Gaufrid. No lo conocía demasiado, pero parecía ser cercano a Merlot y, si ella, que podía convertirse en una cebra, había tomado la decisión de quitarse aquella maldición, ¿por qué yo, que era una diva, no podía hacer lo mismo? Quizás ya había pensado demasiado en aquello y lo mejor era simplemente dar el paso. Me acerqué un poco hacia él, aunque esta vez no llevaba la seguridad ni la sonrisa coqueta que acostumbraba. Jugueteé nerviosamente con mis dedos antes de levantar la mirada. —Contramaestre Gaufrid-chan... ¿le importaría acompañarme a realizar el proceso? —pregunté, procurando que mi voz no delatara lo nervioso que estaba.
Podría habérselo pedido a cualquiera de mis compañeros de la división 80, claro, pero hacía ya bastante rato que no los veía y, siendo sincero, no quería hacer aquello completamente solo. Bajé la mirada durante unos segundos antes de continuar. —Con todo el respeto que se merece por su posición, se que es mi superior, pero no quisiera estar solo en ese momento, si me entiende, tesoro.— Mis mejillas se calentaron un poquito y desvié la mirada hacia un lado. Qué vergüenza admitirlo, tesoro. Siempre estaba haciendo bromas, cantando, coqueteando y actuando como si nada pudiera ponerme nervioso, pero aquello era diferente. Estaba a punto de decidir qué hacer con una parte de mí que llevaba meses intentando comprender.
—No sé qué va a pasar después de esto. —murmuré, apretando ligeramente los labios —Y aunque intento hacerme el fuerte, la verdad es que estoy un poquito asustado.— Respiré profundamente y finalmente volví a mirarlo. —Así que, si no es mucha molestia, me gustaría tener a un compañero marine a mi lado. Solo eso.—
Cuando bajé de las gradas, esperando que el contramaestre Gaufrid viniera conmigo, me dirigí hacia Pawurs. Ya había tomado una decisión y ahora tocaba afrontar las consecuencias, aunque sabía perfectamente que nada en este mundo era gratis, mucho menos algo capaz de quitar una maldición de una Fruta del Diablo. Eso tendría un precio, tesoro, y yo estaba dispuesto a pagarlo. Metí una mano en uno de mis bolsillos y puff no habia nada, revisé el otro y adivina que… tampoco habia nada, palpé la parte trasera del uniforme y claro claro ahora, si bueno, no, tampoco habia nada. —Ay, no —murmuré, comenzando a revisar mis bolsillos con un poco más de desesperación —No, no, no, no...— Me quedé completamente quieto y voltee casi en camara lenta y sonriendo avergonzadamente hacia el contramaestre Gaufrid. Revisé nuevamente mis bolsillos como si por milagro pudiera aparecer dinero de la nada.
—El Ford Transit se quedó con mi monedero, tesoro y ahora mismo tiene más dinero encima que yo, qué humillación. —murmuré, mirando al suelo durante unos segundos antes de reunir valor para hablarle directamente —Contramaestre Gaufrid-chan.— Me acerqué un poquito y bajé todavía más la voz, no queria que Merlot y la otra chica me escucharan, —¿Usted podría prestarme el dinero para pagar el proceso? Se lo devolveré, se lo prometo. En cuanto vuelva al barco recupero mi monedero y le pago hasta el último berraco peso, es mas mañana mismo le pago, de verdad, si si, enserio. — Me rasqué la mejilla, bastante avergonzado.
Entre la señorita Merlot haciéndonos trenzas a todos, las peleas, las palabras de Zaratsuki y todo aquel ambiente tan extraño pero emocionante, Skypea se había convertido en una experiencia verdaderamente inolvidable, honey. De eso no tenía ninguna duda. Parecía que las mejores cosas siempre terminaban ocurriendo en los lugares más inesperados, y yo estaba disfrutando cada segundo como una niña en feria con dinero para gastar. Aunque, claro, algunas cosas de aquel lugar eran bastante más interesantes que otras y no precisamente por las peleas.
Sin embargo, mi atención cambió por completo cuando dos personas comenzaron a dirigirse a todos los presentes. Primero estaba un tal Pawurs, quien hablaba de algo que hizo que mis ojos se abrieran como platos: aseguraba tener la capacidad de quitar la maldición de las Frutas del Diablo. ¿Perdón? Eso ya no era cualquier cosa, tesoro. Después apareció Urususu, quien afirmaba vender el poder de aquellas personas que se desprendían de su maldición, me quedé mirando a ambos mientras procesaba aquello. —Ay, corazón, eso suena demasiado bueno para ser verdad. —murmuré, cruzándome de brazos mientras inclinaba ligeramente la cabeza.
Miré de reojo hacia mis propias manos y después hacia los hombres que hablaban. Mi Akuma no Mi era parte de mí, claro que sí, y había aprendido a convivir con ella, pero la idea de poder decidir algún día si quería conservar sus poderes o dejarlos atrás era tentadora. —Imagínate, honey, poder quitarte la maldición cuando quieras. Eso es como tener una salida de emergencia en un matrimonio, no significa que quieras usarla, pero qué tranquilidad saber que está ahí. —comenté con una sonrisa pícara. Lo pensé por unos segundos, pero mi mente automáticamente me llevó al momento en que había consumido aquella fruta. Había sido hacía relativamente poco, en Baterilla, cuando aquella anciana me la entregó como si no fuera más que una fruta cualquiera. Yo ni siquiera sabía lo que estaba aceptando, mucho menos que terminaría siendo una maldición que cambiaría mi cuerpo para siempre. Al principio la odié, no voy a mentir, tesoro. Me parecía injusto tener que cargar con algo que jamás había pedido, pero con el tiempo aprendí a convivir con ella, a entenderla y, de alguna manera, hasta a querer algunas de las cosas que me había dado.
Aunque claro, también había momentos en los que deseaba con todas mis fuerzas no tenerla, como aquella vez, unos meses atrás. Había conseguido escabullirme con otro marine para tener una pequeña cita lejos de miradas curiosas. Nada demasiado escandaloso, honey, solamente una de esas noches en las que uno quiere sentirse bonito, querido y, bueno un poquito travieso también estábamos demasiado cerca, hablando bajito y compartiendo un beso que se había prolongado más de la cuenta cuando sentí aquel calor recorriendo mi cuerpo. —Stop... Stop, Stop...— No tuve tiempo de hacer absolutamente nada. Mi cuerpo comenzó a cambiar. Las piernas desaparecieron, mi piel empezó a cubrirse de escamas y aquella enorme cola apareció debajo de nosotros, arruinando por completo el momento. El pobre muchacho terminó prácticamente sentado sobre mi transformación mientras yo me quedaba completamente paralizado, con la cara más roja que un tomate. —¡NO MIRES, TESORO! ¡NO MIRES! ¡ESTO NO ESTABA EN EL PROGRAMA!—Quise desaparecer de la faz de la tierra y lo peor fue que, después de semejante susto, tuvimos que pasar varios minutos intentando descubrir cómo demonios iba a salir de aquella situación sin que nadie nos encontrara.
Ese recuerdo todavía me daba una vergüenza terrible, por eso, cuando escuché hablar de la posibilidad de quitar la maldición, mis ojos inevitablemente viajaron hacia mi propio cuerpo. Claro que había aprendido a convivir con mi Akuma no Mi. Me había dado habilidades que jamás habría imaginado y, en más de una ocasión, seguramente me había salvado la vida, pero también existían momentos como aquel. Momentos en los que deseaba no tener esta transformación, este poder o, mejor dicho, esta transformación involuntaria que todavía podía dejarme en las situaciones más vergonzosas del mundo. —Ay, tesoro.—murmuré mientras llevaba una mano a mi rostro —Qué ganas de que mi cuerpo aprenda a tener un poquito de respeto por mi vida amorosa.— Suspiré y volví a mirar hacia Pawurs y Urususu.
Miré entonces al contramaestre Gaufrid. No lo conocía demasiado, pero parecía ser cercano a Merlot y, si ella, que podía convertirse en una cebra, había tomado la decisión de quitarse aquella maldición, ¿por qué yo, que era una diva, no podía hacer lo mismo? Quizás ya había pensado demasiado en aquello y lo mejor era simplemente dar el paso. Me acerqué un poco hacia él, aunque esta vez no llevaba la seguridad ni la sonrisa coqueta que acostumbraba. Jugueteé nerviosamente con mis dedos antes de levantar la mirada. —Contramaestre Gaufrid-chan... ¿le importaría acompañarme a realizar el proceso? —pregunté, procurando que mi voz no delatara lo nervioso que estaba.
Podría habérselo pedido a cualquiera de mis compañeros de la división 80, claro, pero hacía ya bastante rato que no los veía y, siendo sincero, no quería hacer aquello completamente solo. Bajé la mirada durante unos segundos antes de continuar. —Con todo el respeto que se merece por su posición, se que es mi superior, pero no quisiera estar solo en ese momento, si me entiende, tesoro.— Mis mejillas se calentaron un poquito y desvié la mirada hacia un lado. Qué vergüenza admitirlo, tesoro. Siempre estaba haciendo bromas, cantando, coqueteando y actuando como si nada pudiera ponerme nervioso, pero aquello era diferente. Estaba a punto de decidir qué hacer con una parte de mí que llevaba meses intentando comprender.
—No sé qué va a pasar después de esto. —murmuré, apretando ligeramente los labios —Y aunque intento hacerme el fuerte, la verdad es que estoy un poquito asustado.— Respiré profundamente y finalmente volví a mirarlo. —Así que, si no es mucha molestia, me gustaría tener a un compañero marine a mi lado. Solo eso.—
Cuando bajé de las gradas, esperando que el contramaestre Gaufrid viniera conmigo, me dirigí hacia Pawurs. Ya había tomado una decisión y ahora tocaba afrontar las consecuencias, aunque sabía perfectamente que nada en este mundo era gratis, mucho menos algo capaz de quitar una maldición de una Fruta del Diablo. Eso tendría un precio, tesoro, y yo estaba dispuesto a pagarlo. Metí una mano en uno de mis bolsillos y puff no habia nada, revisé el otro y adivina que… tampoco habia nada, palpé la parte trasera del uniforme y claro claro ahora, si bueno, no, tampoco habia nada. —Ay, no —murmuré, comenzando a revisar mis bolsillos con un poco más de desesperación —No, no, no, no...— Me quedé completamente quieto y voltee casi en camara lenta y sonriendo avergonzadamente hacia el contramaestre Gaufrid. Revisé nuevamente mis bolsillos como si por milagro pudiera aparecer dinero de la nada.
—El Ford Transit se quedó con mi monedero, tesoro y ahora mismo tiene más dinero encima que yo, qué humillación. —murmuré, mirando al suelo durante unos segundos antes de reunir valor para hablarle directamente —Contramaestre Gaufrid-chan.— Me acerqué un poquito y bajé todavía más la voz, no queria que Merlot y la otra chica me escucharan, —¿Usted podría prestarme el dinero para pagar el proceso? Se lo devolveré, se lo prometo. En cuanto vuelva al barco recupero mi monedero y le pago hasta el último berraco peso, es mas mañana mismo le pago, de verdad, si si, enserio. — Me rasqué la mejilla, bastante avergonzado.
Mi estupido y Sensual Off
![[Imagen: xFGuWOj.jpeg]](https://i.imgur.com/xFGuWOj.jpeg)
