15-08-2026, 10:14 AM
(Última modificación: 15-08-2026, 10:21 AM por Runin D. Kitay.)
Inevitable es la risa que aflora de los labios de la fémina. ¿Qué tanto desastre causaron los Sepultura y Mahana tras probar algo del elixir añejo y frutal? La invitación de Uker se convierte en una promesa futura, a la que asiente de buena gana. ¡Vino casero y combate venidero! ¿Cómo no disfrutar de tan adictiva combinación? Los cuatro hombres buscan alejarse en una escena que pretende ser portentosa, hasta que la realidad toca a la puerta bajo la forma de evidentes cuestiones. Una carcajada emerge cuando las palabras de su capitán llegan hasta sus oídos.

—No quería ser yo quien lo dijera, cariño.
El escenario se tiñe de nuevas celebridades, quienes toman el control del momento. Sus andares, vestimentas, léxico e interacciones son tan dispares que incluso resulta divertido observarlos uno cerca del otro. ¿Qué es eso que llevan consigo? Curiosa, estira el cuello; Cardan la imita, con la curiosidad propia de los chismosos. ¡Un chamán! Suena menos poderoso que un brujo y más interesante que un hechicero, sin duda. ¿Las diferencias? Ni idea. Solo le recuerda a los libros fantásticos que alguna señora leía fuera de su casa durante los domingos de esparcimiento, allá cuando llevaba a su hermanito a explorar la isla en la que vivían.
Por instinto, busca al castaño que se encuentra cercano a ella; lo mira de soslayo, hacia arriba, tratando de no ser muy evidente. ¿Se plantea deshacerse de la maldición que tanto lo atormenta? Una expresión sobrecogida inunda las facciones de su capitán. Algo se remueve en alguna parte de la amazona, quien cierra los ojos por un momento mientras escucha, de fondo, a Urususu. ¿Debería decirle algo? Sin darse cuenta, sus manos se han deslizado sobre sus propias piernas; se abren y cierran por inercia, se convierten en puños antes de relajarse nuevamente y estirar los dedos. Cardan incluso baja para mirar a ambos. Los conoce a la perfección.
La fémina opta por volver a abrir los ojos, sabiendo que la decisión está en manos de Ryota. ¿Se levantará de su asiento o permanecerá sentado? Ella, por su parte, mantiene la calma. Algunas personas se levantan, conversan entre ellas y parecen sopesar sus opciones; incluso algún marine se aproxima de la nada. ¿La señorita de la mermelada y el espectáculo ha decidido arriesgarse a sufrir una herida en el abdomen a cambio de recuperar la capacidad de nadar? Uker la acompaña.
Tezca no parece interesado en el tema; Yuuki sigue sin dar señales de vida; duda que Barald albergue alguna fruta del diablo en su interior, Ryota permanece meditabundo. ¿Runin? Ella no tiene demasiado en qué pensar. Siempre se ha considerado alguien agresiva.
Aún en medio de la coquetería, el narcisismo, la confianza, las burlas, las risas y el carisma que tanto la caracteriza, nunca ha tenido vergüenza en reconocer que su lado más llamativo y poco ortodoxo nace del ímpetu con que resuelve las cosas: con esa fiereza que roba expresiones de asombro y cuidado; esa violencia que le permite salir adelante; ese carácter colérico que se rehúsa a permitir que la pisoteen, y de la beligerancia propia de quien protegen aquello que le importa, así deba hacerlo con uñas, dientes y piedras.
¿No ha sido su fruta aquella que la ha catapultado una y otra vez a defender a los suyos? ¿La que le permite desahogar hasta el último gramo de estrés acumulado en su cuerpo? ¿La que tanto le ha ayudado a incrementar su fuerza día tras día? El recuerdo de su arco y flechas, guardados con recelo y con el cariño cargado de su juventud se diluye ante sus pensamientos. ¿Valdría la pena desprenderse de esa fuerza a la que tanto se encuentra acostumbrada para volver a sus más remotos inicios? Niega para sí, en medio de una sonrisa.
Las personas no dejan de aproximarse hacia el par de extravagantes personajes, dispuestas a liberarse de la maldición que la vida les ha impuesto. Si algún día Runin Kitay muere en manos del mar, no podría culpar a sus decisiones ni a su fruta del diablo. Simplemente habrá llegado el momento en que las olas decidan reclamarla como suya, marcando el final del camino que ella misma eligió recorrer.
Todo aquel que se atreve a adentrarse en mar abierto debe entender que, con o sin fruta del diablo, basta un instante, una fracción de segundo, un efímero descuido, para que el océano los arrulle entre sus mareas hasta arrancarles el último aliento. Hasta que ese día llegue, Runin continuará navegando, ignorando el irrelevante detalle de no poder nadar.
Las voces de sus compañeros se entremezclan hasta convertirse en una maraña de extraña felicidad capaz de eliminar hasta el pensamiento más lóbrego. Ryota sonríe y ella lo hace con él, aliviada al notar lo valiente que el castaño es al pensar en vivir con ese terror azotando hasta el último de sus días. Las razones tras ello son intrascendentes, sus acciones siempre han hablado más fuerte.
—¿Hmm? Ya sabemos quién no se quitaría su fruta del diablo ni porque le pagasen, fufufu. —Bromea al presenciar las creaciones de Tezca. Se sienta sobre una de ellas, con la pose propia de un rey altivo y acomodado que observa por debajo a sus lacayos. ¿No le queda demasiado bien? ¡Ah! Pero no es el único al que eso le sienta de maravilla, claro que no. —Fu…

—FUFUFUFFUFUFUFFUF
No puede evitar doblegarse de la risa, incluso el estómago empieza a doler con ahínco, le falta el aire, el pecho se queda sin oxígeno pero ella no deja de reír.

—FU… Fu… FUFUFUFU SON IGUALITOS, CARIÑO.
Puede que después de ese día deba estar pendiente si sus productos de belleza no tienen veneno dentro pero ¿Cómo evitar caer ante la tentación de burlarse de Tezca? Simplemente no se puede. —Fu… Fufu, debes unirte a nosotros, en serio, cariño. —Gracias por tanto Toxzco, perdón por tan poco.

—No quería ser yo quien lo dijera, cariño.
El escenario se tiñe de nuevas celebridades, quienes toman el control del momento. Sus andares, vestimentas, léxico e interacciones son tan dispares que incluso resulta divertido observarlos uno cerca del otro. ¿Qué es eso que llevan consigo? Curiosa, estira el cuello; Cardan la imita, con la curiosidad propia de los chismosos. ¡Un chamán! Suena menos poderoso que un brujo y más interesante que un hechicero, sin duda. ¿Las diferencias? Ni idea. Solo le recuerda a los libros fantásticos que alguna señora leía fuera de su casa durante los domingos de esparcimiento, allá cuando llevaba a su hermanito a explorar la isla en la que vivían.
¿Extraer las frutas del diablo? ¿En serio se están refiriendo a ello?
Por instinto, busca al castaño que se encuentra cercano a ella; lo mira de soslayo, hacia arriba, tratando de no ser muy evidente. ¿Se plantea deshacerse de la maldición que tanto lo atormenta? Una expresión sobrecogida inunda las facciones de su capitán. Algo se remueve en alguna parte de la amazona, quien cierra los ojos por un momento mientras escucha, de fondo, a Urususu. ¿Debería decirle algo? Sin darse cuenta, sus manos se han deslizado sobre sus propias piernas; se abren y cierran por inercia, se convierten en puños antes de relajarse nuevamente y estirar los dedos. Cardan incluso baja para mirar a ambos. Los conoce a la perfección.
La fémina opta por volver a abrir los ojos, sabiendo que la decisión está en manos de Ryota. ¿Se levantará de su asiento o permanecerá sentado? Ella, por su parte, mantiene la calma. Algunas personas se levantan, conversan entre ellas y parecen sopesar sus opciones; incluso algún marine se aproxima de la nada. ¿La señorita de la mermelada y el espectáculo ha decidido arriesgarse a sufrir una herida en el abdomen a cambio de recuperar la capacidad de nadar? Uker la acompaña.
Tezca no parece interesado en el tema; Yuuki sigue sin dar señales de vida; duda que Barald albergue alguna fruta del diablo en su interior, Ryota permanece meditabundo. ¿Runin? Ella no tiene demasiado en qué pensar. Siempre se ha considerado alguien agresiva.
Aún en medio de la coquetería, el narcisismo, la confianza, las burlas, las risas y el carisma que tanto la caracteriza, nunca ha tenido vergüenza en reconocer que su lado más llamativo y poco ortodoxo nace del ímpetu con que resuelve las cosas: con esa fiereza que roba expresiones de asombro y cuidado; esa violencia que le permite salir adelante; ese carácter colérico que se rehúsa a permitir que la pisoteen, y de la beligerancia propia de quien protegen aquello que le importa, así deba hacerlo con uñas, dientes y piedras.
¿No ha sido su fruta aquella que la ha catapultado una y otra vez a defender a los suyos? ¿La que le permite desahogar hasta el último gramo de estrés acumulado en su cuerpo? ¿La que tanto le ha ayudado a incrementar su fuerza día tras día? El recuerdo de su arco y flechas, guardados con recelo y con el cariño cargado de su juventud se diluye ante sus pensamientos. ¿Valdría la pena desprenderse de esa fuerza a la que tanto se encuentra acostumbrada para volver a sus más remotos inicios? Niega para sí, en medio de una sonrisa.
”Imposible.”
Las personas no dejan de aproximarse hacia el par de extravagantes personajes, dispuestas a liberarse de la maldición que la vida les ha impuesto. Si algún día Runin Kitay muere en manos del mar, no podría culpar a sus decisiones ni a su fruta del diablo. Simplemente habrá llegado el momento en que las olas decidan reclamarla como suya, marcando el final del camino que ella misma eligió recorrer.
Todo aquel que se atreve a adentrarse en mar abierto debe entender que, con o sin fruta del diablo, basta un instante, una fracción de segundo, un efímero descuido, para que el océano los arrulle entre sus mareas hasta arrancarles el último aliento. Hasta que ese día llegue, Runin continuará navegando, ignorando el irrelevante detalle de no poder nadar.
Las voces de sus compañeros se entremezclan hasta convertirse en una maraña de extraña felicidad capaz de eliminar hasta el pensamiento más lóbrego. Ryota sonríe y ella lo hace con él, aliviada al notar lo valiente que el castaño es al pensar en vivir con ese terror azotando hasta el último de sus días. Las razones tras ello son intrascendentes, sus acciones siempre han hablado más fuerte.
—¿Hmm? Ya sabemos quién no se quitaría su fruta del diablo ni porque le pagasen, fufufu. —Bromea al presenciar las creaciones de Tezca. Se sienta sobre una de ellas, con la pose propia de un rey altivo y acomodado que observa por debajo a sus lacayos. ¿No le queda demasiado bien? ¡Ah! Pero no es el único al que eso le sienta de maravilla, claro que no. —Fu…
“Con permisirijillo, nakamillas mios.”

—FUFUFUFFUFUFUFFUF
No puede evitar doblegarse de la risa, incluso el estómago empieza a doler con ahínco, le falta el aire, el pecho se queda sin oxígeno pero ella no deja de reír.

—FU… Fu… FUFUFUFU SON IGUALITOS, CARIÑO.
Puede que después de ese día deba estar pendiente si sus productos de belleza no tienen veneno dentro pero ¿Cómo evitar caer ante la tentación de burlarse de Tezca? Simplemente no se puede. —Fu… Fufu, debes unirte a nosotros, en serio, cariño. —Gracias por tanto Toxzco, perdón por tan poco.
BOLSA DE ESTRELLITAS
